Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
Era una vez a la semana que, entre el receso escolar del
mediodía y la siesta de media tarde de mi padre, esperaba
la enciclopedia estudiantil con avidez.  Era el año de 1961 y
gustaba de la historia, la geografía, el béisbol a mano
limpia y los mangos verdes del árbol de la plaza de Santa
Teresa.  Sabía que mi padre había sido marino mercante y
aventurero.  Cuando le preguntaba sobre los tatuajes en
los brazos y sus aventuras, respondía invariablemente:
“¡Déjate de vainas, chico!”
.       Durante mis vacaciones escolares, me llevaba al
periódico El Nacional en donde trabajaba como jefe del
Departamento de Pregón y Distribución de Revistas de la
ciudad de Caracas.  Algunas tardes salía a pasear con él.  
Fuimos muchas veces a Musical Tiuna, a comprar discos
que nunca escuchó; al Conde; al Cine Principal, a ver
películas mexicanas gratis.  Así conocí a ex diplomáticos,
ex toreros, amistades de algunos países latinoamericanos
que daban evidencia, en sus conversaciones, que mi padre
había estado en diversas partes del continente.
.       Tiempo después, cuando yo tenía unos 17 años, las
charlas nocturnas con mate cocido se hicieron frecuentes
en torno a la odisea que lo llevó a caminar desde Tijuana,
México, a Buenos Aires, Argentina, en la década de los 40.  
De esos recuerdos grabados en la memoria y en varias
crónicas aparecidas en una revista de la época, así como
en su diario de viaje, rememoro el periplo del trotamundos
que fue Evodio Frausto Valera.
En el año 1939, Evodio Frausto Valera desembarcó en Baja California y se dirigió hacia Los Angeles con la intención de enrolarse en la Legión
Extranjera Francesa para ir a combatir contra los nazis.  Las autoridades consulares le negaron el permiso y, ante la encrucijada de seguir sin trabajo
en México o lanzarse en pos de una aventura desconocida, optó por lo segundo.

.       El 25 de febrero de 1940, junto con un amigo, salió de la ciudad de Tijuana, pasando por Tecate, La Rumorosa y caminos muy malos, hasta llegar
a Mexicali, cinco días después.  Descansaron dos días, durante los cuales se informaron cómo cruzar el desierto de Altar y después continuaron el viaje
hasta San Luis, Río Colorado, con temperaturas de más de 43 grados.  “Mi compañero”, escribe Evodio, “renuncia al viaje” y decide volver a los Estados
Unidos.  “Me quedaba sólo con mis ilusiones y es que nada tenía que hacer en Tijuana, así es que me dispuse a seguir al sur sin inportarme lo que
hubiera más adelante”.

.       Tomó la brecha donde estaban construyendo la vía del ferrocarril y, en un campamento, los trabajadores le advirtieron que no podría continuar ya
que la brecha de rieles llegaba hasta allí y las tempestades de arena eran frecuentes.  “Como nada tenia que perder, segui mi viaje”.  Ese día, con una
cantimplora, carne seca, tortillas de harina, caminó hasta las 11 de la mañana.  Se enterró en la arena durante las horas de la tarde, hasta que pasase
el calor, y continuó su recorrido durante la noche, ayudado por la luz de la luna y la brújula.  De esta manera, sorteando los fuertes vientos,
aprovechando el agua de las biznagas,  pero sobre todo con fe, llegó a Punta Peñasco, en donde unos pescadores lo ayudaron con comida y agua.  Así
continuó su viaje empleando los mismos métodos.  Después de varios dias de angustia, llegó a Sonoita.  ¡Habia cruzado el desierto!  “Por aquellos
años, la vida carecia de valor para mi, asi que, no le di mucha importancia a esa aventura”.

.       La siguiente meta era la población de Caborca, en donde los contrabandistas traficaban con los mexicanos que querían pasar a los Estados
Unidos - a ellos les llamaban “alambres”.
Evodio continuó por la vía del ferrocarril hacia Hermosillo y después Ciudad Obregón, en donde por primera vez le vino la idea de presentarse en un
periódico para dar a conocer el objeto de su viaje.  “Ellos lo tomaron a risa pero de todas maneras me presentaron con el director que escuchó mi
plática y tomó en cuenta mi aventura.  Esta fue la primera publicación que publicara mis sueños y yo ni tenia idea de lo lejos que quedaba la Argentina”.

.       Siguió por Navojoa y Guaymas, todavía en el estado de Sonora.  Pasó por Sinaloa, cruzando los Mochis, Guamuchil, Guasave, hasta llegar a la
capital del estado.  En Culiacán, el gobernador lo recibió y la prensa publicó sus peripecias.  En Mazatlán descansó varios días y decidió ir a entrevistar
a un famoso guerrillero local: Rodolfo “El Gitano” Valdez, ex combatiente revolucionario levantado en armas en contra de las injusticias del sistema
agrario, que se escondía en las montañas de la Sierra Madre Occidental.  “Su cabeza tenia precio, sin embargo me recibió; me preguntó quién era y qué
queria. le dije que sólo un aventurero, que me disponia a cruzar el continente americano y contar a la opinión publica sus pensamientos sobre el
agrarismo; me vió tan mal equipado que se echó a reir y me invitó unas cervezas y mientras comiamos me contó que la revolución no tomaba en cuenta
a los campesinos que no pertenecian a los ejidos. Antes de despedirnos reunió entre su gente más de 1000 pesos y me los dió para mi viaje,
agregando ‘si un dia necesitas algo ven a buscarme a la sierra, aqui estaré hasta acabar con los agraristas’ ”.

Continuó su viaje hasta Tepic, Nayarit.  En ese estado, escaló el volcán Seboruco, siguió a Guadalajara, Jalisco, en donde lo recibió la prensa, y de ahí
fue a León, Silao, Irapuato, Salamanca, Celaya, Querétaro, Hidalgo, arribando al Distrito Federal, a finales de mayo de 1940.  Allí estaba su familia, sus
amigos; en especial, don Miguel Gil, uno de los grandes periodistas de la epoca y jefe de redacción del periódico La Prensa, que lo animó a continuar
su viaje a Sudamérica, no sin antes pedirle que lo asistiera  en sus trabajos de información, durante las elecciones presidenciales que el general
Manuel Avila Camacho descarádamente le ganara a Andrés Almazán.  Evodio rememora el día en que el presidente saliente, Lázaro Cardenas, se
presentó a votar a su casilla local y don Miguel Gil le dijo: “Sr. Presidente, vengo a saludarlo y a despedirme de Ud.”.  Lázaro Cardenas lo miró
sorprendido y le preguntó: “¿Cómo, Miguel, a dónde se va Ud.?”  Y Gil le contestó: “No, Sr. Presidente, el que se va es Ud.”.  Así era don Miguel.

.       Después de trabajar durante 2 meses, decidió continuar su viaje.  Ahora, con dinero en el bolsillo y una credencial del periódico La Prensa, caminó
por Puebla, Veracruz, Tabasco.  Se embarcó en Laguna de Terminos, Campeche, y cruzó el estado internándose en Yucatán.  Fue testigo de la ruina en
que había quedado la industria henequenera: haciendas abandonadas, los campesinos mayas explotados por los bancos ejidales, y llegó a la blanca
Mérida en donde se presentó al diario El Correo que publicó la razón de su viaje y lo agasajó con una cena.  Visitó Dzibichaltún, Uxmal y Chichen Itzá,
antes de llegar a Valladolid e internarse en la selva maya.  Le tomó varios días cruzar hasta el mar Caribe y en el trayecto se encontró con pequeñas
rancherías cuyos moradores lo evitaban.  Él aprovechaba para comerse sus cecinas. Una tarde llegó a las ruinas de Tulum, en un acantilado frente al
mar.  Solamente había un guarda que mal hablaba el español y que le permitió descansar “siempre y cuando no se lleve los idolitos”.  Colgó su
hamaca en el Castillo y se quedó dormido con el rumor de las olas del mar.

