Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
AGOSTO-DICIEMBRE 2012
P. O. E. S. I. A.   E N   L A   L U C I É R N A G A  
E D I T O R I A L

Ni el intenso calor que castigó a la región logró desanimar a los más de treinta luciérnagos que se reunieron en Northridge, California, en la última
peña del verano de 2012.  Como de costumbre, se leyeron poesías, cuentos, ensayos y se compartieron diferentes platos y vinos que los participantes
trajeron.  Pero el gran evento de la noche fue el sorpresivo arribo de Cristina Stanghellini quien, después de una larga ausencia, volvió a reencontrarse
con sus viejos amigos de La Luciérnaga.
Cristina Stanghellini es una poeta y promotora cultural quien, junto a Mauricio Campos, dirige el grupo P.O.E.S.Í.A. (Poetas Organizados en un Espacio
Social, Intelectual y Artístico).  Si bien en el pasado, La Luciérnaga y POESÍA emprendieron estrategias diferentes es obvio que ambas organizaciones
tienen como objetivo común el promover la cultura latina.  Esto se ve fortalecido por el hecho que algunos de los miembros de La Luciérnaga participan
de los eventos que Stanghellini organiza.  Una participación que, sin duda, mantiene viva las conexiones con la organización hermana POESÍA.
Stanghellini, quien padeció una seria crisis médica de la que ya se está recuperando, fue recibida con fuertes aplausos y abrazos por parte de los
luciérnagos.
Si bien Stanghellini no leyó ninguno de sus trabajos, recordó las variadas actividades y emprendimientos que realiza POESÍA, incluyendo la reciente
producción de un CD, “12 Poetas y Una Voz”.  La Luciérnaga recibió de regalo un CD y se escucharon algunas de las canciones interpretadas por
Genio Torres.  Entre otros, el CD incluía poemas como “Vive Pez”, de Alejandro Molina; “Abres tu Boca”, de Mauricio Campos; “Islenira no ha Muerto”, de
Julio Benítez; y “Hablando con Martí”, de Margarita Noguera.
Stanghellini aprovechó la ocasión para recordar que ya se publicó la edición número 56 de la Revista Cultural Hispanoamericana, de agosto-
septiembre 2012, que es dirigida por Mauricio Campos y en la que se incluyen trabajos de Leonardo Ibáñez, Margarita Noguera, Oxc Lebrán y Julio
Benítez.

Hablando de otras organizaciones culturales cabe mencionar que un miembro de La Luciérnaga, Alejandro Molina, está dirigiendo “Noches de Canto y
Poesía”, todos los miércoles de 8 a 10 de la noche, en Tía Chucha´s, una librería chicana transformada en centro cultural que se encuentra en Sylmar.  
Si bien cada reunión cuenta con un invitado especial, los asistentes pueden presentar lecturas en español.
Entre los escritores de la Luciérnaga que ya han participado se encuentran José Manuel Rodríguez Walteros, George De Aztlán, Julio Benítez, Ricardo
Rodas y Néstor Fantini.
Finalmente, los organizadores de la segunda antología que publicará La Luciérnaga, ya recibieron los trabajos que van a ser considerados y
próximamente se anunciará los que serán incluidos.  

La próxima reunión de La Luciérnaga, el 20 de octubre, tiene una importancia especial ya que la peña cumple años.  Será el séptimo año de reuniones
mensuales consecutivas e ininterrumpidas.  Un logro que nadie se imaginó cuando en octubre de 2005 un grupo de soñadores se juntó, en la cocina
de una casa de Northridge, a planificar el resurgimiento de La Peña Literaria La Luciérnaga.


Cecilia Davicco
Editora
P O E S Í A S
CARTA ABIERTA DE UN INMIGRANTE
Ricardo Alejandro Rodas


Sr. Presidente, Sres. Senadores, Sres. Diputados;
mis respetos a sus personas, a sus envestiduras
y a quienes representan...

Me dirijo a ustedes a través de esta misiva,
con la intención de traer una inquietud
tan antigua como la humanidad
y tan actual como la última tecnología.  

La migración humana...
Y porque están en sus manos decisiones trascendentales,...
como un inmigrante más, quiero manifestarles que...

Somos inmigrantes,...
como alguna vez lo fueran españoles,
italianos, británicos y tantos otros,
en Argentina, Chile, Brasil, México...
Somos inmigrantes, como lo fueran alguna vez
los Peregrinos, que llegaron a Estados Unidos
en busca de un mundo nuevo.

Así es, somos inmigrantes,...
como lo fueran sus antepasados,
como lo fueran nuestros antepasados,...
con los mismos sueños,
con los mismos deseos de progreso.

