© La Luciérnaga Online, 2013
C U E N T O S
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
Escuchar cómo se caen uno a uno los sueños y se
rompen de cristal en los bajos del puente es una extraña
forma de despertarse a esta realidad que nadie quiere
reconocer.  Desde siempre, desde antes de los
hombres barbados y metálicos, esta tierra pantanosa
que hoy se llama North Long Beach era una llaga mal
mirada por los viejos Shoshones.  Seres abominables
brotaban de su entraña devorándoselo todo.  En el
círculo sagrado de los tipis cupeños montaban guardia
los jóvenes guerreros armados de lanzas y de flechas
salvaguardando la comunidad de un ataque de los
hombres lobo.  Los nativos de las tierras centrales
llamaron a mi gente hijos de Owayodata, pero aquí,
escupiendo a la fogata y librándose del mal presagio
simplemente decían los lobos rojos al referirse a los
devoradores de carne que vomitaban de vez en cuando
las tierras inhóspitas cercanas a la playa helada y
tempestuosa que hoy los sobrevivientes del naufragio
llaman Long Beach.  Vienen de las estrellas y llegaron
cuando aún la tierra estaba calientita y blanda, decían en
torno al hogar y contaban frugales ceremonias donde
nosotros sacrificábamos a los Wintun y a los Shumash
prisioneros para beneplácito de nuestros cuatro
estómagos, de nuestra hambre indomeñable que según
ellos había devastado planetas enteros hasta llegar
aquí.  Librarse de nosotros en vida a pesar de ser un
arduo trabajo para los nativos de la gran California no se
comparaba con la magnitud inconmensurable de
librarse de nosotros en muerte.  Venidos de presentes
ignotos y estelares los lobos rojos solían atrapar las
almas, el tonal, la esencia de los muertos para llevarlos
con ellos a habitar sus ciudades malditas profundo
adentro de la tierra por la cueva sin fin, esa era la
leyenda propagada de callejón a callejón desde Culver
City hasta la blanca y habitada de mujeres con rostro de
arco iris Simi Valley.  A los hombres se los devoraban de
a pocos esclavizándolos en trabajos forzados y a las
mujeres las utilizaban como vientres prolijos.  Una
enorme piedra clausuró hace muchos lustros la entrada
o la salida a nuestros mundos sellando la gruta de
Aztací, que en referencia a nuestro lugar de origen
significa dentro de la madre.  Los buscadores de oro
hartos de tener miedo se decidieron de una buena vez y
con muchos trabajos a taparle la boca a la ignominia,
hoy esa gesta apenas se recuerda y nuestro paso por
esta tierra quedó reseñado en unas líneas perdidas que
se conservan a pesar de todos y de todo en un memorial
de viajes que un viejo gambusero holandés llamado
Nestoriuss Fantini el rojo, famoso por ser el despiadado
amor de Calamity Jane y no por denunciar una horda de
saqueadores de tumbas y de bebedores de sangre
escribió y que lo catapultó al olvido acusado de borracho
y de embustero.  Bajo el sol rompe huesos de un 21 de
agosto para ser exactos de principios de un siglo
marcado por el hacha y las cruces en fuego, sin decir
agua va y ayudados por todos los caballos de la tierra
pulgada a pulgada movieron los tramperos una montaña
entera hasta sellar la cueva por donde aparecían los
lobos rojos destilando pavor.  Signal Hill se llama hoy la
tierra que en esos momentos no tenía otro nombre que
la zona, allá por donde apesta, decían siempre evitando
tan siquiera nombrar lo que nosotros llamábamos
Aztací.  El temor y los ríos de wiskie barato pronto
hicieron olvidar que alguna vez por entre la niebla
apestosa y por entre los ríos calientes que después se
LOS LOBOS ROJOS
José Manuel Rodríguez
tirara una manotada de agua podrida en el rostro lo
sentimos.  Sabedor del infierno interno que padece
evito contemplarme en sus ojos.  Si se puede a la
carrera me alejo de su senda, de su hábitat, de la zona
donde invariablemente ha de salir a cazar y
atentamente tomo nota del lugar y la hora para evitar
encuentros que nos dañen el día.  Hace tiempo conté
cuatro lobos rojos sobrevivientes que debido a la
transmutación del aceite en el agua se convirtieron en
tres que un ataque voraz de melancolía y de amor
transformó en dos por la magia de dejarse morir de
inanición.  Hermana de los cabellos dorados quiero
sentir el amor humano que envenena los dedos,
escribió el lobo rojo en la piedra dorada del vetusto
cementerio serbio con sus últimas fuerzas.  Los más
viejos del barrio aún rememoran lo que entonces se
conoció como la invasión de los lobos.  Vinieron a
devorarse uno de sus hermanos, fueron un par de
noches terribles en las que el único que se atrevió a
dejar la seguridad de las casas e investigar por qué
tanto barullo fue un viejo deschavetado que llamaban
Fantini el Rojo y que pasmado por lo que contempló a
partir de esas fechas se largó incólume a contemplar el
cielo buscando una respuesta.  Aztací, solía repetir
hasta el cansancio a lomos de sus borracheras
legendarias sin que nadie pudiera descifrar qué
diablos significaba eso.  Hace añales que vino por
última vez el otro lobo rojo a la Sherry y la Willow y hace
una eternidad que yo vago solo por las calles buscando
en cada rostro una señal.  Esporádica la sed me obliga
a dejar a un lado la tranquilidad de mi escondite para
salir a hacer lo que mejor nos sale a los lobos rojos.  