.         Dos días estuvo recorriendo la zona arqueológica, testigo de una refinada cultura cuyos descendientes vivían dispersos y muertos de hambre.  
Caminó por la playa hasta Vigía Chico en donde encontró  esteros y manglares que no le permitían continuar.  Allí construyó una balsa con ramas de
árboles atadas con guías de bejuco y navegó por el río hasta la población de Chan Santa Cruz, todavia considerada sede religiosa y último reducto
maya durante la Guerra de Castas de más de un siglo atrás.  En Santa Cruz estuvo pocas horas, ya que su presencia no era grata.  Los indígenas
tenían noticias de que venía armado y que había robado comida en otras poblaciones.  Machete en mano, se abrió camino en la tupida selva hasta
llegar a Bacalar, antiguo centro militar maya y, ahora, centro de destierro de militares revoltosos y criminales.  Se quedó dos semanas a trabajar en la
zona chiclera, en donde el caucho se extraía del árbol de Chicozapote.  El látex se cocinaba hasta formar un bloque de 45 kilos, o quintal, que se pagaba
a 33 pesos.  En esta zona se ganaba buen dinero: más de 40 pesos por día, por encima del salario de un diputado.  Pero las tiendas de abasto de las
compañias chicleras mantenían a los trabajadores embrutecidos con alcohol, prostitución y deudas que nunca terminaban de pagar.  Quince días
después prosiguió, a través de la selva, hacia la ciudad de Chetumal, una localidad en las riberas del río Hondo y en la frontera de México con la
Honduras Británica.  Era un puerto libre y zona de contrabandistas.  Como se le estaba terminando el dinero y necesitaba dólares para continuar su
viaje por Centroamérica, habló con las autoridades del lugar que lo recomendaron con los cortadores de caoba.  Allí ganaría dinero por varias semanas
etiquetando los troncos de los árboles que echaban al río.

.       Cuando salió de México, su amigo Miguel Gil le había ofrecido ayudarlo económicamente por cada reportaje que mandase.  Gil se encargaría de
arreglarlos para ser publicados.  Así lo hizo.  Mandó una carta de cuatro cuartillas detallando el tráfico de maderas que salía de territorio mexicano sin
ningún control.  Días después fue detenido en el campamento Francisco Saravia y llevado a Chetumal por órdenes del secretario de Gobierno.  Allí pidió
hablar con el gobernador, el General Melgar, sin conseguirlo.  Después de una semana preso, el secretario del Gobierno Territorial, el mismo que lo
recomendó para trabajar, lo regañó y le dijo: “Yo te mandé al campamento a que ganes dinero, no a lambisconear, lo mejor que puedes hacer es irte de
este lugar lo más pronto posible”.  Evodio obtuvo un pasaporte legal, un salvoconducto y un mes completo de salario.  Cruzó el río Hondo hasta el
pueblito de Espeño, localidad fronteriza.  Mientras le revisaban su pasaporte, sintió un fuerte dolor de estómago que lo dejó sin sentido.  De inmediato
fue trasladado a un puesto de socorro en donde pasó tres días recuperándose del envenenamiento que había sido objeto.  Las autoridades de
migración ya le habían advertido que no tomase fotografías, lo cual cumplió.  El resto del trayecto fue por Corozal, Belmopán, hasta el sur del país.  No
hubo ninguna novedad.  Ahora se iba a adentrar en la parte hispana de Centroamérica.  ¿Por dónde continuaría?

El consulado mexicano le sugirió evitar Guatemala ya que era difícil obtener una visa.  Así fue que embarcó hacia Puerto Cortés, Honduras, y después
de tres horas y media de viaje, las  autoridades  migratorias  le  permitieron ingresar al país portando sus armas.  Esa misma tarde, mandó un
telegrama al  presidente  de  la  república.   Al  día siguiente llegó a San Pedro  Sula,   zona  bananera,   en  donde  el  gobernador  le concedió toda
clase de facilidades.    Después de visitar a la prensa local cruzó por la región de Comayagua: era el año de 1941.
Un pequeño altercado con un oficial del ejército le ocasionó ser detenido en la cárcel municipal que era cuidada por un centinela joven.  Pero la celda
donde él estaba preso no tenía llaves o candado.  En la madrugada llamó al guardia para ir al baño y como éste no respondió, tranquilamente abrió la
celda y salió a la calle huyendo del lugar. Al amanecer ya estaba lejos.  Se escondió en las montañas para no ser detenido y continuó su viaje hasta la
capital por caminos reales y veredas ayudado frecuentemente por los campesinos que le daban comida y agua.  En la primera oportunidad se presentó
en el primer puesto militar donde dio parte de lo sucedido.  Mostró sus documentos y el telegrama que el presidente Carías había contestado al
gobernador en Sula.  Con las garantías de libre tránsito, y sin mayores problemas, llegó a Tegucigalpa en donde relató a los periódicos sus
impresiones del viaje y, tres días más tarde, fue recibido por el presidente Carias Andino que elogió su aventura y le dio la seguridad de poder viajar
libremente por todo el territorio nacional . El embajador de México lo presentó como invitado de honor en una comida que ofrecía a los periodistas de la
capital .

....“Fué una de tantas veces que me sentí muy pequeño por tanto elogio de gente importante.  Pero como toda vida de un aventurero, días después volvía
a los caminos polvorientos, ya nadie me conocia, acampaba donde me encontraba la noche.  Volvía a ser un extraño para la gente, pero los hondureños
como todos los latinoamericanos son generosos y hospitalarios, pués entre más pobres, más comparten sus panes con los caminantes.”
....Continuó hacia Choluteca y de ahí cruzó a Nicaragua.  Pasó por Chinandega y Puerto Corinto, sobre el Pacífico.  En León, los periodistas del diario La
Estrella lo invitaron a recorrer la ciudad, así como el hospital donde estaba internada la hermana de Rubén Darío, con la cual tuvo la oportunidad de
conversar.  Depositó una ofrenda floral en la tumba del gran poeta y recibió ánimo de todos aquellos que generosamente lo atendieron durante
aquellos días felices.

....Por la Panamericana, el viaje a la capital fue corto.  A la izquierda: el bello lago de Managua y el cono centinela del Momotombo. Dos días después, lo
recibió en audiencia Anastasio Somoza quien le ofreció toda clase de ayuda durante sus travesías por el país.  Con pena dejó Managua después de
diez días con todos los gastos pagos y se internó en las montañas rumbo a la colonial Granada, ciudad de rosas y bellos jardines.  En un par de días
se enfiló hacia Ribas y el puerto de San Juan del Sur con su bahía en forma de herradura, sus finas arenas y el azul de sus aguas.  En el pueblo de La
Cruz terminaba el territorio nicaragüense.  “Llevaba muchos recuerdos de su gente, mientras me preguntaba quien era yo?  Pués no era más que un
tragaleguas al cual le habian tendido la mano.  Aspiré aire con plenitud para internarme en la república de Costa Rica.”

....Ya en la provincia de Guanacaste, la primera ciudad en visitar fue Liberia, luego Punta Arenas.  Conviviendo con los campesinos de distinta
idiosincracia a la nicaragüense, muchos de tez más clara por su origen europeo, escribió:  “ No encontré diferencias entre los hombre de campo, ni con
las dictaduras de Carías y Somoza o la democracia de Calderón Guardia.  Mal vivían de un sueldo, en jacales.  Las revoluciones, incluyendo la
mexicana no habían cambiado la vida del hombre del campo: pobreza, mala alimentación.”

