| Volumen III * Número 5 * SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2009 |
La peña del sábado 17 de octubre tuvo un no-sé-qué… La verdad es que las 34 luciérnagas que se acercaron, parece que la pasaron requetebien. Al menos eso era lo que todo el mundo decía. La gran sorpresa de la noche fue la participación de la cantante Esther Segovia que nos hizo el honor de acercarse para regalarnos unas canciones inolvidables. También estuvo nuestro amigazo Alberto Delgado y su guitarra, Daniel Carrera con sus cuadros, Estela Maris con sus esculturas y Anamaría Menéndez y Gustavo Mendoza que bailaron una chacarera… Al final del evento, en lo que puede considerarse el homenaje de La Luciérnaga a Mercedes Sosa, Alicia Morán tuvo la gentileza de compartir con los presentes anécdotas de cómo ella vivió experiencias inolvidables con esa famosa amiga de su familia que fue la querida Negra Sosa. Y por su puesto estuvieron las lecturas y poemas de José Manuel, Julio, Elsa, Raúl, George, Celerino, Rafael, Claudio, Oxy, que le han dado a La Luciérnaga ese sello de calidad por la que ya es más que reconocida. Aparte, en la peña se leyó un email que envió Norma Villanueva anunciando su despedida. Parece que Normita se nos va. Y esta vez se nos va para no volver. Como los emails que la gente dejó en el blog lo sugieren, Norma siempre será recordada por estos locos de la noche de Los Angeles. |
| D E L E D I T O R |
| ESTHER SEGOVIA VISITA LA PEÑA DE OCTUBRE |
| Néstor Fantini |
La peña del 19 de septiembre, ya casi al final del verano, fue en la casa de María y Alejandro Molina. Como siempre los amigos de La Luciérnaga, con sus guitarras y escritos, se juntaron a pasar un buen momento. Los dueños de casa cantaron algunas de las canciones que aparecen en el CD que acaban de grabar. Y aparte de la música y las lecturas tradicionales, los participantes se enfrascaron en una animada discusión sobre la importancia de desarrollar lazos con otras organizaciones culturales de la región. Finalmente se decidió formar una comisión formada por Julio Benítez, José Manuel Rodríguez y Néstor Fantini que estará encargada de comenzar a contactar a otros grupos a fin de coordinar la creación de un ente regional que una nuestros esfuerzos. En la reunión, también, Gabriel Lerner, editor de Hispanic LA, reafirmó su conexión con La Luciérnaga y motivó a los presentes a que aportaran trabajos a fin de ser publicados en su revista de internet. La próxima peña tendrá lugar el 17 de octubre a las 8:00 pm, en Northridge. En esta se celebrarán 4 años desde el renacimiento de La Luciérnaga. Para mayor información, ver la página inicial de este website. |
| LA PEÑA DE SEPTIEMBRE |
| P O E S Í A S |
| MI OTRO YO... |
| LOS GATOS |
| Dukardo Hinestrosa |
Los gatos juegan entre heliotropos Retozan néctar de segundos Sobre semillas sedientas de sabia Que fue. Y chillan impacientes Al obscurecer En medio del oportuno laberinto Del agua estancada. Los felinos duermen Nervio negro en silencio De ninfas amorosas Cínicas. Afiladas la garra al alba Rompen imprevistos Velo etéreo Del quehacer cotidiano. Los gatos se escapan por entre Luciérnagas y escarabajos Los niños miran seguros Que volverán. El tibio calor de su pelambre Se ovillara de nuevo Entre el valor de irse Y la osadía de la libertad. OJOS DESNUDOS Fijaste tu mirada de sal Besaste la carnosa mejilla de mi soledad Y me recordaste que existía Me desatases los brazos Pinchaste mi carne Apedreaste mis sueños Débiles como la niebla Y me recordaste que sentía Sembraste tu mirada Sobre intemperie Suspendiste eterna tu existencia Hurgaste mis vericuetos de fulgor vacíos Clavaste despiadada agujas en mis sueños Y me recordaste que era débil Dejaste tus ojos desnudos Sin tiempo y sin miel En mis indómitas negruras Y desapareciste entre el etéreo Bosque de tus pestañas Te fuiste muda Eterna Llego la oscuridad silenciosa Y me recordó que también yo poseía un corazón. LA ESCALERA La escalera se rinde prófuga de si Escalonea cielo. Se pierde entre montoncitos de polvo y marismas Que enajenan al impropio a la mosca y a mí. La escalera y su distancia arremeten desafíos En lugares extraños Afán de altura Que pierde bastón de luna Entre principio de hurgo. Quiero ser Y me transformo en yo Partícula de nada Ala de cigarra que troncha camino Entre ramaje equivoco Y el deseo de regreso por arrepentimiento. La escalera provoca hambre Y el caracol confuso Hurga cíclopes basuras Entre azafranes en flor Y laberintos de ansia y vena. El horizonte se expande El nuevo mundo abre pupila Y me adentro Todo nuevo. Guardo la escalera entre axilas Y silbo por falso camino Por entre polvo y marismas En busca de mí. |