Somos inmigrantes,...
con anhelos de un trabajo digno, sin ser evadidos,
con ansias de una educación digna, sin ser discriminados,
con anhelos de una vivienda digna, sin ser desalojados.

Con la esperanza de un futuro sin persecuciones,
con la esperanza de un futuro mejor
para nuestras familias que navegan en la incertidumbre.

Somos inmigrantes,...
deseosos de libertad, igualdad y respeto.
Somos inmigrantes, con deseos de tener la libertad
de dar lo mejor de nosotros, a este pueblo.



RICARDO RODAS es un poeta y declamador argentino que reside en
Los Ángeles y es un activo participante de La Luciérnaga.
UNA ESTRELLA
Leonardo Ibáñez

..........Quiero una estrella.
Esa herida en el cono sur de la tortura.
Quiero, colocarla en el dibujo brillante,
tal vez para recuerdo de mis hijos.


..........Quiero una estrella.
Esa fría en el dolor.
Recogerla, darle vida nueva,
tal vez para guardarla en mi cautiverio.


..........Quiero una estrella.
Esa impresa en tu palabra.
Tomarla, para poner uns flor
en su centro,
tal vez para una unidad de la primavera.


..........Quiero una estrella.
Esa que contempla la muerte,
tenerla en mi mano,
tal vez para que el poeta
que hace crecer las esperanzas.




POEMA



No, a la paz
manchada con sangre.
No, al amor
de tabernáculos inquisitoriales.
No, a la felicidad
construída sobre cadáveres.
No, al llanto
arrancado por la tortura desenfrenada.
Pero siempre un gran sí,
al hombre puro y simple de mi pueblo!


LEONARDO IBÁÑEZ  es un  artista  plástico  y poeta chileno que
reside   en Los Angeles. Para ver más trabajos de Leonardo,
visitar:
http://fineartamerica.com/profiles/leonardo-ibanez.html
BAILARINAS
Ivan Figueroa

Niñas que danzan y cantan
al ritmo de poesías y canciones,
ninfas que son como ángeles
que al sátiro despiertan emociones.


Son aquellas delicadas libélulas
al compás de una celestial melodía,
bailarinas de balet...vernáculas,
que hacen tambalear la filosofía.


Ellas con sus lindas caritas
y cuerpecitos que son un primor,
dejan resaltar sus cositas
para seducir al pintor.



MORENA

Parece que un insulto fuera
el decirte que te quiero,
no ves que por ti me muero,
esto no lo digo a cualquiera.


Morena color de miel,
mas fina que el aroma de Chanel,dejas
grabado en mi piel
versos y suspiros a granel.


Creo que el indulto merezco
si fue mi intento quererte,
aunque un totno parezco,
morena...quiero tenerte.