....Se internó en la meseta central parando en la mina de Santa Clara en donde su dueño, Leonidas Estebanovich, un ex-aventurero yugoeslavo le
brindó hospitalidad durante varios días.  La gente y el paisaje, pero sobre todo el trato de familia recibido,causaron honda impresión en su corazón.  
Siguió a San Ramón, Grecia, Atenas, Alajuela, viendo hermosos cultivos de flores, hasta San José.  El embajador de México, don Romeo Ortega, ofreció
un banquete a la prensa a la cual fue invitado.  Se  publicaron sus crónicas de viaje y tuvo la oportunidad de ser recibido por el presidente Calderón
Guardia.  Su estancia en la capital fue una de las más bonitas por el cariño que le mostraron los costarricences y el mismo embajador del que fue
amigo toda la vida.  Por aquella época, en Costa Rica había grupos de asilados de varios países del continente que tenían como finalidad luchar en
contra de los gobiernos autocráticos y las dictaduras militares y oligárquicas.  Estos hombres trataban de organizarse en lo que poco tiempo después
se llamó La Legión del Caribe.  Eventualmente, formaron parte de ella hombres como Juan Bosh,  Rómulo Betancourt, Húber Matos y José Figueres.  
Evodio tuvo contacto con grupos de asilados políticos dominicanos que lo invitaron a formar parte de La Legión en su lucha para derrocar la tiranía de
Rafael Leónidas Trujillo, pero su destino era otro. Mientras tanto, los días pasaron y el perdió la noción del tiempo.  Le costó dejar a las muchas
amistades que había hecho, pero un día, antes del amanecer, abandonó San José.  Llovía a cántaros.  Se dirigió a la ciudad de Cartago, punto donde
terminaba la línea de la carretera interamericana. Un poco más adelante, en la falda de las montañas, habían comenzado los trabajos para poder
comunicar Costa Rica con la república de Panamá.  La única forma de continuar su recorrido era cruzando la cordillera de Talamanca por su punto más
alto: el Cerro de La Muerte.  Sus tres mil quinientos metros de altura y los rigores del clima, lo hacían un lugar temido por los pocos viajeros que allí se
aventuraban .

....Sin que parara de llover, caminó por brechas llenas de barro.  El frío inclemente lo acobardaba pero pensaba que lo que había quedado atrás ya lo
conocía, mientras que lo que se extendía adelante estaba por conocerse.  La primera noche, la pasó con unos abridores de brechas y, al día siguiente,
entró en la parte alta de la montaña.  El cielo no cerraba sus exclusas, la ropa empapada se le pegaba al cuerpo.  Estaba exhausto de abrir camino a
machete, cuando al tercer día divisó más abajo a San Isidro El General.  Sintió una gran alegría pues estaba del otro lado de la montaña.  Ya en San
Isidro conoció al Sr. José Figueres, meses antes de las denuncias de corrupcion que lanzó contra el gobierno de Calderón que le valieron ser exiliado a
México.  Escuchó con interés su historia y lo ayudó económicamente.  Evodio aceptó con gusto el dinero y continuó su viaje por las montañas hasta la
frontera con Panamá.  

....La primera población fue Cañas Gordas.  Después del protocolo consular y la fiesta del pueblo, continuó sin contratiempos por las provincias de
Chiriquí, Veraguas, hasta La Chorrera, sólo ocasionalmente inquirido por las autoridades militares norteamericanas a las cuales presentaba pasaporte
y credenciales de prensa.  Ya en la zona del canal cruzó en ferry hasta la ciudad de Panamá.  

En aquel entonces, el país tenía poco menos de un millón de habitantes y cerca de otro millón de trabajadores venidos de todas partes del continente.  
“Aunque nos consideraban hermanos latinoamericanos, los panameños no estaban conformes con tanto extranjero que los desplazaba en los mejores
puestos de trabajo, pero lo peor, según ellos, era que tambien les quitaban a sus mujeres.”

....Después de visitar las redacciones de PanamaAmérica y La Estrella, trató de hablar con el presidente Arnulfo Arias, pero no fue recibido.  En cambio,
el gobernador de la ciudad de Panama, el Sr. Federico Boy, sí lo hizo.  Lo felicitó por sus logros, aunque le advirtió que no podría cruzar El Darién y que
no daría su permiso en tanto la presidencia de la república y la embajada mexicana lo autorizaran.  Días después obtuvo el permiso, un salvoconducto y
un mapa de la región.  El jefe de la Guardia Nacional, coronel Remón, le obsequió una pistola .45 con dotación de 50 balas y agregó que en la
población de Chepo se encontraba el último puesto militar.  A partir de ahí, tendría que internarse con guías en la región de Cañazas para ir subiendo,
de a poco, la cordillera del Darién.

....El 21 de agosto de 1941 estaba en Chepo.  Después de firmar el libro de visitantes, el alcalde le proporcionó comida enlatada para unos 12 días,
advirtiéndole que ése sería el tiempo aproximado que le tomaría, si lograba cruzar El Darién, para llegar al primer pueblo del departamento del Chocó,
Colombia.  El día 22 consiguió unas piraguas que lo llevaron río arriba hasta la población indígena de Cañazas.  Antes de embarcarse pensó unos
minutos, pues no se sentía bien de salud: el frío y la humedad que vivió en las montañas costarricenses minaban su físico en el calor y la humedad del
trópico.  Comenzaba a manifestarse el paludismo, pero desde niño estaba acostumbrado a sobrellevar enfermedades.  ¿Qué más podría pasar?  “A
algún lado tendré que llegar”, pensó.

La estancia de Evodio en México fue corta y accidentada; después de gastarse hasta el útimo dólar  decidió contactar a sus amigos del periódico La
Prensa para comunicarles  su intención de continuar el viaje hasta la Argentina. Necesitaba un nuevo pasaporte pero la Secretaría de Relaciones
Exteriores se lo negó hasta que obtuviese un permiso del Ministerio de Guerra. En ese entonces, 1943, México había entrado en el conflicto mundial de
parte de los aliados y él pertenecía a las reservas. Se presentó al Ministerio durante dos semanas sin ningún resultado: el ordenanza no pasaba su
solicitud a la autoridad correspondiente. Un día  Evodio vio la oportunidad de colarse sin audiencia y,  antes de que lo sacaran del despacho, ya se
encontraba frente al ministro. Sin mayor dilación le trató del asunto de su viaje y la importancia de llevarlo a cabo. En aquel año era titular de esa
Secretaría el general Lázaro Cárdenas, ex-presidente de México,  quien lo escuchó con amabilidad y le dio una tarjeta firmada para el general
Medinaveitia, Jefe de la Guarnición de la Plaza de México, quien fue el encargado de expedirle el permiso que necesitaba. Ya con el pasaporte y una
nueva credencial del periódico volvía a soñar con su caminata americana.

Un día tomó el tren del suroeste hasta el pueblo fronterizo de Suchiate. Al día siguiente cruzó el río hasta territorio guatemalteco. En esa época del año
llovía a cántaros y los caminos del país se encontraban en pésimas condiciones. Senderos lodosos lo llevaron por Quetzaltenango, Sololá, el Lago
Atitlán, hasta la ciudad de Guatemala. De ahí, sin ningún contratiempo, se enfiló hasta la frontera con El Salvador: entró al país por Santa Ana, Santa
Tecla, hasta San Salvador donde pasó siete días y visitó  también  el bello Lago de Ilopago. Prosiguió su recorrido hacia La Unión, puerto marítimo, muy
cerca de la frontera con Honduras. Cruzó el Golfo de Fonseca hasta Choluteca; desde este punto no había ninguna necesidad de caminar por estos
países ya que en su viaje anterior lo había hecho, así que  en autobús, tren y hasta a caballo prosiguió su viaje hasta Panamá .

