Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
LA DELATORA
           
El innombrable, a rastras entre la madurez y la oquedad, se levanta al amanecer con dolores en las rodillas y en las manos.  Sin saberlo ha cumplido la misión de su
vida y dentro de mi óptica mundana es un hombre santo, un inmortal, un vengador.  Desde ese momento para acá, por el frío, se miente, por la desilusión, se
consuela, le cuesta cada vez más ser el mismo, el sonriente, el dueño de la cifra y del padre tiempo, que ya no tiene hendiduras ni dientes apretados ni aparejos por
cobrar.  Manuel Miguel siempre ha sido un hombrecito laburador y condescendiente que ha habitado por años un garaje apacible en North Long Beach esperando el
momento que el águila se nos pare en el nopal a devorarse la serpiente, como dirían los mexicanos.  Paga un carro a cuotas y poco sabe de su lejano país del sur,
salvo del pan de marraqueta que rememora de vez en vez y de la camiseta sudada y vana del indio, pero sobretodo de la ausencia y del silencio, esas son las únicas
ataduras con su raíz.  Manuel se alimenta del tormento y de las reconstruidas horas postreras de su padre al que no conoció.  Los sótanos chupagente no existen en
el norte y menos existen los desaparecidos y los muertos en vida, eso es historia arcaica que aquí ni en sueños, piensa sin pensarlo el Manuel Miguel, el Gato, el
instrumento que inspira nuestra entraña.  No importa mencionar un teléfono en Antofagasta al que nunca marcará ni la voz y el acento desconocido de un hartal de
sobrinos que le han nacido en la distancia.  Manuel Miguel sin ser avaro es frugal, con trabajos ha construido un rincón que lo salvaguarda de la vida y allí pernocta
frente al televisor, al cable, al dvd, al mp3, con los que mantiene un tórrido romance.  Es poco lo que hay que decir de él, en su trabajo, manejando una máquina
infladora de plástico, de las llamadas de inyección, cumple con la norma y un poquito más, sin desgastarse, pero lo suficiente para tener segura la chamba cinco días
a la semana y cuarenta horas.  La tempestad llegó a su vida un viernes de febrero, mes maldito decían las voces en la noche que desde entonces arropó a Manuel
Miguel.  Estaba allí en el restaurante de la Artesia y la Main en el lugar señalado y almorzando lo usual cuando la vio.  Ella no pudo verlo, ninguna lo había visto hasta
entonces y nada nos obliga a pensar lo contrario.  A Manuel Miguel, el Gato le decían sus amigos por razones perdidas en el tiempo, le llamó la atención todo en esa
mujer.  La atracción esconde ganchos extraños que apuntalan hondo y sin razón.  A destajo escuchó su acento sureño y compatriota y le gustó esa voz cascada y
susurrante.  Tenía el cabello negro profundo, entonces él ignoraba que pintado, pero qué iba a saber el Gato de tejemanejes y de cambios de identidad, eso era para
las películas nunca para la vida real como la de él.  Enseñado a observar y no tocar, el Gato barajó probabilidades y decantó por un aceptable está buena.  De cuerpo
alto y delgado y entradita en años la morena se sentó frente al Gato con su ensalada griega.  Mejor se hubiera atragantado con la hamburguesa, mejor un rayo lo
hubiera partido en dos o que le diera muerte una bala redentora, todo antes de perderse en esos ojos marrones y enseñados a mirar lo que nosotros los mortales no
vemos que tenía la delatora.  El reloj de pared marcó la una y cuarenta y cinco, y el Gato a quince minutos del adiós ensayó una jugada final.  De prisa compró en un
puesto ambulante de la esquina un arreglo floral y lo dejó en la mesa.  Feliz San Valentín, le dijo, le susurró, le suplicó en silencio no te vayas, quédate en mi, apaga
las hogueras y regrésame el resplandor del Atacama.  La mujer, la morena ojos marrones y cabello corto y teñido, desde su hambre de siglos y desde la
desesperanza de su odio lo miró como quién mira un perro muerto en la calle, una montaña de desechos.  Y éste de dónde salió, pensó, en ese instante mínimo dejó
de ser quien era para convertirse en una mujer simple, en un cuerpo codiciado y encendido de lo que algunos llaman deseo, nosotros, los vengadores, llamamos
sed acumulada de quién ha vertido sangre sobre la tierra que llora por sus queridos muertos.  Titubeante la morena sonrió lindo, sus labios, las bolsas en sus ojos
se vistieron de azul y con un ademán le pidió al gato acercarse.  Pasadizos que crea el tiempo y la lluvia conforman el presente, eso pensaba el Gato jugando a ser
profundo, él que era un puño cerrado, una muñeca en la penumbra que acaricia, que derrama cataratas de semen sobre la colcha sucia.  No tenía nada que decir así
que nada dijo, en silencio se sentó frente a la morena con las ganas silvestres de abrazarla, de besarle los labios, el cuello, los pezones que en el pasado la picana y
los dientes rabiosos de los perros habían lacerado.  La morena, que alguna vez sobre la tierra de odio y de chillidos en la penumbra se llamó Alejandra, escribió con
su letra menuda y firme, metódica, pulcra, un teléfono y una dirección.  Largos años de práctica le habían enseñado a conocer al hombre, al mentiroso, al
manoseador, al que se revienta como lluvia en la tortura, y ahora estaba frente a un introvertido, timorato y poco aguantador, un sin rostro que no era capaz de jugarse
por nada ni por nadie para evadir el precio.  A contra de ella el instinto siempre le jugaba una mala pasada y sin quererlo siempre terminaba etiquetando a las
personas como lo hiciera antes, durante los años aciagos de la guerra sucia en Londres, 38.  Este si, este no, este no tiene salvación, que lo tabiquen, que le
quemen el rostro, que le saquen los ojos, que acorralen y maten al humano que pervive en el fondo de esa masa informe y aleteante que transpira en el piso.  Manuel
Miguel, el solitario gato de callejón, a voluntad propia se lanzó por el acantilado de la historia que no tiene reversa.  Él sabía poco, lo imprescindible, acerca de la
invasión de Cristóbal Colón y sus secuaces y de las diferentes guerras que son una sola guerra larga en este continente, y nada más.  Su país, si es que existe en el
mapa y no tan sólo en su cabeza repleta de canciones y de episodios mil veces vistos de Los Simpsons, se remontaba acaso a una calle, unos pechos de madre en
la penumbra y a un borracho malherido en mitad de la plaza.  Ese es Chile, se dijo las pocas veces que la nostalgia echó mano de su cuello de toro.  Las cinco treinta
de la tarde ese día tardaron un siglo en llegar.  Lo demás es la escenografía de los excesos.  Caminó al carro, buscó la dirección en el mapa, qué tal una botella de
licor, pero a la final se decidió por una llamada telefónica aclaratoria.  Todas las mujeres de la tierra tienen un hombre, se dijo, repitió la oración etílica de su padre y
sus tíos, y allí en el teléfono se sorprendió hablando de su soledad y de las madrugadas de frío y de películas sesenteras repetidas y bobas que nunca se perdía.  
Para ella, la morena, la antes Alejandra, la delatora, fue un juego de niños despojar de su máscara al gato y recorrer sus adentros sin encontrar obstáculos.  El Gato
tenía poco que decir y hablaba poco, tartamudeando se aventó a la arena y le susurró un deseo, tú y yo, los dos, y lejos de nosotros todos los demás, los dedos, las
manos, la parrilla, las botas, los alaridos, y le mendigó amor.  Quiero sentir la piel de una mujer, le dijo a cuentagotas.  La morena estaba lejos, había ido y vuelto del
infierno y no se esperaba una cursilería de ese tamaño.  A estas alturas de la desesperanza no es posible, decía, pensaba, analizaba, se perdía en los retruécanos
de las líneas que ella había traicionado cuando los hombres eran hombres y no sacos de arena, no espantajos de piedra, no chillidos de fuego que no acallaba el
tiempo.  Quiso seguir las normas que por años la habían hecho invisible a nuestro odio, pero en el frío de hawthorne poco importan las señales de humo.  Después
de treinta años de morderse los labios, de correr los postigos, de desconfiar del viento, hizo la vista gorda y en los ojos de su mente se vistió de fiesta para el Gato,
para su hambre inmensa, para las garras implacables que nunca habían acariciado una piel de mujer.  Dejó por un momento atrás el poroteo y a la sombría Villa
Grimaldi y sus secuelas y acalló a fuerzas los quebrantos, los alaridos en la penumbra y el olor a carne chamuscada.  La metáfora trillada da asco, pero el gato aún
juega con el ratón y triunfan los inobjetables, los malditos, los que nos trajo el odio.  Manuel Miguel, verdugo nato, cerró los ojos camino del infierno, del otro, del que
no se regresa.  Con trabajos encontró parqueadero, y recalco esto para explicar por qué la furia intima que nos rebalsa a los californianos, y con nervios y ansias tocó
el timbre como quien toca una entrepierna hirviente e insondable, una gruta por donde caen los muertos que nunca tendrán nombre, los desaparecidos, los
muchachos muertos de la tierra que llora.  El Gato nunca aprendió a hablar, siempre hablaron por él, así que le fue fácil quedarse allí envarado en la puerta hasta que
la morena, la Alejandra, que antes fue compañera, que antes fue el puñal desgarrador de la traición, rasgó los velos y lo invitó a pasar a la salita.  Nada fuera de sitio,
una televisión pequeñita, una cama con la huella aún tibia de quien viene de lejos y cansado y unos zapatos quedados de moda.  La morena, ella que siempre lo
supo todo, no sabía qué decir.  Me sacó la ropa o qué, pensó, prendo un cigarro, le pateo el rostro, o me quedo aquí sentada y dejo que me alcance de una maldita vez
el tren que se lleva lejos a todos los muertos que yo señalé.  Quiso por fin dejar salir su voz y platicar del destierro, del ruido de cadenas, del traquetear de la
locomotora en lontananza y de los rostros en la ventana, de las manos, de los dedos sin uñas que acariciaban su desnudar sin alma, pero se quedó callada allí frente
al Gato y a su deseo por siempre insatisfecho.  El ser humano era una madeja que ella había deshilado hasta perder toda apetencia, pero ahora no, el Gato era otro
mundo, un ser sin memoria y sin ritmo, sin pasado y sin futuro, un ser en el presente eterno que no recrimina, que no aprieta los cuellos.  Ella ignora que el Gato la
odia, no por ser mujer y ser apetecible sino por ser quien es.  Todos nosotros quisiéramos que el Gato le desgarrara la ropa, le arrancara la piel y la quebrara en dos
desde el ombligo hasta los ojos malditos que miran con deseo, que lloran bajito cuando el Gato estira una mano y le acaricia el cuello.  Manuel Miguel sabe muy bien
que ella representa la delación, el golpe bajo, la deshonra,  mientras él es la cadera ágil y presta que heredó de su padre al que no conoció por culpa de Alejandra.  
Entre el silencio inamovible el gato desnuda a la morena y le aprieta el cuello sin palabras, sin entornar los ojos, sin sentir que a lo lejos, muy lejos, se retuercen las
olas en el viento del sur.  Despacio el Gato la pasea por el piso en un juego milenario, la devora de a pocos, la lanza de cabeza contra el mundo y deja que los ríos de
su sangre se encharquen en la alfombra.  La Morena, en silencio, observa a lo lejos todo lo que el Gato hace con su cuerpo mientras corre despavorida en la larga y
sola noche que la habita.  Con un odio profundo, menos cerebral que el que nosotros sentimos, pero igualmente valido, el Gato se despereza recortado en el vidrio y
se viste despacio.  Sacude con furor su puñal inservible y sin mirar el costal de piedras que respira a sus pies, que agita los cabellos y las manos, que se cubre los
oídos para acallar el mundo, y con la saña del que todo lo sabe y nada espera, el Gato se trepa en su coche que aún no paga y se pierde por la avenida que da a la
autopista, que da a su garaje apacible en el norte de Long Beach, en la zona inundada.
