Volumen III * Número 5 * SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2009

La peña del sábado 17 de octubre tuvo un no-sé-qué… La verdad es que las  
34 luciérnagas que se acercaron, parece que la pasaron requetebien.  Al
menos eso era lo que todo el mundo decía.  La gran sorpresa de la noche fue
la participación de la cantante Esther Segovia que nos hizo el honor de
acercarse para regalarnos unas canciones inolvidables.  También estuvo
nuestro amigazo Alberto Delgado y su guitarra, Daniel Carrera con sus
cuadros, Estela Maris con sus esculturas y Anamaría Menéndez y Gustavo
Mendoza que bailaron una chacarera…  Al final del evento, en lo que puede
considerarse el homenaje de La Luciérnaga a Mercedes Sosa, Alicia Morán
tuvo la gentileza de compartir con los presentes anécdotas de cómo ella vivió
experiencias inolvidables con esa famosa amiga de su familia que fue la
querida Negra Sosa.  Y por su puesto estuvieron las lecturas y poemas de
José Manuel, Julio, Elsa, Raúl, George, Celerino, Rafael, Claudio, Oxy, que le
han dado a La Luciérnaga ese sello de calidad por la que ya es más que
reconocida.

Aparte, en la peña se leyó un email que envió Norma Villanueva anunciando
su despedida.  Parece que Normita se nos va.  Y esta vez se nos va para no
volver.  Como los emails que la gente dejó en el blog lo sugieren, Norma
siempre será recordada por estos locos de la noche de Los Angeles.
D E L  E D I T O R
ESTHER SEGOVIA VISITA LA
PEÑA DE OCTUBRE
Néstor Fantini

La peña del 19 de septiembre, ya casi al final del verano, fue en la casa de
María y Alejandro Molina.  Como siempre los amigos de La Luciérnaga, con
sus guitarras y escritos, se juntaron a pasar un buen momento.  

Los dueños de casa cantaron algunas de las canciones que aparecen en el
CD que acaban de grabar.  Y aparte de la música y las lecturas tradicionales,
los participantes se enfrascaron en una animada discusión sobre la
importancia de desarrollar lazos con otras organizaciones culturales de la
región.  Finalmente se decidió formar una comisión formada por Julio Benítez,
José Manuel Rodríguez y Néstor Fantini que estará encargada de comenzar a
contactar a otros grupos a fin de coordinar la creación de un ente regional que
una nuestros esfuerzos.

En la reunión, también, Gabriel Lerner, editor de Hispanic LA, reafirmó su
conexión con La Luciérnaga y motivó a los presentes a que aportaran trabajos
a fin de ser publicados en su revista de internet.

La próxima peña tendrá lugar el 17 de octubre a las 8:00 pm, en Northridge.  
En esta se celebrarán 4 años desde el renacimiento de La Luciérnaga.  Para
mayor información, ver la página inicial de este website.
LA PEÑA DE SEPTIEMBRE
P O E S Í A S
MI OTRO YO...
LOS GATOS
Dukardo Hinestrosa

Los gatos juegan entre heliotropos
Retozan néctar de segundos
Sobre semillas sedientas de sabia
Que fue.

Y chillan impacientes
Al obscurecer
En medio del oportuno laberinto
Del agua estancada.

Los felinos duermen
Nervio negro en silencio
De ninfas amorosas
Cínicas.

Afiladas la garra al alba
Rompen imprevistos
Velo etéreo
Del quehacer cotidiano.

Los gatos se escapan por entre
Luciérnagas y escarabajos
Los niños  miran seguros
Que volverán.

El tibio calor de su pelambre
Se ovillara de nuevo
Entre el valor de irse
Y la osadía de la libertad.



    OJOS DESNUDOS

Fijaste tu mirada de sal
Besaste la carnosa mejilla de mi soledad
Y me recordaste que existía

Me desatases los brazos
Pinchaste mi carne
Apedreaste mis sueños
Débiles como la niebla
Y me recordaste que sentía

Sembraste tu mirada
Sobre intemperie
Suspendiste eterna tu existencia
Hurgaste mis vericuetos de fulgor vacíos
Clavaste despiadada agujas en mis sueños
Y me recordaste que era débil

Dejaste tus ojos desnudos
Sin tiempo y sin miel
En mis indómitas negruras
Y desapareciste entre el etéreo
Bosque de tus pestañas
Te fuiste muda
Eterna
Llego la oscuridad silenciosa
Y me recordó que también yo poseía un corazón.