.....Al arribar a la ciudad de Panamá se encontró sin dinero y ante el dilema de cómo continuar su viaje. En su primer intento, los gastos habían sido
cubiertos por los modestos envíos de La Prensa o por generosas contribuciones de particulares y autoridades civiles. Esta vez resolvió ahorrar dinero
suficiente para no preocuparse durante  más o menos un año. Se empleó en la compañía Maclure, de la Zona del Canal, y durante seis meses trabajó
lo que más pudo. Tuvo la fortuna de ganar una lotería y con esto ya tuvo suficiente para proseguir su viaje a Suramérica. Durante este tiempo consultó
con frecuencia los malos mapas  disponibles. La idea de intentar de nuevo cruzar el tapón del Darién lo acicalaba pero se dio cuenta de que se
arriesgaba mucho a otro fracaso. Renunció a su trabajo, se despidió de sus amigos y a principios de 1944 se encontró en el puerto de Colón. Atrás
dejaba siete mil kilómetros caminados y casi cuatro años de esfuerzo. Esta vez aspirando hondo la promesa que su aventura le deparaba y con
hormigueo en el estómago, se embarcó rumbo a Cartagena, Colombia.  Allí se entrevistó con los primeros periodistas colombianos que publicaron su
crónica del viaje.  Cuando indagó acerca de la ruta apropiada para llegar a Bogotá, le informaron que los caminos eran malos y peligrosos.  Además de
las muchas vueltas que daban, había que pasar por zonas donde operaban las guerrillas. Los conflictos crónicos entre liberales y conservadores tenían
al país sumido en la inestabilidad política y una extrema pobreza. Ya por ese entonces habían aparecido movimientos armados campesinos,
especialmente en el departamentp de Santander, que hacían que el  proyecto de Valera a Bogotá fuese temerario. Las autoridades de Cartagena
ordenaron que Evodio abordase una de las embarcaciones que recorren el rio Magdalena. El viaje duró seis dias: pasó por Puerto Barranca Bermejo,
zona petrolera del departamento de Santander; Puerto Berrío, en Antioquía; hasta Puerto Salgar, en Cundinamarca; donde desmbarcó para continuar su
viaje por tierra .  Pasó por la zona arqueológica de Piedras de Tunga hasta que una tarde del mes de mayo de 1944 entró a la ciudad de Bogotá
satisfecho,  aunque no hubiese caminado la parte norte del territorio. Recorrió la capital, visitó los periódicos locales y después de varios días salió a
conocer el imponente Salto de Tequendama, de allí, continuó por Ibaque, Armenia, Cali , pueblos y ciudades del lindo valle del Cauca, Popayán  y más
al sur entró al Nariño. Descansó en la ciudad de Pasto, dos días antes de llegar a Ipiales, la última población colombiana con frontera con Ecuador.
....
.
En esa region, de clima frío, abundaba la tuberculosis. La alimentación era muy pobre, los servicios médicos muy escasos y los centros asistenciales
carecían de medicinas básicas. En Colombia gobernaba la democracia de Alfonso Lopez Pumarejo, pero en el campo imperaba la ley de los
terratenientes y la iglesia. No era raro que un campesino en el Nariño ganase 10 centavos colombianos al día.
.....
Después de cruzar un pequeño río, la primera población ecuatoriana era Tulcán y así caminando por los fríos páramos del Carchi llegó a Ibarra, capital
de la provincia de Otavalo. Las fuertes lluvias lo detuvieron ahí varios días , sus caminatas habían sido por caminos y veredas montañosas en pésimo
estado. Prosiguió por la zona indígena; los Otavaleños, excelentes artesanos, cosían muy bien la lana; entre ellos era tradicional una bebida hecha de
maíz fermentado llamada chichi (los índices de alcoholismo eran altos, así como los problemas sociales que ello creaba).
....
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Pronto llegó a la capital Quito donde admiró sus hermosas Iglesias, como la catedral de la Recoleta, y visitó el monumento al Centro del Mundo. No
intentó ver al presidente de la república, José María Velasco Ibarra; hacía pocos días se había sofocado una revuelta y la ciudad estaba en toque de
queda. En otras partes del país continuaban los disturbios sociales como en Ambato y Riobamba; en esta ciudad habían asesinado al jefe de policía
arrastrándolo por la plaza mayor.
....
.
De Quito bajó hacia la costa del Pacífico pasando por los nevados del Cotopaxi y el Chimborazo, cruzó los páramos arenosos de la Nariz del Diablo,
Abancay, Rocafuerte y Milagros antes de llegar al puerto de Guayaquil. El gobernador le advirtió del peligro de continuar por la provincia del Oro; el año
anterior, parte de la región había sido bombardeada por la aviación peruana en una disputa limítrofe que llebava varios años sin resolverse. Como la
manera más lógica dictaba que la entrada al Perú era por el lado de la costa del Pacífico, Evodio aceptó los riesgos de esta decisión y se internó al Oro.  
No tuvo ningún contratiempo y así llegó a Quinillas. Unos pocos kilómetros más al sur entró al Perú por Huaquillas, después  Zarumillas y luego
Tumbes, cabecera departamental. Ahí tuvo contacto con las primeras autoridades peruanas. “Me trataron muy bien, eran gente muy disciplinada,
usaban sombreros de ala ancha, uniformes elegantes de buena gabardina y desde esa frontera hasta la de Bolivia, la Guardia Nacional estuvo
pendiente de mi viaje, ya que, cuando llegaba a un puesto ellos ya lo sabían. El alimento y el hospedaje estuvo a su cargo y me brindaron durante el
trayecto lo mejor”.
.....
Realizó largas caminatas por los caminos arenosos del Pacífico:  Zorritos, puerto ballenero; Talara, zona petrolera. Entró al desierto de Piura. Más
adelante, entre Chiclayo y Trujillo, el desierto es una inmensa pampa de arena con temperaturas muy altas. En sus poblaciones viven muchos ''chinos''
y  más al sur, por Salaverry, la lengua sedienta y calcinante del desierto lo obligó a caminar muy temprano por la mañana y en la noche. Días después,
en Lima, la Guardia Nacional le ordenó que fuera a un hospital para ser atendido de las quemaduras en cara y hombros. Los periódicos publicaron sus
impresiones de viaje y fue invitado de honor a reuniones y banquetes ofrecidos por el Club de Periodistas y la bohemia de Lima. Durante su estancia
disfrutó de caminatas por los girones de la ciudad, conoció la Universidad de San Marcos, los monumentos a Manco Capac, Atahualpa, Pizarro, San
Martín, el puerto de El Callao. En esa época el presidente del Perú era el conservador Manuel Prado Ugarteche, cuyo mandato se destacó por la guerra
fronteriza con Ecuador que fue resuelta favorablemente para el Perú mediante el Protocolo de Río. Dos semanas después, sin saber quién había
pagado su hospedaje, salió hacia la cordillera.

.....Desde el nivel del mar tenía que subir hasta los 5000 metros. A los tres días, ya en plena montaña, empezó a sentir los efectos de la altura. Se
detuvo en un campamento de trabajadores carreteros quienes le aconsejaron que no subiese de golpe hasta esa altura, que descansase un par de
días hasta que dejase de nevar. Evodio no hizo caso y continuó la ascención. La noche lo agarró en plena tormenta, cerca de los minerales de Ticlio. A
lo lejos vio una luz. A ella quizo llegar, pero más apuraba el paso y más se enterraba en la nieve. El cansancio y el mareo lo impelian a dormir. Sintió
que la luz se alejaba, se convertía en dos, en tres luces, hasta que perdió el conocimiento y cayó . Tiempo después, se encontró en un asiento
reclinable  en un pequeño hospedaje de los minerales de Ticlio. Le dieron de beber té de hojas de coca que es lo mejor para cortar el “Soroche“ o mal
de montaña. Los trabajadores de la mina habían venido observando desde hacía rato una luz: era la linterna de su saracoff  que se aproximaba a ellos
y, de repente, había desaparecido. El gerente de la mina despachó a unos mineros y éstos recogieron su cuerpo inconsciente salvándole la vida. Frente
a él se encontraba un hombre alto, después supo que era canadiense. Este le preguntó que andaba buscando por esos lugares, que por qué estaba
armado, de qué nacionalidad era. Fue un largo interrogatorio. Pero el hombre ya sabía quién era Evodio. Los mineros ya le habían entregado sus
documentos. El gerente ordenó a un empleado que se quedase el resto de la noche cuidándolo. Permaneció en un sillón, ya que no era posible
acostarse porque se mareaba. Le había hecho mal ascender desde el  nivel del mar  hasta los 4834 metros. Una imprudencia,  le dijeron. A la mañana
siguiente, el gerente lo invitó a desayunar. Su nombre era William B. Chaaf. Le contó una historia que Evodio apenas recordaba. Diez u once años atrás,
siendo William marinero, conoció a Evodio en circunstancias muy extremas en el puerto de Veracruz. Sin dinero y en la calle, Evodio lo ayudó durante
varios días  hasta que el canadiense un día desapareció. El destino los volvía a reunir. William, en agradecimiento, lo colmó de atenciones y le regaló
doscientos soles peruanos. Después de tres días de aclimatación, ya se sintió bien. Se despidió de sus amigos, continuando por el sendero hasta la
marca de los 5000 metros. De ahí bajó hacia los minerales de Oroya, pasó por Huancayo, Huancavelica, Huanca, Ayacucho, donde se libró una de las
últimas batallas por la guerra de Independencia en Sudamérica, Abancay y, por fin, Cuzco, joya de la arquitectura colonial y antigua sede del gobierno
del Tahuantisuyo. Los periódicos publicaron su llegada y aprovechó para visitar a un compatriota muy querido en el monasterio de la Recoleta, cerca de
la ciudad: el seminarista, fray Jose de Guadalupe Mojica era un tenor y actor cinematográfico de fama internacional. Convivió con él durante dos
comidas que  Mojica preparó y se llevó una profunda impresión de este hombre que lo dejó todo para seguir el camino de Dios. Evodio había optado
por seguir otro muy distinto que lo llevaría por los meandros de su espíritu hacia un ideal desconocido.