       Para quien aún no nace
                y para que sea leído en 18 años
                                          marzo del 2007

Te hicimos de barro y de palabras
En la larga noche que aún nos cubre
Con su manto de estrellas
Y en nosotros estuvieron los abuelos viejos
Los tristes y olvidados
Modelando tu rostro
Tu estatura, tus silencios
La risa que incendiará montañas
Estaremos contigo aunque no estemos
Y nunca sabrás que caminamos
Que saltamos de planeta en planeta
Que soñamos con un mundo mejor
Para que sea tu casa
Que también nos empapó esta lluvia
Que hoy descubres con un asombro antiguo
Que fuimos como tú
Que temblamos de miedo y de impaciencia
Que apretamos los puños
Que cantamos, bailamos, tropezamos mil veces
Con las piedras de hierro del poder
Y que también odiamos a los que nos odiaron
Que fuimos masacrados, pisoteados, vendidos
Que la vida también nos dio la espalda
Que tampoco conocimos la nieve, el río, las ballenas
Que no tuvimos bosques ni esperanzas
Que no tuvimos nombre, ciegos, mudos
Nos dejamos acorralar por la miseria,
Pero también cantamos y danzamos la vida
Y también nos levantamos impetuosos
Piedras entre las piedras
Las mujeres que te formaron son un río
Los hombres que te formaron son un río
Y queremos que tú, cuando todo esté solo,
Te levantes piedra y fuego y que nos digas
Que nada fue posible
Que no es posible el Che, Jara, Atahualpa,
Cuauhtemoc
Porque no es posible tanta muerte
Que no creas en las lluvias de balas
Ni en los escuadrones de la muerte
Que pienses que las masacres y los genocidas
Son productos de nuestra mente enferma
Que nunca traicionamos
Que no fuimos esclavos del mercado
Y que jamás le pusimos precio a las personas
Que supimos amar y que la vida
No era un juego de cartas
Donde siempre perdimos
Que te levantes piedra y fuego
Y pienses que no es cierto
Que los asesinos, que los reducidores de cabezas
No enterraban su cruz en nuestros pechos
Que nunca murió nadie
Que todos fuimos libres para planificarte
Que tus abuelos jamás se echaron a correr
Con la casa al hombro
Y los ojos ahogados de tristeza
Y que digas que miento
Que mentimos los que hablamos del frío
Y del hambre
De la necesidad de ser queridos y aceptados
Y que pienses que jamás en la vida
La sangre de tu sangre maldijo el estar vivo
Que todos fuimos luz
Hogueras en la noche
Y que hicimos despacio
Meticulosamente concentrados
Un mundo maravilloso para ti
Que serás el árbol primigenio
La semilla nueva, el sol de adentro.
A  TLAHUIZCAL
....En  Los  Ángeles  con  trabajos   conoces al vecino, nunca le hablas,
simplemente te enamoras contra tu voluntad y sin que ella  lo  sepa, oteas
las faldas o los parachoques de los autos y  te  quedas extasiado como
nos quedamos nosotros con las bocas  abiertas  agarrados  a  las rejas
retorcidas por el fuego de  los  carroñeros.   Se mudaron  al  vecindario  
hace  más de cinco  años.   Venían  de  lejos,  otro  país,  ciudad,  lengua,  
de unas    comidas   diferentes.     Antes    del     infierno    de    los
quiebraventanas   nuestro   barrio   era   un  tamiz  tranquilo de niños  en
bicicletas  y  de  viejitos   muertos en los porches, se quejaban  los
mayores destazando el pan con las manos y no con  el  cuchillo,  tal  
como  debe  ser.  Ellos, los carroñeros, lo cambiaron todo.  Mi hermanita  
y yo que en todo nos metemos conocíamos sus despeñaderos más
recónditos.  Eran cuatro, dos  burkhas  que  caminaban  con  sus  
cabellos extendidos, una  era  la mía  y la otra era la que le pertenecía al
universo, y dos sables desenvainados, padre e hijo a su vez.   Alguna vez
un perrito les hizo compañía, pero también a él se lo comieron en una
frugal cena de verano, me dijo mi hermanita.  Nuestros ancianos queridos
antes de la miseria se frotaban las manos contando las monedas y
organizaban viajes al centro del sol o al paraíso ahora perdido de la
Florida a  pasar las dos últimas semanas del verano.  Por culpa de los
carroñeros se nos vino el  hambre  y  la   desidia,   ellos   trajeron    
también   con   sus desplantes  el  fuego,  los  vientos recios que  
depositan focas aterrorizadas  en  los  solares  y   la  certeza  de  saber
que los norteamericanos no  somos  eternos  ni  invencibles.    En    la
mesa  y  en  los  subsuelos  de la iglesia  escuchamos hablar con temor
de los implacables carroñeros.  Son una plaga que expande   sus   alas  
como   un  murciélago   sobre    nuestros dominios,  nos repetían  hasta  
el cansancio en los telediarios mientras  la  guardia   nacional  velaba   
sus  armadoras   solo esperando  el vamos.  A media voz, temblando,
como pisando sobre agujas silbantes un día  mis amigos  y yo recorrimos
el infierno  de  su  jardín para   espiar  el  intragable   rencor   que
alimentaba sus ventanas.  Los instrumentos del aquelarre de los
carroñeros estaban desperdigados por el suelo de la sala inundando  de  
podredumbre  el cielo  californiano que nos ha sido   legado  
manifiestamente  a nosotros unos siglos atrás.  En  un  acto  supremo  
empujé  el  pestillo  de  la  puerta   y me asomé a su mundo.  Con sigilo y
a escondidas de todos puse en  mi  nariz  una  falda  de la burkha de los
cabellos negros a los hombros que era mi adoración y respiré con
fruición de su aire  dulcecito  hasta  que  un  grito  vigilante nos avisó que
su coche  venía  repleto  de  carroña   volteando  por   la  esquina.  Varios  
de  nuestros   viejos se fueron sin retorno a la guerra y los demás,  los
que  se quedaron  aguantando a  pie firme las embestidas de los
carroñeros,  se  amargaron y se refugiaron entradita   la   tarde   en   el   
alcohol  y  en  los  puñales  de   la desesperanza.   Mis  amigos  y  yo poco
a poco vimos como la escuela se llenaba de telarañas y de muertos en  
vida y vimos como la burkha de cabellos a los hombros con su contoneo
le arrancaba los ojos  a Alvin Lee,  el albino.   En el parque ella le chupaba
 la sangre,  en el cine,  correteando en  sus bicicletas por  la  orilla  del río  
se  lo  bebía  de  a   pocos  con  sus   ojos oscuros.    A   fuerza   de   
palabras   y   de   golpes  nosotros le sacamos a la carroñera de adentro.  
Relajado y  libre dejamos su  figura  albina  y  maltrecha  entre los botes
de basura de la construcción     grande.     Por    decisión     unánime     yo   
  fui comisionado   para  alejarla  a  ella de   nosotros.  Cabellos al viento  
la  carroñera sonreía lindo cuando le pedí no acercarse más a nuestras
vidas.  Me gustó su voz que atrapa, sus dedos alargados   y   m e   gustó  
caminar   con   ella   lejos   de     las calles   conocidas   del   barrio.   En  
un  secreto  compartido la carroñera  y    yo   nos   regalamos   una  tarde   
de lluvia   y   de autobuses  en  desbandada.   Nada  pregunté  y  ella nada
me confesó.    Le  gustaba  el  helado  de  vainilla  como  a mí y de refilón  
unimos  nuestros  labios  por  primera  vez afuera de la casa   de   su  tía.   
No  preguntó   porqués,   simple,   como   lo verdadero,  aceptó  el alejarse
de nosotros, bajo la lluvia, lejos del  mundo  corrimos   por   una avenida   
que   hoy no existe y apretados  de  gusto  nos  escampamos  del  tiempo  
 en   los bajos fondos de un teatro de segunda.  Mi burkha de cabellos al
viento olía a lejos, a perfumes desconocidos y a un horizon- te rotundo de  
reducidores de cabezas.    Ya  con el sol abatido en su gesta  y los labios   
ardiendo nos separamos sin ganas de decirnos adiós.  Un abrazo hondo
nos clavó muy adentro la presencia  del otro.    Mis manos se  enredaron
en las suyas y mis  ojos  de cielo se hundieron sin  remedio en sus ojos
que eran una cueva profunda  hacia la noche.    A lo lejos las bom- bas  
que  no oíamos  luchaban   por nuestra América libre así quenosotros  
también  decidimos poner  de  nuestra  parte  y luchar  junto  a  ellas.    El  
fuego todo lo  cura,   siempre  lo ha echo, nos  enseñaron d esde niños en
las escrituras  y  en  la televisión.  Hartos de ver a nuestras mujeres
mayores deses- peradas saltando por  los  ventanales con   el  vientre  
abierto
clamando  por  su  soldadito  muerto  y   hartos  de  ver como
nuestros abuelos se hundían como montañas de basura en el lodo
decidimos extirparnos el tumor maligno tal como ya lo estaban
haciendo en muchas partes del país y hacerles fren- te.  Lento como
tarde de sol, como madrugada fría, y centíme- tro a centímetro
planificamos el ataque.  Jaquel, mi hermanita, y su novio se
encargaron de los caminos, puertas y ventanas.  Tommie y Barney
de la gasolina y de las estopas y porqué no, ya lo habían hecho otros
antes, qué tal el estruendo sinfónico de una cruz ardiendo, así  que
dijimos  que sí,  venga la  cruz ardiendo también.   Errol,  Angel,  Dizzy
Lizzy  y  los demás se repartieron   las   calles   de    acceso   para   
evitar   que   las ambulancias  o  los  bomberos  vinieran a rescatar
los gatos negros, chamuscados, de sobre el tejado del mundo.  Big
W y yo nos reservamos el mejor sitio en la mesa y como arcange- les
vengadores preparamos meticulosos las armas.   Al eco de los
pasos que en la procesión eterna  de  los  carroñeros penetraban
con furia la ciudad viniendo como la peste desde el  sur  mis  amigos
 y  yo   echamos  a  correr  junto  al   reloj vengador.    Todo en orden,
me dijeron  por  el  intercom.   En casa  la  abulia en pleno rellenaba
de gula y de pereza a mis padres ante la foto de mis hermanos
muertos en la ofensiva santa del desierto y en la ciudad, adormilada
como lagarto al sol  inclemente  del  verano,   los   cholos   y   las   
prostitutas alquilaban  placer  y  muerte,  en  ese  orden.  Dizzy Lizzy y
su gente en el sitio elegido nos dieron cautelosos el sí, todo bajo
control.  Jaquel y su novio también nos dijeron que el camino estaba
preparado.  Big W palmeó mi espalda y  de mi mano, hermanitos  
siameses  en  la  revelación, nos repartimos las armas largamente
acariciadas como cuerpo de mujer, como burkha  que  cae  dejando  
a  la  deriva  un  incipiente   pecho acariciable en los albores del
deseo.  Jaquel, metódica como siempre no había equivocado nada
en sus avisos.  Detrás de la lavadora las alfombras, los zapatos, y
los cojines enormes donde duermen, así nos dijo describiendo
palmo a palmo el escenario, y más allá el pasadizo que conduce a la
puerta que da a nuestras calles.  A gritos y patadas Big W y yo
interrumpi- mos el letargo mortecino de su tarde.   Las burkhas
estaban sentadas ante una flor de tela y tenían en sus    manos unos
pinceles  largos  y  chorreantes  y los hombres de arena uno  leía  el  
diario  y  el  otro,  de  nuestra edad, estaba obstinado disparando su
metralleta desde un juego sin audio.   Una de las burkhas, la mía,
dejó ir sus cabellos en el viento  salobre que emana muerto de
hambre desde la mar helada y  Big W aprovechó para destrozarle el
rostro que aún sonreía en mis brazos un tarde de lluvia que nadie
sabrá  nunca que  existió.  Afuera el viento nos traía  retazos  del  
sermón   redentor que venía de la  iglesia y nos  traía también el
entrechocar  de las copas en el requiescat de los cuerpos
balanceándose en las horcas de la recesión.   Con saña, como en
un orgasmo que no cesa descargamos las armas y desocupamos
los bidones que diligente,  hormiguita  de cabellos  rubios,  mi
hermanita Jaquel  nos  alcanzaba.   Ocho  minutos  después del
primer estruendo   la   casa   de   los   carroñeros   era una  tea  que
iluminaba el abismo sin fin al cual caía sin remedio el rostro curtido  
de  los   Estados Unidos.   Dizzy Lizzy  y sus sombras esqueléticas
desperdigaron clavos en las avenidas y  al rato se nos unieron frente
a la casa incendiada de los carroñeros.  Big W le dio fuego a la cruz y
con un cansancio  y  una sensa- ción   extraña del  deber cumplido  
los  sobrevivientes  de   la angustia nos quedamos allí en silencio
pegados a las rejas retorcidas.    Las   puertas   y   las   ventanas   del
  barrio   se entornaron sigilosas y cómplices y una vez más los
vasos se llenaron  en  un  brindis  alegre  a  la  salud y gloria eterna
de todos los soldaditos muertos en  las tierras  lejanas.   Puedo jurar
que esa noche las camas del vecindario retumbaron de pasión  al  
eco  apagado  y  cansado  de  los  bomberos  que maldecían,  como
siempre,  estar  en  esta maldita noche de verano  limpiando  los  
escombros  de  otra  carroñera   casa incendiada, nunca la última, y
no frente al juego codificado de pelota como era su deseo más
ferviente.