         LA ESCALERA

La escalera se rinde prófuga de si
Escalonea cielo.

Se pierde entre montoncitos de polvo y marismas
Que enajenan al impropio a la mosca y a mí.

La escalera y su distancia arremeten desafíos
En lugares extraños
Afán de altura
Que pierde bastón de luna
Entre principio de hurgo.

Quiero ser
Y me transformo en yo
Partícula de nada
Ala de cigarra que troncha camino
Entre ramaje equivoco
Y el deseo de regreso por arrepentimiento.

La escalera provoca hambre
Y el caracol confuso
Hurga cíclopes basuras
Entre azafranes en flor
Y laberintos de ansia y vena.

El horizonte se expande
El nuevo mundo abre pupila
Y me adentro
Todo nuevo.

Guardo la escalera entre axilas
Y silbo por falso camino
Por entre polvo y marismas
En busca de mí.

Vengo aquí a denunciar públicamente,
ante ustedes, que me habrán de comprender,
que me viene persiguiendo
desde hace un no sé cuándo
mi otro Yo.
Lo hace de manera sistemática,
y otras veces, alternadamente.
Es un sujeto obscuro, que se hace pasar por mí,
tomando la forma de mi sombra,
la que yo he detectado
cuando hace sol
o en las noches de luna,
a mi lado aparece proyectada.

Y ya me tiene harto...!
anonadado...,
me siento confundido,
herido en lo más hondo
también muy preocupado.

Insiste en usar mi propia ropa,
y no contento con tanta tropelía,
toma el dinero de mi bolsillo
y lo gasta en necedades.

Se apropia de mis cosas,
me las esconde a veces
para que yo no las encuentre.
Me estoy volviendo loco
por su culpa, su descaro,
su vanidad y además por su osadía.

Es un viejo cínico,
que quiere que yo lo esté cargando.

Cuando voy a un restaurante,
él muy goloso, se apresura a ordenar exquisiteces,
del más costoso gourmet, y
las devora con pantagruélica avidez.
Y qué creen...? Yo siempre pago.

Cuando veo a una mozuela
que me gusta...
y mi corazón empieza a trepidar
aceleradamente,

el muy desvergonzado
se adelanta a enamorarla
y sin recato alguno,
la quiere desnudar (in so facto)
llibidinoso, sádico y osado
ssacia su sed,
besando con morbidez,
las áreas más recónditas y privadas.

Y no se imaginan...?
después de jurarle amor eterno
por toda una semana,
socarronamente se escabulle
impávido y falaz..., el vagabundo.

No sé qué hacer...?
que camino coger,
para que no me ande siguiendo
el muy bandido...!

Si me quiero tomar una copa,
el muy degenerado,
se apresura a beber por mí
otra, otra y otra.
Luego ebrio y beodo
se va desmadejando a dormir su borrachera.

Sólo dormido logro librarme
de su ingrata compañía.
Pero qué va...! me sigue hasta en mis sueños,
haciéndose llamar..., mi subconsciente,
cuando en realidad es una pesadilla.

Si es que me hacen un homenaje
corre por mí a adelantarse
a decir majaderías y cosas mal pensadas,
a beberse la champaña y a partir la torta.

Ese otro yo,
me tiene ya perplejo,
Nno lo soporto más..., se los regalo...!
A ver qué hacen con él?
Reniego de su estancia
y de su permanente compañía.

Más él porfiado insiste:
que él es yo..., y que yo soy él.
Se apropia de mi nombre
y se vanagloria de mis apellidos.

No contento con causarme
tantas desventuras,
insiste en vivir perennemente;
mientras que yo morirme quiero
para alcanzar la paz serenamente.