Regresó al Cuzco , cerca de ahí visitó las ruinas arqueológicas de Ollantaytambo, Kenko , Tambomachay, Sacsahuaman y, más al norte, por el
Urubamba,  la maravillosa Machu Pichu. Allí conoció a unos misioneros estadounidenses muy conocedores de la arqueología inca. Le dijeron que ellos
iban por la misma ruta que él a Bolivia y le propusieron ir juntos, siempre y cuando no portase armas ya que con la biblia era suficiente. A lo cual Evodio
respondió que con la Biblia y las armas que él portaba era todavía mejor. Al día siguiente, los misioneros partieron solos a Bolivia para después
internarse en la selvas de Madre de Dios. Una semana después partió él a la ciudad de Puno. Más adelante trató de cruzar al lado boliviano pero no
pudo.  Había estallado una revuelta. Tuvo que esperar un día más y, en la primera oportunidad que tuvo, se subió a un camión de carga que llevaba
futbolistas a un partido al puerto de Copacabana a 3810 metros, en el Titicaca, lado boliviano. Y así  logró cruzar la frontera  sin control de visas. Aunque
iba armado, nadie lo molestó. Más adelante, tuvo que esperar tres días para pasar el estrecho de Tiquina por estar nevando, después de los cuales, en
una pequeña embarcación, cruzó los doscientos metros que tiene de ancho.

.....Ya en la zona del altiplano boliviano había muy pocos pueblos: pastores de llamas y guanacos, vidas precarias. Se alimentaban de maíz y chuño,
tubérculo que preservaban enterrándolo en la nieve.  Caminó entre los 3810 y 4000 metros hacia La Paz por el poniente. Abajo, en un hoyo,  la ciudad. Al
oriente,  las nieves del Illimani. Tomó unas fotografías del puerto aéreo y se presentó ante un puesto de carabineros. Al día siguiente visitó la Embajada
de México y dos días más tarde fue detenido por la Policía Militar acusado de fotografiar lugares sensitivos a la seguridad nacional y entrar ilegalmente
al país. Los interrogatorios giraron en torno al espionaje. Se notificó a la embajada mexicana y el encargado de negocios, el Sr. Barrera Aceves, mandó
a pedir a México y Panamá informes sobre su persona. Siendo éstos favorables, fue puesto inmediatamente en libertad.
.....
Los periódicos publicaron su llegada, se concedió un espacio en la emisora estatal radio Illimani en donde explicó el supuesto incidente de espionaje,
el error de sus fotografías y el agradecimiento  a las autoridades bolivianas por el buen trato recibido durante su encarcelamiento. Esto agradó a las
autoridades de tal manera que el hotel donde se hospedaba fue pagado durante el tiempo que permaneció en La Paz.
....
.
Se hizo amigo de varios reporteros del periódico La Calle y fue a través de ellos que tuvo la oportunidad de conocer al presidente de la república,
coronel  Gualberto Villarroel, recientemente ascendido al poder mediante un golpe militar. El contacto se realizó a través de Roberto Hinojosa, antiguo
conocido de México en el año 1937 que fue uno de los fundadores del Partido Revolucionario Boliviano. Consiguió la entrevista con el presidente  dos
días después en el Palacio del Quemado. Evodio le  expresó su interés por conocer Bolivia  ya que se parecía a México por sus revoluciones, el
problema de la tenencia de la tierra y el olvido de los indios, entre otras cosas. También le dijo que pensaba cruzar la región del Chaco. Villarroel le
ofreció todo tipo de ayuda y garantías para recorrer el país pero añadió que el Chaco carecía de buenos caminos y era una región inhóspita . “Tenga
cuidado”, le dijo. Antes de dejar La Paz pidió conocer a un hombre que estaba encarcelado, acusado de traición a la patria - su nombre: Carlos Meyer
Aragón, ex-oficial del ejército boliviano durante la guerra del Chaco. De 1932 a 1935, Bolivia y Paraguay se enfrascaron en uno de los conflictos armados
más sangrientos de la historia de Latinoamérica que cobró la vida de unos 100,000 hombres . Bolivia reclamaba la soberanía sobre el llamado Chaco
Boreal y con ello el control sobre el río Paraguay y la salida al mar perdida ante Chile en la guerra del Pacífico. Cuando terminó la guerra con la victoria
de Paraguay, y después del intercambio de prisioneros, Carlos Meyer fue juzgado y condenado a muerte. Evodio se entrevistó con él en el “ Panóptico”,
la cárcel mayor de Bolivia. Éste le pidió que intercediese antes las autoridades para que le conmutasen la pena de muerte. Fueron los políticos ineptos,
dijo, los culpables de haber perdido la guerra después de la caida de fortín Boquerón y no de los soldados que con honor y pocos recursos defendieron
la plaza. “Quiero vivir. Tengo algo pendiente en mi vida, algo muy importante”. El resultado de la entrevista fue publicado por el periódico El Correo. Días
después la sentencia a Meyer Aragon iba a ser revisada. El encuentro con este hombre lo conmovió. Le recordó también cuando, después de la
Revolución de los Cristeros, él mismo estuvo a punto de ser fusilado .
.....  
Se despidió de Villarroel y Roberto Hinojosa y volvió al camino rumbo a Oruro, uno de los centros mineros más importantes del país. Consiguió visitar a
la compañia estadounidense de El Mineral de Colquiri. Recorrió sus largos “tiros“, pero en todo momento el gerente evitó que hablase con los
trabajadores. Cuando le pidió trabajo, le preguntó que por cuánto tiempo. Un mes, le dijo Evodio. El gerente lo llevó a la oficina y le pagó dos meses,
agregando: “No lo necesitamos. No es cosa mía y acepte el dinero. La empresa no quiere que tenga relaciones con los trabajadores. Es más, el
Departamento de Prensa y Propaganda del gobierno lo está controlando; lo mejor para usted es que continúe el viaje“.

..... Al siguiente día, bajando por el altiplano, se encaminó hacia  Cochabamba, tierra caliente en donde casi no se escucha el quechua o aymara sino el
castellano. Los periódicos le informan que adelante de él, a dos días de camino, iban unos norteamericanos que hacían el mismo recorrido hasta
Brasil. De Cochabamba a Santa Cruz hay aproximadamente 400 Km por pésimos caminos, escasa población, lluvias torrenciales y mucho calor:
Pulquina, Samaipata, Presa de la Angostura hasta Santa Cruz de la Sierra, importante centro agrícola y petrolero. Se hospedó en el mejor hotel  ya que
así lo había dispuesto el comandante militar de la ciudad  por órdenes del presidente Villarroel  que, años mas tarde, sería asesinado por los mismos
bolivianos en el palacio Quemado. El cónsul de Brasil y su esposa mexicana le brindaron una cena presentándolo a sus muchas amistades. Muy
gratos fueron los días que pasó, contagiado de la alegría de lo cruzeños.  