Vengo aquí a denunciar públicamente, ante ustedes, que me habrán de comprender, que me viene persiguiendo desde hace un no sé cuándo mi otro Yo. Lo hace de manera sistemática, y otras veces, alternadamente. Es un sujeto obscuro, que se hace pasar por mí, tomando la forma de mi sombra, la que yo he detectado cuando hace sol o en las noches de luna, a mi lado aparece proyectada. Y ya me tiene harto...! anonadado..., me siento confundido, herido en lo más hondo también muy preocupado. Insiste en usar mi propia ropa, y no contento con tanta tropelía, toma el dinero de mi bolsillo y lo gasta en necedades. Se apropia de mis cosas, me las esconde a veces para que yo no las encuentre. Me estoy volviendo loco por su culpa, su descaro, su vanidad y además por su osadía. Es un viejo cínico, que quiere que yo lo esté cargando. Cuando voy a un restaurante, él muy goloso, se apresura a ordenar exquisiteces, del más costoso gourmet, y las devora con pantagruélica avidez. Y qué creen...? Yo siempre pago. Cuando veo a una mozuela que me gusta... y mi corazón empieza a trepidar aceleradamente, el muy desvergonzado se adelanta a enamorarla y sin recato alguno, la quiere desnudar (in so facto) llibidinoso, sádico y osado ssacia su sed, besando con morbidez, las áreas más recónditas y privadas. Y no se imaginan...? después de jurarle amor eterno por toda una semana, socarronamente se escabulle impávido y falaz..., el vagabundo. No sé qué hacer...? que camino coger, para que no me ande siguiendo el muy bandido...! Si me quiero tomar una copa, el muy degenerado, se apresura a beber por mí otra, otra y otra. Luego ebrio y beodo se va desmadejando a dormir su borrachera. Sólo dormido logro librarme de su ingrata compañía. Pero qué va...! me sigue hasta en mis sueños, haciéndose llamar..., mi subconsciente, cuando en realidad es una pesadilla. Si es que me hacen un homenaje corre por mí a adelantarse a decir majaderías y cosas mal pensadas, a beberse la champaña y a partir la torta. Ese otro yo, me tiene ya perplejo, Nno lo soporto más..., se los regalo...! A ver qué hacen con él? Reniego de su estancia y de su permanente compañía. Más él porfiado insiste: que él es yo..., y que yo soy él. Se apropia de mi nombre y se vanagloria de mis apellidos. No contento con causarme tantas desventuras, insiste en vivir perennemente; mientras que yo morirme quiero para alcanzar la paz serenamente. Díganme ustedes, Si es justo..., que se haga pasar por mí, poniéndome en un segundo plano ante terceros. ¡Que se vaya al carajo...! es todo lo que quiero, y que se deje de decir que él soy yo, cuando en verdad... Yo soy él, al fin de cuentas una misma cosa. |
Dukardo Hinestrosa es un poeta, novelista, ensayista y periodista colombiano que vive en el exilio estadounidense desde 1962. Destacado integrante de la Generación Nadaísta, que floreció en su país natal en la decada de 1960, es considerado, en palabras del profesor Robert Girardot, de Stanford University, "una de las voces más importantes por su irreverencia y estilo". Entre sus numerosas publicaciones se incluyen La rebelión de los machetes en América Latina, Salmos para bautizar un huracán, Poemas autobiográficos, Pasaje a Pereira y su reciente novela, Gaitania revueltas: rosario y fusil. |
| Raúl Arredondo |
Raúl Arredondo es un poeta de Colima, México, que vive en Los Ángeles desde 1981. Escribe desde los 15 años y es un activo participante de talleres literarios locales. Por su espíritu poético, fue galardonado con el Luciérnaga 2008. |
