| © La Luciérnaga Online, 2010 |

Hace muchos años, en un lugar que todos habían olvidado, las plantas y las flores ya no crecían. Los animales y los granjeros estaban tan tristes de ver la tierra seca y desolada. En una pequeña casita vivía una mamá coneja con sus tres conejitos. Una mañana mamá coneja hizo tres pastelitos sabrosos con la última harina que le quedaba. Mamá coneja llamó a sus hijitos y les dijo, —Conejitos, no hay nada que comer en esta casa. Acabo de hornear estos pastelitos sabrosos. Quiero que cada uno de ustedes lleve a vender un pastel al mercado. Tengan cuidado. Véndanlos a un buen precio para que tengamos dinero con que comprar comida. Los conejitos estaban contentos de ayudar a su mamá. Cada uno agarró un pastelito sabroso y se fueron al mercado. —Recuerden de venderlos a un buen precio—les recordó su mamá. El primer conejito se fue brincando al mercado. Se paró a contemplar la tierra seca y enferma. De repente la tierra le comenzó a hablar— Conejito, conejito dame ese pastelito sabroso. Tengo tanta hambre. —Claro, dame cinco dólares y el pastelito es tuyo —le contestó el primer conejito. —No tengo dinero, pero si me das el pastelito sabroso me pondré muy fuerte. Seré una tierra muy rica donde las plantas y flores crecerán con alegría —le dijo la tierra. El primer conejito le dio el pastelito a la tierra. La tierra se lo comió y los dos estaban contentos. El segundo conejito se fue trotando al mercado. Se paró para ver los débiles rayos del sol. De repente el sol le comenzó a hablar—Conejito, conejito dame ese pastelito sabroso. Tengo tanta hambre. —Claro, dame diez dólares y el pastelito es tuyo—le contestó el segundo conejito. —No tengo dinero, pero si me das el pastelito sabroso me pondré muy fuerte. Me pondré redondito, mis rayos serán resplandecientes. Les daré luz a todas las plantas y flores para que crezcan con alegría—le dijo el sol. |
El segundo conejito le dio el pastelito al sol. El sol se lo comió y los dos estaban contentos. El tercer conejito se fue corriendo al mercado. Se paró para ver una pobre nube gris. De repente la nube le comenzó a hablar —Conejito, conejito dame ese pastelito sabroso. Tengo tanta hambre. —Claro, dame quince dólares y el pastelito es tuyo —le contestó el tercer conejito. —No tengo dinero, pero si me das el pastelito sabroso me pondré muy fuerte y tendré más energía. Me llenaré de agua fresca. Lloveré y lloveré. Le daré agua a las plantas, flores, lagos y ríos. El campo se pondrá tan verde y bonito. Las plantas y flores crecerán con alegría — le dijo la nube. El tercer conejito le dio el pastelito a la nube. La nube se lo comió y los dos estaban contentos. Los tres conejitos regresaron a la casa y le contaron a su mamá todo lo que les pasó. —Los engañaron. Ahora no tenemos ni el dinero, ni los pastelitos sabrosos —les dijo la mamá coneja muy enojada. Esa noche mamá coneja y los conejitos se fueron a la cama sin cenar. Algo maravilloso pasó esa noche, comenzó a llover. Al día siguiente la tierra estaba húmeda y los rayos resplandecientes del sol se asomaban por el horizonte. Los conejitos le pidieron a su mamá que plantaran semillas de zanahoria, lechuga, trigo y maíz. Después de sembrar los conejitos y su mamá le dijeron a todos los que se encontraban que era el mejor tiempo para sembrar. Días después la tierra estaba bonita con muchas flores y alrededor de la casa de los conejitos crecían crujientes zanahorias y redondas lechugas. Los tallos de las plantas de maíz y trigo estaban tan altas que los conejitos hacían competencias para ver quien podía alcanzarlas hasta arriba. Habían pajaritos y mariposas. El agua regresó a los lagos y ríos. El sol brillaba como nunca. Mamá coneja y los conejitos tuvieron suficiente comida y vivieron felices para siempre. |
| C U E N T O S |
| LOS TRES PASTELITOS SABROSOS |
| René Colato |
René Colato nació en El Salvador. Maestro del Distrito Escolar de Los Angeles y autor de cuentos infantiles. Algunos de sus textos son usados en escuelas primarias de California y Texas. |
| N O V E L A |
| NUESTRA VIDA |
| Vilma Palma |