Cuidándome de todos me trepo a la pared y cuidando
de no pisar sobre los muertos ajenos me abrazó a la
piedra que me resguarda el Aztací y lloro que como ya
lo saben es nuestra única manera de ser parte del
Tlahuizcalpantecutli, del lucero del día y de la noche, de
la Venus que es nuestra madre eterna que dormita a la
espera de que vengan los grandes terremotos y nos
abran la puerta para siempre.
LAS CALLES DEL PUEBLO
Cecilia R. Davicco
..Eran  las  4  de  la mañana cuando don Miguel comenzó a prepararse   para  el  viaje.  
Hacía  ya tiempo que no iba a su pueblo  natal,   pero  con  la  llegada  del  hijo  que  
venía   de Estados  Unidos,   la  visita  era  casi   una   deuda   con   los parientes.  
Manuel,  el mayor de los cuatro, hacía tiempo que vivía  en  Los  Angeles  y, después  
de años de exilio, venía a visitar a la familia.
....Llovía  torrencialmente,  pero  ya  habían  solucionado   los inconvenientes   que   
pudieran   haber   cancelado   el  viaje. Además,  el  pronóstico  anunciaba  que  a  
media   mañana saldría el sol.
....En  su  última  revisión medica,   habían encontrado que la vista  de  don  Miguel  
estaba  muy  deteriorada  y se le había recomendado que no manejara.  Manuel, el
Yankee como le decían  los  parientes,  no  sabía  conducir  autos a cambios, porque  
en Norteamérica, como él siempre explicaba,  todos manejan automáticos. Don
Miguel, le había sugerido a su hijo que manejaran en equipo. Él se haría cargo de los
pedales y cambios  de  marcha,  mientras  que Manuel se ocuparía del volante.
....Obediente  de  las  leyes  y  la  seguridad   que   le   habían inculcado  los  años de
educación en USA, hicieron que ante semejante   propuesta,   Manuel  la rechazara  
de  plano.    El Chelo, amigo de don Miguel y vago desocupado, andaba por allí
cuando escuchó del viaje. Como su agenda  para el fin de semana  estaba  en  
blanco,  se ofreció a hacerles de chofer.  
A las 4:30 de la mañana del sábado, el Chelo llegó puntual a la casa  de  los  Viruta.  
Sus sesenta y pico  de años estaban muy bien llevados. Sin mujer que lo agobiara, ni
trabajo que le exigiera, el Chelo encerraba  el secreto de la eterna juventud. Don  
Miguel  y  Manuel  ya  estaban  con  sus  petates   listos, esperándolo    para  partir.    
La  ruta   estaba  casi  vacía.   El Chevrolet verde cotorra se deslizaba suavemente
mientras la radio  a  todo  volumen,  dejaba  oír  los  acordes de la última cumbia de
los Huahuanco.





















....Las calles del pueblo son anchísimas. Ha llovido y se han llenado   de charcos de
agua. Los hay de todos los tamaños. Charcos    ovalados,     redondos,     cuadrados    
y   amorfos.