JOSE  MANUEL RODRÍGUEZ  es   un   cuentista   y   novelista que nació
en Bogotá, Colombia, en 1966.  Egresó del  taller  de  escritores  de  la
Universidad Central y de la Universidad  Externado.    Entre  1983  y 1988
participó  del   grupo  literario  Tinta Fresca y  actualmente  es  miembro  
de  La Luciérnaga.  Su  trabajo
 fue  reconocido con prestigiosos premios
como  el  Letras de Oro, Miami; Premio Fernando de  la  Mora y Juan
Rulfo, París; y un Premio de la Revista Crisis, Buenos Aires. Desde 1988
reside en California.
LOS CARRONEROS
El teléfono mudo al contraluz de la gente me castiga.  Antes. Ayer o
anteayer, pensé por un instante ser el más feliz del mundo, el único.
Subiendo la escalera me imaginé tocar en el apartamento 502 para
repartir a todos mi alegría entre tanta muerte.  Son fabulosos los
lugares comunes cuando uno es el protagonista.  Después de tantos
pasos una noche me sorprendí en sus ojos, en sus manos, en sus
labios temblorosos que estremecían el planeta entero.  Lejos de la
lucha y del hambre, del calor que envenena, estábamos los dos
platicando entre las colchas de gentes que desconozco y de ciudades
lejanas.  Nunca supe su nombre, llámame como quieras, me dijo al
principio.  Venía del sur con un plan específico y yo era su puerto de
llegada y de partida.  Mis amigos, esas puertas que uno abre para
siempre, estaban muertos desde hace mucho tiempo y el silencio y la
soledad del estruendo en esta ciudad de odio te corrompen el alma.  
Hundido en la sobrevivencia por años le di la espalda a mi vida entera.  
Me revestí de acero y engarroté mis ansias, mis pasos, las calles y los
parques para no cuestionarme sin respuesta.  Las reuniones secretas
y el dolor de saberme para siempre amarrado, inerme, en una parrilla
en la que fuimos rostizados a placer se convirtieron en aditamentos de
una vida ajena y lejana, nunca mía.  Transformé los sueños en odio
atosigado y mis ojos que antes simularon contemplar las pirámides
liberadoras se hicieron mariposas inútiles que sobrevolaban sin
molestar a nadie en mi cuarto.  El confort de una televisión, un trabajo y
una cena de microondas me ganó poco a poco.  La desesperanza es
una ventana fácil al suicidio y las noticias con que nos inundan no dan
mucho margen a la alegría.  Todo empezó en el fin.  Harto de platicar
tristezas con mi lejano hogar un día le dije adiós a mi hermano para
siempre.  Hoy empieza mi tercera muerte, le dije.  Anclado en una tierra
que me desconoce no puedo salir ni tener nombre ni apellido.  Mi
hermano en silencio me dio la razón.  Tus razones ya no son las mías,
me dijo, y tu país ya no existe, fue un espejismo, una estatua rota en
mitad del desierto.  Sin dolor, con una mezcla sádica de lágrimas y de
expiación le dije adiós a mi niñez y a todo lo que significaba Colombia
para mí.  En últimas a quién le importa dónde naces, dónde luchas,
dónde te revientas como un saco de cenizas que a nadie pertenecen.  
Ese día caminé por el único sitio al que conducen todos los caminos
que es al centro comercial con una sonrisa de recién nacido, para ser
más preciso de recién muerto.  El amor fraternal es un cheque directo
que lo perdona todo, especialmente nos perdona a nosotros los
descorazonados, siempre con los brazos abiertos y con la palabra
justa para levantarnos del suelo, para limpiar nuestras heridas y
nuestras pestilencias.  Quero ver o passaredo pelos portos de Lisboa,
voa, voa que eu chego ja, cantó ella ante mi pedido.  Ella, sobreviviente
de la vieja guardia, venía a California por un asunto que a ti no te
importa, me dijo.  Militante a la antigua se emocionaba aún maquilando
plantones y ajusticiamientos en masa.  Frases repetidas hasta el
hastío nos provocaban una risita triste.  Silvio y Pablo escuchados en la
oscuridad y enredado con un cuerpo sudoroso de tigre y de pantera
adquieren una trascendencia divina que hace posible lo imposible, el
hombre nuevo, la juventud inacabada y la magia de ser uno con la
multitud.  Esa fue la suprema venganza de mi hermano al adiós.  Te
buscan tus amigos y yo les di tu número, me dijo contraviniendo el
acuerdo tácito de no recordarle a nadie que aún existo.  Persecuciones,
coches en la noche y patadas en la puerta del cuarto, todo ese
maremágnum imaginé que me iría a ocurrir ahora que ya estaba al
descubierto mi presencia en el mundo.  Días después de la última
charla con mi hermano ya me había serenado.  El silencio y el verano
inclemente habían acomodado las cargas ubicándome dentro de esta
realidad que ya no me precisa.   A decir verdad nunca fui más que un
engranaje, una garganta seca, un número en el papel mientras los
torturadores se reventaban de la risa mirando una película.  Dos
meses en la cresta del odio en un sótano que hoy no sabría ubicar y un
par de años de encierro me arrancaron las ganas de ser yo.  Frente a
mí la vida, ese temblor inocuo que resplandece, se apagó en mis
amigos hasta dejarme solo y sin palabras en un rincón de la celda.  El
golpe de gracia fue salir temblequeante a las calles a toparme con la
indiferencia, con la alegría vendida de los ciudadanos que habitaban
un planeta feliz.  Muertos de hambre y apuñalados por los cuatro
costados, sin rostro, sin memoria, eran felices gritando gol, cumbia,
cuidándose de no mancharse con los ríos de sangre que recorrían la
ciudad impávida.  Sin más un día le dije adiós a todo y me vine a
guardar a esta ciudad.  Como todos me inventé un pasado feliz y me
dediqué a la labor de consumir y de hacerme viejo.  Ahora sí solo en el
mundo arranqué las enredaderas que me ligaban con Colombia hasta
que una tarde el teléfono restañó en mis manos.  Si, soy yo, respondí.  
Lejísimos una voz susurró mi nombre de campaña.  Nito Champaña,
me dijo.  Medio en broma medio en serio ese nombre identificó mis
pasos oscuros en la ciudad tomada muchos años atrás.  Temblando y
aunque nadie lo supiera a contramano de mis creencias recuerdo que
en esos momentos hubiera deseado que el dios de mis padres
existiera de veras y que alejara a mis enemigos, que son los enemigos
de todos, de mis pasos.  El silencio admitió quien era yo.  Estoy en el
aeropuerto y necesito un guía, dijo la voz ordenándome salir de la
modorra.  No puedo, el coche está descompuesto, el trabajo me apura.
 En un segundo todas las alarmas se me dispararon y  con trabajos
dije sí queriendo decir no.  Después del humo y del estruendo muchos
años atrás en la Bogotá tomada todo se convirtió en caos.  Gritos,
carreras,
persecuciones y allanamientos.  Mi casa fue un revolcadero de sobrinos y
de trapos buscando por mí.  A golpes nos sacaron las palabras o se las
inventaron.  En una inacabable noche sin día nos mataron las ganas a
picanazos.  Las palabras no encierran tanto dolor, tantas ganas de que el
maldito cuerpo explote y que llegue la muerte que no llega.  En una
comunión carnal que hermana ellos y yo compartimos el dolor que derriba
fronteras y que señala a los seres queridos.  Ellos, los desdichadores, los
del dolor, preguntaban sin descanso trabajando atareados en mi cuerpo
que hasta ese momento siempre había sido un aliado mío y no un
enemigo.  Con un esfuerzo para caminar bien, disimulando las secuelas
de la artritis, me vestí y me interné en las autopistas rumbo de una ventana
abierta hacia el pasado.  Avejentada pero aún, porque no decirlo,
comestible para su edad la mujer que venía desde el sur con una
familiaridad antigua se dejó llevar desde el aeropuerto hasta la estrechez
de mi cuarto.  Estaba cansada, exhausta, sudada y reventándose de rabia
por tanto inconveniente capitalista.  Cómo te llamas, pregunté envarado
sentándome en el único sillón mientras ella se sentaba en la cama
estrecha del cuarto estrecho.  Juana Azurdui, me dijo en una vieja broma
del pasado que yo no capté.  Interesada a medias en los cómos y porqués
me preguntó un par de cosas acerca de los Estados Unidos, nada nuevo,
se tambalea y se cae, estamos ante el derrumbe que se llevará todo, y dos
o tres frases mas de cajón le dije para impresionarla, pero ni así.  Me
preguntó si se podía fumar, hablar, putear a gritos en mi casa, y yo le dije
que no.  Todo está prohibido, le dije, pero la llevé afuera y los dos nos
sentamos mirando el callejón, una pared garrapateada por los pandilleros
y un horizonte de botes de basura y de sillones rotos.  Fumamos un rato en
silencio.  Sus manos arrugadas y largas me hablaron de otros tiempos, de
una edad que su rostro escondía.  Apuesto que se pinta los cabellos de
negro, pensé, y es que nunca he sido ni remotamente observador.  Qué me
ves, me dijo, soy o me parezco, y se reía quedo, sin ganas, con los labios
apretados.  Al principio soltó a medias las frases y luego al tararear una
vieja canción del negro Heredia se creó la magia y nos hermanamos en un  
pasado común y esperanzado.  Ella venía de lejos, de un país, de una
ciudad, de un estado castigado como pocos y que aún en pie le daba cara
al sol.  Asentimos los dos sabiendo que eso no era cierto.  Esperpentos de
otra época aún queríamos darle vida a las palomas de barro para verlas
volar.  Buscamos puntos comunes, amigos, nostalgias, hasta que la
madrugada de los gatos nos sorprendió sin un pucho más para fumarnos.  
Borracho de humo y sueño me quedé doblado en dos en el sillón mientras
ella miraba por la ventana abierta hacia el verano, eso fue lo ultimo que vi la
primera noche antes de dormirme.  Vira virou fue la canción que nos
despertó el hambre.  Ah! Vira virou, meu coração navegador, ah! gira girou
essa galera, cantó en un portugués aprendido a patadas en una prisión de
Sao Paulo de donde fue trocada por varios prisioneros de regreso a su
patria, al encierro, al odio, al olvido.  No quise saber qué hacía ni dónde, ni
con quién, ni ella tampoco me lo dijo.  Tácitamente comprendimos quiénes
éramos así que sin aspavientos fue más fácil fingir que aún el hombre
nuevo impetuoso deambulaba por entre las cañadas y los cinturones de
miseria de nuestros países a aceptar que éramos especimenes de museo
en peligro de extinción.  Con las rodillas chuecas, los codos inflamados y
unos lentes de culo de botella me di a la tarea de alcanzar el sol y de
ponerlo a sus pies.  El día amanecía antes de que saliera la estrella del
oriente y las horas de trabajo eran un suplicio que me alejaba de su voz,
palabras textuales, de borracha.  Faltando tres días para su partida me di
cuenta que ella total era la razón de todas mis cosas.  Envarado como un
adolescente la abordé en la cocina y me sentí, si existiera dios, tal como se
debe sentir él las 24 horas.  Su abrazo era un abrazo lento y apretado.  Sus
cabellos gruesos y de raíces blancas sobre el negro brillante olían a baño
caliente y metódico.  Despacio la besé y mis manos torpes y poco gráciles
la recorrieron despacio.  Vira virou, le dije en los labios desnudándola
despacio, contemplando extasiado su cintura, las cicatrices que el cigarro,
que el látigo, que los golpes habían dejado en su cuerpo.  Hecho ex
profeso para el odio y la indiferencia mi cuerpo, y yo con él, nos
acostumbramos rapidito al amor.  Torpe, con cuidado, como quien acaricia
una montaña de agua, los días restantes se fueron en un soplo.  Vira virou,
gritó desde la entrada del aeropuerto.  No quiero despedidas ni lágrimas,
me dijo, y se alejó luchando con su maleta negra mientras yo la observaba
convertirse en un punto en la distancia.  Un punto renegrido y repleto de
revolución que se lo llevó todo sin regreso posible.
VIRA VIROU
Shawta tenía un perro negro de verdad asesino.  Perro descastado
miraba fiero con la lengua afuera y los ojos en llamas
amenazando.  Gruñendo sin descanso pasaba las horas
encadenado a un fierro clavado en el piso de tierra.  Mañana, tarde
y noche el perro con el hocico perdido en la lejanía del parque y de
sus montañitas, donde jugábamos cuando niños, remoloneaba el
rato como mirando algo que nadie más veía perdido en la
distancia.  Lejos de nosotros, donde antes corría el río Los
Ángeles, hoy solo una vena vacía y apretada de troncos, el lecho
vacío y su enmarañado universo de ramas y de esqueletos
enmohecidos de coches viejos eran la frontera natural que
separaba a North Long Beach de Wilmington.  Gritos, historia,
espasmos venían desde allí a mortificar el sueño de los inocentes
haciendo que ninguno de los habitantes del sector se aventurase a
caminar por sus sendas tortuosas.  Así como la gente se
acostumbra a un tumor nosotros nos acostumbramos al arrastrar
de cuerpos y a los gritos estridentes que venían de la oscuridad
espesa y palpable que hace algunos años era la ciclo pista.  El
único que no daba el brazo a torcer era el perro negro que
habíamos heredado en pago de la renta vencida y de los
honorarios del enterrador que, siguiendo las concisas
instrucciones del algonquino, habíamos contratado para quemar
su cuerpo que terco se negaba a morir o a quedar expuesto a la
intemperie de los ojos curiosos.  Originalmente el can era
propiedad de Shawta Jones, un algonquino renegado que sin decir
nunca por qué vino a parar a este barrio de inmigrantes casi todos
ilegales, más estrictamente a un cuartito que madre le rentaba .  