En la tarde siempre el mundo se cubre de lluvia y de manos que se extienden. Así estaba el día en que nos conocimos y así está el día en que te veo partir con tus ojos tristes, con tus manos pequeñas, de dedos alargados y dispuesta, aunque no lo sabes, a cerrar el portal de la muerte. Todo lo que recuerdo es una nube de cabellos rubios hasta los hombros en un hermoso rostro de mujer y la sensación de no tener nada entre las manos, salvo el viento del sur, el de los ojos apagados, el de los adioses. Si fueras el fogonero de un viejo tren yo viajaría contigo, solía decirle de niño a mis abuelos muertos para darme valor en la oscuridad. Abuela sentada en la cocina nos decía que el mundo era ese lugar horrible habitado de demonios y de lobos feroces que anidaba detrás de los cristales. Manejando sus cartas y con la botella naciendo de su boca la madrugada la sorprendía viendo nacer el sol. Vete para otros mundos le decía cada día abuela al padre sol. Abuela venía de lejos en el tiempo. Su nación, la mochá tutka, había sido devastada concienzudamente muchos siglos atrás por el hombre blanco, el sin color, el sin palabras. Los abuelos de la abuela, sobrevivientes de un pueblo que platicaba con los jaguares y los astros, domesticados a palos jamás dejaron de creer en lo que eran. Venimos del sol y de los Andes, susurraban despacio en los labios contándose uno al otro para saber cuántos pervivían, igual que los demás cuentan sus monedas de oro. Quedamos nueve y mi hermana Chuyma está encinta, susurraba padre en los labios de madre. Ahora somos cinco y la querida Chuyma hoy es tierra mojada. De uno en uno los mochá tutka partieron hacia la vida larga y hacia el abrazado redimidor de Illawara, nuestra madre primigenia. Aterrados y solos abuela y yo dejamos atrás el frío y nos echamos el camino al hombro. Vete para otros mundos sol de odio, gritaba al alba la abuela borracha perdida en nuestro cuarto de North Long Beach. Lejos del corazón abierto de su tierra lejana la abuela se durmió en la tarde. Vete para otros mundos, le dije a la abuela, a las cenizas que eran ella lanzándolas al mar. Amo este cielo caído decía abuela en mis ojos cuando conoció el mar. La enorme magnitud de la hermosura es demasiado para la pequeñez que somos, dijo abuela retomando las palabras antiguas. A ella le gustaba hablarme de los primeros habitantes de las montañas viejas, de las caminatas precursoras, de las danzas, del acariciar, del apareamiento ritual con la tierra para germinarla a orillas del gato de piedra, hoy conocido como el lago Titicaca. Llorando y con las venas de su sien a punto de explotar me platicó del odio, de la magnitud del terremoto en ancas de caballo que nos fulminó, del estruendo de los cuerpos despedazados que corrían asustados buscando el portal de los muertos. Aún lo buscan, aún corren por las sierras andinas con las panzas abiertas buscando redención hasta el día que Illawara regrese y se lleve con ella al último mochá tutka que serás tú el que vaga solitario sin dejar descendencia, y se dormía abuela borracha y harta de estar sola y sin sangre en las venas. Solo, último vestigio de los mochá tutka en esta tierra de odio, en un primer momento quise romper todo lazo con aquellos que soy. Vete para otros mundos, igual que la abuela le grite al sol. Desconectado, como todos, de una raíz telúrica me perdí en la alegría momentánea del exceso. Sin límites amé, sin límites me amaron e ilimitadamente la noche me llenó de cuchillos y de heridas que no cicatrizaban. La vida afuera correteaba su sustento, unos con el coche, otros con la casa, la pareja, las tarjetas de crédito, la promesa insegura del futuro, pero yo no. Seco, como una flor sin agua, dejé pasar las horas de la misma manera que se deja pasar un río crecido. A veces con el odio que me heredó la abuela y a veces con la abulia que me hereda el universo entero decidí por primera vez penetrar a patadas el portal de la muerte. Recién había cortado con la mujer comanche de los brazos de pulpo, la que apretaba hasta estrangularme justo en el instante del amor compartido, cuando, harto de gritarle puteadas al padre sol, despacio, como viene la tarde o el orgasmo, con ese cosquilleo delicioso que da el sentirse dios, o en el supuesto de que exista como debería sentir dios, abrí las venas de mis muñecas y anegue la bañera de mi sangre mochá tutka. Sin mucho aspaviento, el desván está lleno de fantasmas suicidas, los médicos me regresaron al camino de todos. La mujer comanche, su nombre prohibido no lo nombro, no quiero que en la noche las águilas de fuego me arranquen el cerebro, vino a mi lado, me besó largo, tibia y dulcemente acarició mi cuerpo y en