Cuando el lechero en su recorrido diario, empezó a llenar  la jarra que la Teresita le
extendía, le contó lo sucedido la noche anterior  en  lo de  don Panza. Ella siempre
sabía todo lo que ocurría en el pueblo, pero este asunto se le había escapado, debía
salir de inmediato a recabar más datos.
....El  pueblo  tenía 10 cuadras de ancho por 10 de largo. Ella vivía  en  una  de  las
últimas calles, pero nadie se explicaba cómo, desde ese rincón tan alejado, podía
saber más que el mismo  Cura  Párroco  o  los  de la Unión Telefónica. Apenas dejó  
la  leche  en  la  heladera,  se  metió las agujas de tejer debajo de los sobacos, unos
ovillos de lana en el bolsillo de su  delantal  y  mientras  tejía,  comenzó a caminar
despacito hacia el lugar de los hechos.

....Don  Miguel  va  sentado  al  lado del Chelo. Éste maneja y Manuel  desde  el   
asiento   de   atrás,   no   para   de   hacer comparaciones.   “Los autos automáticos
son mejores, más cómodos  de  manejar.   Y los freeway...,  no saben lo que es
manejar  en  un freeway,   son más rápidos y seguros...”    El Chelo ya le está por decir
una barbaridad de lo “perfecto que es todo por allá”,  cuando escuchan en la radio:  “
Alerta para los  radioescuchas  de  la zona. Desde hace más de un mes una
seguidilla de robos  está azotando a las poblaciones de la zona dejando una zaga de
…”
....”Eso no ocurriría allá”, interrumpe Manuel, “la policía es muy eficaz  y, con  los  
adelantos   que   cuentan,   enseguida   los encontrarían,  sin  ir más lejos…” El Chelo
revolea los ojos y comienza a tararear un tanguito, mientras don Miguel cabecea
medio dormido.

....Puntualmente,  la Publicidad  Nella  comienza cada día su audición de la mañana a
las diez y media. Durante esa hora, a través  de  parlantes colocados
estratégicamente a lo largo y ancho del pueblo, Publicidad Nella transmite música,
noticias locales  y  publicidad:  “Si  su  reloj  no  funciona, Godoy se lo soluciona”,  
“Compre  en casa More, donde un peso, vale tre”. “Atención,  atención  este  es un
llamado a la solidaridad. Se ruega a los pobladores que ante la situación que vive la
zona, cualquier automóvil o persona desconocida que se vea por el pueblo,  sea  
reportada   de   inmediato   a   las   autoridades policiales.” Después de repetir el
pedido varias veces y, en un tono de extrema urgencia, comienza la sección de
música con Sandro    cantando    a    todo    pulmón,      ”Rosa,   Rosa,  tan maravillosa”.

....La Teresita tiene bigotes negros y lunares prominentes en la cara.  Mide  casi  2  
metros  de  alto y pesa lo que el último campeón  peso  pesado  acusó  en  la balanza.
Ella siempre está  tejiendo.  Es  como  la Penélope de Homero, nunca los termina,  
pero  forman  parte  de  su  atuendo.   Esa mañana, salteando charcos y
embarrándose hasta las rodillas, se fue acercando hasta lo de los Panza. Para hacer
la pesquisa más disimulada, en lugar de pasar por el frente de la casa, eligió ir por el
callejón de atrás.  Desde allí podría ver directamente a través del patio lo que pudiera
estar sucediendo,  y después daría  la  vuelta  a  la  manzana para entrevistar a los
vecinos. Con  tanta  lluvia, el  callejón  era  un  lodazal.   Los   charcos proliferaban en
cantidad, tamaño y profundidad.  La Teresita, concentrada  en  su  tarea,  y por
esquivar un pozo, metió las patas  en  el  que  parecía  un  inofensivo  charco.   Perdió  
el equilibrio,  y  por  evitar  clavarse las agujas, cayó con todo el peso  de  su cuerpo,
dando un terrible panzaso. Como pudo, trató de enderezarse, pero el pie le había
quedado atascado. Empezó  a  gritar  por  ayuda,  pero  justo  en  ese   momento
Publicidad Nella daba comienzo a su audición de la mañana al  ritmo  de  Caballería  
Rusticana, que era la marcha que la identificaba. Sus gritos quedaron silenciados por
la música y allí quedó la Teresita, embarrada, secándose al sol que,como el  
pronóstico  anunciara,  se  había  abierto  paso  entre   las espesas nubes. Tampoco
la oirían desde lo de don Eduardo, porque éste estaba  detenido  desde la noche
anterior.   Y  la esposa,    doña   Porota,   y   el   forastero  que  la  visitaba   a
hurtadillas, habían sido trasladados al hospital más cercano, para  atenderles   las   
heridas   propinadas   por  el   marido engañado.
