Quizás te preguntes por  la famosa frase de:”Querido diario” o te parezca que he sido torpe como para no llevar un orden cronológico de los sucesos, pero, no  ha sido por  
descuido e  ignorancia,  cuando un animal carroñero  escarba una fosa no se preocupa demasiado si  encuentra primero  un  pie que la cabeza,    así que no esperes en
este  papel,  (aunque blanco y minuciosamente enrollado, al  que no se le dio  otro  destino que  limpiarnos el culo) encontrar aleteos de mariposas.

Te lo dije al principio, aquí estoy yo... y   compartiendo cartel, impune, casta como una serpiente en su frasco de formol, está   ella, la que  llaman, La puta, la que verás
como siempre,  minimizando atrocidades, magnificando rasguños, mitigando con un solo  pestañeo de sus negros ojos,  el flagelo de los cuerpos, desmembrados por
sus garras y sus  dientes; y por si,  para prólogo de una pésima historia criminal esto  sería poco,  he aquí a  su majestad,  el  padre, quien   con un perdón  inconcluso
entre los labios, ojea  una Biblia, mientras  se masturba  en los infiernos.

El trío del  auto-flagelo inducido o  debería decir, del  crimen perfecto, en el cual el cadáver no existe, el asesino tampoco y al cómplice ni se le ocurrió siquiera  inventar una
coartada, ¿para qué? En esta historia, no hubo, ni hay  tiempo, para hincar las rodillas,  ni prender velas, la hija del padre no se permite el lujo de juzgarse,  de arrepentirse,
o de extrañarse  menos,  cuando la puta, aún  duerme,  entre las colchas de ambos.

¿Cuál fue el sueño que no se nos cumplió? ¿Acaso fue necesario vender nuestras almas a la bestia para poder complementarnos?,  ¿por qué tanto odio?, si en el fondo
lo único  que en verdad queríamos era amarnos, ¿te acuerdas el por qué Ella despertó  ese día?, tienes que recordarlo, tu memoria ya  no necesita de justificaciones,  ni
de olvidos, tú eras el grande, el sabio, el fuerte, el padre,  yo  apenas era un montículo  de  sesenta  centímetros,  que sobresalía  de   la tierra,  en la  que estaba parada  o
quizás era  más pequeña, no sé, pero lo que sí sé, es que sólo me  bastó que la nombraras,  para saber, que por siempre, ella,  estaría  perforándome las vísceras.

Es curioso, estoy hablando  de mí y de  Ella, como  individuos diferentes,  ilusa de mí,  Querer, colar la sangre, cuando ésta aún no ha coagulado.

Era moneda corriente, entre las dos,  el  tocarnos, el  aparearnos como serpientes en celo,  asfixiando con  nuestras lenguas bífidas hasta la  más recóndita vértebra,
hasta el más minúsculo  cartílago.  De lejos  podías  oírnos, papá,  ¡como habrás  gozado, al imaginar  la escena de nuestras colas restregándose lésbicas, entre las
grietas de tu sinuoso camino ¡Cuánto te he odiado por ello!  ¡Cuánto he odiado a Dios por no sellar tu lengua!

Sueños

Si tengo que enumerar mis mejores sueños de hija, de seguro el premio se lo lleva el de escapar, huir, encontrar en algún lugar  la cura de mi lepra, o el bisturí para  
extirparlos, aunque te confieso que muy a flor de piel, siempre soñé, papá, con  matarte, pero cómo hacerlo, si entre el dolor y mi demencia, mi desesperación y mi rabia,
yo sentía que  te amaba.

¿Pero y vos papá qué sentías, cuando veías una a una caer mis lágrimas?

¿Qué razón valedera,  le dabas a tu día después,  para justificar las llagas que, tu liquida y purpúrea demencia,  habían hecho supurar en mi cuerpo y alma la noche
anterior? ¡Ninguna! Qué importa lo que un niño piense, si al muy desgraciado no le falta la comida o el calzado, qué derecho a quejarse tiene, si después de todo, y sobre
todo en mi caso,  de seguro fui el   fruto de la calentura del alcohol, y la resignación de una pobre víctima como lo fue mi madre.

Mi madre, qué puedo decir de ella, si aún hoy busco entenderla. Parecía tan frágil a la sombra de las  verborragias de mi padre, pero a la vez tan fuerte como  para
soportarlas. Confieso que muchas veces me dije a mí misma que  era la misma mierda que él, sobre todo cuando durante sus borracheras nos llevabas de uno a otro
vecino para escapar de su demencia,  jurando y rejurándonos,  seria la ultima vez, mas al cabo de dos o tres días, regresábamos  y era el padre  perfecto. Y lo peor es que
era cierto pues, cuando  la bestia que lo poseía  la noche anterior se desvanecía,   con los primeros rayos del sol,  el padre sólo era un estropajo avergonzado con un mate
tembloroso entre sus manos, y ahí aparecía ella, mi madre, exigiendo perdones, rebobinando la cinta de una película vista miles de veces, eso sí,  contándola con los
agregados o los cortes que su dolor  o revancha creían convenientes,  claro está,  que,  y eso es lo que nunca entendí ¿para que? Si ella sabia que siempre  era una y una,  
y  el sol, sólo es sol hasta que llega  la noche. Hasta que los pasos del padre, volvieran a oírse  como dos bloques de cementos,  arrastrados por un camino de barato
ripio, intentando atravesar a tientas, de espalda y abdomen,  el ancho de la puerta. Esa misma puerta que dejo huir uno a uno a mis hermanos, cuando por fin la mayoría
de edad llegó para rescatarlos de la  adicción del padre  y la vergüenza.

Demasiado, los muy infelices aguantaron. Yo  fui más audaz, después de todo, no estaba sola en ello, la puta, hubiese saltado  sobre mis espaldas  al vacío, con tal de no
desprendérseme.

Un boleto y el vuelto, caramelos

De todas las justificaciones,  que danzan en mi retorcido espiral de memoria, creo que por ser tan cierta,  ésta  es digna de contar, bueno tampoco voy a decir que fue el
titulo a la reconocida y  abnegada vida de una pobre niña, que sometida por las frecuentes borracheras del padre, se vio obligada a montarse en cuanto miembro la vida le
parase por delante.

Era verano, los festejos de carnaval ya estaban próximos en la cuidad, una de las tantas ciudades y pueblos,  que durante  nuestra vida nómade habíamos,  al menos por
un tiempo, habitado.  El caso es que uno de mis hermanos se había anotado para bailar  en una de las dos  comparsas que año a año se disputaban el primer premio en
los corzos (a los que para darles más prestigio   llamaban provinciales).