silencio una vez más se alejó por la carretera que da al norte, con rumbo al 710 y a sus camioneros adormilados. Luego vinieron los exiliados, los que estuvieron presos en ojos de agua repletos de pirañas, y para completar el panorama nos cayó la sequía que asoló como nadie jamás la ciudad de Los Ángeles y sus alrededores. En quince meses el sol logró lo que ni los pandilleros ni los policías habían logrado en sesenta años, despoblar los callejones y los ghettos de basura viviente. Montañas de cuerpos achicharrados por el sol adornaron la quietud de un mediodía interminable. Tercos e inmortales millones de asombrados y famélicos seres sobrevivimos la tragedia y abrazándonos como hermanos los angelinos corrimos frenéticos por entre los pasadizos que creó la primera gran lluvia de la temporada. Los carroñeros hablan, escupen, ofenden, y yo harto de pelear con el mundo, el mismo que me forma y del cual soy una parte indivisible, me decidí por mi segunda muerte. A la mayoría la muerte lo sorprende con unas ganas enormes de quedarse en la vida. La gente se resiste, patalea, suplica y termina alejándose rumbo al portal de la muerte a empujones. Nadie quiere perder lo que ha logrado, los trofeos que ha cosechado y que son hijos, una casa, una ropa, un nombre inmaculado, un amor de fuego que en la noche delira de pasión. Yo los he visto, se niegan, se aferran a los árboles, a los últimos rescoldos y luego se pierden malhumorados en la extensa y desolada, según los ojos |
del que mire, para nosotros los mochá tutka es una fiesta, la región de los muertos. Sin mucho que perder mi segunda muerte se atragantó de pastillas y de vino. Por la ventana abierta abuela y las demás mujeres mochá tutka se asomaban sonriendo. Estamos esperando por ti, decían, me hablaban entre risas de una tierra hecha para nosotros sin golpes y sin orejas cortadas. Los hombres, lejos, lejísimos los mochá tutka bailaban zangoloteando al sol felices de estar vivos, si estar vivo es sentirse a gusto en cualquier lugar o en cualquier circunstancia. Gateando y arrastrándome yo intenté alcanzar la mano que las abuelas viejas me ofrendaban, pero de nuevo los médicos, fríos y objetivos como números en la piedra, me regresaron al presente eterno que desde que se inició este tiempo padecemos. El viento del sur, que todo se lo lleva, se ha llevado lo mejor de mí, tus cabellos rubios, tus palabras, la esencia de tu piel en la que yo danzaba feliz zangoloteando al sol. Un amanecer, recuerdo que la luna roja de la muerte estaba perdiéndose sobre los edificios del centro, cuando llamado por ese grito inmenso que viene desde el mar y sin nada mejor qué hacer enfilé con todo lo que soy a Santa Mónica. No soy muy sensitivo, pero a veces se despierta en mí el de adentro y me señala cosas que yo no puedo ver. El sol, bañado en sangre recién nacida, se asomó en el naciente y enmarcada en su luz y sentada en un lecho de piedras estabas tú justo bajo aquel brillar naciente que iluminaba el sur de California. El viento en los cabellos me trajo tu aire lejano y extranjero, como todos, dijiste. Venías del calor y de la nostalgia y eras un enorme interrogante que alimentaba al sol entre el frío y el viento que ese día extrañamente nos llegaba del norte. Todo te gustaba saberlo y confrontarlo. Mi tierra llueve piedras y mi sol cada día nace por el oeste, me decías jugando a enloquecerme. Vengo de aquí y voy para muy cerca, me decías en los labios, mía y del universo. En un principio, es natural temer que te roben, te arranquen la cartera y te saquen los ojos, no me dijiste nada. Tus pies descalzos se helaban en el agua también por siempre helada del Pacífico. Harta de mi silencio y mi contemplación dejaste que yo te acompañara en el mutismo. Algo me llama a ti que viene de muy lejos, de la nieve, de los lagos, de las fundaciones remotas que habitan dentro de mí, quise decirte, pero me quedé callado frente al mar enorme recordando el asombro de la abuela. Tenías un nombre extraño que no quise escuchar y te llamé Illawara, estrella de más suerte. Te reíste frente a mí y me reconstruiste en un segundo los puentes a la vida. Lenta, como quien abre una puerta olvidada, me hablaste de tu tierra lejana y un poco de los proyectos y de un hombre y de un amor de hierro. Ojalá fueras la fogonera