....Eran casi las once de la mañana cuando el Chevrolet verde cotorra  entró  al  
pueblo.   Las  ruedas  hacían  chís chis al ir chapoteando en el barro. Don Miguel
sugirió que primero,y por la hora que era,  deberían ir a lo de la tía Maruja, que a estas
horas estaría mateando en la cocina. Por la condición en que estaban  las  calles  
después  de  la  lluvia,   debieron dar un rodeo.   Don Miguel  cada  vez  que  venía al
pueblo  se ponía nostálgico  y  le  pidió al Chelo que pasara por donde alguna vez
había vivido su familia.  
....

   “Dobla por el callejón,  así veo la casa y de paso acortamos camino  a  lo  de  la  
Maruja”,  le  dijo  al  Chelo. Obedeciendo órdenes,  manejó hacia el callejón, pero ahí
mismo tuvo que clavar  los  frenos  porque  en  medio  del  camino  yacía una enorme  
figura  de  lodo.  La  Teresita  parecía el proyecto de algún  alfarero  novato.  Era  una
masa informe de barro y no podía articular palabra porque el sol ya le había
comenzado a secar el barro de la cara. Don Miguel la reconoció. Le pidió alChelo  que  
se  arrimara,  así  entre  los tres la subirían  para llevarla a la casa. Con cuidado de no
arruinar el auto, el Chelo lo  estacionó  casi  pegado  a  la Teresita, abrió las puertas y
bajó para  ayudar a los otros dos buenos samaritanos. Entre los tres no hacían uno.   
El Chelo en su vida había levantado algo más  pesado que la  bolsa del pan,   don
Miguel porque estaba viejo y Manuel,  como buen ciudadano norteamericano, tenía
abierto un “Caso” por haberse dañado la espalda en el trabajo.   De todos modos,  
Manuel siguiendo los pasos que había aprendido en un curso acelerado de Primeros
Auxilios, la prendió de lo que alguna vez fuera la cintura. Los otros dos, le tironeaban
las piernas para despegarla del barro.  En eso estaban cuando doña Adela Marconi,
que vivía en la esquina del  callejón,   salió  a  hacer  sus  mandados.   Al ver un auto
desconocido y tres sujetos sospechosos tratando de subir al auto  un  bulto  que  
parecía  humano, sin esperar más, salió corriendo a la comisaría.

....A Gonzáles y a Ayala les había tocado hacer guardia este fin de semana. Después
del ajetreo de la noche anterior, bien se merecían  un  asadito.  Es  que  don Eduardo
Panza, hombre bueno y pacífico por naturaleza, se había resistido fieramente a  quitar  
las  manos  que  tenía alrededor del cuello de doña Porota hasta que el Dr.
Fernandez, con un movimiento rápido y  certero,  le  aplicó  una  pichicata   que lo
durmió al instante. Estaban  escarbándose  los  dientes  y chupando los últimos
huesitos  que quedaban con carne, cuando doña Adela entró sin  aliento.  En  un  
torbellino  de  palabras  y  apurada por la inminencia  de  los  hechos,  hizo  su  
declaración  de  lo  que acababa  de  presenciar.   Como  buena  ciudadana,   estaba
cumpliendo  con  su  deber  cívico  de  denunciar    “cualquier hecho  o  persona  
desconocida que se viera en el pueblo en actitud sospechosa”. Tratando de
abrocharse el cinturón, que ahora   requería   un  agujerito   más  flojo,   los  dos  
agentes subieron  a  los  móviles  y  emprendieron el camino hacia el callejón de los
infortunios.