Recuerdo a mi madre en años anteriores, rebuscárselas para dejar “olvidado” en su delantal de cocina,  algunos vueltos de sus compras diarias, para después de una
larga selección de vestuarios (y digo larga, no por poseer un guardarropas extenso, al contrario) terminaba por resignarse y ponernos lo mismo, eso sí, pulcros, peinados,
despiojados, al menos,  para que esa noche no nos rasquemos la cabeza, enfilar con todos tomados de la mano hacia la plaza, donde el brillo y el poderío de los trajes y
las plumas le abofeteaban la cara, enumerándole a gritos toda su miseria, hecho que a mi madre, ni siquiera inmutaba, o pensándolo hoy, quizás, esa lagrima que se
escapaba por  debajo de sus lentes oscuros, no era producto del choque de las luces y el mal que por toda la eternidad se había instalado en uno de sus ojos, excusa que
ella repetía a cada uno de nosotros, cada vez que la mirábamos y le apretábamos bien fuerte la mano.

Recuerdo mucho ese año, y esa noche porque marcó un antes y después en mi vida, la cosa es que,  envidiaba que mi hermano, sólo con  cuatro años más  que yo,
pudiese vestirse de dorados y turbantes.

Así que una noche decidí compartir con él  esa” gloria”, sin siquiera sospechar que la vida para él  había preparado otras “glorias”, de las que tampoco yo formaría parte,
pero bueno esa es su historia y ésta,  sólo es mía. El hecho es que esa tarde-noche me las ingenié para ir  y  verlo ensayar, con tanta mala suerte que el tiempo paso
volando y me sorprendió una noche muy oscura para mis pocos años, y lo peor que en una distracción perdí todo contacto con mi hermano,  encontrándome totalmente
sola.

Para la  mente de  una criatura de diez años y en aquella remota época era sólo  una travesura el ausentarse de su casa, fue  lo que pensé, cuando una niña, uno o dos
años mayores que yo, quien alegaba venir cada noche a ver los ensayos,  me invitó a dormir en su casa, prometiendo acompañarme al otro día, en mi regreso a casa,
accedí, aun,  con más gusto cuando al cabo de dos cuadras de caminar y charlar como grandes amigas, me estiró la mano para subir a un sulki, que tenia “estacionado”
en un baldío de pastizales altos, donde un caballo bien feo, aprovechaba para darse un banquete. No recuerdo haber preguntado dónde íbamos, ¿para qué? Estaba
viviendo una noche soñada, antes,  las lentejuelas, las plumas, y ahora un paseo bajo un cielo que ya no parecía tan tétrico, con esa luna que dispersaba todas las
sombras, y lo mejor de todo, es que en esa noche no tendría que adivinar si el padre volvería a casa ebrio o no.

Hasta pensé que al regresar en la mañana contaría mi experiencia y todos mirarían con admiración mi proeza, pero las noches perfectas no existen, después de un largo
rato de andar, llegamos a una casita que parecía estar aislada del mundo, unos perros flacos, agusanados y malolientes nos salieron a recibir, entramos a la casa,   
corriendo a tientas una cobija que cumplía muy mal su función de puerta, pues de tan deshilachada que estaba, hasta la menor brisa la levantaba en andas, buscamos
entre las sombras lo que sería un catre, hecho que corroboré,  cuando cada una ocupó su lugar y  terminamos sepultadas en el  fondo  de  una “ensaladera” de lona,
acomodándonos como podíamos, y con algunas  risitas entre dientes, nos sorprendió el sueño, pero el mío duró poco, pues como mil aguijones pequeñitos parecieron
ensañarse con mis piernas, mis brazos, mi espalda, comencé a rascarme con desesperación, y descubrí por medio del  tacto cientos de bichos alimentándose de mí,
hasta en un momento llegué a apresar uno con mis uñas y lo apreté con fuerza entre mis dedos y allí el olor nauseabundo de sus tripas y mi sangre, provocaron un vómito
que no pude contener hasta llegar a la puerta, una vez afuera quise correr, ¿pero adónde? no sabía,  pero debía irme, así que volví a entrar, busqué al tanteo mis zapatillas
y me largué de allí, maldiciendo todos los bichos asquerosos de este planeta.

Era  muy entrada la madrugada cuando llegué a casa, mis padres y algunos de mis hermanos, debido al excesivo calor habían armado, en el patio de la casa,  una
especie de campamento, con colchones para dormir  y un mosquitero gigante (era sólo una cortina) para protegerse de los mosquitos, así que cuando  llegué hasta ellos,
me sentí segura por fin, había caminado tanto, como tantas veces había mirado sobre mi hombro ante cualquier ruido, en verdad sentí mucho miedo, pero bueno ahí
estaba, y por la forma en que todos dormían supe que el padre no había estado tomando, así que ya con la protección de mi familia,  mucho cansancio, y tierra en los pies,
me dispuse a acostarme, mas el padre levanto su inmenso cuerpo y con un trozo de  manguera en su mano comenzó a golpearme y gritarme – puta, puta degenerada,
¿con quién estuviste revolcándote? No sé  si en su enojo no escuchaba mi pedido de perdón, si a mí no me salieron bien las explicaciones, sólo sé que cuando la paliza
terminó, me dormí, y soñé el mejor de los sueños,  el de escapar muy lejos ¿o estaba despierta cuando le juraba entre lágrimas y silencios, ya te vas a arrepentir?

A la mañana siguiente cuando mi madre me mandó a comprar la mercadería, apreté fuerte la plata y con un vestidito pobre y de flores pequeñas, llegué a la estación de
tren y en puntas de pie, medio colgada  de la ventanilla, le pedí al encargado, un boleto hasta donde esa plata me alcanzara y si había vuelto, caramelos.  

Después de 12 horas de viaje, y un llamado por parte de las autoridades me encontré en uno de  los pabellones de un instituto de menores, en el cual  fui alojada, luego
que una mano enguantada profanara mi vagina, y firmara un  expediente. El cargo: VAGANCIA.

Comprenden  por qué dije que era una anécdota que había sido un poco el disparador de mi vida, ¿y por qué no, el  de la puta?  Pues ella había viajado de polizón en el
asiento de enfrente.