IVÁN FIGUEROA nació en Nicaragua.Emigró a los
Estados Unidos donde actualmente reside. Es
miembro de NAOF  y SEA,  organizaciones
culturales nicaraguenses dedicadas a la promoción
de la cultura.De su libro "Litoral", hemos extraído
estos poemas.
C U E N T O S
Escuchar cómo se caen uno a uno los sueños y se rompen de cristal en los bajos del puente es una extraña
forma de despertarse a esta realidad que nadie quiere reconocer.  Desde siempre, desde antes de los
hombres barbados y metálicos, esta tierra pantanosa que hoy se llama North Long Beach era una llaga mal
mirada por los viejos Shoshones.  Seres abominables brotaban de su entraña devorándoselo todo.  En el
círculo sagrado de los tipis cupeños montaban guardia los jóvenes guerreros armados de lanzas y de flechas
salvaguardando la comunidad de un ataque de los hombres lobo.  Los nativos de las tierras centrales
llamaron a mi gente hijos de Owayodata, pero aquí, escupiendo a la fogata y librándose del mal presagio
simplemente decían los lobos rojos al referirse a los devoradores de carne que vomitaban de vez en cuando
las tierras inhóspitas cercanas a la playa helada y tempestuosa que hoy los sobrevivientes del naufragio
llaman Long Beach.  Vienen de las estrellas y llegaron cuando aún la tierra estaba calientita y blanda, decían
en torno al hogar y contaban frugales ceremonias donde nosotros sacrificábamos a los Wintun y a los
Shumash prisioneros para beneplácito de nuestros cuatro estómagos, de nuestra hambre indomeñable que
según ellos había devastado planetas enteros hasta llegar aquí.  Librarse de nosotros en vida a pesar de ser
un arduo trabajo para los nativos de la gran California no se comparaba con la magnitud inconmensurable de
librarse de nosotros en muerte.  Venidos de presentes ignotos y estelares los lobos rojos solían atrapar las
almas, el tonal, la esencia de los muertos para llevarlos con ellos a habitar sus ciudades malditas profundo
adentro de la tierra por la cueva sin fin, esa era la leyenda propagada de callejón a callejón desde Culver City
hasta la blanca y habitada de mujeres con rostro de arco iris Simi Valley.  A los hombres se los devoraban de a
pocos esclavizándolos en trabajos forzados y a las mujeres las utilizaban como vientres prolijos.  Una enorme
piedra clausuró hace muchos lustros la entrada o la salida a nuestros mundos sellando la gruta de Aztací, que
en referencia a nuestro lugar de origen significa dentro de la madre.  Los buscadores de oro hartos de tener
miedo se decidieron de una buena vez y con muchos trabajos a taparle la boca a la ignominia, hoy esa gesta
apenas se recuerda y nuestro paso por esta tierra quedó reseñado en unas líneas perdidas que se conservan
a pesar de todos y de todo en un memorial de viajes que un viejo gambusero holandés llamado Nestoriuss
Fantini el rojo, famoso por ser el despiadado amor de Calamity Jane y no por denunciar una horda de
saqueadores de tumbas y de bebedores de sangre escribió y que lo catapultó al olvido acusado de borracho y
de embustero.  Bajo el sol rompe huesos de un 21 de agosto para ser exactos de principios de un siglo
marcado por el hacha y las cruces en fuego, sin decir agua va y ayudados por todos los caballos de la tierra
pulgada a pulgada movieron los tramperos una montaña entera hasta sellar la cueva por donde aparecían los
lobos rojos destilando pavor.  Signal Hill se llama hoy la tierra que en esos momentos no tenía otro nombre
que la zona, allá por donde apesta, decían siempre evitando tan siquiera nombrar lo que nosotros
llamábamos Aztací.  El temor y los ríos de wiskie barato pronto hicieron olvidar que alguna vez por entre la
niebla apestosa y por entre los ríos calientes que después se convirtieron en petróleo surgían a la luz unos
seres enormes que venían de más allá del Tlahuizcalpantecutli que es como los antiguos nombraban al
lucero del día y de la noche.  La escurridiza luna azul de Venus nos dio la piel y el escurridizo viento que la
cubre nos dio el espíritu.  Hoy de esa montaña que confinó a la noche eterna y al encierro a mis ancestros solo
sobresale un peñasco que ignorado del mundo campea en un rincón de la sherry y de la Willow cubierto de
grafitis pandilleros en mitad de un cementerio predominantemente Serbio.  Los contadísimos lobos rojos que
sobrevivieron la rapiña medrosa de los voraces forty-niners se replegaron alejados para siempre de su
corazón palpitante a donde primero encontraron cobijo.  Pocos de ellos pudieron adaptarse a la nueva
realidad.  Los demás sucumbieron de tristeza y soletudi, solidão dos lobos vermelhos que vêm de outro
mundo.  En todas las lenguas del horizonte ellos, mis abuelos, clamaron su tristeza.  Sus cuerpos muertos e
incorruptibles tirados en los callejones en algunas ocasiones sobrevivieron ignorados por todos inviernos y
veranos hasta terminar siendo devorados por los lobos que venían atraídos por un llamado ancestral e interno
desde las nieves eternas de San Bernardino.  Perennes e invencibles cuando viven en comunidad solos los
lobos rojos se apagan como una flama en la tormenta.   Incapaces de vivir lejos de su entraña los hijos del
primer lobo rojo se acomodaron en las nacientes ciudades que bordeaban la cueva clausurada.  De bajo perfil
primero en los barrios afroamericanos y luego en los ghettos latinos los lobos rojos sobrevivieron al huracán
del odio con más pena que gloria.  Atraídos por la carne cruda, por la sangre burbujeante y caliente que es el
elixir de la vida y siempre maravillados de ver nacer y morir el sol y mirando hacia el Aztací la información
genética que traemos los lobos rojos nos niega la posibilidad de ser igual que ustedes.  Solos y atormentados
a veces nos dejamos ver por los centros comerciales o por las paradas de los autobuses.  De nariz aguileña y
de venas resaltadas tranqueamos nuestras piernas largas y nuestros silencios que no piden nada por los
cafés y los restaurantes de la zona.  De cabellos invariablemente negros puedes encontrarnos de seguro el 21
de agosto en el centro del cementerio serbio pegados a la piedra que nos guarda.  El llanto es ese lazo que
nos conecta con los que están aquí en otra dimensión, allí donde no existe el cerca ni el lejos y en donde el
tiempo no va para los lados.  La relatividad no existe entre nosotros.  Harto de correr, caminar, agacharme,
trepar paredes que llevan a ningún lado me estoy dando a la tarea de arrancarme la máscara.  Una parte de mí
comparte los anhelos, las ansias, los desvelos de los habitantes del gran condado de Los Ángeles.  De ellos
he aprendido a concederme la miel en las victorias y la sal en las derrotas cotidianas.  Miro caderas de