....Después  de  varios  intentos  de remover a la Teresita del pegajozo lodo,  y  en un
esfuerzo conjunto que le dislocara el pie,  lograron    arrastrarla  y  subirla  al  
Chevrolet.   Sudando copiosamente por el esfuerzo, los tres samaritanos subieron al
auto y emprendieron la marcha hacia la casa de la Teresita. Cuando los agentes
llegaron al lugar de los hechos, lo único que  quedaba  era  la   marca  de  las  ruedas  
del   Chevrolet grabadas en el barro. Como buenos pesquisas, siguieron la huella  y  
apenas   doblaron   la   esquina  lo  vieron  que   iba sorteando  charcos,  a  sólo   una  
cuadra   delante  de   ellos.  Aceleraron  la  pedaleada  y  el  agente  González,  en un
acto como  lo  había  visto  hacer  al  Clint Eastwood en la película  Harry el Sucio, saltó
de la bici y se paró delante del auto. Con una  mano  hacia  delante  indicó  que  
pararan  y  con la otra empezó  a  sonar  el  silbato.  En  menos de un segundo, las
doce   puertas  de  las  casas  de  la cuadra se abrieron para dejar  asomarse  a  sus
habitantes que, felices de tener algo para contar los próximos años, se sentaron en el
cordón de la vereda a presenciar el espectáculo.
....Manuel,   que  tenía  titulo  universitario  de una prestigiosa universidad  de  
Norteamerica,  le  pidió   a don Miguel que le dejara hablar a él. “Dejá que esto lo
arreglo yo”. Y se bajó del vehículo.    Ayala  no  espero  a  que  el  Chelo buscara en su
roñosa  billetera  los  documentos,  porque   al  ver al Manuel apearse  del  auto,  le  
saltó  encima,  le   extendió los brazos sobre  el  techo  del  auto  y   le  hizo  abrir  las  
piernas   para palparlo.  Manuel empezó a vociferar que  él era un ciudadano que   
tenía    derechos    constitucionales    que    debían   ser respetados, agregando:
....“Y si estamos en democracia, ¿qué clase de democráticos son  los  servidores  
públicos que invaden la privacidad de la gente?   ¿O  es  que  acaso  todavía   
seguimos   siendo   los mismos fascistas de siempre?” El agente González, que para
ostentar su placa  había hecho un curso meses atrás, todavía recordaba algunos de
los reglamentos aprendidos.    “Usted tendrá todos los  derechos que dice,   pero a mi
me dieron el derecho constitucional de  pedirle documentos y hasta llevarlo a la
comisaría si se insubordina”.
....Allí  quedó  el Chevrolet verde cotorra con la Teresita que a estas horas ya estaba
totalmente tiesa.  Ayala encabezaba la fila   india,    seguido   por   el   Chelo,  don
Miguel,   Manuel  y, cuidando  la  retaguardia,   iba  González.    De  camino  a   la
comisaría,  le  pidieron  a  Jerónimo Herrera, el mecánico del pueblo   que   manejara   
el auto  hasta  la  comisaría  y   que además  la  ayudara   a  la   Teresita  a  bajarse  
para prestar declaración. El Jerónimo se rascó la cabeza, pensando cómo se  las  
arreglaría  con  semejante  mastodonte.  Pero no dijo nada,  porque  desde  que  lo
habían encontrado saliendo de madrugada  de la casa de la Adriana Bertone con los
zapatos en la mano, los favores que le pedían los cumplía sin chistar.

....El mobiliario del calabozo, consistía en dos sillas y un catre con  patas   de madera
en cruz, con una lona que alguna vez había  sido  blanca,  pero después de tantos
años y cuerpos que    lo   usaran,     tanto   su   olor   como    su    color    eran
indescifrables. Los que más lo usaban eran los agentes, que cuando  estaban  de  
guardia  se turnaban para dormir.  Este sábado,  lo  ocupaba  don  Eduardo  que,  por  
el   efecto   del calmante,  dormía  como  un  angelito,  roncando  y soplando zetas  por  
detrás  del  bigote.   Al llegar los nuevos visitantes, don Eduardo entreabrió los ojos y
creyendo ver al amante de su esposa en la figura de Manuel, se enderezó para
pegarle. Viendo  que  sus  derechos  constitucionales  una  vez   más habían quedado
enterrados en el barro del pueblo, comenzó a pedir  que  lo  comunicaran  con  la  
embajada   de   Estados Unidos, además de amenazar a los agentes que, por su falta
de idoneidad en el desempeño de sus funciones, iban a ser responsables  de  lo que
pudiera venir. Ante la amenaza que éste representaba,  sacaron a los demás presos
al patio.   A don  Eduardo,  como  seguía  durmiendo,  lo  pusieron en un rincón para
no pisarlo y el único que quedó en el calabozo fue Manuel.   