“¡Qué fácil hubiese sido,   si algunos  hombres,  en lugar de andar,  goteando  semen del   miembro, hubiesen tenido que tomárselo en jarras, quizás  así,  habría más
suicidas, menos hijos, menos víctimas.”


¿Se puede odiar y amar ante  la muerte?

Es junio, el día gris se presenta sin presagios, es una hora cualquiera para la hija y la puta, pero no para el padre, quien hace días que no lastima, que no ultraja, no grita,  
ni ruega, sólo está allí,  estático, pequeño, inútil, ya no nos nombra, quizás, su mente y su cuerpo  se rehúsan a reconocer su monstruosa creación,  o por el contrario
desea envolvernos a las dos,  en los espirales del infierno que lo aguarda.  Pero no podrá, ya no le tememos, ahora sólo es un cuerpo inerte, violáceo, casi rancio.  

Ahora el eco de “sus putas” y “sus  yeguas” son sólo guturales ronquidos de una respiración que de a ratos lo abandona.

Lo  miro y siento tanta impotencia, tanto odio, tanto amor,  que en mi garganta las llagas escupen palabras inaudibles, imperdonables,  Pero como frenarlas, si no es justo
que te mueras ahora, ahora que necesito que hables, ahora que necesito  que me perdones, dale, ¡Maldito hijo de perra! Háblame, sólo a mi, a la hija, a tu hija,  aprovecha  
que  Ella,  esta cruzada de piernas,  esculpiéndose  las  uñas.

“Es inútil,  mientras  los perros les meneen la cola, y  chorreen en  sus pantalones babas de imbecilidad y adulación, el hombre se creerá dueño del universo.”

La habitación

A veces, sólo a veces me animo a mirar por la mirilla de la cerradura,  aquellos cuartos prohibidos, y mientras mi ojo izquierdo lucha por despegarse del metal, la  veo a
ella,   adentro, envuelta en mohos  e inciensos, hincada  sobre afiladas y desconocidas caderas, con el pelo mojado de sudor, cubriendo la única faz que parece tener su  
rostro. Es monstruoso verla  sonreír, morder, gemir con la mitad de su  boca, olfateando el aire con una  fracción de nariz,  lamiendo genitales con  una lengua rota.

Quiero cerrar mi ojo, para desaparecer las visiones, pero no puedo,  mi retina se dilata aún más, al escuchar que ella me  nombra, que me invita a subir a esa pira
bautismal de raso y plata, a ese mural al que nos han confinado, donde  mente, genitales y algún  pie son conectores del centro de  un triángulo obsceno y perpetuo.

¡Dios! Siento como inútil mi cerebro prepara una huida, pero,  no hay manos que refrieguen  mis ojos para limitar esta pesadilla, ni hay rodillas que al flexionarse
incorporen mi entumecido esqueleto, todo está allí, adentro, con ella, pudriéndose abnegadamente,  regurgitando vómitos para volverlos cáliz en una garganta  que en
secreto llora.       

Escape

Corría  el año setenta y tres, cuando los cuervos se empeñaron en empollar sus huevos en nuestras miserias, trayendo con ellos,  un ejército de parcas sedientas de
quebrantar  espíritus y  reducir con creces la estirpe del padre.

Quien en  escasos meses de diferencia  soporto de pie, el ver como sus lagrimas, se fundían con la tierra,   que se tragaba  a voz de pala a cada uno de sus muertos. Ese
era él, el padre, el hijo, el abuelo, todo en un solo cuerpo, en una única piel, la que por instante parecía negarse a contener tanto dolor, tanta ira, tanta impotencia, y hasta
me animo a decir tantos días después.  Pero el padre supo o creyó saber, como defenderse cada vez, que ese día después,  buscase  ponerlo de piernas abiertas y cara a
la pared.

¡Cuánto derroche de palabras! todo eso para decir que el viejo era sólo  un puto borracho empedernido.

Tú sí que sabías definirlo,  será, porque  en tus venas la  sangre no corre, ni  tus ojos  nunca  esculpieron  el lomo a  la tierra.  Aunque  ahora que lo pienso, tienes derecho
a odiarlo o odiarnos, pues  tú eras nuestra  herramienta, él te implantó en mí, vos  fuiste  el fango  de todas sus miserias y  estabas siempre al alcance de sus garras cada
vez que su lengua quería  mutilarme, tú,  estabas echada debajo de sudorosos y deformes cuerpos siempre  que yo necesitaba imperiosamente  me suplantes.

“La furia de una  tormenta no termina cuando cesa de llover, sino cuando se seca el último de sus charcos.”


Sorteando prejuicios

No recuerdo día y fecha, sólo sé que un día despertamos y estábamos allí, siendo partes de aquel sepulcro de sarro,  marfil, harinas y mosto.  Masticadas a medias, en
las mandíbulas  mismas del diablo, aturdidas, somnolientas, esquivando  eructos, bilis y babas.  Náufragas de una tempestad que se estaba gestando en la sádica
mente del padre, a quien sólo le bastó estrellar un puño contra la mesa, para que las dos saliéramos   como vomitadas por esa  purulenta boca de barbaries e
improperios.

Militando a la voluntad del vino, cuanta cremallera el padre haya decretado para nosotras, que en ese momento lo único  que  buscábamos era convertir en una muralla de
acero, esa colcha a cuadros  que convulsionaba al unísono junto al  miedo de nuestros cuerpos.

"Éramos tan pequeñas que si Dios, esa noche  se convertía  en  pájaro, le hubiese bastado sólo un ala para cobijarnos, pero Dios no visita  con frecuencia los nylon y las
chapas."