Díganme ustedes,
Si es justo..., que se haga pasar por mí,
poniéndome en un segundo plano
ante terceros.
¡Que se vaya al carajo...!
es todo lo que quiero,
y que se deje de decir
que él soy yo,
cuando en verdad... Yo soy él,
al fin de cuentas
una misma cosa.

Dukardo Hinestrosa  es un poeta, novelista,
ensayista y periodista colombiano  que vive
en  el   exilio  estadounidense  desde  1962.
Destacado   integrante   de   la   Generación
Nadaísta,  que  floreció  en  su país natal en
la   decada  de  1960,   es  considerado,   en
palabras  del  profesor  Robert Girardot,  de
Stanford University, "una de las voces más
importantes  por  su  irreverencia  y estilo".
Entre   sus   numerosas   publicaciones   se
incluyen  
 La rebelión  de  los machetes   en
América Latina,  Salmos  para  bautizar  un
huracán, Poemas autobiográficos, Pasaje a
Pereira
  y   su   reciente   novela,    Gaitania
revueltas: rosario y fusil
.
Raúl Arredondo

Raúl  Arredondo  es  un poeta de Colima,  
México,  que  vive en  Los   Ángeles desde
1981.    Escribe desde   los 15  años   y   
es un activo participante de talleres
literarios locales.  Por su espíritu poético,
fue galardonado con el Luciérnaga 2008.