ensueño y cuento las monedas que me separan de la vida digna que me han convencido que merezco y cada
vez estoy más lejos de ese noble ideal.  Dos por tres lo confieso me dejo llevar de las voces ignotas y
profundas y saboreo una piel abierta, trepado en el placer de sentir un surtidor de fuego viniendo desde afuera
bebo de la sangre y como de la carne del humano, son tantos que una docena menos en el año no llaman la
atención.  Las cada vez más espaciadas veces que me topo con otro lobo rojo se convierten en un dolor
incomodo.  Como si alguien te tirara una manotada de agua podrida en el rostro lo sentimos.  Sabedor del
infierno interno que padece evito contemplarme en sus ojos.  Si se puede a la carrera me alejo de su senda,
de su hábitat, de la zona donde invariablemente ha de salir a cazar y atentamente tomo nota del lugar y la hora
para evitar encuentros que nos dañen el día.  Hace tiempo conté cuatro lobos rojos sobrevivientes que debido
a la transmutación del aceite en el agua se convirtieron en tres que un ataque voraz de melancolía y de amor
transformó en dos por la magia de dejarse morir de inanición.  Hermana de los cabellos dorados quiero sentir
el amor humano que envenena los dedos, escribió el lobo rojo en la piedra dorada del vetusto cementerio
serbio con sus últimas fuerzas.  Los más viejos del barrio aún rememoran lo que entonces se conoció como
la invasión de los lobos.  Vinieron a devorarse uno de sus hermanos, fueron un par de noches terribles en las
que el único que se atrevió a dejar la seguridad de las casas e investigar por qué tanto barullo fue un viejo
deschavetado que llamaban Fantini el Rojo y que pasmado por lo que contempló a partir de esas fechas se
largó incólume a contemplar el cielo buscando una respuesta.  Aztací, solía repetir hasta el cansancio a lomos
de sus borracheras legendarias sin que nadie pudiera descifrar qué diablos significaba eso.  Hace añales que
vino por última vez el otro lobo rojo a la Sherry y la Willow y hace una eternidad que yo vago solo por las calles
buscando en cada rostro una señal.  Esporádica la sed me obliga a dejar a un lado la tranquilidad de mi
escondite para salir a hacer lo que mejor nos sale a los lobos rojos.  Cuidándome de todos me trepo a la
pared y cuidando de no pisar sobre los muertos ajenos me abrazó a la piedra que me resguarda el Aztací y
lloro que como ya lo saben es nuestra única manera de ser parte del Tlahuizcalpantecutli, del lucero del día y
de la noche, de la Venus que es nuestra madre eterna que dormita a la espera de que vengan los grandes
terremotos y nos abran la puerta para siempre.
LOS LOBOS ROJOS
Jose Manuel Rodriguez
EL ONCE
Elina Bradel
ELINA BRADEL es de Berisso, provincia de Buenos Aires,
Argentina.  Su otr apasión, aparte de su club Gimnasia y
Esgrima, "El Lobo", es la literatura.  Este cuento fue parte
del Concurso Internacional de Poesía y Cuentos de La
Luciérnaga 2011.
Comencé a levantarme remisamente del asiento en el cual estaba sentada. Ya sólo escuchaba la voz agónica  de Leandro, el cual hablaba incesantemente con las
demás personas. No vislumbraba a nadie, sólo escuchaba frases inconexas, desconectadas, provenientes de alguna parte de la casa. De espaldas, y repasando en
mi registro mental la ubicación de la puerta de calle de la casa, me dirigía a escaparme de ese lugar, o sea, la morada de Leandro. Mis pasos eran firmes pero
cautelosos. No quería que ni Leandro, ni las demás personas, notaran mi partida escurridiza. Continuaba de espaldas, palpando las paredes, el diván, el piano,
siempre intentando llegar a la puerta de salida. Sabía que estaba cerca de ella, ya que el piano estaba próximo a la misma, en el helado living de esa casa. Continué
caminando sosegadamente  y en silencio, hasta que logré palpar una de las columnas del hall de entrada. Si franqueaba la columna, llegaba a la puerta. Llegué a la
puerta. Giré el picaporte, implorando, en silencio, no hacer ni el más mínimo ruido, pero la puerta no se abrió: estaba cerrada con llave. Palpé la cerradura, pero la llave
no estaba allí. Un escalofrío intenso recorrió mi cuerpo al ver a Leandro asomarse detrás de una de las columnas del hall de entrada, y dirigirse hacia mí.
Nos conocimos en el edificio en el que ambos trabajábamos: él en el sexto piso y yo en el cuarto piso. Cumplíamos tareas diferentes dentro del lugar de trabajo, ya que
yo era la secretaria de su jefe. El cual era mi jefe también. Pero Leandro era un empleado más. No tardamos en simpatizarnos. O quizás sí, ya que él estaba de novio y
no era acorde intentar un acercamiento carnal con él. Pero debo sincerarme: no era de mi incumbencia  el noviazgo de Leandro, así que intentaba concentrarme en él,
pensar en él, y no en su noviazgo.
Era un hombre sumamente guapo: ojos marrones, cabellera ondulada castaña, bellísima sonrisa y una mirada pavorosamente sexual. Cada vez que nos mirábamos,
nos deseábamos de sobremanera, al punto de desnudarnos con los ojos.
Lo escaso que existía entre Leandro y yo se remitía y limitaba a horarios laborales: algún encuentro en el ascensor, en alguna oficina, en algún pasillo. Fuera del
trabajo, no teníamos relación alguna. Pero haciendo caso a mis deseos más desfachatados, llegó el día en que nos encontramos fuera del edificio laboral. Fuimos de
copas a un bar ubicado en Avenida Corrientes y 9 de Julio, pleno centro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Fue la primera vez que estuvimos a solas. Ni siquiera
existía la gente ubicada en las mesas contiguas a la nuestra: éramos él y yo. A altas horas de la madrugada, terminamos yendo a su casa. Al llegar, nos sentamos en
un sillón ubicado en el living de su casa. Seguimos bebiendo, hasta que comenzamos a besarnos y acariciarnos, como si todas las ganas reprimidas explotaran
atónitamente en ese momento. Comencé a sentir su excitación, cada vez más intensa, al igual que la mía. Sus manos, sobre mi cuerpo, ardían de placer, deslizándose
por todas las partes imaginables. Y las inimaginables también. Y ahí mismo, en ese living helado, me llevó, entre besos y caricias, hasta una de las paredes del
mismo, que comunicaba a un pasillo, me subió la pollera, comenzó a besarme mis partes íntimas, y me hizo el amor de una manera violentamente intensa. Ese sexo
que deja marcas de placer en la piel. Terminamos. Prendí un cigarrillo, conversamos algunas palabras, y me invitó a dormir con él. Fue la primera noche que dormimos
juntos. Al despertarnos, la mañana siguiente, hicimos un pacto: nadie debería enterarse de nuestro encuentro, ni dentro del trabajo, ni fuera de él, ya que él tenía novia.
Me bañé, me cambié y me fui.

