| © La Luciérnaga Online, 2010 |

........................................... El mundo está enfermo —dijo el maestro, mientras aguardaba la luz verde en un ............................................ semáforo—. Algunas enfermedades son comunes a todas las sociedades; ............................................ otras necesitan medios de cultivo específicos para propagarse. ....................................................................................................................................Elliot Steil ....................................................................................................................................Mundos sucios ................................................................................................................................... p. 290 Que una novela sea “demasiado buena para encerrarla dentro de un género”, según comenta The New York Times sobre Mundos sucios (Planeta, 2002) del cubano José Latour, que esta historia sea “demasiado buena”, repito, parece impresionar ya antes de abrir el libro. Pero si somos lectores que no nos dejamos llevar por ese anzuelo emotivo, que por encontrarse en la cubierta del libro muy bien puede caer dentro de los criterios de Gérald Genette sobre el paratexto, podríamos responder entonces que la mencionada opinión es una exageración del contexto publicitario alrededor del libro de Latour. Sin embargo, cuando leemos la novela y el suspense nos atrapa —y al mismo tiempo sentimos el peso de una diáspora cultural dando brazadas en el mar revuelto de otro mundo— toda sospecha y toda duda sobre el posible impresionismo de la cubierta se desvanecen, y podemos reconocer que el género policiaco aquí, en realidad, resulta una clasificación estrecha para esta novela que desborda los recursos conocidos y se adentra, socialmente, en la dimensión de un realismo sin fronteras. La trama trata acerca de un desengañado maestro de inglés en La Habana, Elliot Steil, quien recibe la visita sorpresiva de un extraño individuo, que le cambiará la vida de una manera brusca; y por quien, asimismo, sin esperarlo, se convertirá en balsero. Ya en Estados Unidos se introduce en el mundo de la corrupción y la intriga con ansias de encontrar al padre, que lo había abandonado, y hacer su propia justicia. Experimenta así la libertad de lo prohibido, junto a la intriga y la violencia de un substrato que, de apariencia diferente a la pesadilla que vivía en la isla, es en esencia igualmente degradante y arriesgado. En primera instancia es de notar la plasticidad con que se manejan los diálogos y la narración: los diálogos —al estilo del ingenio y la ironía ácida de un Raymond Chandler— reflejan también la influencia, válida, de un bien calculado guión cinematográfico; el narrador, con una clara omnisciencia, proyecta imágenes realistas al modo de escenas fílmicas, y lo hace con tal virtuosismo que logra convertir el signo gráfico en imágenes visuales. En efecto, la historia se desarrolla dentro de las características de un discurso para el cine, lo cual cumple con esa interrelación técnica y temática, ya histórica, que siempre ha existido entre la cinematografía y la literatura. Lo policiaco aquí se enriquece no sólo por el lenguaje empleado, que es muy a “lo cubano”, sino también por la problemática política y social que la norma hablada y existencial de una comunidad proveniente de la isla ha introducido en Estados Unidos por años, principalmente en Miami. Así, este peculiar y complejo contexto social se sitúa dentro de “lo americano”, sin que se vea, aún, que la identidad sociocultural de los isleños se haya difuminado. La realidad y paranoia politizada de los personajes, el mundo de sofocamiento y ahogo del totalitarismo de la isla, el ámbito predominantemente cubano de Miami y el accionar de una dinámica estadounidense, se combinan para crear más que un thriller, una novela negra diferente que —al ser buena literatura y tener elementos muy característicos de la problemática isleña— va más allá incluso del mencionado género negro, y entra, como se ha dicho, en las posibilidades de un realismo duro y universal. Entre las disímiles lecturas que se podrían hacer de esta novela —el tratamiento del suspense, dado de forma connatural; los personajes bien delineados, un lenguaje que los caracteriza; o la diferencia de dos maneras distintas de ver el mundo, etc.— está el hecho de la impunidad, que es consustancial con cualquier tipo de poder, sea el de una sociedad totalitaria, cerrada, o el de una abierta, en la que el interés por el dinero resulta clave para subir en la escala social. Y, de hecho, no veo la “impunidad”, en su acepción de “falta de castigo”, sino como concepto que puede inferir la “necesidad de una estructura social más humana”. Hay impunidad porque los sistemas sociales están hechos, cualesquiera sean, para subsistir debajo de diferentes tipos de poderes. Es por eso que la justicia se busca más allá de las leyes. De aquí esta carencia de ética de vida, en la que el interés por el poder político (de un sistema totalitario) como el interés por el poder del dinero (en un mundo supuestamente demasiado libre) convergen en las expectativas existenciales de un ser humano fragmentado y enajenado; en pocas palabras: un ser humano perdido entre dos “mundos sucios”, donde las ansias de ser se enfrentan a las posibilidades del “tener”. En resumen, si realmente la impunidad en ambos sistemas extremos no existiera, entonces este planeta podría aspirar a una utopía de clean worlds. Pero eso sería, entonces, otra historia, posiblemente contada por Walt Disney y no por José Latour. |
| E N S A Y O S |
| JOSE LATOUR: ‘MUNDOS SUCIOS’, UN REALISMO SIN FRONTERAS |
| Manuel Gayol Mecías |

| Manuel Gayol Mecías es un escritor y periodista cubano. Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979, fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992. Trabajó como editor en la revista Contacto, Burbank, California, en 1994 y 1995. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y editor propiamente en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, Estados Unidos. Sus obras incluyen Retablo de la fábula (Poesía, Editorial Letras Cubanas, 1989); Valoración Múltiple sobre Andrés Bello (Compilación crítica, Editorial Casa de las Américas, 1989); El jaguar es un sueño de ámbar (Cuentos, Ediciones Extramuros del Centro Provincial del Libro de La Habana, 1992); Retorno de la duda (Poesía, Editorial Vivarium, Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana, 1994). |