En la tarde siempre el mundo se cubre de lluvia y de
manos que se extienden.  Así estaba el día en que nos
conocimos y así está el día en que te veo partir con tus
ojos tristes, con tus manos pequeñas, de dedos
alargados y dispuesta, aunque no lo sabes, a cerrar el
portal de la muerte.  Todo lo que recuerdo es una nube
de cabellos rubios hasta los hombros en un hermoso
rostro de mujer y la sensación de no tener nada entre
las manos, salvo el viento del sur, el de los ojos
apagados, el de los adioses.  Si fueras el fogonero de
un viejo tren yo viajaría contigo, solía decirle de niño a
mis abuelos muertos para darme valor en la oscuridad.  
Abuela sentada en la cocina nos decía que el mundo
era ese lugar horrible habitado de demonios y de lobos
feroces que anidaba detrás de los cristales.  Manejando
sus cartas y con la botella naciendo de su boca la
madrugada la sorprendía viendo nacer el sol.  Vete para
otros mundos le decía cada día abuela al padre sol.  
Abuela venía de lejos en el tiempo.  Su nación, la mochá
tutka, había sido devastada concienzudamente muchos
siglos atrás por el hombre blanco, el sin color, el sin
palabras.  Los abuelos de la abuela, sobrevivientes de
un pueblo que platicaba con los jaguares y los astros,
domesticados a palos jamás dejaron de creer en lo que
eran.  Venimos del sol y de los Andes, susurraban
despacio en los labios contándose uno al otro para
saber cuántos pervivían, igual que los demás cuentan
sus monedas de oro.  Quedamos nueve y mi hermana
Chuyma está encinta, susurraba padre en los labios de
madre.  Ahora somos cinco y la querida Chuyma hoy es
tierra mojada.  De uno en uno los mochá tutka partieron
hacia la vida larga y hacia el abrazado redimidor de
Illawara, nuestra madre primigenia.  Aterrados y solos
abuela y yo dejamos atrás el frío y nos echamos el
camino al hombro.  Vete para otros mundos sol de odio,
gritaba al alba la abuela borracha perdida en nuestro
cuarto de North Long Beach.  Lejos del corazón abierto
de su tierra lejana la abuela se durmió en la tarde.  Vete
para otros mundos, le dije a la abuela, a las cenizas que
eran ella lanzándolas al mar.  Amo este cielo caído
decía abuela en mis ojos cuando conoció el mar.  La
enorme magnitud de la hermosura es demasiado para
la pequeñez que somos, dijo abuela retomando las
palabras antiguas.  A ella le gustaba hablarme de los
primeros habitantes de las montañas viejas, de las
caminatas precursoras, de las danzas, del acariciar, del
apareamiento ritual con la tierra para germinarla a
orillas del gato de piedra, hoy conocido como el lago
Titicaca.  Llorando y con las venas de su sien a punto de
explotar me platicó del odio, de la magnitud del
terremoto en ancas de caballo que nos fulminó, del
estruendo de los cuerpos despedazados que corrían
asustados buscando el portal de los muertos.  Aún lo
buscan, aún corren por las sierras andinas con las
panzas abiertas buscando redención hasta el día que
Illawara regrese y se lleve con ella al último mochá tutka
que serás tú el que vaga solitario sin dejar
descendencia, y se dormía abuela borracha y harta de
estar sola y sin sangre en las venas.  Solo, último
vestigio de los mochá tutka en esta tierra de odio, en un
primer momento quise romper todo lazo con aquellos
que soy.  Vete para otros mundos, igual que la abuela le
grite al sol.  Desconectado, como todos, de una raíz
telúrica me perdí en la alegría momentánea del exceso.  
Sin límites amé, sin límites me amaron e
ilimitadamente la noche me llenó de cuchillos y de
heridas que no cicatrizaban.  La vida afuera correteaba
su sustento, unos con el coche, otros con la casa, la
pareja, las tarjetas de crédito, la promesa insegura del
futuro, pero yo no.  Seco, como una flor sin agua, dejé
pasar las horas de la misma manera que se deja pasar
un río crecido.  A veces con el odio que me heredó la
abuela y a veces con la abulia que me hereda el
universo entero decidí por primera vez penetrar a
patadas el portal de la muerte.  Recién había cortado
con la mujer comanche de los brazos de pulpo, la que
apretaba hasta estrangularme justo en el instante del
amor compartido, cuando, harto de gritarle puteadas al
padre sol, despacio, como viene la tarde o el orgasmo,
con ese cosquilleo delicioso que da el sentirse dios, o
en el supuesto de que exista como debería sentir dios,
abrí las venas de mis muñecas y anegue la bañera de
mi sangre mochá tutka.  Sin mucho aspaviento, el
desván está lleno de fantasmas suicidas, los médicos
me regresaron al camino de todos.  La mujer
comanche, su nombre prohibido no lo nombro, no
quiero que en la noche las águilas de fuego me
arranquen el cerebro, vino a mi lado, me besó largo,
tibia y dulcemente acarició mi cuerpo y en silencio una
vez más se alejó por la carretera que da al norte, con
rumbo al 710 y a sus camioneros adormilados.  Luego
vinieron los exiliados, los que estuvieron presos en ojos
de agua repletos de pirañas, y para completar el
panorama nos cayó la sequía que asoló como nadie
jamás la ciudad de Los Ángeles y sus alrededores.  En
quince meses el sol logró lo que ni los pandilleros ni
los policías habían logrado en sesenta años, despoblar
los callejones y los ghettos de basura viviente.
Montañas de cuerpos achicharrados por el sol
adornaron la quietud de un mediodía interminable.  
Tercos e inmortales millones de asombrados y
famélicos seres sobrevivimos la tragedia y
abrazándonos como hermanos los angelinos corrimos
frenéticos por entre los pasadizos que creó la primera
gran lluvia de la temporada.  Los carroñeros hablan,
escupen, ofenden, y yo harto de pelear con el mundo, el
mismo que me forma y del cual soy una parte
indivisible, me decidí por mi segunda muerte.  A la
mayoría la muerte lo sorprende con unas ganas
enormes de quedarse en la vida.  La gente se resiste,
patalea, suplica y termina alejándose rumbo al portal de
la muerte a empujones.  Nadie quiere perder lo que ha
logrado, los trofeos que ha cosechado y que son hijos,
una casa, una ropa, un nombre inmaculado, un amor de
fuego que en la noche delira de pasión.  Yo los he visto,
se niegan, se aferran a los árboles, a los últimos
rescoldos y luego se pierden malhumorados en la
extensa y desolada, según los ojos