Nadie debía enterarse dentro del ámbito laboral, ya que mi jefe (y su jefe también) tenía intenciones extrañas conmigo: me llamaba por teléfono para decirme cosas
subidas de tono, del tipo “si te agarro hoy te mato”, o “te veo divina hoy”, entonces no era conveniente ni oportuno que éste hombre sepa que su secretaria había tenido
un encuentro íntimo con unos de sus empleados. Es más, suelo recordar una y otra vez las veces que mi jefe me llamaba a su despacho y cerraba la puerta del mismo
con llave, una vez que ambos estábamos dentro, y me invitaba a salir, a su casa, intentaba tocarme los pechos, los glúteos, e incluso llegó a masturbarse frente a mí
hasta eyacular en la alfombra de su despacho. Por supuesto que yo no iba a limpiar, así que, como pudo, tuvo que hacerse cargo del semen disperso en la alfombra.
Los encuentros con Leandro eran cada vez más frecuentes, aunque comenzaba a impacientarme los días en que optaba por su novia, y no por encontrarse conmigo.
En esos momentos pensaba en la frase que, alguna vez, escribió Ian Curtis: “your confusion, my illusion”, aunque nunca supe si Leandro estaba realmente confundido.
Quizás era mi estima hacia él en aumento que me enceguecía, y creía sentir que él me apreciaba,
Siempre que nos encontrábamos, teníamos sexo. Del brutal, del desenfrenado, del ilimitado. Y conversábamos mucho, quizás demasiado. En una de nuestras
conversaciones post sexo, me comenzó a hablar de la casa. Era una casa importante, con 2 entradas, una entrada estaba en la cocina y la otra (que se suponía ser la
entrada principal) se encontraba en el living, cuya puerta estaba resguardada por dos altas columnas de mármol. Un pasillo oscuro y con alfombra roja en el
embaldosado, unía la cocina con el living. Dicho pasillo conectaba las cuatro habitaciones que contenía la casa. Dos habitaciones poseían baño privado. Junto al living
había dos puertas: una comunicaba al escritorio y la otra al comedor diario. Había una habitación que nunca se abría, y era la cuarta, contando desde la cocina en
adelante. Leandro me comenzó a relatar que en dicha casa habían muerto varias personas. Una de ellas era un bebé que, por su excesivo llanto, la madre del mismo
tomó la espeluznante decisión de ahogarlo con una almohada y, una vez muerto su hijo, se ahorcó de uno de los tirantes de la cuarta habitación. La que siempre
permanecía cerrada. Otra persona fallecida allí era un anciano, que fue dejado atado con esposas a una silla del living, y abandonado por su familia. El anciano murió
de hambre y sed. Según Leandro, había más gente que murió allí, pero que no quería contarme porque me asustaría. Yo ya estaba asustada, y le pregunté:
-¿Alguna vez has visto los espectros de ésta gente en tu casa?.
-Sí, infinidad de veces. Al viejo lo vi varias veces arrastrándose por el pasillo, o ingresando a mi habitación, o en la habitación de al lado. A la madre del bebé la veo
bastante seguido: me pide que le haga el amor hasta el cansancio. Y yo no me puedo negar, es una mujer irresistible. A veces viene con otras mujeres, y me pide que
le haga el amor a todas. Y yo cumplo con lo que ellas desean. Incluso he visto al bebé en reiteradas veces: una sola vez me asusté, cuando lo vi gatear por una de las
paredes. Ya después me acostumbré a todos ellos.
-Leandro, estás demente. Hacerle el amor a un ¿fantasma?.¡Eso es una locura!. Estás enfermo, muy enfermo.
-Pero, princesa, ¿ qué estás diciendo?. Yo vivo con ellos, los respeto y me respetan, me hablan y les hablo, la madre del bebé me pide sexo y le doy sexo, al igual que a
vos.
-¡ Pero yo no estoy muerta!, le dije.