de un viejo tren, te dije, pero no tenías tiempo para las encrucijadas insolubles. Tres días ibas a estar en Los Ángeles y de nuevo el olvido, la abulia inmensa, la nostalgia por lo que no ha sucedido iban a quedar entre mis manos vacías de ti. En pocas palabras te expliqué quién y de dónde es que viene mi sangre, y soy el último, te dije intentando engrandecer mi presencia a tus ojos. Las autopistas raudas y un militar apacible y humano, seguías tú jugando a desconcertarme con tus frases que rompían mis esquemas. He nacido para recordar, te dije y tú te reías de mí, en mi boca y de mí mientras mis manos querían acariciarte en mitad de la calle y ante el planeta entero. Abuela me hablaba de Illawara y de la profecía de encontrarla retornando del sol y sobre el mar. Igual que en el pasado de ella venimos todos, susurraba abuela la historia. Solita y con la panza repletita de todos sus hijos mochá tutka Illawara vino del sol y se acostó a sembrarnos en la tierra. Cansada y triste al ver desde el Ackon Cahuak, nuestro guardián de piedra, lo que hacían de nosotros los que vomitó el mar ella vino una noche y nos abrió el portal de la muerte. Por aquí hijos del sol, por aquí mochás tutkas, que yo los esperaré del otro lado para consolarlos y bailar con ustedes. Abuela decía que Illawara había abierto el portal de la muerte para nosotros y que justo antes que muriera el último hijo del sol mochá tutka iba a regresar a cerrarlo, y tú sabrás quien es, tú sabrás encontrarla, me decía reventada de alcohol y pidiéndole a gritos al padre sol que se fuera a otros rumbos. Dudando entre platicarte Illawara lo que entonces significabas para mí, me deje llevar de tu voz y de los devaneos que el destino, que quizá no existe, decías tú, tuvieran destinado para mí. Eras Illawara y no, todas son Illawara, me decía la abuela en la penumbra mientras yo caminaba a tu lado viendo morir al sol por el este. Todo conmigo es caos, decías ardiendo el hielo, y sonreías por sobre las calles en su guerra eterna. Mirando atrás no somos más que los habitantes de una estación vacía que ve pasar el tren. Todos los demás desde siempre han sido los pasajeros menos nosotros, eso te decía con la voz escondida queriendo darle vida a mis dedos por entre tus cabellos, tus labios levemente pintados que relumbraban sedientos bajo el sol que había nacido por esta única vez en el poniente. Tenías prisa de regresar a tu presente y con la ciudad a tu espalda escuchaste mi historia. Sentada en una piedra, ojos abiertos la noche de los tiempos me deshiló ante ti. Cómo justificar el no ser nadie, cómo ser un hombre eterno para tomarte en brazos y revolver tu pelo, pero tú Illawara, la de adentro, la que venías de lejos, asombrada me dijiste sí y no a todo. Otro deschavetado más, sin duda pensarías rompiendo el alba. Me diste por mi lado abriendo las ventanas, dándome un beso, escondiendo debajo de las rocas un geranio. Me gusta agosto al sol, dijiste antes de alejarte con tus pasos medidos dejándome una estela de tejados mordidos. Por fin el ciclo mochá tutka se cerraba a tu paso fogonera de todos los trenes sin destino. Vete para otros rumbos padre sol, grito como la abuela sentado en la espesura de las tierras shoshonas. Desgarro lento mi piel con un cuchillo para que desde lo más intrincado de los bosques secuoyanos los lobos, si tengo suerte un oso, escuchen el remoto llamado de mi sangre y vengan y entre cantos y danzas me regresen la senda, me lleven al portal de la muerte donde me esperas tú Illawara y todos los mochá tatku que son hijos del sol para iniciar la fiesta. |
| C U E N T O S |
| ILLAWARA |
| José Manuel Rodríguez |
José Manuel Rodríguez es un cuentista y novelista que nació en Bogotá, Colombia, en 1966. Egresó del taller de escritores de la Universidad Central y de la Universidad Externado. Entre 1983 y 1988 participó del grupo literario Tinta Fresca y actualmente es miembro de La Luciérnaga. Su trabajo fue reconocido con prestigiosos premios como el Letras de Oro, Miami; Premio Fernando de la Mora y Juan Rulfo, París; y un Premio de la Revista Crisis, Buenos Aires. Desde 1988 reside en California. |