Cara o seca  

En uno  de mis recuerdos vi, al padre, sentado en la cabecera de una larga mesa, sólo, tratando de escudriñar en su mente las respuestas, a un puñados de ¿por qué?
Parecía un pirata que veía hundirse su barco desde el muelle, sin poder montarse en el y desaparecer  de esta vida, que lo había golpeado tanto, que le deshojó, así de un
zarpazo, el pimpollo de una rosa, con la que él había soñado. Y allí  sentado parecía tan encorvado y viejo, tan   impotente y vencido. Quizás porque el padre soñó
demasiado, o la rosa sólo era el fruto de un cardo que germinó en la humedad de algún excremento. Además, ¿qué creía el padre? Los hijos no se sueñan, se forman, se
moldean con las mismas caricias que un alfarero acaricia una y otra vez la arcilla de su futura obra, los hijos no se esclavizan por ese código de barra que portan como
apellido, eso es  uno más de los derechos que les corresponden, sin por eso tener que ser  una más de sus  pertenencias, los hijos  sabrán qué hacer más adelante con
ese apellido si “rendirle honores” o limpiarse el culo. Muchas veces escuché un refrán que decía “de huevo de pirincho, no vas a sacar canarios” y aunque para muchos
tenía sentido, no era así para mi, pues siempre sostendré que los padres y los hijos no deben ser  iguales, podrán parecerse físicamente, pero nada más, el ser humano
tiene la ventaja de no guiarse por imitación e instinto, tenemos la capacidad del razonamiento, a Dios gracias, y eso nos da el derecho a no ser el otro, a tener conciencia
de nuestro proceder, sin que la falta o los triunfos tengan que ser parte del accionar de otros, el  libre albedrío  se ejerce desde nuestro primer halito de vida, la hija sabe
de estas cosas,  nadie imitó su paso por la vida y fue feliz con eso, pues nunca quiso que la adversidad se ensañara con los que llamaba erróneamente los suyos.

¿Entonces se preguntarán una y mil veces quién fue de los dos el culpable?   Es imposible hoy conocer la respuesta, el padre está en su prisión de madera y cemento y la
hija aún alimenta a la puta con su sangre.

“Sigo con mi convicción de que si te empachan con porotos, difícilmente defeques huevos de esturión”.
   
Cuando cae el telón

Cuantas habían sido las huidas hacia ninguna parte, porque a pesar de las distancias, siempre estuvimos crucificadas en el mismo madero, era como correr en un circulo
cuyo  centro era el padre,  ¿pero qué era el padre, hombre o bestia? ¿Qué era yo? ¿Acaso en este clan maldito  todos estábamos contaminados con la misma lepra? ¿Fue
el padre quien creó este puñado de monstruos o él  sólo era una pieza más en este dominó de terror? Son tantas las preguntas y el odio  que guardé dentro mío que los
huesos de mi cuerpo no podían  ya soportar el peso y uno a uno iban calcinándose por dentro, es verdad que traté de ocultarlo, que fingí sonrisas, que mentí una y mil
veces amor, que me cubrí con cientos de capas, para que las llagas no supuraran y contagiaran nuevas vidas, pero también es verdad que en ocasiones se abrían  
algunas grietas, y sin cambiar el  color, ni las formas de mis ojos, sin aparecérseme  colmillos ni alas, me convertía en la misma monstruosidad que el padre, y hería,  
mutilaba o desgarraba   las carnes de aquellos que convertía en mis victimas y era en esos momentos donde creía entender o  justificar al padre, pues la demencia, el
dulce y tibio olor de la sangre, las tenues convulsiones de esos cuerpos próximos a la muerte, te proveían poder, y eras tú  sin llanto, sin dolor, sin las culpas de haber
nacido.

Cuando cae el telón, la muerte se prende de tus parpados, y sin compasión alguna te psicopatea hasta el desmayo, mostrándote el infierno o el cielo  que te aguarda.       

¿Cómo se sigue después que alguien al que le perteneces en cada pedacito de célula te defrauda, cómo haces para  detener  ese desangre que te corre por dentro, ese
dolor que no tenés   idea en dónde comenzó ni dónde terminara por  alojarse. Cómo hacés, para contener las lágrimas, para no vaciar frascos, o mitigar la impotencia en
las venas de tus muñecas, cómo hacés para  no romperle el culo de una patada al  facultativo que te clavó una zonda en el estómago, o te dejó un eterno zigzag de compra
y venta, justo donde muere el puño de esa manga que te queda corta,  y encima  eso no es todo, se cree con la autoridad de  hablarte  de Dios, la familia, y “una segunda
oportunidad”. ¿Cómo hacés para no convencerte que a vos no te parieron, sino que te cagaron, que sólo sos un pedazo de mierda, que te es repulsivo a vos mismo, cómo
haces para no pensar  otra vez en matarte, o  en matarlos a todos?

Y…  seguís…  arrastrándote, pidiendo limosnas a un cuerpo que casi no puede sostenerte, arañando en la clandestinidad un hálito de vida ajena,  pues la tuya  ya te fue
robada, y  lo que queda de ti, es una masa podrida y deforme. Un ser sediento de belleza, de luz, de paz, aunque sólo  sea,  en los quince minutos  que dura tu mentira,  al
servicio de alguien.

Porque en definitiva aprendiste que  es allí donde reside  tu victoria, donde aplacas tu dolor, donde de un solo sorbo sacias  tu sed  de ser.

Y así, vives y mueres en cada torrente de desconocido semen, recostando tu cabeza en las sucias mesas de un bar, huyendo de los espejos, olvidando rostros,
direcciones, o sentada en un baño público.  Donde  las manos me  tiemblan,  mientras dejo caer  un papel de un laboratorio muy poco conocido, en el las palabras
parecen burlarse de mí y de la puta que ya frunce el ceño,  … cáncer de cuello uterino fase  IV…  y  me río a  carcajadas, ¡¡¡a carcajadas me río!!!   Y  sin dejar de reír, tomo  
una pluma de mi  abrigo, descuelgo  un rollo de papel higiénico y escribo… suspiro… vuelvo a reír  y escribo….
C U E N T O S
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
GRISELDA DE LOS MILAGROS ESPINDOLA es
una narradora argentina.  Este relato fue parte del
Concurso Internacional de Poesa y Cuentos de La
Luciérnaga 2011.
EL ONCE
Elina Bradel
ELINA BRADEL es de Berisso, provincia de Buenos Aires,
Argentina.  Su otr apasión, aparte de su club Gimnasia y
Esgrima, "El Lobo", es la literatura.  Este cuento fue parte
del Concurso Internacional de Poesía y Cuentos de La
Luciérnaga 2011.
O T R A S    P E Ñ A S   Y   M U C H O    M Á S ...  
E D I T O R I A L

La peña de mayo fue en Northridge y la de junio en North Hollywood.  En ambas se acercaron los poetas y escritores de siempre y algunas caras
nuevas que escuchan del suceso de nuestro grupo cultural que, para los que se hayan olvidado, se viene juntando ininterrumpidamente desde nada
menos que octubre de 2005.