Ahí mismo, y llena de pánico, me dirigí hacia la puerta y salí, prometiéndole que volveríamos a vernos y hablaríamos del tema. Me sentía perturbada. Tenía miedo de
volver a ver a Leandro. De volver a esa casa.
Pasaron los días, y tanto mi jefe como la novia de Leandro supieron de nuestros encuentros: yo fui puesta en aviso de que si se mantenía la relación quedaba
automáticamente despedida de mi trabajo. Entonces opté por dejar de encontrarme con Leandro fuera del trabajo. Lo que había entre nosotros era estrictamente
laboral, nuevamente. A él también le pareció apropiado.
Cierto día me llama a mi oficina, desde su casa, y me pide de encontrarnos, para hablar. Me dice que me extraña y que necesita verme. Accedí a verlo, sin decir una sola
palabra: él y yo sabíamos de ese encuentro. Nadie más. Me pidió que vaya a su casa, que quería que hablemos tranquilos, y allí me dirigí. Al llegar, estaba algo
alcoholizado. Hablaba pausadamente pero trastabillaba en su marcha. Nos sentamos en el living, siempre helado, y me ofreció algo de beber, lo cual rechacé. Se
escuchaban ruidos constantes y agresivos, pero no había nadie más en la casa. Para sacarme la duda, le pregunté a Leandro si había alguien más en la casa,
-Sí, están todos ellos - respondió Leandro.
-¿Quiénes? - pregunté.
-El viejo, la madre del bebé y las otras hermosas mujeres, el bebé. Están todos por ahí, ¿no escuchas los ruidos, Eli?
-No me embromes, esos ruidos no los pueden provocar fantasmas. Acá hay más gente. Si querés vuelvo en otro momento, Leandro.
-No, mi amor. Acá estamos vos, yo y ellos. Pero los dueños de la casa son ellos, así que pueden hacer los ruidos que quieran, mientras no te molesten.
-Me molesta, y mucho. Y descreo de los fantasmas, así que, si es cierto, que se hagan presentes, o hagan algo relevante, - dije.
Al terminar de decir esas palabras, la ventana que estaba en uno de los laterales de la puerta de entrada del living, se abrió de par en par. Las ventanas golpeaban
contra la pared. Leandro intentó cerrarla, pero le resultaba imposible. Yo misma intenté cerrarla, pero también fue imposible para mí.
-¿Ves lo que hiciste, Eli?. Están furiosos, y no conmigo.
-Sigo sin creer nada, Leandro. Sos un psicópata, un enfermo, me quiero ir de acá.
-No, vos no te vas. Viniste a que hablemos, a tener sexo y a dormir juntos, Eli, ¿o no te acordás de lo bien que la pasamos?.
-La pasábamos bien, Leandro. Ya no. Esto me asusta y mucho. Quiero irme de acá.
-No te vayas, Eli. Dame unos minutos que voy a ver como están, y vuelvo.
-¿Cómo  están quiénes?.
-Los dueños de la casa.
-Estás muy enfermo, Leandro.
-¿Creés eso?.
-Por supuesto, ¡hablar con espíritus, y no sólo eso, decir que los ves, y peor todavía, decir que tenés sexo con ellos!, estás enfermo, muy enfermo.
-Mi amor, ellos viven acá antes que yo, ya te lo he dicho. Déjame ver qué quieren, por qué están enojados, y vuelvo. Quizás la hermosa madre del bebé quiera
manosearme un rato. Y yo a ella.
Se sentían corrientes de aire frías dentro del living. Quizás sería porque la ventana inmediata a la puerta estaba abierta, pero era poco probable, ya que estábamos en
un sillón lejos de la ventana. Leandro se levantó del sillón, y se dirigió al pasillo de donde provenían esos ruidos incesantes. Se detuvo en alguna parte, donde se
comenzaron a escuchar diálogos casi imperceptibles para mí. Luego se escucharon jadeos. Luego silencio. Luego diálogos nuevamente.
Comencé a levantarme remisamente del asiento en el cual estaba sentada. Ya sólo escuchaba la voz agónica  de Leandro, el cual hablaba incesantemente con las
demás personas. No vislumbraba a nadie, sólo escuchaba frases inconexas, desconectadas, provenientes de alguna parte de la casa. De espaldas, y repasando en
mi registro mental la ubicación de la puerta de calle de la casa, me dirigía a escaparme de ese lugar, o sea, la morada de Leandro. Mis pasos eran firmes pero
cautelosos. No quería que ni Leandro, ni las demás personas, notaran mi partida escurridiza. Continuaba de espaldas, palpando las paredes, el diván, el piano,
siempre intentando llegar a la puerta de salida. Sabía que estaba cerca de ella, ya que el piano estaba próximo a la misma, en el helado living de esa casa. Continué
caminando sosegadamente  y en silencio, hasta que logré palpar una de las columnas del hall de entrada. Si franqueaba la columna, llegaba a la puerta. Llegué a la
puerta. Giré el picaporte, implorando, en silencio, no hacer ni el más mínimo ruido, pero la puerta no se abrió: estaba cerrada con llave. Palpé la cerradura, pero la llave
no estaba allí. Un escalofrío intenso recorrió mi cuerpo al ver a Leandro asomarse detrás de una de las columnas del hall de entrada, y dirigirse hacia mí. Su mirada era
libidinosa, y me decía una y otra vez “¿dónde creés que vas?. Yo, frente a él, no tenía manera posible de escapar. Así y todo, me acerqué a la ventana abierta y con un
“hasta nunca, Leandro”, me arrojé al vacío, desde un séptimo piso.
De Paraguay generalmente llegan pocas o ninguna noticia. Sin embargo, este país con una historia trágica de guerras perdidas y dictaduras interminables, ahora
podrá ser asociado para siempre con una nueva terminología en el diccionario de la inestabilidad política de América Latina: el "golpe de estado constitucional".