Entre
medicine man y charlatán de quinta Shawta era experto en
esquilmarle a la gente las monedas, las prendas y en últimas, y si
eras una mujer de no tan mal ver, hasta un buen par de horas
reconfortantes compraban tu boleto a la posteridad.  Conocer el
futuro hace daño, solía decir un borracho Shawta que se jactaba de
ser un inmortal.  Según él, y su borrachera perdida, cuando aún la
tierra estaba caliente Shawta y su hermano Shandé, recién hechos
de piedra y madera, cubiertos con un poncho que los libraba de
todas las calamidades se separaron partiendo el guarda pampa
en dos, uno al norte, otro al sur, y se fueron por esa tierra nuevecita
con la misión de poblarla y de darle color.  Una víbora del desierto
hizo dormir a Shawta haciéndolo soñar para que no sintiera que
por dentro lo recorrían mil ríos de fuego y luego, con el sol
corriendo, se despertó y a su lado encontró a la
primer shuda, a la mujer de la que descendieron todos los
algonquinos.  Feliz, pero conocedor y temeroso de la muerte,
Shawta se dio a la tarea de recoger sus pasos y de perseguir con
sigilo y saña por entre los llanos y las cumbres elevadas que
siglos después los hijos de sus hijos conocerían como los Antis,
a su hermano Shandé.  Shawta, aprovechando que Shandé
estaba bañándose en el caudaloso río sin orillas junto a la mujer
que emergió del lago, futura madre de los muiscas, le robó la
mitad del poncho dejándolo solito y mortal mientras que Shawta
se envanecía de no tener principio ni final.  Sentado sobre la
tierra que después se llamaría Nic-atl-nahuac, hoy Nicaragua,
Shawta cosió el poncho pampa a su piel hasta hacerlo uno solo
con él buscando mantenerse siempre vivo y bien alimentado.  
Inmune a las dolencias físicas Shawta, primero con un
sentimiento nuevo y desgastante que llamaban tristeza, vio morir
una a uno a todos los que acompañaron sus primeros pasos, y
segundo, después de una serie de incontables ciclos de lo
mismo, se dio cuenta que todo se repite, de que el hombre es
una monótona sucesión de pasos semejantes y de que el
destino es una falacia.  Dueño del tiempo y solitario en su poder
fue añejándose hasta perder por completo el asombro de ver
nacer al sol en Tlahuiztlampa.  Shawta se alejó de su gente y de
su centro donde se danzaban las noticias que se llevará el viento
refugiándose por último, sin nada que perder, entre las fauces
devoradoras de los barrios periféricos donde podría hacer de las
suyas sin llamar la atención en ese pandemónium de mil
lenguas.  Años de sentir como se enfriaba la tibieza de su sangre
lo decidieron a la muerte.  El primer paso fue arrancarse con un
cuchillo el poncho pampa cosido a su piel.  El penetrante dolor
que sintió al arrancarse las últimas puntadas le confirmaron lo
acertado de su decisión.  En carne viva dispuso los arreglos
funerarios.  La madera y cómo habría de erigir el enterrador la
pira.  El día, después de tantos días de hastío, pierde su
significante así que pudo ser un viernes o hasta un lunes,
ocupado el barrio en preparar la noche del día de los muertos a
nadie le llamó atención la humareda que se levantó por los
parajes del río seco.  Shawta ese día murió para nacer en la
memoria que puebla con sus gritos la soledad escabrosa de los
habitantes que comparten las que, mucho tiempo atrás, eran las
indómitas márgenes del río Los Ángeles.  Sin duda su perro
negro lo recuerda mucho más que nosotros que somos unos
desmemoriados incesantes.
SHAWTA
En la tarde siempre el mundo se cubre de lluvia y de manos que
se extienden.  Así estaba el día en que nos conocimos y así está el
día en que te veo partir con tus ojos tristes, con tus manos
pequeñas, de dedos alargados y dispuesta, aunque no lo sabes, a
cerrar el portal de la muerte.  Todo lo que recuerdo es una nube de
cabellos rubios hasta los hombros en un hermoso rostro de mujer
y la sensación de no tener nada entre las manos, salvo el viento
del sur, el de los ojos apagados, el de los adioses.  Si fueras el
fogonero de un viejo tren yo viajaría contigo, solía decirle de niño a
mis abuelos muertos para darme valor en la oscuridad.  Abuela
sentada en la cocina nos decía que el mundo era ese lugar
horrible habitado de demonios y de lobos feroces que anidaba
detrás de los cristales.  Manejando sus cartas y con la botella
naciendo de su boca la madrugada la sorprendía viendo nacer el
sol.  Vete para otros mundos le decía cada día abuela al padre sol.
 Abuela venía de lejos en el tiempo.  Su nación, la mochá tutka,
había sido devastada concienzudamente muchos siglos atrás por
el hombre blanco, el sin color, el sin palabras.  Los abuelos de la
abuela, sobrevivientes de un pueblo que platicaba con los
jaguares y los astros, domesticados a palos jamás dejaron de
creer en lo que eran.  Venimos del sol y de los Andes, susurraban
despacio en los labios contándose uno al otro para saber cuántos
pervivían, igual que los demás cuentan sus monedas de oro.  
Quedamos nueve y mi hermana Chuyma está encinta, susurraba
padre en los labios de madre.  Ahora somos cinco y la querida
Chuyma hoy es tierra mojada.  De uno en uno los mochá tutka
partieron hacia la vida larga y hacia el abrazado redimidor de
Illawara, nuestra madre primigenia.  Aterrados y solos abuela y yo
dejamos atrás el frío y nos echamos el camino al hombro.  Vete
para otros mundos sol de odio, gritaba al alba la abuela borracha
perdida en nuestro cuarto de North Long Beach.  Lejos del corazón
abierto de su tierra lejana la abuela se durmió en la tarde.  Vete
para otros mundos, le dije a la abuela, a las cenizas que eran ella
lanzándolas al mar.  Amo este cielo caído decía abuela en mis
ojos cuando conoció el mar.  La enorme magnitud de la
hermosura es demasiado para la pequeñez que somos, dijo
abuela retomando las palabras antiguas.  A ella le gustaba
hablarme de los primeros habitantes de las montañas viejas, de
las caminatas precursoras, de las danzas, del acariciar, del
apareamiento ritual con la tierra para germinarla a orillas del gato
de piedra, hoy conocido como el lago Titicaca.  Llorando y con las
venas de su sien a punto de explotar me platicó del odio, de la
magnitud del terremoto en ancas de caballo que nos fulminó, del
estruendo de los cuerpos despedazados que corrían asustados
buscando el portal de los muertos.  Aún lo buscan, aún corren por
las sierras andinas con las panzas abiertas buscando redención
hasta el día que Illawara regrese y se lleve con ella al último
mochá tutka que serás tú el que vaga solitario sin dejar
descendencia, y se dormía abuela borracha y harta de estar sola y
sin sangre en las venas.  Solo, último vestigio de los mochá tutka
en esta tierra de odio, en un primer momento quise romper todo
lazo con aquellos que soy.  Vete para otros mundos, igual que la
abuela le grite al sol.  Desconectado, como todos, de una raíz
telúrica me perdí en la alegría momentánea del exceso.  Sin
límites amé, sin límites me amaron e ilimitadamente la noche me
llenó de cuchillos y de heridas que no cicatrizaban.  La vida afuera
correteaba su sustento, unos con el coche, otros con la casa, la
pareja, las tarjetas de crédito, la promesa insegura del futuro, pero
yo no.  Seco, como una flor sin agua, dejé pasar las horas de la
misma manera que se deja pasar un río crecido.  A veces con el
odio que me heredó la abuela y a veces con la abulia que me
hereda el universo entero decidí por primera vez penetrar a
patadas el portal de la muerte.  Recién había cortado con la mujer
comanche de los brazos de pulpo, la que apretaba hasta
estrangularme justo en el instante del amor compartido, cuando,
harto de gritarle puteadas al padre sol, despacio, como viene la
tarde o el orgasmo, con ese cosquilleo delicioso que da el
sentirse dios, o en el supuesto de que exista como debería sentir
dios, abrí las venas de mis muñecas y anegue la bañera de mi
sangre mochá tutka.  Sin mucho aspaviento, el desván está lleno
de fantasmas suicidas, los médicos me regresaron al camino de
todos.  La mujer comanche, su nombre prohibido no lo nombro, no
quiero que en la noche las águilas de fuego me arranquen el
cerebro, vino a mi lado, me besó largo, tibia y dulcemente acarició
mi cuerpo y en silencio una vez más se alejó por la carretera que
da al norte, con rumbo al 710 y a sus camioneros adormilados.  
Luego vinieron los exiliados, los que estuvieron presos en ojos de
agua repletos de pirañas, y para completar el panorama nos cayó
la sequía que asoló como nadie jamás la ciudad de Los Ángeles y
sus alrededores.  En quince meses el sol logró lo que ni los
pandilleros ni los policías habían logrado en sesenta años,
despoblar los callejones y los ghettos de basura viviente.
Montañas de cuerpos achicharrados por el sol adornaron la
quietud de un mediodía interminable.  Tercos e inmortales
millones de asombrados y famélicos seres sobrevivimos la
tragedia y abrazándonos como hermanos los angelinos corrimos
frenéticos por entre los pasadizos que creó la primera gran lluvia
de la temporada.  Los carroñeros hablan, escupen, ofenden, y yo
harto de pelear con el mundo, el mismo que me forma y del cual
soy una parte indivisible, me decidí por mi segunda muerte.  A la
mayoría la muerte lo sorprende con unas ganas enormes de
quedarse en la vida.  La gente se resiste, patalea, suplica y
termina alejándose rumbo al portal de la muerte a empujones.  
Nadie quiere perder lo que ha logrado, los trofeos que ha
cosechado y que son hijos, una casa, una ropa, un nombre
inmaculado, un amor de fuego que en la noche delira de pasión.  
Yo los he visto, se niegan, se aferran a los árboles, a los últimos
rescoldos y luego se pierden malhumorados en la extensa y
desolada, según los ojos
del que mire, para nosotros los mochá tutka es una fiesta, la región de
los muertos.  Sin mucho que perder mi segunda muerte se atragantó
de pastillas y de vino.  Por la ventana abierta abuela y las demás
mujeres mochá tutka se asomaban sonriendo.  Estamos esperando
por ti, decían, me hablaban entre risas de una tierra hecha para
nosotros sin golpes y sin orejas cortadas.  Los hombres, lejos,
lejísimos los mochá tutka bailaban zangoloteando al sol felices de
estar vivos, si estar vivo es sentirse a gusto en cualquier lugar o en
cualquier circunstancia.  Gateando y arrastrándome yo intenté alcanzar
la mano que las abuelas viejas me ofrendaban, pero de nuevo los
médicos, fríos y objetivos como números en la piedra, me regresaron
al presente eterno que desde que se inició este tiempo padecemos.  
El viento del sur, que todo se lo lleva, se ha llevado lo mejor de mí, tus
cabellos rubios, tus palabras, la esencia de tu piel en la que yo
danzaba feliz zangoloteando al sol.  Un amanecer, recuerdo que la luna
roja de la muerte estaba perdiéndose sobre los edificios del centro,
cuando llamado por ese grito inmenso que viene desde el mar y sin
nada mejor qué hacer enfilé con todo lo que soy a Santa Mónica.  No
soy muy sensitivo, pero a veces se despierta en mí el de adentro y me
señala cosas que yo no puedo ver.  El sol, bañado en sangre recién
nacida, se asomó en el naciente y enmarcada en su luz y sentada en
un lecho de piedras estabas tú justo bajo aquel brillar naciente que
iluminaba el sur de California.  El viento en los cabellos me trajo tu aire
lejano y extranjero, como todos, dijiste.  Venías del calor y de la
nostalgia y eras un enorme interrogante que alimentaba al sol entre el
frío y el viento que ese día extrañamente nos llegaba del norte.  Todo te
gustaba saberlo y confrontarlo.  Mi tierra llueve piedras y mi sol cada
día nace por el oeste, me decías jugando a enloquecerme.  Vengo de
aquí y voy para muy cerca, me decías en los labios, mía y del universo.  