del que mire, para nosotros los mochá tutka es una
fiesta, la región de los muertos.  Sin mucho que perder
mi segunda muerte se atragantó de pastillas y de vino.  
Por la ventana abierta abuela y las demás mujeres
mochá tutka se asomaban sonriendo.  Estamos
esperando por ti, decían, me hablaban entre risas de una
tierra hecha para nosotros sin golpes y sin orejas
cortadas.  Los hombres, lejos, lejísimos los mochá tutka
bailaban zangoloteando al sol felices de estar vivos, si
estar vivo es sentirse a gusto en cualquier lugar o en
cualquier circunstancia.  Gateando y arrastrándome yo
intenté alcanzar la mano que las abuelas viejas me
ofrendaban, pero de nuevo los médicos, fríos y objetivos
como números en la piedra, me regresaron al presente
eterno que desde que se inició este tiempo padecemos.  
El viento del sur, que todo se lo lleva, se ha llevado lo
mejor de mí, tus cabellos rubios, tus palabras, la esencia
de tu piel en la que yo danzaba feliz zangoloteando al sol.
 Un amanecer, recuerdo que la luna roja de la muerte
estaba perdiéndose sobre los edificios del centro,
cuando llamado por ese grito inmenso que viene desde
el mar y sin nada mejor qué hacer enfilé con todo lo que
soy a Santa Mónica.  No soy muy sensitivo, pero a veces
se despierta en mí el de adentro y me señala cosas que
yo no puedo ver.  El sol, bañado en sangre recién nacida,
se asomó en el naciente y enmarcada en su luz y
sentada en un lecho de piedras estabas tú justo bajo
aquel brillar naciente que iluminaba el sur de California.  
El viento en los cabellos me trajo tu aire lejano y
extranjero, como todos, dijiste.  Venías del calor y de la
nostalgia y eras un enorme interrogante que alimentaba
al sol entre el frío y el viento que ese día extrañamente
nos llegaba del norte.  Todo te gustaba saberlo y
confrontarlo.  Mi tierra llueve piedras y mi sol cada día
nace por el oeste, me decías jugando a enloquecerme.  
Vengo de aquí y voy para muy cerca, me decías en los
labios, mía y del universo.  En un principio, es natural
temer que te roben, te arranquen la cartera y te saquen
los ojos, no me dijiste nada.  Tus pies descalzos se
helaban en el agua también por siempre helada del
Pacífico.  Harta de mi silencio y mi contemplación dejaste
que yo te acompañara en el mutismo.  Algo me llama a ti
que viene de muy lejos, de la nieve, de los lagos, de las
fundaciones remotas que habitan dentro de mí, quise
decirte, pero me quedé callado frente al mar enorme
recordando el asombro de la abuela.  Tenías un nombre
extraño que no quise escuchar y te llamé Illawara,
estrella de más suerte.  Te reíste frente a mí y me
reconstruiste en un segundo los puentes a la vida.  
Lenta, como quien abre una puerta olvidada, me
hablaste de tu tierra lejana y un poco de los proyectos y
de un hombre y de un amor de hierro.  Ojalá fueras la
fogonera de un viejo tren, te dije, pero no tenías tiempo
para las encrucijadas insolubles.  Tres días ibas a estar
en Los Ángeles y de nuevo el olvido, la abulia inmensa,
la nostalgia por lo que no ha sucedido iban a quedar
entre mis manos vacías de ti.  En pocas palabras te
expliqué quién y de dónde es que viene mi sangre, y soy
el último, te dije intentando engrandecer mi presencia a
tus ojos.  Las autopistas raudas y un militar apacible y
humano, seguías tú jugando a desconcertarme con tus
frases que rompían mis esquemas.  He nacido para
recordar, te dije y tú te reías de mí, en mi boca y de mí
mientras mis manos querían acariciarte en mitad de la
calle y ante el planeta entero.  Abuela me hablaba de
Illawara y de la profecía de encontrarla retornando del sol
y sobre el mar.  Igual que en el pasado de ella venimos
todos, susurraba abuela la historia.  Solita y con la panza
repletita de todos sus hijos mochá tutka Illawara vino del
sol y se acostó a sembrarnos en la tierra.  Cansada y
triste al ver desde el Ackon Cahuak, nuestro guardián de
piedra, lo que hacían de nosotros los que vomitó el mar
ella vino una noche y nos abrió el portal de la muerte.  
Por aquí hijos del sol, por aquí mochás tutkas, que yo los
esperaré del otro lado para consolarlos y bailar con
ustedes.  Abuela decía que Illawara había abierto el
portal de la muerte para nosotros y que justo antes que
muriera el último hijo del sol mochá tutka iba a regresar
a cerrarlo, y tú sabrás quien es, tú sabrás encontrarla,
me decía reventada de alcohol y pidiéndole a gritos al
padre sol que se fuera a otros rumbos.  Dudando entre
platicarte Illawara lo que entonces significabas para mí,
me deje llevar de tu voz y de los devaneos que el destino,
que quizá no existe, decías tú, tuvieran destinado para
mí.  Eras Illawara y no, todas son Illawara, me decía la
abuela en la penumbra mientras yo caminaba a tu lado
viendo morir al sol por el este.  Todo conmigo es caos,
decías ardiendo el hielo, y sonreías por sobre las calles
en su guerra eterna.  Mirando atrás no somos más que
los habitantes de una estación vacía que ve pasar el tren.
 Todos los demás desde siempre han sido los
pasajeros menos nosotros, eso te decía con la voz
escondida queriendo darle vida a mis dedos por entre
tus cabellos, tus labios levemente pintados que
relumbraban sedientos bajo el sol que había nacido por
esta única vez en el poniente.  Tenías prisa de regresar a
tu presente y con la ciudad a tu espalda escuchaste mi
historia.  Sentada en una piedra, ojos abiertos la noche
de los tiempos me deshiló ante ti.  Cómo justificar el no
ser nadie, cómo ser un hombre eterno para tomarte en
brazos y revolver tu pelo, pero tú Illawara, la de adentro, la
que venías de lejos, asombrada me dijiste sí y no a todo.  
Otro deschavetado más, sin duda pensarías rompiendo
el alba.  Me diste por mi lado abriendo las ventanas,
dándome un beso, escondiendo debajo de las rocas un
geranio.  Me gusta agosto al sol, dijiste antes de alejarte
con tus pasos medidos dejándome una estela de
tejados mordidos.  Por fin el ciclo mochá tutka se cerraba
a tu paso fogonera de todos los trenes sin destino.  Vete
para otros rumbos padre sol, grito como la abuela
sentado en la espesura de las tierras shoshonas.  
Desgarro lento mi piel con un cuchillo para que desde lo
más intrincado de los bosques secuoyanos los lobos, si
tengo suerte un oso, escuchen el remoto llamado de mi
sangre y vengan y entre cantos y danzas me regresen la
senda, me lleven al portal de la muerte donde me
esperas tú Illawara y todos los mochá tatku que son hijos
del sol para iniciar la fiesta.
C U E N T O S
ILLAWARA
José Manuel Rodríguez