La frase parece una sucesión de premisas contradictorias. Sin embargo, en la selva política paraguaya es un ejercicio silogístico que justificó la remoción del
presidente Fernando Lugo, democráticamente electo por el pueblo, a través de maniobras que trataron de mantener las apariencias de legitimidad constitucional.

Todo ocurrió tan rápido que la explicación cabe en una sola oración. La derecha conservadora (léase Partido Colorado y asociados) aprovechó un incidente en el
que murieron 17 campesinos y policías, en una remota localidad del nordeste del país denominada Curuguaty, para iniciar un juicio político al presidente Lugo y, en
menos de 48 horas, lo destituyeron de su puesto.

Se puede debatir hasta el cansancio sobre quién disparó el primer tiro cuando la policía llegó al lugar a desalojar a integrantes del Movimiento Campesino de los
Carperos que habían ocupado tierras del millonario Blas Riquelme, un poderoso ex senador del Partido Colorado. Hasta se puede entender si en medio de la
confusión, como sugieren algunas versiones, la policía reaccionó a los tiros. Lo que no se presta al debate ni se puede aceptar es cómo de este incidente policial
relativamente minúsculo, en un mundo en donde asesinatos, bombas y ataques terroristas cobran cientos de vidas cotidianamente, se pasó a una sucesión de
hechos políticos que desembocaron en el derrocamiento del presidente constitucional del país.