No solamente continuamos con nuestras reuniones en la que se lee poesía,cuentos y ocasionalmente se presentan cuadros y se toca la guitarra, sino
que La Luciérnaga, como siempre lo ha hecho, periódicamente visita a otras organizaciones del sur de California con el objetivo de apoyar sus
esfuerzos culturales.  Esta vez representantes de La Luciérnaga estuvieron en Beyond Baroque, un centro comunitario con mucha historia que está
ubicado en Venice y en donde Antonieta Villamil (también miembro del Consejo Directivo de La Luciérnaga Online) presenta su peña.  

También se visitó al Centro Cultural Centroamericano en donde Dora Magaña y Ricardo O´Meany, entre otros, rindieron homenaje al gran poeta
salvadoreño Roque Dalton.  La otra organización visitada fue el grupo de bohemios que, con George de Aztlán, se junta en el McDonalds de Glendale.

Pero la noticia más importante para La Luciérnaga, en estas semanas, ha sido la reunión que tuvo lugar el 1 de julio, en Northridge, con el fin de
organizar un Colectivo que se encargará de publicar la segunda antología de la peña literaria. Los 18 participantes establecieron las reglas que se
seguirán en esta publicación en la que pueden presentar poemas, cuentos y otras expresiones del arte todos aquellos que hayan participado de por lo
menos una peña en el último año o los que participen antes de fines de septiembre.

En esta edición de la Luciérnaga presentamos poemas de Guillermo Callejas, Leonardo Ibáñez e Iván Figueroa, al igual que cuentos de Elina Bradel y
René Colato Lainez.  Las reflexiones, como tradicionalmente lo hacemos, son de Rafael Carvajal y el ensayo de Néstor Fantini.

Que disfruten el verano y nos vemos en Tujunga el 21 de julio.

Cecilia Davicco
Editora
BAILARINAS

Niñas que danzan y cantan
al ritmo de poesías y canciones,
ninfas que son como ángeles
que al sátiro despiertan emociones.


Son aquellas delicadas libélulas
al compás de una celestial melodía,
bailarinas de balet...vernáculas,
que hacen tambalear la filosofía.


Ellas con sus lindas caritas
y cuerpecitos que son un primor,
dejan resaltar sus cositas
para seducir al pintor.




MORENA

Parece que un insulto fuera
el decirte que te quiero,
no ves que por ti me muero,
esto no lo digo a cualquiera.


Morena color de miel,
mas fina que el aroma de Chanel,dejas grabado en
mi piel
versos y suspiros a granel.


Creo que el indulto merezco
si fue mi intento quererte,
aunque un totno parezco,
morena...quiero tenerte.



IVÁN FIGUEROA nació en Nicaragua.Emigró a los Estados
Unidos donde actualmente reside. Es miembro de NAOF  y
SEA,  organizaciones culturales nicaraguenses dedicadas a la
promoción de la cultura.De su libro "Litoral", hemos extraído
estos poemas.
Comencé a levantarme remisamente del asiento en el cual estaba sentada. Ya sólo escuchaba la voz agónica  de Leandro, el cual hablaba incesantemente con las
demás personas. No vislumbraba a nadie, sólo escuchaba frases inconexas, desconectadas, provenientes de alguna parte de la casa. De espaldas, y repasando en
mi registro mental la ubicación de la puerta de calle de la casa, me dirigía a escaparme de ese lugar, o sea, la morada de Leandro. Mis pasos eran firmes pero
cautelosos. No quería que ni Leandro, ni las demás personas, notaran mi partida escurridiza. Continuaba de espaldas, palpando las paredes, el diván, el piano,
siempre intentando llegar a la puerta de salida. Sabía que estaba cerca de ella, ya que el piano estaba próximo a la misma, en el helado living de esa casa. Continué
caminando sosegadamente  y en silencio, hasta que logré palpar una de las columnas del hall de entrada. Si franqueaba la columna, llegaba a la puerta. Llegué a la
puerta. Giré el picaporte, implorando, en silencio, no hacer ni el más mínimo ruido, pero la puerta no se abrió: estaba cerrada con llave. Palpé la cerradura, pero la llave
no estaba allí. Un escalofrío intenso recorrió mi cuerpo al ver a Leandro asomarse detrás de una de las columnas del hall de entrada, y dirigirse hacia mí.
Nos conocimos en el edificio en el que ambos trabajábamos: él en el sexto piso y yo en el cuarto piso. Cumplíamos tareas diferentes dentro del lugar de trabajo, ya que
yo era la secretaria de su jefe. El cual era mi jefe también. Pero Leandro era un empleado más. No tardamos en simpatizarnos. O quizás sí, ya que él estaba de novio y
no era acorde intentar un acercamiento carnal con él. Pero debo sincerarme: no era de mi incumbencia  el noviazgo de Leandro, así que intentaba concentrarme en él,
pensar en él, y no en su noviazgo.
Era un hombre sumamente guapo: ojos marrones, cabellera ondulada castaña, bellísima sonrisa y una mirada pavorosamente sexual. Cada vez que nos mirábamos,
nos deseábamos de sobremanera, al punto de desnudarnos con los ojos.
Lo escaso que existía entre Leandro y yo se remitía y limitaba a horarios laborales: algún encuentro en el ascensor, en alguna oficina, en algún pasillo. Fuera del
trabajo, no teníamos relación alguna. Pero haciendo caso a mis deseos más desfachatados, llegó el día en que nos encontramos fuera del edificio laboral. Fuimos de
copas a un bar ubicado en Avenida Corrientes y 9 de Julio, pleno centro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Fue la primera vez que estuvimos a solas. Ni siquiera
existía la gente ubicada en las mesas contiguas a la nuestra: éramos él y yo. A altas horas de la madrugada, terminamos yendo a su casa. Al llegar, nos sentamos en
un sillón ubicado en el living de su casa. Seguimos bebiendo, hasta que comenzamos a besarnos y acariciarnos, como si todas las ganas reprimidas explotaran
atónitamente en ese momento. Comencé a sentir su excitación, cada vez más intensa, al igual que la mía. Sus manos, sobre mi cuerpo, ardían de placer, deslizándose
por todas las partes imaginables. Y las inimaginables también. Y ahí mismo, en ese living helado, me llevó, entre besos y caricias, hasta una de las paredes del
mismo, que comunicaba a un pasillo, me subió la pollera, comenzó a besarme mis partes íntimas, y me hizo el amor de una manera violentamente intensa. Ese sexo
que deja marcas de placer en la piel. Terminamos. Prendí un cigarrillo, conversamos algunas palabras, y me invitó a dormir con él. Fue la primera noche que dormimos
juntos. Al despertarnos, la mañana siguiente, hicimos un pacto: nadie debería enterarse de nuestro encuentro, ni dentro del trabajo, ni fuera de él, ya que él tenía novia.
Me bañé, me cambié y me fui.