José   Manuel    Rodríguez  es   un   cuentista   y   
novelista que nació en Bogotá, Colombia, en 1966.  
Egresó del  taller de  escritores  de  la  Universidad  
Central  y de la Universidad  Externado.     Entre  
1983  y 1988 participó  del   grupo literario  Tinta
Fresca  y  actualmente  es  miembro  de  La
Luciérnaga.  Su  trabajo  fue  reconocido con
prestigiosos premios como  el  Letras de Oro,
Miami; Premio Fernando de  la  Mora y Juan Rulfo,
París;  y un Premio de la Revista Crisis, Buenos
Aires. Desde 1988 reside en California.

Cuando Mercedes Sosa se presentó en un teatro de UCLA hace como seis años atrás, yo estaba con mi
esposa y amigos en un asiento que parecía más cerca del cielo que del escenario.  Y aunque La Negra
era robusta y ese poncho multicolor ocupaba considerable espacio, apenas se la podía ver con
binoculares que eran más apropiados para una campaña militar que para un lugar tan elegante.  Pero
cuando empezó a cantar, no importó la distancia, no importó el asiento ni los binoculares, porque esa voz
de trueno angelical resonó en el espacio como nunca antes.  Era la voz que durante años había admirado
en grabaciones y que, emocionado, escuchaba personalmente por primera vez.   Aún más importante, era
la voz que mi generación siempre supo que, genuinamente, representaba a los pobres y marginados de
nuestra América Latina.