.....Tenía que continuar el viaje.  Se presentó a la Comandancia Militar Regional donde le previnieron que el Chaco era peligroso pero que, en pocas
ocasiones, transitaba por esos lugares un correo que se cruzaba con algunos campamentos de la Comisión Mixta de Ferrocarriles Brasil-Bolivia que,
ese año, se construía. La zona que iba a cruzar era recorrida por agresivos indios nómadas. Muchos kilómetros había por delante a través de ciénegas,
a veces a lomo de buey, ya que  el barro en varios lugares llegaba arriba del tobillo. Le entregaron un Mauser con dotación de balas. Llegó a las orillas
del río Grande  donde esperó a que bajase la crecida; las ramas y raíces ocultas que la corriente traía no hacían posible el cruzarlo. Después de tres
días, un nativo de la zona lo ayudó a nadar los 130 mts. de ancho hasta la otra orilla.

  De allí en adelante tuvo que continuar el viaje solo, ya que los correos estaban suspendidos  a causa de las torrenciales lluvias. Le esperaban días
difíciles y ni siquiera llevaba mapas para orientarse. A jornada y media de allí, se encontró con el primer puesto de correos. Éste consistía de una choza
y un hombre que alquilaba bueyes para las carretas del servicio postal. Le dijo a Evodio que hacía varios días habían entrado a esa zona cuatro
estadounidenses en ruta hacia el Brasil. No llevaban armas y no aceptaron ayuda. Le informó también que en Roboré se encontraba un puesto del
ejército boliviano. Eran cuatro jornadas hasta allá: una en buey y las otras tres, sólo a pie. Aceptó la ayuda y al día siguiente partieron.

.....Entre la maleza baja y la contínua lluvia, que desde luego los favorecía porque mitigaba el calor sofocante, atravesaron en una jornada muy dura, la
parte norte de los Bañados de Izozog. Al anochecer, llegaron a un montecito ya afuera de la ciénega. Habían pasado las partes bajas del Chaco. Hasta
ese lugar, el hombre se comprometió a llevarlo. Tres días más restaban hasta Roboré ya con terreno seco, temperaturas agobiantes y mucha
humedad. En las noches pernoctaba al pie de algún arbol: su espalda contra el tronco por miedo a que apareciesen los indios de los que tanto le
habían hablado. Continuó hacia el este y pasó por lugares olvidados en los mapas: Tres Cruces, Paso del Tigre, Quimome, Laguna Concepción, hasta
Roboré, pequeña población en el corazón del Gran Chaco. Una pequeña iglesia y escuela jesuitas, así como  un puesto military, eran los edificios más
importantes. Ahí fue a ver al párroco y le pidió alojamiento por dos o tres días. Éste le contestó que se quedara el tiempo que quisiera, “a pesar de que
los mexicanos persiguieron al clero. Yo le contesté que había sido Cristero. Esto bastó para que fuese muy bien recibido”.

.....A continuación acudió al cuartel militar a presentar su permiso y las cartas del Presidente, le ofrecieron todas las garantías y ayuda que fuesen
necesarias. Durante la plática con  los oficiales  preguntó por el paradero de los misioneros evangélicos norteamericanos que venían adelante de él. Le
contestaron que estaban perdidos y que solamente se habían encontrado sus ropas en manos de los indios de la región. Con toda tranquilidad
añadieron que probablemente habían sido devorados; los Chiquitanos tenían fama de antropófagos y punto seguido lo llevaron a unos metros del
cuartel:  “y me enseñaron una pareja de indios al parecer ya viejos, enjaulados como si se trataran de fieras, estaban parcialmente vestidos con las
ropas que pertenecieron a los misioneros”. Tres días descansó en Roboré y escuchó historias extraordinarias sobre las misiones jesuitas, los indios
Tobas, así como episodios épicos de la guerra del Chaco. Prosiguió el viaje: fortín Villa Amantas, fortín Muros, fortín Boquerón. Más adelante se
encontró con los durmientes del ferrocarril Brasil-Bolivia: la pesadilla había terminado. Siguió por la brecha que venía desde Corumbá a Santa Cruz. No
había visto tanta gente en más de 500 km. Los trabajadores que iba encontrando a lo largo de la vía le proporcionaron comida y bueyes para cruzar los
bañados de la región.

  Cuando llegó a Puerto Suarez , a 7 km de Corumbá,  Brasil,  presentó sus cartas credenciales en la pequeña guarnición del ejército y entregó la
carabina prestada del ejército nacional. En Corumbá se presentó ante las autoridades migratorias para que lo asesoraran sobre la ruta a seguir.  
Aunque tenía visa no entendió porque le demoraron la entrada. A los dos días hizo amistad con un oficial del ejército y éste le aconsejó que no pidiera
más permisos: con la visa era suficiente para recorrer el país. Siguió su camino sin que nadie lo molestase, por las vías del ferrocarril, hasta Puerto
Esperanza, entre pantanos interminables: Puente Lodario, Pantanal K 150, Carandaasal, Salobra , Puerto Miranda, Aquidahuana, Piraputanga, Laguna
Rica, Indo, Campo Grande, una base militar y ciudad importante. Hasta allí había caminado varios días sobre los rieles de la vía ferroviaria bajo fuertes
temperaturas y millones de mosquitos que parecían como chimeneas que se elevaban de los pantanos y sólo eran soportados embadurnándose la
cara y manos con barro. Caminaba de 40 a 45 km por día para alcanzar alguna villa y pasar la noche. En la inmensidad del tapete verde pasaba la
noche en chozas de cuidadores de ganado y algunas “fazendas” cuyos propietarios no sabían cuantos miles de vacunos tenían.

“El hombre de campo de Brasil es hospitalario, en el estado de Matto Grosso los campesinos o gauchos son gente de revolver y caballo, muy alegres,
influenciados por los paraguayos, también hablan el guaraní y toman mate
”.

  Parte de este gran estado brasileño perteneció durante el siglo XIX al Paraguay que lo perdió en la guerra de la Triple Alianza en contra de Brasil,
Argentina y Uruguay. Llegó a Campo Grande debilitado por el paludismo recurrente, la pobre alimentación y las malas aguas. Las autoridades militares
le proporcionaron buenos alimentos: mate, café y una buena cama. Durmió casi 20 horas. Un día después continuó, pasando por Tres Lagunas, río
Pardo, rio Branco. En esa área se agregó a las cuadrillas de buscadores de diamantes, los “seringueiros”. Estos hombres lanzados a un destino de
quimeras inalcanzables eran pagados con comida y bebidas embriagantes como la “cachaza”. Vivían en barracas, trabajando en los ríos con viejas
escafandras. Convivió con ellos una semana. Más adelante pasó por Andradina, Palmariso, Aracatuba, Biroguí,  Lins.  Ya en el estado de Sao Paulo,
cruzó inmensos campos cafetaleros: como Baurú, que es entrada del ferrocarril del norte. Semana y media después, y más de 1200 kilómetros en
territorio brasileño, llegó a Sao Paulo,  ciudad bien trazada, limpia, la más industrial del país. Se presentó a los periódicos Sao Paulo y Globo que
escribieron interesantes notas de su viaje. Fue agasajado con invitaciones al teatro de la ópera, comidas, días de campo.

“Imborrables los recuerdos de esta ciudad, pasé varias semanas que me parecieron horas de lo bien que me sentí, de los muchos amigos que hice y la
importancia que le dieron a mi simple aventura”.

Continuó su viaje a Río de Janeiro, aproximadamente 450 kilómetros,  por la vía de ferrocarril. En la estación de Pedro II, a unas cuantas calles del
Ministerio de Guerra, sobre la avenida Getulio Vargas, encontró un hotel barato, Dejó su mochila y se lanzó a conocer la ciudad  “
con miedo porque no
sabía a quién ver, si iban a tomar en cuenta mi viaje “.

En la capital más grande del continente, junto a la riqueza de la industrialización coexistía la miseria de las favelas que coronaban los morros muy
cerca del centro. Después de recorrer la ciudad durante varios días, reunió los papeles que lo acreditaban como corresponsal de prensa, su diario de
viaje y se presentó a los Diarios Asociados Da Noite. Solicitó hablar con un reportero y el mismo jefe de redacción lo atendió. Fue elogiado por su
hazaña y muy pronto estableció amistad con varios periodistas de la empresa  que, al día siguiente, publicaron la reseña de su viaje.