....Ya  entrada  la  noche,  las  cosas  se  habían calmado. La Teresita, después de
haber estado en remojo casi una hora, había podido explicar lo ocurrido. Don Miguel y
el Chelo fueron liberados gracias a la intervención de la tía Maruja que, como se  
rumoreaba,   andaba  noviando  con  el  agente  González. Como la Embajada de
EEUU  no contestaba las llamadas por ser  feriado,  el Manuel, por su insubordinación
a la autoridad, quedó  detenido  por  el  resto del fin de semana. Y el pueblo tuvo tema
para comentar por varios años.
                                                             
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convirtieron en petróleo surgían a la luz unos seres
enormes que venían de más allá del Tlahuizcalpantecutli
que es como los antiguos nombraban al lucero del día y
de la noche.  La escurridiza luna azul de Venus nos dio
la piel y el escurridizo viento que la cubre nos dio el
espíritu.  Hoy de esa montaña que confinó a la noche
eterna y al encierro a mis ancestros solo sobresale un
peñasco que ignorado del mundo campea en un rincón
de la sherry y de la Willow cubierto de grafitis pandilleros
en mitad de un cementerio predominantemente Serbio.  
Los contadísimos lobos rojos que sobrevivieron la
rapiña medrosa de los voraces forty-niners se
replegaron alejados para siempre de su corazón
palpitante a donde primero encontraron cobijo.  Pocos
de ellos pudieron adaptarse a la nueva realidad.  Los
demás sucumbieron de tristeza y soletudi, solidão dos
lobos vermelhos que vêm de outro mundo.  En todas las
lenguas del horizonte ellos, mis abuelos, clamaron su
tristeza.  Sus cuerpos muertos e incorruptibles tirados en
los callejones en algunas ocasiones sobrevivieron
ignorados por todos inviernos y veranos hasta terminar
siendo devorados por los lobos que venían atraídos por
un llamado ancestral e interno desde las nieves eternas
de San Bernardino.  Perennes e invencibles cuando
viven en comunidad solos los lobos rojos se apagan
como una flama en la tormenta.   Incapaces de vivir lejos
de su entraña los hijos del primer lobo rojo se
acomodaron en las nacientes ciudades que bordeaban
la cueva clausurada.  De bajo perfil primero en los
barrios afroamericanos y luego en los ghettos latinos los
lobos rojos sobrevivieron al huracán del odio con más
pena que gloria.  Atraídos por la carne cruda, por la
sangre burbujeante y caliente que es el elixir de la vida y
siempre maravillados de ver nacer y morir el sol y
mirando hacia el Aztací la información genética que
traemos los lobos rojos nos niega la posibilidad de ser
igual que ustedes.  Solos y atormentados a veces nos
dejamos ver por los centros comerciales o por las
paradas de los autobuses.  De nariz aguileña y de venas
resaltadas tranqueamos nuestras piernas largas y
nuestros silencios que no piden nada por los cafés y los
restaurantes de la zona.  De cabellos invariablemente
negros puedes encontrarnos de seguro el 21 de agosto
en el centro del cementerio serbio pegados a la piedra
que nos guarda.  El llanto es ese lazo que nos conecta
con los que están aquí en otra dimensión, allí donde no
existe el cerca ni el lejos y en donde el tiempo no va para
los lados.  La relatividad no existe entre nosotros.  Harto
de correr, caminar, agacharme, trepar paredes que
llevan a ningún lado me estoy dando a la tarea de
arrancarme la máscara.  Una parte de mí comparte los
anhelos, las ansias, los desvelos de los habitantes del
gran condado de Los Ángeles.  De ellos he aprendido a
concederme la miel en las victorias y la sal en las
derrotas cotidianas.  Miro caderas de ensueño y cuento
las monedas que me separan de la vida digna que me
han convencido que merezco y cada vez estoy más lejos
de ese noble ideal.  Dos por tres lo confieso me dejo
llevar de las voces ignotas y profundas y saboreo una
piel abierta, trepado en el placer de sentir un surtidor de
fuego viniendo desde afuera bebo de la sangre y como
de la carne del humano, son tantos que una docena
menos en el año no llaman la atención.  Las cada vez
más espaciadas veces que me topo con otro lobo rojo
se convierten en un dolor incomodo.  Como si alguien te