En un principio, es natural temer que te roben, te arranquen la cartera y
te saquen los ojos, no me dijiste nada.  Tus pies descalzos se helaban
en el agua también por siempre helada del Pacífico.  Harta de mi
silencio y mi contemplación dejaste que yo te acompañara en el
mutismo.  Algo me llama a ti que viene de muy lejos, de la nieve, de los
lagos, de las fundaciones remotas que habitan dentro de mí, quise
decirte, pero me quedé callado frente al mar enorme recordando el
asombro de la abuela.  Tenías un nombre extraño que no quise
escuchar y te llamé Illawara, estrella de más suerte.  Te reíste frente a
mí y me reconstruiste en un segundo los puentes a la vida.  Lenta,
como quien abre una puerta olvidada, me hablaste de tu tierra lejana y
un poco de los proyectos y de un hombre y de un amor de hierro.  Ojalá
fueras la fogonera de un viejo tren, te dije, pero no tenías tiempo para
las encrucijadas insolubles.  Tres días ibas a estar en Los Ángeles y
de nuevo el olvido, la abulia inmensa, la nostalgia por lo que no ha
sucedido iban a quedar entre mis manos vacías de ti.  En pocas
palabras te expliqué quién y de dónde es que viene mi sangre, y soy el
último, te dije intentando engrandecer mi presencia a tus ojos.  Las
autopistas raudas y un militar apacible y humano, seguías tú jugando a
desconcertarme con tus frases que rompían mis esquemas.  He
nacido para recordar, te dije y tú te reías de mí, en mi boca y de mí
mientras mis manos querían acariciarte en mitad de la calle y ante el
planeta entero.  Abuela me hablaba de Illawara y de la profecía de
encontrarla retornando del sol y sobre el mar.  Igual que en el pasado
de ella venimos todos, susurraba abuela la historia.  Solita y con la
panza repletita de todos sus hijos mochá tutka Illawara vino del sol y se
acostó a sembrarnos en la tierra.  Cansada y triste al ver desde el
Ackon Cahuak, nuestro guardián de piedra, lo que hacían de nosotros
los que vomitó el mar ella vino una noche y nos abrió el portal de la
muerte.  Por aquí hijos del sol, por aquí mochás tutkas, que yo los
esperaré del otro lado para consolarlos y bailar con ustedes.  Abuela
decía que Illawara había abierto el portal de la muerte para nosotros y
que justo antes que muriera el último hijo del sol mochá tutka iba a
regresar a cerrarlo, y tú sabrás quien es, tú sabrás encontrarla, me
decía reventada de alcohol y pidiéndole a gritos al padre sol que se
fuera a otros rumbos.  Dudando entre platicarte Illawara lo que
entonces significabas para mí, me deje llevar de tu voz y de los
devaneos que el destino, que quizá no existe, decías tú, tuvieran
destinado para mí.  Eras Illawara y no, todas son Illawara, me decía la
abuela en la penumbra mientras yo caminaba a tu lado viendo morir al
sol por el este.  Todo conmigo es caos, decías ardiendo el hielo, y
sonreías por sobre las calles en su guerra eterna.  Mirando atrás no
somos más que los habitantes de una estación vacía que ve pasar el
tren.  Todos los demás desde siempre han sido los pasajeros menos
nosotros, eso te decía con la voz escondida queriendo darle vida a mis
dedos por entre tus cabellos, tus labios levemente pintados que
relumbraban sedientos bajo el sol que había nacido por esta única vez
en el poniente.  Tenías prisa de regresar a tu presente y con la ciudad
a tu espalda escuchaste mi historia.  Sentada en una piedra, ojos
abiertos la noche de los tiempos me deshiló ante ti.  Cómo justificar el
no ser nadie, cómo ser un hombre eterno para tomarte en brazos y
revolver tu pelo, pero tú Illawara, la de adentro, la que venías de lejos,
asombrada me dijiste sí y no a todo.  Otro deschavetado más, sin duda
pensarías rompiendo el alba.  Me diste por mi lado abriendo las
ventanas, dándome un beso, escondiendo debajo de las rocas un
geranio.  Me gusta agosto al sol, dijiste antes de alejarte con tus pasos
medidos dejándome una estela de tejados mordidos.  Por fin el ciclo
mochá tutka se cerraba a tu paso fogonera de todos los trenes sin
destino.  Vete para otros rumbos padre sol, grito como la abuela
sentado en la espesura de las tierras shoshonas.  Desgarro lento mi
piel con un cuchillo para que desde lo más intrincado de los bosques
secuoyanos los lobos, si tengo suerte un oso, escuchen el remoto
llamado de mi sangre y vengan y entre cantos y danzas me regresen la
senda, me lleven al portal de la muerte donde me esperas tú Illawara y
todos los mochá tatku que son hijos del sol para iniciar la fiesta.
ILLAWARA
Me encontró, y debo ser enfático en ello, en la esquina de la Florence y la Pacific, y se lo llevó todo.  Tenía los
cabellos negros larguísimos y unos ojos profundos y marrones.  Vengo de lejos, me dijo, y soy más que un águila,
una aparición.  Me platicó una historia vieja que yo tomé a broma.  Nada me importó saber ni su origen ni de los
remotos caminos a la luz de sus tres lunas de los que quería platicarme.  En lo único que yo pensé y lo confieso
fue en no pensar en nada.  Su cuerpo era una provocación que un viejo cazador empedernido como yo no iba a
dejar pasar.  Ella insistía en no ser de este mundo y en que venía, a su modo, también en plan de cazadora.  
Palabras más, palabras menos, como en un sueño la llevé, más bien diría ella me llevó para ser fidedignos, a mi
cuarto.  Disculpando el desorden eterno de mis cosas apagué la luz.  Su cuerpo desnudo, lo juro, relumbraba en la
oscuridad.  Vengo de muy lejos, me dijo entre beso y beso.  Como quien acaricia una estatua de arena así yo
acaricié sus formas, sus piernas alargadas y abiertas, sus senos endurecidos, sus labios, las cicatrices que
habían dejado sus alas en la espalda.  Así me lo dijo ella y yo en ese momento todo se lo creí.  Extasiado en sus
jadeos y en su entrepierna a nada me negué.  Todo lo quiero para mí, me dijo entre jadeos y yo le dije sí, mi alma,
mis caminos, mis ojos, mis manos, mis dedos, lo que tú quieras sí pero cabálgame de nuevo, déjame besar,
morder, internarme en tu piel, en tus líquidos, en tu vagina de fuego, y ella me lo cumplió.  Luego del acto
interminable con el que inventamos el amor como entre nubes la vi vestir.  De prisa cubrió su desnudez y de prisa
también lo tomó todo.  Cada petición a la que yo había accedido se cumplió.  Serena, casi maternal, la mujer me
arrancó los ojos, los dedos, y se lo llevó todo.  Vengo de muy lejos, me dijo con sus labios en mi oído y despacio
abrió la ventana y se lanzó al vacío.  El traquetear de sus alas atronó la quietud susurrante y sigilosa del amanecer
de North Long Beach.  Esa es la historia que aunque a nadie le importe compartimos muchos de los
desamparados que vivimos bajo el puente de la 105 y la Paramount.  Cada amanecer nuestros cuerpos
contrahechos y rotos se retuercen de rabia y de temor al escuchar los incontables aleteos que todo se lo llevan y
que recorren de aquí para allá la ciudad dormida buscando nuevas presas.
EL CAZADOR
A la memoria de mi Little Brother David el Yepp.
 Con desprecio eterno para la puta de Melody Arias
 Donde quiera que esté y con quien esté.
Para   los   que  lo  conocieron  David, olvidando  
las  querellas policiales y la rabia   de   las   
botellas  rotas  en  las frentes  enemigas,   fue   
una  sombra amiga  y  revulsiva.   Era  el más
chico de la casa, el extrovertido, el heredero de
las sonrisas y los gestos.  
La música estruendosa, las escapadas con los amigos, el juego de
la vida era fácil jugarlo a su lado.  Todo cambió cuando una tarde de
invierno sin dinero y sin ganas de nada y con varios de sus amigos
ya muertos por la rabia del barrio o de los placa se encontró de
frente y sin remedio con Melody.  Parada, empapada, bella hasta la
nausea en mitad de la cancha de basket en el Houghton Park fue un
cimbronazo que el Yeppy no pudo resistir.  Bajo la lluvia el mundo es
mío, fue lo primero que ella le dijo mirándolo a los ojos con esa
mirada que desnuda, que se te apropia, que te hace sentir un pobre
diablo, eso fue lo que me platicó David emocionado de su nueva
conquista.  Yo nada tengo, le respondió David a la mujer de los
cabellos y de los ojos negros, de los dedos alargados, de la mirada
frontal y retrechera.  Simple el futuro desolado amenazaba con
poseerlos pero ellos no querían bajársele los pantalones de
inmediato.  Melody era un lugar común de lo que no debe hacerse.  
Desfachatada hasta más allá de todo límite vino un día a la casa y
se hizo odiar de mi familia.  Esta medio buena, le dije a modo de
sentencia a mi hermano acomodados frente al techo de la
madrugada.  David poco a poco dejó de ser él para ser ella.  La
guitarra, el balón, los planes de comprar un coche y la aceptación
tácita de ir al cole o de perdida al army se fueron apilando en el
rincón.  Todo fue Melody de allí en adelante.  Sus amigos, los no
caídos en el frente de combate de la Atlantic y de la Market, saliendo
del último año de la escuela hicieron sus maletas regresando al
redil, a la iglesia, a la acción de gracias y a vegetar dándole vueltas
interminables a la feria banal del mall de Lakewood.  La familia de
Melody, para nuestra satisfacción y regocijo plena y disfuncional,
habitaba un apartamento de juguete por la zona miserable de la
Pceich en el sur de Long Beach.  Nosotros aún somos orgullosos
habitantes de North Long Beach y nunca ha de mezclarse la sangre
con el agua negra de los caños, pero contraviniendo los
mandamientos de la ciudad David lo hizo y caro pagó las
consecuencias.  Lo de menos eran los atuendos negros, los pelos
largos, las consignas que entre dientes me mascullaba David
cuando lograba verlo.  Nunca supo explicarme qué tenía Melody que
yo no le encontraba por ninguna parte.  La necesidad manda así que
David se hizo dependiente del Home Depot y Melody empezó su
deambular de trabajo en trabajo.  Amo caminar por el parque
cuando todos trabajan, le escribía en los papelitos sin fin que yo a
hurtadillas leía para saber en qué andaba mi hermano.  Quiero que
todo acabe, dormir dormir dormir dormir y nada más.  Dos meses ya
y ya no te aguanto, decía otro papel arrugado.  Esta es mi luna, mi
mar dormida y helada, éstas son mis venas abiertas y ésta mi
sangre cayendo cayendo.  Quiero volver a naufragar en el Queen
Mary agarrada a tu cuello.  Entre más leía los papelitos menos
comprendía el amor que se tenían y por supuesto menos entendía a
la desquiciada de Melody.  Qué piernas más flacas, le dije un día y él
se soltó a reír, bajó la guardia y me dijo que no podría vivir ya sin
ella, que se necesitaban, que la noche trae cuchillos, estacas y
pasos borrachos en las sombras que acechan, que estrangulan,
que te rompen por dentro, pero que ella a todos los domina para
dormir en paz.  Obtuso e inescrutable se fue alejando de nosotros,
de nuestras borracheras memorables con padre y madre tirados en
el piso babeando vodka y con todo el resto de la raza apostándolo
todo a una carta abierta.  Lo recuerdo con su maleta, que era mía,
recortado en la calle diciéndome adiós.  Sus pasos perdiéndose
56th arriba aún resuenan frescos en mi memoria.  Uno más que se
va, me dije ya acostumbrado a las despedidas, pero no era uno más
y la casa y su inmensidad cobijada en dos cuartos y un closet y
atestada de sobrinos y de mujeres con el vientre a punto de explotar
me lo hizo saber de inmediato.  Nosotros nunca solemos decir te
quiero ni dónde estás.  El que se fue se fue y el que se queda que
agarre su lugar y lo defienda a sangre y fuego.  Llevamos largos
siglos haciendo altares para que vengan a visitarnos los guerreros
muertos que nunca vienen.  Ellos como el futuro también nos dan la
espalda, nos dejan en la sombra viendo el supertazón.  Dos veces
fui a visitarlo a su trabajo encontrándolo cada vez menos él.  Vamos
al Costco por un perro caliente, le dije oprimiéndole botones a la
nostalgia, pero él no cayó en la trampa.  Aquí está bien, me dijo
encendiendo un cigarro mientras el Pacífico helado a nuestra
espalda se tragaba las casas con su furia.  Después supe que
Melody iba y venía por temporadas de casa de su padre al cuarto
que compartía con él.  Supe también que la ganga samoana de la
52 la conocía muy bien.  Demasiado bien, me dijeron.  Entre más
metía mi nariz en los asuntos de mi hermano más se magnificaba
en el desprecio la imagen de Melody.  Deambula desnuda por las
calles, se emborracha, se lo da a medio mundo, decía la vox populi
solazándose hambrienta en mi furor.  Relumbro en la penumbra
para las manos que quieran despertarme, decía un papel perdido
escrito con la letra menuda de la Melody de los cabellos negros.  