Ahora La Negra se nos fue y es como si un pedazo irrecuperable de Argentina se hubiese perdido para
siempre.  Y el país llora.  Especialmente lloran los campesinos del norte argentino, los trabajadores de
ingenios, los indios marginados, los pobres que siempre fueron la temática principal de una Mercedes
Sosa que prestó su voz para denunciar las injusticias históricas del continente.

La gran diferencia de Mercedes Sosa con otros cantantes de moda de la izquierda latinoamericana, era
que con La Negra se sabía que había un compromiso, un verdadero y auténtico compromiso, porque ella
misma venía de las entrañas de la pobreza del norte argentino.  Había nacido en San Miguel de Tucumán
en el seno de una familia trabajadora en donde sobrevivir era un menester diario.  A los quince años ganó
un concurso de radio que le dio la motivación para empezar a cantar en serio.  Después se casaría y se
iría a la provincia de Mendoza, al pie de los majestuosos Andes, en donde comenzaría a desarrollar ese
particular estilo que la conectaría con el movimiento de la Nueva Canción que, en la década de 1960 y
1970, mezclaría la tradicional música folclórica con la crítica social.  Su consagración llegaría en 1965, en
el famoso Festival de Folclore de Cosquín.

De la misma manera en que los pobres y los olvidados de Argentina amaban a esta mujer de rasgos
indios y voz de trueno,  los militares golpistas, los terranientes explotadores, los industrialistas
oportunistas, o sea a todos aquellos que La Negra denunciaba en sus canciones, la detestaban y la
acusaban de comunista.  Durante la dictadura militar de 1976-83, la amenazaron, la prohibieron, la
acosaron y finalmente, cansada, Mercedes Sosa terminó por exiliarse en Francia.

Dicen los que la escucharon en esa época que era como si la voz se le hubiese apagado, como que la
misma tristeza que silenció al país cuando los militares secuestraban, torturaban y asesinaban, la misma
demoledora tristeza cayó sobre La Negra.  Pero después volvió y llenó estadios y ayudó a que Argentina se
cargase de la energía que requería para confrontar su pasado y entrar en la democracia.

Pasarán los años, cambiarán las melodías, se redibujarán los sueños del continente, pero la Voz de
Latinoamérica, la que nos enseñó a dar gracias a la vida, esa Negra hermosa que transpirada y bombo en
mano hablaba de tierras mágicas y campesinos explotados, será una parte permanente de nuestra
herencia cultural.  
E N S A Y O S
Y SE NOS FUE LA NEGRA...:
Recordando a Mercedes Sosa
Jorge Laprida

Jorge Laprida es el pseudónimo de un escritor argentino.

En países donde no hay carrera diplomática, hay diplomáticos
a la carrera.

Más vale una buena mano que una mala lengua.

Estados Unidos no es una nación común y corriente, sin
embargo, su futuro está en manos de un tipo común y
corriente.

La vejez mantiene vivas las ganas y muertos los medios.

En los zoológicos, los animales nos ven entre rejas.

La mujer al marido: "¿Cómo quieres que te extrañe, si aún no
te largas?".

En el último beso hay un toque de queda.

No cabe duda de que en los años 60, los Beatles hicieron
mucho ruido.

El emigrante es huésped de muchas partes e inquilino de
ninguna.

Un buen cirujano no corta por lo sano.

Mis zapatos son tan viejos que ya están sacando la mano.

Definición de Supervisor: Empleado de buenas acciones y
responsable por las malas acciones de otros empleados.
R E F L E X I O N E S
MÁXIMAS Y MÍNIMAS
Rafael Carvajal
Rafael Carvajal es de Colombia. Escribe
ingeniosos  dichos populares.
© La Luciérnaga Online, 2009
Esther Segovia    
     
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Anamaría Menéndez
y Gustavo Mendoza     
            
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