Nadie debía enterarse dentro del ámbito laboral, ya que mi jefe (y su jefe también) tenía intenciones extrañas conmigo: me llamaba por teléfono para decirme cosas
subidas de tono, del tipo “si te agarro hoy te mato”, o “te veo divina hoy”, entonces no era conveniente ni oportuno que éste hombre sepa que su secretaria había tenido
un encuentro íntimo con unos de sus empleados. Es más, suelo recordar una y otra vez las veces que mi jefe me llamaba a su despacho y cerraba la puerta del mismo
con llave, una vez que ambos estábamos dentro, y me invitaba a salir, a su casa, intentaba tocarme los pechos, los glúteos, e incluso llegó a masturbarse frente a mí
hasta eyacular en la alfombra de su despacho. Por supuesto que yo no iba a limpiar, así que, como pudo, tuvo que hacerse cargo del semen disperso en la alfombra.
Los encuentros con Leandro eran cada vez más frecuentes, aunque comenzaba a impacientarme los días en que optaba por su novia, y no por encontrarse conmigo.
En esos momentos pensaba en la frase que, alguna vez, escribió Ian Curtis: “your confusion, my illusion”, aunque nunca supe si Leandro estaba realmente confundido.
Quizás era mi estima hacia él en aumento que me enceguecía, y creía sentir que él me apreciaba,
Siempre que nos encontrábamos, teníamos sexo. Del brutal, del desenfrenado, del ilimitado. Y conversábamos mucho, quizás demasiado. En una de nuestras
conversaciones post sexo, me comenzó a hablar de la casa. Era una casa importante, con 2 entradas, una entrada estaba en la cocina y la otra (que se suponía ser la
entrada principal) se encontraba en el living, cuya puerta estaba resguardada por dos altas columnas de mármol. Un pasillo oscuro y con alfombra roja en el
embaldosado, unía la cocina con el living. Dicho pasillo conectaba las cuatro habitaciones que contenía la casa. Dos habitaciones poseían baño privado. Junto al living
había dos puertas: una comunicaba al escritorio y la otra al comedor diario. Había una habitación que nunca se abría, y era la cuarta, contando desde la cocina en
adelante. Leandro me comenzó a relatar que en dicha casa habían muerto varias personas. Una de ellas era un bebé que, por su excesivo llanto, la madre del mismo
tomó la espeluznante decisión de ahogarlo con una almohada y, una vez muerto su hijo, se ahorcó de uno de los tirantes de la cuarta habitación. La que siempre
permanecía cerrada. Otra persona fallecida allí era un anciano, que fue dejado atado con esposas a una silla del living, y abandonado por su familia. El anciano murió
de hambre y sed. Según Leandro, había más gente que murió allí, pero que no quería contarme porque me asustaría. Yo ya estaba asustada, y le pregunté:
-¿Alguna vez has visto los espectros de ésta gente en tu casa?.
-Sí, infinidad de veces. Al viejo lo vi varias veces arrastrándose por el pasillo, o ingresando a mi habitación, o en la habitación de al lado. A la madre del bebé la veo
bastante seguido: me pide que le haga el amor hasta el cansancio. Y yo no me puedo negar, es una mujer irresistible. A veces viene con otras mujeres, y me pide que
le haga el amor a todas. Y yo cumplo con lo que ellas desean. Incluso he visto al bebé en reiteradas veces: una sola vez me asusté, cuando lo vi gatear por una de las
paredes. Ya después me acostumbré a todos ellos.
-Leandro, estás demente. Hacerle el amor a un ¿fantasma?.¡Eso es una locura!. Estás enfermo, muy enfermo.
-Pero, princesa, ¿ qué estás diciendo?. Yo vivo con ellos, los respeto y me respetan, me hablan y les hablo, la madre del bebé me pide sexo y le doy sexo, al igual que a
vos.
-¡ Pero yo no estoy muerta!, le dije.