  Evodio aprovechó la oportunidad para pedir que lo ayudaran a conseguir una audiencia con el presidente de Brasil. Días más tarde, Getulio Vargas lo
recibió. Tenía casi 15 años en el poder y era muy sensible a la percepción que los países latinoamericanos tenían acerca del Brasil. De una convicción
populista que en 1930 promovía las preocupaciones de la clase media en una plataforma de reformismo social, se adaptó a una posición fascista
después de 1934, para cambiar después de 1937 a lo que se denominó “Estado Nuovo”, una suerte de capitalismo corporativo de estado, para
terminar en una liberalización de su régimen durante la Segunda Guerra Mundial. El presidente habló sobre la percepción de progreso y la situación de
los campesinos brasileños y mexicanos y Evodio preguntó acerca del comunismo en Brasil y el futuro de Luis Carlos Prestes, al cual quería conocer. El
Presidente contestó que los tribunales decidirían y que tendría oportunidad de visitarlo en la cárcel.

 Después de la audiencia, un reportero de la Fuente de Informaciones de la Presidencia le propuso que diese una plática ante la Asociación de
Periodistas de Río y a él se le hízo fácil aceptar pensando que sería un evento informal. Al día siguiente leyó en el periódico acerca de la conferencia en
la cual iban a tomar parte gente muy importante. “
Vi esa gran lista de personalidades  y no supe que hacer, no estaba preparado para tal evento, ni
siquiera sabía que temas se iban a tratar,¿ qué iba a decir? Se me cerraban las puertas del mundo, pues de tanto pensar en el lio en que me había
metido, me enfermé. Pensé que iría a hacer el ridículo”.

 Cuando fueron a recogerlo el día del evento, se excusó diciendo que no hablaba portugués y que tenía fiebre. “No se preocupe”, le dijeron, “los
asistentes hablan español y la fiebre que usted padece se llama miedo, si usted ha recorrido gran parte de este vasto continente, ya sabrá hablar de
algo; vamos que es tarde”.
Ya en la Asociación de Prensa fue presentado a varios oradores y cuando le tocó su turno empezó a hablar de su viaje y muy
pronto a contestar preguntas acerca de la situación política mexicana y el problema agrario.
“Sentía que me enredaba pues no conocía a fondo los
temas, hasta que alguien me preguntó ¿que significaba el general Villa para los mexicanos? Fue por ahí que comencé a hablar con soltura, porque
además de mis lecturas tuve la suerte de conocer a algunos de sus “Dorados”, de tal manera que mi relato estuvo salpicado de anécdotas que al público
presente entusiasmó”.
Al final de su intervención, los aplausos fueron nutridos y todo el mundo lo felicitó.

 Pocos días después le comunicaron que el permiso para visitar a Carlos Prestes había sido concedido. La entrevista con el “caballero de la
esperanza”, como se le conocía al lider del partido comunista brasileño fue breve ya que, por esos días, se encontraba muy enfermo. Aún así recordó su
Marcha de la Esperanza que había llevado a cabo años atrás por el interior brasileño, preguntó por México y le deseó suerte en su viaje.

 Antes de dejar Río pidió a sus amigos periodistas que publicasen algo acerca de la situación de Carlos Meyer en Bolivia y posteriormente  así lo
hicieron. Dos años después, éste fue liberado  pero su destino resultó trágico ya que “la cuenta pendiente” que tenía en su vida  fue el intento de
asesinato de Enrique Hertzog, en aquel entonces presidente de Bolivia. Meyer fue abatido a balazos por la Guardia Nacional.

 Terminada su estancia, regresó por donde había venido. Tomó el tren hasta Puerto Esperanza; desde este punto, el plan era entrar por el norte a la
república de Paraguay. Caminó dos días y medio hasta Puerto Murtinho. Allí se sintió mal, la fiebre lo volvía a afectar. Un médico le dijo que en las
condiciones en que estaba no podía continuar. Le ordenó descansar dos días. Al tercer dia se embarcó, recorriendo por el río Paraguay los 350
kilómetros que restaban hasta la capital. Pasó por Puerto Sastre, Puerto Piñasco, Concepción, Pedro Juan Caballero y otras poblaciones. En Asunción,
después de ver a un doctor que le recetó medicinas y varios días de descanso, se dirigió a la embajada de México. La encontró cerrada, pero personal
de limpieza le dijo que hacía una semana el embajador había abandonado el país y los asuntos de México estaban a cargo de la embajada brasileña.
Allí se dirigió a pedir informes y éstos le ratificaron lo que ya sabía, pero enfatizando que su visa éra válida y que él se encontraba legalmente en el
territorio. Preocupado, se retiró con la intención de abandonar lo antes posible Paraguay, pero antes quizo visitar dos diarios importantes de Asunción:
El País y El Paraguayo. Rindió su informe de viaje y comunicó su intención de partir al día siguiente hacia Clorinda, ciudad argentina sobre el banco
oeste del Pilcomayo. El jefe de redacción le dijo:
“¿Qué prisa tiene Valera? El que no haya relaciones diplomáticas entre nuestros países es algo
pasajero. Además, aquí se les tiene mucho afecto a los mexicanos”
. Decidió quedarse unos días más y esos días se convirtieron en semanas por las
muestras de afecto que recibió. Su anfitrión, el jefe de redacción de El Paraguayo, consiguió una audiencia con el Presidente de la República.

 A principios de mayo de 1945, Higinio Moríñigo lo recibió. Le comentó que era un gran admirador de la Revolución Mexicana y que en Paraguay se
quería mucho a los mexicanos
“aunque hallamos tenido que pedir el cambio de su embajador  por tratar de agitar a nuestros jóvenes en la
Universidad”
. Preguntó sobre las opiniones que había en los demás países respecto al Paraguay, se habló de la guerra con Bolivia, de la sospecha de
que las cárceles estaban llenas de disidentes políticos. Moríñigo lo invitó a que viajase por el país y viese él mismo si era verdad. La visita duró media
hora y posteriormente  fue recibido en otras dos ocasiones.

 Durante las siguientes semanas viajó por todo el territorio. Visitó  Fortín Junín, Fortín Boquerón. El 8 de mayo de 1945, la radio anunciaba el final de la
guerra mundial en Europa. Ese día se reunió con un grupo de amigos  civiles y militares en una cafetería para brindar por el acontecimiento
“pero con
tristeza fue aquel brindis ya que los presentes tenían muchas simpatías por los alemanes”
. El 14 de mayo continuó a Villa Rica, la colonia alemana de
Ubenaos, la colonia rusa de El Carmen- 10,000 habitantes, la mayoria emigrados después de la primera guerra mundial y la Revolución Rusa.

 Hombres y mujeres trabajaban las fértiles tierras del Alto Paraná.
“Era bonito ver a aquellos niños rubios jugando con los niños guaraníes. Sómos los
hijos o el resultado de nuestro tiempo, como nuestra madre tierra,  si es atendida y fertilizada con cariño, producirá los frutos de su entraña por eso la
responsabilidad del Estado para con su sociedad y la del hombre para con su familia, es la educación”.

 Estaba al final de su recorrido por el Paraguay, llevaba bonitos recuerdos de su gente y aunque gobernado por un dictador le pareció que los
campesinos vivían mejor que en otros paises de latinoamérica. El 21 de mayo llegó a Encarnación. El capitán Canata y el coronel Ibarrola, delegados
de la ciudad,  le dieron una linda bienvenida. Alguien le dijo: “
Valera, cuando cruce el río a tierra misionera va a seguir en Paraguay .”