David fue despedido del Home Depot debido a sus constantes
ausencias, incluso al estar aquí estaba ausente, me dijeron.  A
tientas busqué el cuarto que habitaba y en su lugar encontré a una
recién mudada pareja de coreanos que nada me entendieron.  El
apartamento que ocupaba la familia de Melody, en lo profundo del
infierno de la Daisy y la Pacific Coast, era una ratonera negra y
repleta del humo detenido de todos los cigarros del mundo.  Su
padre era una cosa maloliente y de piedra que en dos gritos me
despachó a la mierda.  Melody es una perra que ya no me visita, me
dijo dando un portazo.  Ojos rabiosos me espiaron desde las
cortinas entornadas.  Con las manos vacías regresé a casa a
esperar.  El resto ya es historia, el teléfono, la voz anónima, los
gritos de madre y dos horas después el reconocimiento de esos
ojos hundidos, esos huesos agujereando la piel y los orificios ya
con sangre reseca de mi hermano.  Un altar más, pensé.  En
familia, como siempre lo hacemos, intentamos reconstruir los
últimos minutos de mi hermano, pero nadie sabía nada.  Su cuerpo
roto y frío fue encontrado por la zona del puerto en la soledad
maloliente de Wilmington.  La pistola aún aferrada en su mano y
nada más, la cartera, doce dólares y una tarjeta del taller mecánico
del primo Joshua era lo único que tenía encima.  Morder el cañón
frío, temblar, aguantarse el vómito al sentir esa saliva mezclada con
el agrio sabor del metal y luego nada, eso fue todo lo que nos quedó
de David.  Hechos a la rutina le dimos fuego al día en torno del altar.  
Los primos uno a uno se fueron alejando, las tías, los borrachos de
todo, hasta quedarnos solos en casa los de siempre.  Melody para
mí es un rayo de muerte que no merece nada, solo el desprecio, la
certeza absoluta de saber que si la llego a encontrar en cualquier
recodo de esta ciudad voy a arrancarle el alma de un balazo.  
Hermano, termino mi carta, la meto al sobre, la dejo en el altar junto
a las fotos del último verano que estuvimos todos en Lake Perris y
me voy a dormir, mañana Los Lakers se batirán a muerte en el
Staples y allí estaremos todos, bueno casi todos, allí pintados para
la guerra estaremos frenéticos los sobrevivientes.
A la memoria de Melody Arias
       Donde quiera que estés que estés con David.

Dos años sin el Yeppy son una vida entera dando tumbos sin
respuesta por las aborrecibles ahora para mí calles del barrio.  
Largas noches y días estuve buscándote con el arma en la mano
para cobrarte cuentas.  La sangre se cobra con la sangre, me
decían en la cuna, en las aulas, en los callejones, en el lecho de
muerte y así yo lo aprendí.  Una vez te encontré.  En la seis y la Pine
frente a un mural despintado estabas tú.  De espaldas a la vida con
tus cabellos negros, con tus manos, con todo lo que había
enloquecido a mi hermano estabas allí.  Yo iba acompañado así
que te salvaste, pensé.  Por cinco minutos tú y yo fuimos los únicos
habitantes de Long Beach.  Más tarde regresé a buscarte sin
encontrar nada, solo el vacío, el abismo de los desamparados que
piden una moneda, un trago, la mitad de un cigarro.  La casa de tu
padre era un hervidero de alcohol y de odio y el apestoso animal
malherido que me atendió nada me dijo de ti, solo me dio un portazo
y nada más.  En la 99 de la Cherry  y la Carson, último lugar
conocido por mí de tu trabajo, me dieron una ilusoria dirección en
los projects de la Orange y un nombre: Wendy, esa la conoce muy
bien.  Meses de sinsabores y de puertas cerradas terminaron el día
que por fin un rostro amable me dijo que habías muerto.  Vivió aquí
unas semanas conmigo y eso es todo.  La acción de abrir las
puertas es toda una odisea en la gran Los Ángeles y aún más si lo
que se busca irradia desolación y muerte.  Wendy era un enorme
corazón afroamericano que procuraba redimir a la escoria.  Conocí a
Melody en un despiadado día de lluvia, a la salida del 710 y me la
traje a casa.  Wendy me platicó de tu abrazo borracho susurrando
perdida el nombre de tu madre muerta largos años atrás, de tu
apretar que precisaba una respuesta, de tus constantes escapadas
hasta el fondo del fondo, del silencio que gritaba el nombre de mi
hermano y de tus últimos días.  Ir de golpe de una alegría reposada
a una tristeza honda y contagiosa era una constante en su rostro de
siempre niña, me dijo.  Esto es todo lo que me quedó de ella, una
blusa, unas botas, pulseras, una gorra, y tú como su más dilecto
familiar tienes que hacerte cargo de sus cosas, me dijo Wendy
entregándome ritual como si me entregara sus cenizas una caja de
zapatos repleta de papeles y de anillos multicolores.  Rabioso, ya
que mi razón de ser  era matarte y no que te murieras por tu cuenta,
me acomodé en un rincón lejos de todos y letra a letra me dejé llevar
de las intimidades que formaban tu mundo.  Hoy he visto a padre.  
Quise gritarle mi odio, mi asco a su aliento de letrina, mi rabia de
sentir como en mi infancia sus manos por mi cuerpo.  Me dio 200
dólares que pagué con esfuerzo.  Nota a nota escribías frases
sueltas, poemas, dibujos de árboles en fuego.  En un disparatado
diario sin orden y sin fechas me hiciste conocer la manera
parsimoniosa y total que tenía el Yeppy para hacerte el amor.  Eres
una avenida de neones, eres la Anaheim de vendedores
ambulantes y de ancianos por largos años sin hogar, eres mi arco
iris.  Meticulosa detallabas las horas en el cine, los desmanes del
hambre mientras tú y el Yeppy en el cuarto se dedicaban a la
sagrada labor de no hacer nada.  Dormías, hice café, te robé un
calcetín, rompí el cristal, abrí mis venas, estoy muerta, eres el viudo
alegre.  Los hechos escuetos hablan de una Melody Arias que en la
tarde tibia del 16 de abril se lanzó de cabeza como queriendo
romper el 405 con su cuerpo de piedra desde el puente de la
Alameda.  Ayer para mi hermano eras una ventana en llamas hoy
eres un altar, jamás el último, en cuya orilla, como bordeando un río
de aguas mansas, me siento a deshilar mis pensamientos.  
Buscando reconstruir tus últimas horas fui con Wendy a tomar un
café.  Ella me platicó de tus abismos y de cómo, con asco y con
puteadas, los obreros de la ciudad recogieron en una bolsa lo que
los coches habían dejado de tu cuerpo.  Arriba, tocando el cielo
negro de San Pedro y amarrado a la baranda que domina desde la
Alameda la parte sur del mundo encontraron tu bolso, el que yo
recordaba, el multicolor, el que lo mismo guardaba una camiseta
desteñida que un pedazo de pizza y que tenía en alto relieve una
imagen del Ché.  Querías siempre que el camino de la escuela a tu
casa fuera eterno para no enfrentar el ansia insaciable de tu padre.  
Una y otra vez le dabas forma mágica a las nubes, le dabas un
rostro a tu madre muerta en la sala de parto y le clavabas un cuchillo
en el pecho a tu padre, al cadencioso, al estrujante, al animal
nocturno que te abraza, que te besa, que te mata de a pocos
mientras afuera los pandilleros se dan bala a placer.  El Yeppy fue
por un maravilloso lapso de tiempo tu refugio, tu verano, tu playa, tu
país.  En ti me siento entera y nueva, intocada, le escribías.  
Justificando tus ausencias le decías que tu amor es una cadena
que aprisiona todo hasta pudrirlo.  Yo no encuentro salida, nunca
redimiré lo irredimible, le repetías desde un papel arrugado y sucio.  
Acostumbrada al odio Melody solía comprarlo todo pagando con su
cuerpo, me explicó Wendy.  Con tu hermano fue diferente, él no la
miró con los ojos que el barrio la miraba y eso le caló hondo.  
Sentirse enamorada la hacía vulnerable y débil, deseosa de
limpiarse por dentro y de ser amada con la misma fiereza que los
hombres amaban a las escuálidas paseantes de la noche y de los
entretelones del Queen Mary.  Odio los domingos en la tarde, los
lunes, las mañanas que te alejan de mí.  Desgarros sobre un
montón de servilletas del Starbucks enmarcaron la partida del
Yeppy.  Sangre en las comisuras, sangre entre las piernas, sangre
en los nudillos, te repetías galopando desnuda y delirante las
hordas afroamericanas que pululan en Compton.  Ser de todos es
nunca ser de nadie, escribías de regreso a la casa, al agua tibia, al
jabón que nunca logra nada, a la simpatía que nunca exige cuentas
de Wendy.  Frente al café la mujer de los brazos siempre abiertos
me platicó de las muchas veces que a pulso te rescató de entre la
alfombra de desamparados y de tu lento regreso de tarde de verano
a tu realidad.  Al irse de casa siempre me abrazaba y antes de salir
me daba un beso.  Hasta siempre Wendy, me decía, pero ese último
día no.  Después de una de sus escapadas legendarias y apenas
recuperando los sentidos un día se levantó, bañadita y metida entre
sus ropas apretadas agarró avenida arriba sin decirme adiós.  Yo se
lo atribuí a un descuido y le envié un hasta siempre que se clavó en
mí con la misma fuerza que se clavó en la tarde que se incendia de
ese abril execrable.  Admito que yo no tuve agallas para leer las
cartas que a puñados le escribiste al Yeppy.  Estás en cada
esquina, en cada sonido, en cada pensamiento, escribías.  Mi
enfermedad se llama Melody y estoy condenada a padecerla, y sin
descanso le recordabas una y otra vez de una tarde al amparo del
Queen Mary cuando fueron felices.  Escribo para ti Melody.  Cierro la
carta, la dejo despacio en tu altar entre tus dibujos de árboles
incendiados y una postal que nunca le enviaste al Yeppy y donde lo
llamas por una única vez mi amor.  Llueve sobre North Long Beach y
en la distancia las ratas enloquecidas se lanzan sin remedio a las
aguas heladas y borrascosas del Pacifico.
LOS ALTARES
Años de encierro moldean el acero más duro 29 julio 78 convirtiéndolo en
agua corriente.  Para el Macabro recorrer la ciudad antes de su tiempo en
prisión era una fiesta.  Provocaciones en cada esquina, retos, ventanas que
escondían virginidades ajenas y agrestes, le daban a cada recorrido un aire
nuevo y último, quizás hoy sea el día en que me maten, se repetía a sí
mismo atando los alargados cordones de sus botas de puntera de acero y
disponiéndose a salir a cobrar el impuesto.  Por libre paso, por vender, por
ofrecer, por respirar, por estar tirado en la banqueta, por existir, la gama de
razones que te hacían merecedor de pagar la vacuna eran variadas, tanto
que todo el mundo entraba en la colada.  Los recoge basura unas monedas
o un encargo, las señoras de las enchiladas unos pesos y una orden
extensa para llevar, y así de acuerdo al rango iba subiendo el cobro.  El
Macabro estaba bajo las órdenes indiscutibles del Bestia y de sus guaruras
que imponían el terror arrancando lenguas, brazos, cabezas, sacando
corazones.  Vestidos de negro la vox populi imaginaba que sus huestes
eran militares en retiro, kaibiles guatemaltecos, sicópatas redimidos,
oaxaqueños de piedra, aunque nadie había vivido lo suficiente para regresar
de la muerte a contarnos cómo hablaban, qué hacían, de qué manera te
lanzaban de cabeza a la muerte si con una patada o siguiendo sus rituales
con un beso en los labios.
Debajo del Macabro estaban los asustadores
baratos, el Cráneos, la Muerte, la jarocha y uno
que otro renegado de los darketos que
expulsados de todo habían terminado por anclar
a su lado.
Los punkeros no, decía en el milenio pasado el
Macabro separando las aguas del mar rojo para
que unos pasaran y otros no.
Su odio irracional por los punkeros desató una guerra que los macabros
ganaron a costa de dejar anegada en sangre la noche de la 20 de
noviembre.  Nadie supo nunca los motivos del odio que se llevó tantos
muchachos por delante.  El Macabro siempre se cuidó de que nadie
descubriera que tenía un corazón que igual que todos los otros corazones
del Df se enamoraba en serio y que solito con su alma, maldita compañía,
se sorprendía cantando bajito me rompiste el corazón y te llevaste toda esa
emoción todos los discos de mi colección del mano negra el kasam babilón.