Ahí mismo, y llena de pánico, me dirigí hacia la puerta y salí, prometiéndole que volveríamos a vernos y hablaríamos del tema. Me sentía perturbada. Tenía miedo de
volver a ver a Leandro. De volver a esa casa.
Pasaron los días, y tanto mi jefe como la novia de Leandro supieron de nuestros encuentros: yo fui puesta en aviso de que si se mantenía la relación quedaba
automáticamente despedida de mi trabajo. Entonces opté por dejar de encontrarme con Leandro fuera del trabajo. Lo que había entre nosotros era estrictamente
laboral, nuevamente. A él también le pareció apropiado.
Cierto día me llama a mi oficina, desde su casa, y me pide de encontrarnos, para hablar. Me dice que me extraña y que necesita verme. Accedí a verlo, sin decir una sola
palabra: él y yo sabíamos de ese encuentro. Nadie más. Me pidió que vaya a su casa, que quería que hablemos tranquilos, y allí me dirigí. Al llegar, estaba algo
alcoholizado. Hablaba pausadamente pero trastabillaba en su marcha. Nos sentamos en el living, siempre helado, y me ofreció algo de beber, lo cual rechacé. Se
escuchaban ruidos constantes y agresivos, pero no había nadie más en la casa. Para sacarme la duda, le pregunté a Leandro si había alguien más en la casa,
-Sí, están todos ellos - respondió Leandro.
-¿Quiénes? - pregunté.
-El viejo, la madre del bebé y las otras hermosas mujeres, el bebé. Están todos por ahí, ¿no escuchas los ruidos, Eli?
-No me embromes, esos ruidos no los pueden provocar fantasmas. Acá hay más gente. Si querés vuelvo en otro momento, Leandro.
-No, mi amor. Acá estamos vos, yo y ellos. Pero los dueños de la casa son ellos, así que pueden hacer los ruidos que quieran, mientras no te molesten.
-Me molesta, y mucho. Y descreo de los fantasmas, así que, si es cierto, que se hagan presentes, o hagan algo relevante, - dije.
Al terminar de decir esas palabras, la ventana que estaba en uno de los laterales de la puerta de entrada del living, se abrió de par en par. Las ventanas golpeaban
contra la pared. Leandro intentó cerrarla, pero le resultaba imposible. Yo misma intenté cerrarla, pero también fue imposible para mí.
-¿Ves lo que hiciste, Eli?. Están furiosos, y no conmigo.
-Sigo sin creer nada, Leandro. Sos un psicópata, un enfermo, me quiero ir de acá.
-No, vos no te vas. Viniste a que hablemos, a tener sexo y a dormir juntos, Eli, ¿o no te acordás de lo bien que la pasamos?.
-La pasábamos bien, Leandro. Ya no. Esto me asusta y mucho. Quiero irme de acá.
-No te vayas, Eli. Dame unos minutos que voy a ver como están, y vuelvo.
-¿Cómo  están quiénes?.
-Los dueños de la casa.
-Estás muy enfermo, Leandro.
-¿Creés eso?.
-Por supuesto, ¡hablar con espíritus, y no sólo eso, decir que los ves, y peor todavía, decir que tenés sexo con ellos!, estás enfermo, muy enfermo.
-Mi amor, ellos viven acá antes que yo, ya te lo he dicho. Déjame ver qué quieren, por qué están enojados, y vuelvo. Quizás la hermosa madre del bebé quiera
manosearme un rato. Y yo a ella.
Se sentían corrientes de aire frías dentro del living. Quizás sería porque la ventana inmediata a la puerta estaba abierta, pero era poco probable, ya que estábamos en
un sillón lejos de la ventana. Leandro se levantó del sillón, y se dirigió al pasillo de donde provenían esos ruidos incesantes. Se detuvo en alguna parte, donde se
comenzaron a escuchar diálogos casi imperceptibles para mí. Luego se escucharon jadeos. Luego silencio. Luego diálogos nuevamente.
Comencé a levantarme remisamente del asiento en el cual estaba sentada. Ya sólo escuchaba la voz agónica  de Leandro, el cual hablaba incesantemente con las
demás personas. No vislumbraba a nadie, sólo escuchaba frases inconexas, desconectadas, provenientes de alguna parte de la casa. De espaldas, y repasando en
mi registro mental la ubicación de la puerta de calle de la casa, me dirigía a escaparme de ese lugar, o sea, la morada de Leandro. Mis pasos eran firmes pero
cautelosos. No quería que ni Leandro, ni las demás personas, notaran mi partida escurridiza. Continuaba de espaldas, palpando las paredes, el diván, el piano,
siempre intentando llegar a la puerta de salida. Sabía que estaba cerca de ella, ya que el piano estaba próximo a la misma, en el helado living de esa casa. Continué
caminando sosegadamente  y en silencio, hasta que logré palpar una de las columnas del hall de entrada. Si franqueaba la columna, llegaba a la puerta. Llegué a la
puerta. Giré el picaporte, implorando, en silencio, no hacer ni el más mínimo ruido, pero la puerta no se abrió: estaba cerrada con llave. Palpé la cerradura, pero la llave
no estaba allí. Un escalofrío intenso recorrió mi cuerpo al ver a Leandro asomarse detrás de una de las columnas del hall de entrada, y dirigirse hacia mí. Su mirada era
libidinosa, y me decía una y otra vez “¿dónde creés que vas?. Yo, frente a él, no tenía manera posible de escapar. Así y todo, me acerqué a la ventana abierta y con un
“hasta nunca, Leandro”, me arrojé al vacío, desde un séptimo piso.
P O E S Í A S
EL PADRE, LA PUTA, LA HIJA
Griselda de los Milagros Espindola
TE HE LLORADO

Te he llorado
Como llora el universo
Su dolor de milenios
Mi llanto ha sido lluvia
Dolor, redención
Promesa, esperanza
Rio y vendaval
Génesis y paraíso
Incertidumbre y angustia
Holocausto
Día
Después de la tormenta




SE QUE TE VAS

Se que te vas
Y que la distancia es cruel
Pero mi amor te rondará
Como sangre
Como latido
Como grito desesperado
Porque somos carne y alma
Y te quiero para siempre




POESÍA INCONCLUSA

No repito tu nombre
Para evitar que el eco infidente
Muestre mi amor a tu desdén




CUANDO ALGUNA VEZ CREAS

Cuando alguna vez creas
Que la lluvia tiene algo
De mujer coqueta
Piensa
Hace muchos años
Un poeta soñaba
Que una tarde de invierno
Un poema de amor
Brindaría a una rosa





GUILLERMO CALLEJAS, nació en Managua, Nicaragua el 30 de
abril de 1958. Actualmente reside en California donde incursionó
en la poesía y la promoción cultural.
De su libro " Poemas para Jackie", hemos extractado estos
poemas.
UNA ESTRELLA


..........Quiero una estrella.
Esa herida en el cono sur de la tortura.
Quiero, colocarla en el dibujo brillante,
tal vez para recuerdo de mis hijos.


..........Quiero una estrella.
Esa fría en el dolor.
Recogerla, darle vida nueva,
tal vez para guardarla en mi cautiverio.


..........Quiero una estrella.
Esa impresa en tu palabra.
Tomarla, para poner uns flor
en su centro,
tal vez para una unidad de la primavera.


..........Quiero una estrella.
Esa que contempla la muerte,
tenerla en mi mano,
tal vez para que el poeta
que hace crecer las esperanzas.




POEMA



No, a la paz
manchada con sangre.
No, al amor
de tabernáculos inquisitoriales.
No, a la felicidad
construída sobre cadáveres.
No, al llanto
arrancado por la tortura desenfrenada.
Pero siempre un gran sí,
al hombre puro y simple de mi pueblo!






LEONARDO IBÁÑEZ  es un  artista  plástico  y poeta chileno
que reside   en Los Angeles. Para ver más trabajos de
Leonardo, visitar:
http://fineartamerica.com/profiles/leonardo-ibanez.html
Otra vez, como en aquel entonces, odio y amor, recuerdo y olvido, castigo y  perdón  fusionándose en un mismo sudor, en
una única huella.  En un ir y venir de tiempos,  que no conocen la   salvedad de las esperas. Dejando, en  presurosas  
zancadas, como  a  grotescos fósiles, mis  uñas partidas,  mis mares sin ramas.
Otra vez,  aquí,  trapecista sin red, suspendida entre rojos y azules verticales, en búsqueda  de mi ombligo, ése que me
haría única, si por fin lograría  abortar  la  gemela parásita,  que el padre, injertó con saña,  en mi entrepierna.    Aquí,   
pidiendo a gritos ser yo, ser  ésta,  que hoy, y ante los ojos del mismísimo Dios, sentada en un inodoro de un baño público,
garabatea en cincuenta centavos de  papel higiénico, un  ligero epitafio de  mi  existencia.