La respuesta, obviamente, no se centra en el incidente de Curuguaty, sino que está conectada con variables de la compleja realidad política paraguaya. Una
realidad en la que los partidos tradicionales, que continúan controlando las corruptas instituciones del estado, no cedieron mucho espacio político para que Lugo,
que llegó al poder en agosto de 2008, pudiera cumplir su mandato. Sin apoyo del Congreso Nacional, sus propuestas legislativas no fueron muy lejos. Esta
percepción de inacción y falta de resultados concretos le costó el apoyo de los sectores progresistas y de izquierda que eran su base natural de sustentación

Así que acosado por la derecha, en un estado de ingobernabilidad asfixiante y sin aliados ni base política que lo apoyara, Lugo estaba en una situación de extrema
vulnerabilidad política.

Aparte, en el espectro ideológico latinoamericano, Lugo siempre fue percibido como un izquierdista que amenazaba el status quo de la derecha y los conservadores
paraguayos. Si bien no era un Hugo Chávez ni un Evo Morales, su retórica progresista y la amenaza de una reforma agraria, que nunca avanzó más allá de los
discursos, fueron percibidas como un factor desestabilizante para aquellos que históricamente se han beneficiado de un sistema con profundas injusticias sociales
y económicas.

Por supuesto lo que ocurrió en Paraguay no es nada excepcional. La derecha latinoamericana aprovecha cualquier oportunidad para prevenir, frenar y revertir
reformas a través de cualquier método, ya sea constitucional o anticonstitucional. Valga recordar la historia reciente de Manuel Zelaya, de Honduras, que fue
derrocado entre gallos y medianoche el 28 de junio de 2009. Otros líderes progresistas de la región también estuvieron muy cerca de correr la misma suerte, como
Hugo Chávez, de Venezuela, en el golpe de abril de 2002 y Rafael Correa, del Ecuador, en septiembre de 2010. En este mismo momento, Evo Morales, de Bolivia,
parecería confrontar una amenaza similar.

La diferencia entre esos golpes de estado y el de Paraguay es que con Lugo se utilizó al Congreso Nacional para inventar esta parodia de juicio político en el que en
solamente un día y medio se enjuició y condenó al presidente. A un ladrón de gallinas se lo acusa, se le asigna abogados, se hacen mociones, se realiza el juicio,
se lo sentencia y después vienen las apelaciones. Un proceso que puede durar meses, sino años. Al presidente del Paraguay en solamente un día y medio se lo
enjuició y destituyó.

Argentina, Venezuela y Ecuador retiraron sus embajadores y el Mercosur, la poderosa alianza comercial de la región, repudió la "ruptura del orden democrático" y
decidió suspender a Paraguay que no podrá asistir a la próxima reunión del grupo. Un primer paso razonable que debe ser emulado por la comunidad internacional
hasta tanto Fernando Lugo sea restituido en el poder en este país sudamericano sin costas y, ahora, sin democracia.



NÉSTOR FANTINI es editor fundador de La Luciérnaga Online.  
E N S A Y O S
UNA NUEVA TERMINOLOGÍA: EL GOLPE DE ESTADO CONSTITUCIONAL
Néstor Fantini
© La Luciérnaga Online, 2012

La vida es como una enciclopedia: viene por fascículos y llena de sabiduría.


Un verdadero amigo es aquel que nos enriquece y perfecciona, no por lo que de él mismo nos da, sino por lo que de
nosotros mismos descubre.


Por querer ser el país número uno, Estados Unidos es el mayor consumidor de cocaína en el mundo.


El coraje no es más que una especie de terquedad.


Si nos toca la luz roja de cada semáforo, es porque vamos atrasados.


Mandamiento obvio: No coleccionar infracciones de tránsito.


En los países comunistas el que intenta suicidarse es condenado por atentar contra una propiedad del Estado.


Hay dos formas de ser rico: ganando más o deseando menos.


Para el emigrante, la esperanza es lo último que se pierde. Para el inmigrante, lo primero que se pierde es la
dignidad.


En la intimidad las parejas exponen su privacidad.


Ante el sexo consentido, la demanda es sin sentido.


Definición de Prisa: Virus de epidemia mundial.
R E F L E X I O N E S
Rafael Carvajal, colombiano que escribe ingeniosos  dichos   
populares que aparecen en publicaciones como
Tiempo Sur e
HispanicLA.
rafiacv@yahoo.com
M Á X I M A S   Y   M Í N I M A S
Rafael Carvajal