| DEL CAPÍTULO 35 La única realidad en ese momento era que estábamos juntos. Nada más importaba. En un instante con un gemido suave pronunció mi nombre. El sonido de mi nombre me penetró en la piel como la espina de una rosa. Un calor total se apoderó de mí llenándome de felicidad. “Vilma”. La palabra salió nuevamente tan suave que no escuchaba, como un murmullo que hizo eco en mi corazón. Yo finalmente había comprendido el secreto de mis sentimientos hacia él. Las horas pasaban como un soplo divino. Salíamos de la carpa, nos bañábamos, comíamos y volvíamos a hacer el amor. Los dos éramos insaciables. Yo no sabía lo que era tener un órgasmo. Por primera vez en mi vida sentía que todo era perfecto. Sólo quiero decirles que esa noche supe lo que quiere decir “hacer el amor”. Sentir lo que es estar enamorada. Sentir que el mundo dejaba de existir. Néstor despertó todos mis instintos de una forma que siempre me referí a esa noche como... ¡La noche que por primera vez le vi la cara a Dios! Nunca me sentí tan querida o tan adorada de esa forma antes, nunca con tanto placer y pasión. Descubrimos que los dos éramos el uno para el otro, en todo sentido. Sentirse cómodo con otro ser es muy difícil. La posesión que Néstor me pedía era total y yo me entregué como nunca lo había hecho. Constantemente me preguntaba si era de él. Esa obsesión me fascinaba y me encantaba. Afuera de la carpa las gaviotas cantaban; murmurando y susurrando canciones de amor, brindando por nuestra felicidad. ¿Por qué la vida a veces parece tan hermosa y otras veces es como si el sol no existiera? Me dejé llevar por el momento de éxtasis que para mí era una locura total. Éste era un juego muy peligroso para los dos. En ese momento acepté nuestra existencia separados uno del otro a un costo muy alto para mí. La realidad era mucho peor de lo que nunca me hubiera imaginado. ¿Cómo dejarlo y no verlo más? El castigo que me impuse fue más fuerte de lo que podía soportar. Néstor desesperadamente necesitaba estar atendiéndome. Yo era el centro de su universo. Podía sentir que me rodeaba de atención, caricias, pasión, amor y cariño. Es divino ser adorada de esa forma. Al mismo tiempo me daba miedo. Yo no sabía si podía ser capaz de ser el centro de la vida de otra persona, el sol de alguien. Cuando hablé con Néstor de estos pensamientos, me dijo: “La realidad es que estoy totalmente enamorado de vos. Desde que era un niño supe que ibas a ser mía. No me importa si me quieres con la misma intensidad; déjame quererte. Tú puedes decidir y sentir lo que quieras, pero quiero que sepas que te quiero y siempre te querré. Aunque te vayas de mi vida y nunca nos veamos más, hoy me diste tu vida, fuiste mía y siempre lo serás”. No le contesté. No supe qué decirle. (de Nuestra Vida, Capítulo 35, AuthorHouse, 2009) |
Hace muchos años, en un lugar que todos habían olvidado, las plantas y las flores ya no crecían. Los animales y los granjeros estaban tan tristes de ver la tierra seca y desolada. En una pequeña casita vivía una mamá coneja con sus tres conejitos. Una mañana mamá coneja hizo tres pastelitos sabrosos con la última harina que le quedaba. Mamá coneja llamó a sus hijitos y les dijo, —Conejitos, no hay nada que comer en esta casa. Acabo de hornear estos pastelitos sabrosos. Quiero que cada uno de ustedes lleve a vender un pastel al mercado. Tengan cuidado. Véndanlos a un buen precio para que tengamos dinero con que comprar comida. Los conejitos estaban contentos de ayudar a su mamá. Cada uno agarró un pastelito sabroso y se fueron al mercado. —Recuerden de venderlos a un buen precio—les recordó su mamá. El primer conejito se fue brincando al mercado. Se paró a contemplar la tierra seca y enferma. De repente la tierra le comenzó a hablar— Conejito, conejito dame ese pastelito sabroso. Tengo tanta hambre. —Claro, dame cinco dólares y el pastelito es tuyo —le contestó el primer conejito. —No tengo dinero, pero si me das el pastelito sabroso me pondré muy fuerte. Seré una tierra muy rica donde las plantas y flores crecerán con alegría —le dijo la tierra. El primer conejito le dio el pastelito a la tierra. La tierra se lo comió y los dos estaban contentos. El segundo conejito se fue trotando al mercado. Se paró para ver los débiles rayos del sol. De repente el sol le comenzó a hablar—Conejito, conejito dame ese pastelito sabroso. Tengo tanta hambre. —Claro, dame diez dólares y el pastelito es tuyo—le contestó el segundo conejito. —No tengo dinero, pero si me das el pastelito sabroso me pondré muy fuerte. Me pondré redondito, mis rayos serán resplandecientes. Les daré luz a todas las plantas y flores para que crezcan con alegría—le dijo el sol. |
Vilma Palma nació en Argentina y se radicó en Los Angeles en 1962. Maestra de español y empresaria, publicó esta novela autobiografica en memoria de su esposo. |


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