 Las imágenes zigzagueantes de serpiente ardiente y desnuda de su mujer,
Maya la danzonera, voluptuosa llama sudorosa bailando para otro le
amargaron las noches a él que ante todos era un puño de hierro, un
insensible asustador rompe cuellos, quiebra peronés, desflora niñas,
forzándolo aún a su pesar a llorar mordiéndose los labios mientras afuera el
nuevo sol derramaba sus bendiciones y plegarias sobre la gran Tenochtitlán
dormida.  Maya era la única que no temblaba ante su rabia.  Me golpeas y
me mato y vengo cada noche a cobrarte mi muerte, le amenazó bajito la
primera vez que él intentó demostrarle quién mandaba en la casa.  Lo
mismo se burlaba de él en un minuto mandándolo a la lona que al siguiente
con sus besos lo subía al séptimo cielo.  Penecito precoz, le decía ella
insatisfecha de los dos minutos de pasión que le regalaba quebrado de
emoción el Macabro.  Ese secreto los unió un tiempo grande.  Penecito
precoz le gritaba ella en la memoria, en las gradas, en la estación de
Balderas donde él la descubrió apretada al maldito punkero apantallador.  
Maya, conocedora profunda de los otros mundos que a diestra y siniestra
atraviesan hiriendo al DF, sabía mover los hilos, decir las palabras rituales
en su momento y juguetear a placer con los miedos y las supersticiones de
los defectuosos.  Buuu, le decía explotando en su cara mientras el Macabro
impotente de desfogar su odio sobre ese cuerpo hermoso de falditas
negras, de botas a las rodillas, de tatuajes sugerentes, lo desfogaba afuera
y sin medida en su trabajo.  Su nombre provocaba temor en los bajos fondos
y sus hombres, sus doce apóstoles estratégicamente diseminados por la
Martin Carrera, por la zona del centro, la Bondojo, la antigua y excluyente y
hoy en baja Tlatelolco mítica hasta llegar sus dominios a la zona miserable
e inhóspita de Chalco.  La Buenos Aires danza a nuestro tamboreo y por
Tepito y hasta en Observatorio hemos prendido fuegos nuevos, decía muy
pocas veces jactancioso derrochándose un pulquito de la vida con sus
amigotes en la esquina de Motolinía con Allende saliendo luego luego del
metro.  El Macabro respondía al Bestia, el Bestia respondía al Licenciado y el
Licenciado, su nombre y sus pasos, y los de sus más arriba que él se
perdían catorce cielos ascendentes entre los pasadizos y las lianas
respondiéndole a su vez serviles y prestos a los dueños de todo.  La guerra
de las bandas se le conoció después a esos meses aciagos en que los
macabros y sus achichincles, algunos pagados y otros por amor al
desmadre o por hacerse un nombre, se dieron candela sin cuartel y sin
normas contra los punkeros que nos vomitó la noche viniendo desde el
centro de la tierra.  Los amantes del rock y de la oscuridad se subdividen en
innumerables tribus peleadas entre sí y jamás reconciliadas.  Los góticos y
los emos a través de sus ataúdes semiabiertos contaban los muertos
punkeros con placer como quien cuenta sus monedas de oro.  La
entrepierna y la conciencia de Maya pronto se llenaron de esqueletos y de
calaveras, pero nunca te he tocado a ti, dámelo todo, le decía suplicante el
Macabro a la mujer de los cabellos largos, de los senos de perrita flaca, de
las caderas que ardían en fuego eterno.  Penecito precoz, le decía la
danzonera con su voz gruesita de borracha perenne.  Ella sabía encenderlo
tan solo mostrándole las piernas, sacudiendo sus caderas como un
papalote en el viento de muerte que viene desde Tepoztlán subiendo por
Otumba arriba de la Malinche el Macabro en segundos cedía a la tentación
de hacerle el amor acariciándola, hasta terminar dos minutos después seco
por dentro y lleno de la risa de burla de la Maya que venía igual que viene el
merenguero desde los recovecos dulces de La Merced y que a cara o cruz
se te llevaba todo sin darte nunca nada.  ¿Me amas?, preguntaba burlona
ella al Macabro que cara al techo se juraba no tocarla jamás de vuelta.  
Penecito precoz dame un regalo, le pedía ella a él que era un cuchillo en
sangre.  Por años recordó el Macabro esa tarde en plena Calzada de los
Misterios cuando la abordó a la Maya y sus pantalones ajustados, su cabello
con rayitos multicolores, sus uñas, sus estrellas de brillantina en el rostro de
danzonera.  Tres semanas habían pasado de su última escapada y habían
sido tres semanas alargadas de preguntas sin respuesta, de indagaciones
en callejones sin salida, de porqués lacerantes, solo el silencio, solo el
rostro alargado, enjuto, pálido por no haber visto nunca de frente al sol del
Huesos se le aparecía diciéndole
Maya es mía.  Su mujer y el Huesos se conocieron en las escalinatas de la
salida del metro en el atestado Zócalo justo frente al templo Mayor donde
aún danzan los planetas perdidos en torno al gran altar.  Esa historia el
Macabro la supo leyendo los correos electrónicos que sin descanso se
escribían y que ella pulcra y metódica guardaba fechados en una carpeta
escondida en un rincón de la computadora bajo el inofensivo nombre de
sistemas varios.  Él, tosco y repulsivo, como mandan los cánones debe ser
un punkero, le escupió en el rostro un vete a la chingada que le removió a
ella las entrañas.  Al eco de las consignas y de los bicitaxis intercambiaron
datos y rostros.  Él venía de un lugarcito enclavado en el tiempo del Estado
de México en cambio Maya era capitalina de hueso colorado.  Los abuelos
de los abuelos de mis abuelos le dieron cara al sol y maldiciendo el día
danzaron sin descanso sobre las tumbas aún tibias de los perros que nos
mandó la España, le dijo ella a modo de presentación.  Encuentros y
desencuentros los llevaron a un hotelito cercano a la Porrúa, que algún día
el Macabro borraría del planeta, y allí, siempre en lo oscuro, el aparato
inmenso e insaciable del Huesos arrastró la sensual entrega de la Maya
que venía con su sangre de la Colonia Roma por arriba y por debajo de las
pirámides del sol y de la luna en pleno Teotihuacán.  Tú no haces el amor,
tú lo asesinas, le decía ella al Huesos en un reproche tibio que quería decir
quédate en mí, bébete mi sangre espesa y relumbrante de una vez.  Así fue
como el Macabro encontró las respuestas a todas sus preguntas.  
Golpeado con un mazo en mitad de la frente tardó largos minutos en
recuperar su sangre fría.  Desnudo de su caparazón de hombre sin
sentimientos el Macabro se refugió por un momento bajo la sombra de su
jefe directo.  El Bestia tuvo por esa única vez un gesto humano
extendiéndole un papel con la dirección del Huesos.  Lo demás, la cacería,
la rabia, la cabeza reseca del Huesos en un costal comprado en el Mercado
de Sonora son gajes del oficio que no vale la pena ni rememorar.  Fue difícil
convencer a la compungida Maya de citarse con él aunque fuese en un lugar
público.  Hechos más hechos menos la cosa es que la Calzada de los
Misterios fue el lugar a propósito para la venganza.  A ti no te he tocado, le
dijo el Macabro mordiéndose las ganas de restregar su penecito precoz por
el cuerpo canela y oloroso a selva virgen de la danzonera.  Sin esperar
reacciones ni respuestas el macabro dejó el saco de inmundicias a los
pies de una Maya atónita que aturdida escuchaba al mismo tiempo en el
celular que la casa de sus padres allá por la salida a Ecatepec estaba
ardiendo a todo lo que daba llevándose en el humo lo poco que todas las
manos juntas de la familia habían podido acumular en muchos años.  
Estas emblandeciéndote puto, se repetía en silencio el Macabro
machacando las cabezas de los morosos contra el pavimento.  Uno a uno,
como en una partida de ajedrez, fueron cayendo los familiares cercanos de
la Maya infernal ante la rabia cornuda del Macabro.  Se trata de mi
reputación que es intocable, repetía él dándose vuelo ignorando que por
más que una mentira se repita siempre será mentira, y que sus subalternos
y sus jefes sabían que su talón de Aquiles era una mujer de cabellos largos
y de piernas de ensueño, llamada danzonera.  A la fuerza no, decía el
Macabro, a esa mujer hay que sentirla a gusto, decía y se repetía a plena voz
los detalles de una de tantas veces que la rompió por dentro con su pene
rotundo no como la migajita de mierda que ostentaba el Huesos, que su
alma se pudra en el infierno.  Todos trepados en el mismo barco fantasma
le decían si a la mentira del Macabro.  El amanecer de la Gran Tenochtitlán
siempre lo sorprendía bailando la misma canción una y otra vez.  Me
rompiste el corazón y te llevaste toda mi ilusión, y ante el asombro borracho
de los asustadores el Macabro se quitaba los zapatos y bailando sobre los
diamantes rotos de las botellas se bañaba de sangre llamando a media voz
a su danzonera, a la Maya de los cabellos negros y de los pasos perdidos
en el Metro Balderas una vez que sin parar regresa a la memoria del
Macabro cuando con sus propios ojos la sorprendió pegadita al Huesos.  
Nadie se ha besado así jamás sobre la tierra, se dijo allí en lo inmenso del
subsuelo, allí en el corazón agonizante y resquebrajado por mil puñales de
la gran Tenochtitlán.  Eso es lo que más dolió que te llevaste toda esa
ilusión todo mi mundo se hizo de cartón me rompiste el corazón.  Al margen
de la guerra cruenta y silenciosa que se vivía en las calles de la ciudad el
Macabro y Maya unidos por el cordón umbilical que llega hasta el Mictlán
vieron caer uno a uno a todos los que rodeaban a la mujer de los cabellos
largos, a la danzonera del amanecer contaminado del ombligo de la luna.  A
pesar de tantos favores que le debían sus jefes una tarde lo utilizaron de
carne de cañón para paliar los medios y entre la faramalla de los reflectores
y de las alabanzas fue puesta en la bandeja de la venganza la cabeza del
Macabro y la de sus sabuesos para demostrar al mundo el pulcro y siempre
a la alza maniobrar de la ley capitalina.  12 años de prisión le recetó la PGR
basada en tecnicismos agobiantes.  La cárcel de Santa Marta es un lugar
sombrío cuando no se tiene a nadie allá afuera que se juegue por uno, así
que para el Macabro la vida allí le hizo añorar el hotel de cinco estrellas que
debería ser el infierno.  Meses antes de su liberación recibió la única visita
que iba a recibir en todos sus años.  Alta, con los cabellos igual de largos
pero esta vez negros profundos Maya lo miró un rato sin decir palabra.  Sólo
me quedas tú en el mundo, mataste a los demás, le dijo la danzonera
llevándose con ella la paz estrambótica de las noches del penal al irse
dejándole tan solo un beso en la mejilla parecido al de Judas.  Marcado
como un mapa de heridas de cuchillo y de porras que le abrían en muchas
partes la cabeza el Macabro recibió de mala gana las pocas pertenencias
que llevaba encima cuando lo detuvieron.  Solo en el mundo sin familia y sin
nadie contaba apenas con unos cuantos billetes, un número de alguien que
quizá ya no existía y nada más para enfrentar el dedo acusador del porvenir.  
Afuera la ciudad había seguido creciendo sin parar pero lo básico
continuaba igual.  Los primeros pasos al salir de la cárcel cuestan como un
parto.  Años de acostumbrarse a ser un objeto que da placer no se quitan
de golpe, así que el Macabro achicado y temeroso apenas levantó la cabeza
cuando a lo lejos la vio entre el humo detenido de las fábricas.  Sus piernas
alargadas salvaron la distancia acercándose con un gesto que él a primer
vistazo no pudo descifrar.  Maya se le acercó familiar y le dijo algo al oído
que debido al estruendo de un enorme autobús el Macabro no alcanzó a
escuchar y tomados de la mano se adentraron cargados de rencor por las
callejas ancestrales de Acatitla con rumbo a la parada que los llevaría hacia
las vecindades tumultuosas de Tacuba donde según ellos morarían juntos
y soportándose hasta el fin de los tiempos como le corresponde a una
pareja perfectamente establecida.