Sí, indiscutiblemente ser  yo, esa que en adelante conocerás como la hija, la que busca  reencontrarse sin retroceder,  sin
respiro, sin vuelta de página.  Absurda manera de recapitular nuestras vidas.   Inusual manera de dejarte caer,  tres moscas
en  la  sopa.
De Paraguay generalmente llegan pocas o ninguna noticia. Sin embargo, este país con una historia trágica de guerras perdidas y dictaduras interminables, ahora
podrá ser asociado para siempre con una nueva terminología en el diccionario de la inestabilidad política de América Latina: el "golpe de estado constitucional".

La frase parece una sucesión de premisas contradictorias. Sin embargo, en la selva política paraguaya es un ejercicio silogístico que justificó la remoción del
presidente Fernando Lugo, democráticamente electo por el pueblo, a través de maniobras que trataron de mantener las apariencias de legitimidad constitucional.

Todo ocurrió tan rápido que la explicación cabe en una sola oración. La derecha conservadora (léase Partido Colorado y asociados) aprovechó un incidente en el
que murieron 17 campesinos y policías, en una remota localidad del nordeste del país denominada Curuguaty, para iniciar un juicio político al presidente Lugo y, en
menos de 48 horas, lo destituyeron de su puesto.

Se puede debatir hasta el cansancio sobre quién disparó el primer tiro cuando la policía llegó al lugar a desalojar a integrantes del Movimiento Campesino de los
Carperos que habían ocupado tierras del millonario Blas Riquelme, un poderoso ex senador del Partido Colorado. Hasta se puede entender si en medio de la
confusión, como sugieren algunas versiones, la policía reaccionó a los tiros. Lo que no se presta al debate ni se puede aceptar es cómo de este incidente policial
relativamente minúsculo, en un mundo en donde asesinatos, bombas y ataques terroristas cobran cientos de vidas cotidianamente, se pasó a una sucesión de
hechos políticos que desembocaron en el derrocamiento del presidente constitucional del país.

La respuesta, obviamente, no se centra en el incidente de Curuguaty, sino que está conectada con variables de la compleja realidad política paraguaya. Una
realidad en la que los partidos tradicionales, que continúan controlando las corruptas instituciones del estado, no cedieron mucho espacio político para que Lugo,
que llegó al poder en agosto de 2008, pudiera cumplir su mandato. Sin apoyo del Congreso Nacional, sus propuestas legislativas no fueron muy lejos. Esta
percepción de inacción y falta de resultados concretos le costó el apoyo de los sectores progresistas y de izquierda que eran su base natural de sustentación

Así que acosado por la derecha, en un estado de ingobernabilidad asfixiante y sin aliados ni base política que lo apoyara, Lugo estaba en una situación de extrema
vulnerabilidad política.

Aparte, en el espectro ideológico latinoamericano, Lugo siempre fue percibido como un izquierdista que amenazaba el status quo de la derecha y los conservadores
paraguayos. Si bien no era un Hugo Chávez ni un Evo Morales, su retórica progresista y la amenaza de una reforma agraria, que nunca avanzó más allá de los
discursos, fueron percibidas como un factor desestabilizante para aquellos que históricamente se han beneficiado de un sistema con profundas injusticias sociales
y económicas.

Por supuesto lo que ocurrió en Paraguay no es nada excepcional. La derecha latinoamericana aprovecha cualquier oportunidad para prevenir, frenar y revertir
reformas a través de cualquier método, ya sea constitucional o anticonstitucional. Valga recordar la historia reciente de Manuel Zelaya, de Honduras, que fue
derrocado entre gallos y medianoche el 28 de junio de 2009. Otros líderes progresistas de la región también estuvieron muy cerca de correr la misma suerte, como
Hugo Chávez, de Venezuela, en el golpe de abril de 2002 y Rafael Correa, del Ecuador, en septiembre de 2010. En este mismo momento, Evo Morales, de Bolivia,
parecería confrontar una amenaza similar.

La diferencia entre esos golpes de estado y el de Paraguay es que con Lugo se utilizó al Congreso Nacional para inventar esta parodia de juicio político en el que en
solamente un día y medio se enjuició y condenó al presidente. A un ladrón de gallinas se lo acusa, se le asigna abogados, se hacen mociones, se realiza el juicio,
se lo sentencia y después vienen las apelaciones. Un proceso que puede durar meses, sino años. Al presidente del Paraguay en solamente un día y medio se lo
enjuició y destituyó.

Argentina, Venezuela y Ecuador retiraron sus embajadores y el Mercosur, la poderosa alianza comercial de la región, repudió la "ruptura del orden democrático" y
decidió suspender a Paraguay que no podrá asistir a la próxima reunión del grupo. Un primer paso razonable que debe ser emulado por la comunidad internacional
hasta tanto Fernando Lugo sea restituido en el poder en este país sudamericano sin costas y, ahora, sin democracia.



NÉSTOR FANTINI es editor fundador de La Luciérnaga Online.  
E N S A Y O S
UNA NUEVA TERMINOLOGÍA: EL GOLPE DE ESTADO CONSTITUCIONAL
Néstor Fantini
© La Luciérnaga Online, 2012

La vida es como una enciclopedia: viene por fascículos y llena de sabiduría.


Un verdadero amigo es aquel que nos enriquece y perfecciona, no por lo que de él mismo nos da, sino por lo que de
nosotros mismos descubre.


Por querer ser el país número uno, Estados Unidos es el mayor consumidor de cocaína en el mundo.


El coraje no es más que una especie de terquedad.


Si nos toca la luz roja de cada semáforo, es porque vamos atrasados.


Mandamiento obvio: No coleccionar infracciones de tránsito.


En los países comunistas el que intenta suicidarse es condenado por atentar contra una propiedad del Estado.


Hay dos formas de ser rico: ganando más o deseando menos.


Para el emigrante, la esperanza es lo último que se pierde. Para el inmigrante, lo primero que se pierde es la
dignidad.


En la intimidad las parejas exponen su privacidad.


Ante el sexo consentido, la demanda es sin sentido.


Definición de Prisa: Virus de epidemia mundial.
R E F L E X I O N E S
Rafael Carvajal, colombiano que escribe ingeniosos  dichos   
populares que aparecen en publicaciones como
Tiempo Sur e
HispanicLA.
rafiacv@yahoo.com
M Á X I M A S   Y   M Í N I M A S
Rafael Carvajal
JULIO-AGOSTO 2012