  El 23 cruzó el Paraná a la ciudad de Posadas. Parte del territorio de las provincias de  Formosa, Chaco, Corrientes y Misiones perteneció a Paraguay
antes de la guerra de la Triple Alianza (1863-1865). A 25 kilómetros comenzaba la provincia de Corrientes. Un poco más adelante estaba el pueblo de
Itusaingó. Ahí lo dejaron pasar la noche en una barraca de la Guardia Nacional. Unas horas antes, había ocurrido un pleito callejero en la que un
paraguayo fue muerto a puñaladas. Como el pueblo carecía de instalaciones adecuadas y de electricidad, el mejor lugar que encontraron para
depositar el cadaver fue en la barraca. Evodio, a la luz de una vela, buscó el mejor sitio para dormir. A  la medianoche sintió frío y se acercó a un bulto,
jaló una cobija y se reacomodó contra el mismo. Al amanecer se sintió mojado, se  levantó y  vio su camisa llena de sangre. Había dormido junto a un
cadáver. Nadie se lo había advertido. Enojado se quejó a los policías pero éstos simplemente se disculparon con muchas risas. Le dieron otras ropas y
de inmediato se marchó.

 Con bronca, pasó por Itaibatá, Itaití, San Cosme, hasta llegar a la ciudad de Corrientes, ya 397 kilómetros dentro de territorio argentino. Cruzó de nuevo
el Paraná y llegó a Resistencia, en la provincia del Chaco, Basail y, más al sur, se adentró en la provincia de Santa Fe: Florencia, Villa Ocampo, Las
Mercedes, Las Garzas, Reconquista, lugar en donde tuvo su primer encuentro con grupos de vagabundos a los cuales también llamaban  ''crotos o
linyeras”. Esta diversidad humana estaba constituida por criollos e inmigrantes, en su mayoría europeos, que a través de los años habían visto su vida
truncada por acontecimientos económicos o personales y se lanzaron junto a otros miles de seres humanos a buscar fortuna en los campos agrícolas.
Acampaban en la periferia de pueblos y ciudades y viajaban en trenes a lo largo y ancho del territorio argentino.

 En los años 20, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, José Camilo Crotto, dictó una ley de disposición de trenes gratuitos para el transporte
de desocupados hacia los lugares de cosecha y muchos de los jornaleros originales se convirtieron en vagabundos. En los años 40 se operaron
transformaciones importantes en el agro que hicieron que esta mano de obra excedente desapareciera con la rápida industrialización de finales de la
década. En esos años, en Argentina se podía vivir sin trabajar y Evodio conoció muchos que tenían más de 20 años sin hacerlo.

 Continuó por Vera Margarita, Calchakí, La Criolla, Escalade, Ramayón. Antes de entrar en Santa Fe, pasó la noche en el Puente Negro, por donde pasa
el tren que viene de Misiones y va por Buenos Aires hasta Comodoro Rivadavia. Conoció a ex-soldados alemanes de la guerra del 14, rusos
profesantes de las ideas de Bakunin, desempleados y malevos.

 Al día siguiente continuó hacia Rosario. A las afueras se levantaban los altos muros de la más grande penitenciaría del país, La Coronda, que estaba
bien custodiada por guardias armados. También a las orillas de la ciudad estaba el barrio de Sorrento por donde corría  un riachuelo en cuyas laderas
se levantaban chozas de cartón y lámina hechas por aventureros crotos que ocupaban uno o dos días para posteriormente seguir su viaje. Rosario era
una bella ciudad, tierra fértil de campos bien cultivados con miles de cabezas de ganado que mostraban la inmensa riqueza de la nación.

 Pasó por Pergamino y otras poblaciones pequeñas. Un poco más al sur comenzó a ver la gran ciudad de Buenos Aires, final de la aventura que había
tomado 5 largos años en realizar. Eran los últimos días de junio de 1945 cuando entró por las vías de ferrocarril a la estación de Retiro y, mientras
caminaba, se preguntó:
“¿Qué es lo que iría a hacer? Ya no tenía a donde ir”. Miró a la gente apresuradamente subiendo y bajando de los trenes. Se
sentó en una banca de la estación pensando: “
Mi entrada a Buenos Aires nadie la tomó en cuenta, pues no era más que un vagabundo, de los miles
que allí había; aunque me distinguía de los demás por traer conmigo, mochila, pistola, puñal, sarakoff,  botas y camisa de caki verde, de las que en ese
tiempo usaba el ejército de México, la chamarra de cuero muy original. Esos eran mis atuendos, pero en la estación de Retiro nadie preguntó quien era
yo”.

 El viaje se terminaba, el dinero también y lo más triste, la emoción por nuevas aventuras. Salió a la calle y encontró un hotel en avenida Reconquista.
Tuvo que pagar una semana por adelantado, se bañó y esa misma tarde salió a conocer la ciudad. Caminó por Florida, Maipú, Diagonal Norte y, más
adelante, sin saberlo, terminó perdido. El frio era intenso y había poca gente en la calle. Caminó varias horas sin rumbo fijo hasta que un italiano,
repartidor de pan, lo llevó en su carrito a su hotel a las 4 de la mañana .

 Durmió más de veinticuatro horas. Los siguientes días recorrió Buenos Aires intensamente, pero dudaba presentarse a la prensa: ¿Qué les iba a
decir? Él mismo no sabía lo que iba a hacer. Un día se decidió. Acudió a Clarín, La Nación y Crítica, los cuales publicaron una breve reseña del viaje. Le
preguntaron si estaba preparado para publicar un libro, pero él no se sentía capaz de escribir, además, no tenía dinero ni trabajo.

 Inconforme con su vida y su situación, se dedicó por casi seis meses a viajar en los trenes de carga con los “crotos”, rodando de un lado a otro en el
vasto territorio argentino. Viajar por viajar, sin ir a un punto fijo, sin contar las horas ni los días. Convivió con argentinos, italianos, alemanes, polacos,
rusos, españoles; durmió bajo los puentes; juntó leña para fogatas; aprendió a preparar el mate;
“a pasarla mal con ellos, para mí no fué un sacrificio, al
contrario, sino algo importante para poder más tarde recordar”.

 Recorrió gran parte de La Pampa; al sur, hasta Chubut, las provincias cuyanas; y al norte, hasta Salta. De vez en cuando se escapaba para ir a trabajar
en los cortes de uva en Mendoza y San Juan. De regreso en Buenos Aires consiguió trabajo en un deshuesadero de automóviles.. Posteriormente, por
medio del embajador de México, conoció a Eva Duarte en el teatro Maipú. En el año 46 acompañó a Eva y Domingo Perón en sus campañas políticas e
ingresó al Partido Nacionalista Argentino, más tarde, de Los Descamisados. Su suerte cambió favorablemente, tuvo muchos amigos y estabilidad
económica. Sin embargo esto pronto lo cansó y así se fue de nuevo a convivir con los “crotos”, viajó al sur hasta Comodoro Rivadavia. Fue a Mendoza y
quiso escalar el Aconcagua, pero no le permitieron el ascenso por carecer de permiso e ir solo. Bajó de Paso de Mulas hasta el Cristo de los Andes,
donde pasó dos días de gran camaradería con los oficiales de frontera chilenos y argentinos. Cruzó al lado chileno, pasó por la Laguna del  Inca,
Santiago y Valparaíso. De regreso en la cordillera, y frente al Cristo Redentor, se prometió volver a su patria. Tenía una deuda con su madre que tanto le
había pedido que volviera. Para ella nunca contó el dinero que él le mandaba, sino  su presencia .

 Habían transcurrido más de cinco años desde aquel  primer impulso aventurero. Su misión estaba cumplida. Conoció todo lo que pudo de este
continente al que aprendió a querer tan intensamente. Más adelante, la vida lo llevó por otros derroteros: a la amargura de su regreso a México, le siguió
la posterior oportunidad en Venezuela y, con ello, estabilidad en su vida, amagada en ocasiones por viajes de turista civilizado. Y así, ya no regresó más
a esa tierra que tan fría e indiferente le pareció al principio, pero que tan cálidamente lo signó por el resto de su vida.        
ANDER FRAUSTO nació en Venezuela y a los once años emigró a
México en donde cursó cuatro años en la Escuela Nacional de
Antropología e Historia, en donde confiesa que le “gustaba más la
biblioteca que la escuela”.  Desde 1977 ha vivido intermitentemente
en EEUU y el país azteca.  El relato del viaje de su padre, Evodio
Frausto, por el continente americano, se basa en documentos,
reportes periodísticos e información oral recogidos a lo largo de los
años.