LA DANZONERA
La sensación de pasar de nuevo por la misma esquina nunca vista pero
recordada acompañó mis horas desde siempre y eso tú lo sabías muy
bien.  Mitad en sueño mitad en delirio recorrí bajo tu guía y a contravía del
tiempo mi lejana Bogotá y sin mover mi cuerpo de ese parque que ya
nunca encontré en el viejo Este de Los Ángeles.  Nuestro ser olvida lo
necesario para no enloquecer, pero no olvida lo que verdaderamente se
graba a cincelazos en la roca.  Frente a tu ausencia y frente al coche
destrozado que fragmentó tu cuerpo me lleno de artilugios para pedir que
no regreses a mi vida si no es para quedarte.  Después de todo no eras
más que una aparición, me digo para soportar que mañana el sol vuelva a
arrastrar su pestilencia por los barrios bajos sin nombrarte.  Duele más el
amor que el odio, el odio me da fuerzas, me llena de ganas de levantarme
y de asomarme a la ventana, de lanzarme al vació gritando tu nombre que
aunque, según tú, cambia como cambia tu cifra sigue nombrándote en
esta noche sin encontrar respuesta.  Besarte siempre es una primera vez,
dijiste.  En nuestro último reencuentro, y digo el último porque me niego a
retomarte y a volverte a perder después de tantas veces, lucías agitada y
con tu traje de danza azteca salpicado de sudor y de polvo.  La tierra y el
tambor que guardan los secretos ancestrales viven dentro de mí, me
dijiste entusiasta.  Soy un colibrí azul, decías retomando de la madre tierra
lo que te pertenece.  Lento, con la misma seguridad con la que la mar
helada se traga sorbo a sorbo las playas aceitosas de la gran California,
te metiste en mis ojos.  Tu mano en la mía abrió las puertas del abismo
de lo que es sin ser.  Después de tantas lenguas habladas he regresado
por fin a mi raíz, susurraste.  Bastó quebrar la telaraña que nos separaba
para que en medio del caos y de la guerra no declarada del hombre
contra el hombre retomáramos lo inconcluso.  Apasionada de lo que no
se ve pero se siente esta vez habías profundizado en ese abstracto
excluyente de la fe al practicar el mantra sigiloso del movimiento
buscándote la piel como muy pocos, solo los que son y vienen del maíz, lo
hacen.  Tú le dabas al árbol que camina una magnificencia de guerrero
cósmico en cambio yo no.  El alma es un invento de la palabra y somos lo
que somos, lo demás es charlatanería y seres solitarios que por su
propia voluntad se convierten en humo, pregonaba yo.  Descreído como
siempre me negué en un principio a aceptarte eterna y compañera.  La
gente igual que los trenes viene y se va, solo quedan clavados en el
tiempo los letreros y las montanas ilimitadas que llegan hasta el cielo, lo
demás es olvido o memoria que a la larga es lo mismo, un espejismo
particularizado.  A pesar de tanto recoveco la tierra siempre es la misma y
mansamente sigue sostenida como siempre por las fuerzas del viento y
de sus cuatro rostros, ese era mi lema.  Mi corazón es tu espejo y mi
aliento tu fuego, me dijiste ese día clavándome en tu vida y en tu muerte.  
La danza solar congregaba todo lo que habías recorrido desde que la
primera madre emergió del lago pariendo sin descanso a los hijos del sol
que eran víboras y jaguares y entre los que estábamos tú y yo, me dijiste
siempre según tu particular evangelio de arena.  Sin aspavientos trataste
de explicarme esos pormenores en nuestro para mí primer encuentro y
para ti reencuentro.  Los tambores, viejitos les llamabas cariñosa, con su
queja remota me llamaron inclementes a tu encuentro un sábado en la
mañana.  Arrastrado por mi instinto atravesé la calle hasta perderme en
los sincopados pasos de una multitudinaria danza ritual que celebraba la
caída de las hojas y de los frutos en el Salazar Park.  Horas bajo el sol y la
lluvia pasaron sobre y dentro de mí mientras la ciudad a nuestro lado de
golpe envejecía hasta morir un poco lejos de nosotros.  Nuestros ojos se
buscaron afanosos.  Atrás de mí habían quedado las prisas del rebusque
y de la supervivencia de mi profesión de vendedor ambulante de baratijas
chinas.  Ese sábado las cuentas se fueron por el caño y el planeta entero
se concentró en tus piernas y en tus movimientos de jaguar, serpiente,
águila y de hierba milenaria, atrapados a fuerza en un traje de esplendor
azul y rojo.  Usualmente soy un descreído que salta de dimensión en
dimensión con las manos manchadas de sangre sin poder apartarme del
cuerpo material que me sustenta.  Hablarte fue una fiesta y yo en ese
instante fui para ti el payaso de aquel acto central en la avenida de los
retornos por la que siempre transitamos los humanos.  La gente normal
se levanta, desayuna y someramente se prepara para pasar las horas
haciendo y deshaciendo diligencias menos tú, para ti todo tenía una
trascendencia planetaria.  Unos más unos menos todos contribuyen a su
modo en lo que los antiguos llaman el presente eterno.  El ser nace, se
hace de los siete elementos y antes o después se marcha, unos a gritos y
otros a hurtadillas el caso es que uno a uno nos lanzamos de cabeza
hasta el fondo en las aguas sin fondo del universo retornando a la
entraña.  Esas eran tus frases de combate que en un primer instante las
tomé como un argumento utilizado para descrestar tontos, sin saber que
dentro de ti eran algo más que frases, eran una verdad incontrovertible y
comprobada.  Para ti hablar de los gastos, de la casa hipotecada y del
edificio construido ladrillo tras ladrillo del futuro era una gran blasfemia.  
Junto a la creación misma que se da segundo a segundo somos una
insignificancia, decías.  La danza viene de lejos en el tiempo y en la
distancia, la simbiosis del cuerpo con el alma unifica las fuerzas, somos
dios, me explicaste aparatosa mientras yo hecho de tierra y fuego
calculaba la distancia que separaba tus caderas de las mías.  Enseñado
a saber que las palabras son una ilimitada extensión de mentiras,
algunas piadosas y otras no tanto, me dejé llevar por ti y lejos de los
danzantes a ese otro parque que nunca antes había llamado mi atención.  
Perdido entre los proyectos de mala muerte de la Indiana, los Cinco
Puntos y la autopista interestatal 5 develaste a mis ojos el último rincón
virgen del mundo, eso dijiste.  Innumerables veces he peinado las calles
intentando encontrar ese lugar de magia sin hallarlo para buscar tu
esencia en las hojas y las briznas de hierba.  Ese día inolvidable tú ibas a
perpetuar nuestro encuentro innumerables veces interrumpido por la
muerte en cambio yo solo iba pensando en cabalgarte sin cuidarme de
nada.  Siempre has sido un cazador obtuso, me dijiste sentada en el
rincón del parque que aunque nadie me crea no figura en los mapas.  El
preámbulo de reconocernos quise obviarlo pasando directamente al
fuego incontenible de la entrega y la toma.  Cielo y tierra, noche y día,
todas las artimañas conocidas las utilice sin resultados para
conquistarte.  
De tu bolsa sacaste la medicina, así le llamabas al peyote, y con gran
pompa le diste vida al fuego.  Lejos de nosotros se escuchaba el
serpentear de los coches y uno que otro grito de tamales y de niños
peleando.  Vagamente pensé en cuántos pandilleros a esta hora estarían
apuntando, jalando del gatillo, sabiéndose poseedores del secreto en las
calles vecinas.  Tu presente era poco importante, me dijiste, tu tiempo se
detuvo junto al mío en una calle del pasado que en nuestra anterior vida
juntos solíamos recorrer soñando con un mundo mejor.  Como un río
crecido me hablaste sin descanso de la esquina infernal de la García
Lorca y la Rossi en Lomas de Zamora, de un rechinar de coches y unas
manos de fierro que nos habían separado para nunca jamás en el marco
de la infame guerra sucia que asoló al sur del continente en el siglo
pasado.  Tras largos recorridos mentales producto de tu estudio en las
inhóspitas cumbres rarámuris habías llegado al fondo de tus
reencarnaciones y las mías.  Encierros, lágrimas, dolor del que lacera,
grilletes en los pies, esos habían sido los últimos días de tu vida anterior
oyendo como en el cuarto de al lado los esbirros se encargaban de
arrancarme la piel.  Difuso viniste a mí en la noche eterna que vivíamos y
sin palabras te trepaste sobre el Río de la Plata dejándome tu adiós de
hombre.  A fuerza de pastillas y menjurges me mantuvieran viva algunos
meses.  Sola y sin ti, lo cual es estar inmensamente sola, me apagué
como una flor sin sol hasta que un día inservible y estorbosa me treparon
a un viejo avión destartalado lanzándome al vacío mientras la multitud
enardecida celebraba su triunfo futbolero en el Monumental.  Esa fue mi
última muerte y la tuya, me dijiste.  Antes de eso fueron los besos y el
caminar tuyo y mío por la tierra aún calientita y recién hecha.  Tu venías
mujer de las tierras donde las piedras se levantan y andan en cambio yo
venía, me dijiste, de las tierras altísimas y heladas de donde viene el
cóndor.  Sin otra voluntad que seguir mis instintos caminé ese sábado tus
caminos profundos al ritmo frenético que nos daba el peyote en el parque
sin nombre.  Tomé todos los rostros de la tierra y creí a pie juntillas todas
tus palabras.  Los colores vibrantes bajaron convertidos en sol acuoso
por tus plumas y por los cascabeles de tus pies.  Esta es la Coyolxauhqui,
me cantó la voz de las palmeras que desde nuestra  posición se veían
adornando la entrada lejana del Salazar Park.  El símbolo lunar
estampado en tu traje se trepó a mis pulmones y desde allí me obligó a
corretear sendero abajo, o arriba, todo según la sangre que nos forma,
adentrándome en las tierras ignotas y rojas del poniente, allí donde
deambulan sin descanso las mujeres muertas.  Riéndome me encontré
con gentes olvidadas y alguna vez queridas que arrancaban pedazos de
mi piel en una Bogotá que odio y que hoy no existe.  Tu lengua en mi
lengua y mis piernas envueltas en las tuyas a caderazos me rescataron
de ese recorrido lento y agradable.  Llevado de tu mano trepé Citlaltépetl
arriba desgarrando mis dedos hasta llegar al fuego.  A nuestros pies se
arrodilla la tierra flagelada, decías trayéndome de vuelta a la realidad de
nuestros cuerpos desnudos.  Yo soy quien limita mis sueños alcancé a
decirte antes de derrumbarme en ti.  A pasos titilantes dejamos nuestro
parque secreto y tambaleantes y llenos de nosotros retornamos por la
Whittier sonámbula al calor de los danzantes en el Salazar Park.  Con
contadas palabras y mucho acariciar recreamos la mentira de ser uno.  Yo
tomo lo que venga adaptándome a la comparsa y eso tú lo sabías.  
Mudaste tus piedras, ropas y tu rostro a mi cuarto para el lunes siguiente y
en larguísimas sesiones de introspección hiciste que cada vez más me
adentrara en los laberintos de tu mente.  Los adioses empezaron muy
pronto.  Quebrando el alba me despertó un día tu voz prefigurando tu
partida y dándole alas a  mi soledad de botellas rotas en el rostro.  Pinche
alucinada, debí decirte, pero en ese instante yo miraba el mundo a través
de tus ojos que habían transformado para mí los hechos cotidianos en
magia trascendente.  Llena de una tristeza dulce de pronto me abrazabas
en mitad de la cena o en la calle de lluvia advirtiéndome que segundo a
segundo la clepsidra de tu tiempo se iba agotando sin remedio y que me
preparara para un posible adiós, más bien un hasta pronto, musitaba tu
boca dentro de la mía.  Yo, que nunca tuve a nadie solo al odio, me aferré
a tu presencia que como un espejo de la casa de sustos regresaba
engrandecida mi imagen de pobre diablo llenándola de luz y de grandes
presagios.  Me gustó cuando lloraste frente a la mar dormida.  Hoy me
han matado innumerables veces en Siria y en Darfur y en Eritrea y en
Antofagasta me han vendido los mercaderes a precio de subasta, me
dijiste un día descorriendo los velos y anegando la mar helada con tu
llanto.  Hecho a tus faramallas el día de tu última muerte te regresé el
abrazo de despedida rumbo de mi trabajo con la misma simplicidad de
siempre.  Fuiste hasta la puerta y me encaminaste al coche.  Siempre
estaré contigo, volveremos a vernos en Sevilla, me dijiste criptica a mí que
solo tengo estos ojos y estas manos y este presente atosigante.  Al paso
de los días cada pieza del rompecabezas toma sitio y tu locura no ceja en
su rutina diaria de atormentar mi soledad.  Como suele suceder por
medio del teléfono fui a dar hasta tu coche destrozado.  Alérgico a los
uniformes dejé que los demás se ocuparan del por qué tu coche fue a
estrellarse inexplicablemente contra el muro.  Una hermana tuya vino
desde el olvido a hacerse cargo de todo mientras yo, inescrutable y
solitario, daba la espalda adentrándome como siempre en la noche del
odio esperando desde ya como un poseso tu próximo retorno que sin
duda y conociéndote como te conozco antecederá al mío.
LOS RETORNOS