Cuando Mercedes Sosa se presentó en un teatro de UCLA hace como seis años atrás, yo estaba con mi esposa y amigos en un asiento que parecía más cerca del cielo que del escenario. Y aunque La Negra era robusta y ese poncho multicolor ocupaba considerable espacio, apenas se la podía ver con binoculares que eran más apropiados para una campaña militar que para un lugar tan elegante. Pero cuando empezó a cantar, no importó la distancia, no importó el asiento ni los binoculares, porque esa voz de trueno angelical resonó en el espacio como nunca antes. Era la voz que durante años había admirado en grabaciones y que, emocionado, escuchaba personalmente por primera vez. Aún más importante, era la voz que mi generación siempre supo que, genuinamente, representaba a los pobres y marginados de nuestra América Latina. Ahora La Negra se nos fue y es como si un pedazo irrecuperable de Argentina se hubiese perdido para siempre. Y el país llora. Especialmente lloran los campesinos del norte argentino, los trabajadores de ingenios, los indios marginados, los pobres que siempre fueron la temática principal de una Mercedes Sosa que prestó su voz para denunciar las injusticias históricas del continente. La gran diferencia de Mercedes Sosa con otros cantantes de moda de la izquierda latinoamericana, era que con La Negra se sabía que había un compromiso, un verdadero y auténtico compromiso, porque ella misma venía de las entrañas de la pobreza del norte argentino. Había nacido en San Miguel de Tucumán en el seno de una familia trabajadora en donde sobrevivir era un menester diario. A los quince años ganó un concurso de radio que le dio la motivación para empezar a cantar en serio. Después se casaría y se iría a la provincia de Mendoza, al pie de los majestuosos Andes, en donde comenzaría a desarrollar ese particular estilo que la conectaría con el movimiento de la Nueva Canción que, en la década de 1960 y 1970, mezclaría la tradicional música folclórica con la crítica social. Su consagración llegaría en 1965, en el famoso Festival de Folclore de Cosquín. De la misma manera en que los pobres y los olvidados de Argentina amaban a esta mujer de rasgos indios y voz de trueno, los militares golpistas, los terranientes explotadores, los industrialistas oportunistas, o sea a todos aquellos que La Negra denunciaba en sus canciones, la detestaban y la acusaban de comunista. Durante la dictadura militar de 1976-83, la amenazaron, la prohibieron, la acosaron y finalmente, cansada, Mercedes Sosa terminó por exiliarse en Francia. Dicen los que la escucharon en esa época que era como si la voz se le hubiese apagado, como que la misma tristeza que silenció al país cuando los militares secuestraban, torturaban y asesinaban, la misma demoledora tristeza cayó sobre La Negra. Pero después volvió y llenó estadios y ayudó a que Argentina se cargase de la energía que requería para confrontar su pasado y entrar en la democracia. Pasarán los años, cambiarán las melodías, se redibujarán los sueños del continente, pero la Voz de Latinoamérica, la que nos enseñó a dar gracias a la vida, esa Negra hermosa que transpirada y bombo en mano hablaba de tierras mágicas y campesinos explotados, será una parte permanente de nuestra herencia cultural. |
| E N S A Y O S |
| Y SE NOS FUE LA NEGRA...: Recordando a Mercedes Sosa |
| Jorge Laprida |
Jorge Laprida es el pseudónimo de un escritor argentino. |
En países donde no hay carrera diplomática, hay diplomáticos a la carrera. Más vale una buena mano que una mala lengua. Estados Unidos no es una nación común y corriente, sin embargo, su futuro está en manos de un tipo común y corriente. La vejez mantiene vivas las ganas y muertos los medios. En los zoológicos, los animales nos ven entre rejas. La mujer al marido: "¿Cómo quieres que te extrañe, si aún no te largas?". En el último beso hay un toque de queda. No cabe duda de que en los años 60, los Beatles hicieron mucho ruido. El emigrante es huésped de muchas partes e inquilino de ninguna. Un buen cirujano no corta por lo sano. Mis zapatos son tan viejos que ya están sacando la mano. Definición de Supervisor: Empleado de buenas acciones y responsable por las malas acciones de otros empleados. |
| R E F L E X I O N E S |
| MÁXIMAS Y MÍNIMAS |
| Rafael Carvajal |
| Rafael Carvajal es de Colombia. Escribe ingeniosos dichos populares. |
| © La Luciérnaga Online, 2009 |

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