Volumen III * Número 6 * NOVIEMBRE - DICIEMBRE 2009

La peña del 19 de diciembre fue en casa de Cecilia y Néstor Fantini, en
Northridge, California.  Una reunión a la que asistieron 38 personas de México,
El Salvador, Colombia, Argentina, Cuba, Estados Unidos, Puerto Rico y que,
en muchos sentidos, fue inolvidable.  No solamente porque era la última del
año y había una predisposición especial, sino que también por la calidad de lo
presentado.

Alberto Delgado, más alegre que de costumbre, abrió el evento con esa voz y
ese entusiasmo de siempre que es tan contagioso.  En la segunda parte de la
reunión también tuvimos la grata visita de Mario Baum que cantó un par de
tangos que, a pesar de los desperfectos técnicos del estereo medieval de los
Fantini, fueron muy bien recibidos.

Entre los que leyeron poemas y cuentos estuvieron José Manuel Rodríguez,
Antonieta Villamil y Mark (recién llegados después de dos meses en Europa),
Raúl Arredondo, Dukardo Hinestrosa, Celerino Hernández, Rafael Carvajal,
Alberto Villalobos, Julio Benítez y George de Aztlán.  El “gaucho” Rafael
Figueroa, que también leyó un par de poemas, se destacó por vestir el
atuendo típico de los habitantes de las pampas argentinas, incluyendo mate y
bombilla.

Daniel Carrera, el joven poeta y pintor que el mes pasado donó un cuadro
para ayudar a recaudar fondos, aparte de leer parte de su trabajo, presentó
un semimural de Los Beatles que volverá a estar en la próxima reunión de La
Luciérnaga.  También en materia de artes plásticas se acercó Stella Maris, en
una de sus últimas visitas antes de regresar a Argentina, quien trajo sus
simpáticas esculturas y tejidos.  Finalmente, tuvimos la grata sorpresa de tener
al reconocido pintor salvadoreño Ricardo O’Meany, cuyos cuadros, de una
calidad extraordinaria, pueden ser admirados en la sección de Artes Plásticas
de www.la-luciernaga.com .

En cine, Esther Segovia, que en octubre electrificó a la peña con una
presentación musical inolvidable, nos invitó a ver una copia del largometraje
“El abuelo”, en el cual “La Gotán” tiene un rol importante.  Este film, que fue
presentado como exclusiva en La Luciérnaga, fue dirigido por Mary Ann
Kellogg y cuenta con la participación del actor argentino Castulo Guerra.  El
corto todavía se encuentra compitiendo en varios festivales nacionales e
internacionales y ya ganó algunos premios.

Aparte de los mencionados, también se vieron en la reunión a María Delgado,
Dora Magaña, su hija, Aura Grinbaum, Laura y Manuel Zajdman, Mixtli
Rodríguez, Luis, Edith, Néstor Zelaya, Natalia Zelaya, Oscar Benítez, Alcides
López Vega, Astrid, su amiga y otros.

Tanto fue el entusiasmo al final de la peña que, con Alberto en la guitarra y al
ritmo de canciones colombianas y cubanas, la gente naturalmente comenzó a
bailar.  Un símbolo de lo que se espera para este nuevo año que se avecina.

Toda la reunión, como siempre, fue grabada en un podcast por Jairo Duque,
de Colombia Informa Radio, que aparece en la sección Radio del website de
La Luciernaga.

La próxima reunión será el sábado, 16 de enero, a las 8:00 pm, en Northridge.
D E L  E D I T O R
POESÍA, FOLCLORE, TANGO Y HASTA UN CORTOMETRAJE
Néstor Fantini
Néstor Fantini
(der.) entrega el
"Luciérnaga 2009"
a Rafael Carvajal.
Mario Baum cantó
tangos.
VER VIDEO...  
Ricardo O´Meany,
pintor salvado-
reño.
P O E S Í A S
EN CADA ESQUINA DE LOS ÁNGELES
OCURRE UN MILAGRO
Antonieta Villamil

Hay un árbol de naranja humano,
una mano de cacahuetes no muy extendida,
un seco manojo de rosarisas
que aún no florecen.

Las señales rojas que dicen
"Ni Sueñes" aún no alcanzadas
por la médula del opulento
cierre de acero contra caucho.

El chillido rojo de los frenos
frente a una palmera que se ofrece,
yace enferma en la calle, como una muralla.

Y aferrado con ahínco a la grieta
en el concreto, un mendigo en súplica
rojo entre el tráfico que apresura su rumbo.

En cada esquina de Los Ángeles
hay un poste de luz humano
día y noche en vela, alumbra rojo,
más allá de nuestra pesadilla ve.

La cuna basura en cada callejón despierta
a su niño consumido por brazos de plástico
que no tienen idea de cómo sostenerlo, dejando
que su llanto plante una semilla de esperanza.

El rojo chillido del día se quiebra
delante de mi enrojecida ventana
insiste otra vez a pesar de mi tristeza.

Y aferrada con ahínco a la grieta
de tus ojos, esta mendiga con su súplica
roja en medio de la vida que se abalanza impetuosa.





              De Cuatro Poetas de Los Ángeles, 1998.

Antonieta  Villamil es  una reconocida poeta  
colombiana  que reside  en  Los Angeles.   Autora
de  
Traigo  como arena en los ojos un poema
inmenso
y Razones de la señora bien y veinte
poemas bastardo
s, ganó el prestigioso Premio
Gastón Baquero 2001 con
Los acantilados del
sueño.

Sintió esa noche más fría que ninguna. Descalzo
se fue hasta una ventana entreabierta y la cerró de un
tirón. Pero el frío continuaba, aun cuando se había
echado varias colchas arriba y prendido la calefacción.
Preocupado miró la hora. Era casi medianoche y, si la
frialdad continuaba, podía asegurar que para la
madrugada iba a estar tiritando.   Se puso dos
pantalones de franela, dos camisas, dos pares de
medias, pero el frío que sentía era medular. Era como si
una corriente gélida lo despertara, pero un miedo
terrible también, justo cuando comenzaba a hundirse en
el sueño.

Se pasó un largo rato en vela. Trató de leer; ver la
televisión. Nada le interesaba sino dormir
profundamente, pero al mismo tiempo, tenía recelo de
cerrar los ojos, como si temiera no poderlos abrir más.
Trató de pensar en algo agradable pero no tenía
memorias del pasado. Era como si existiera un océano
entre él y sus recuerdos. Sólo recordaba cuando, justo
hacía un año, un extraño lo encontró desorientando al
borde de un camino. Y a partir de ese día fue un hombre
con un pasado corto. No sabía de dónde había venido,
ni a qué aspiraba, y lo único que le recordaba
vagamente algo del pasado eran los sueños,
despertando siempre con la sensación de haber estado
en otro lugar hacía mucho, de haber existido en otra
época, como si sus memorias se hubiesen
fragmentado, escindido durante un evento catastrófico.  

Esa noche era distinta y lo presentía. Sabía que su
mente guardaba un secreto. Deseaba descubrir quién
era, qué suceso había borrado su pasado. Pero por
mucho que anhelaba averiguar el motivo de su olvido,
también le faltaba el coraje para conocer la verdad.
Sentía a veces como un tic-tac de relojes en los
tímpanos, de péndulos, de ruidos esporádicos, voces y
hasta lamentos. Con los párpados entreabiertos
batallaba a veces un cansancio milenario. Cabeceando
sobre la almohada una parte de él lo mantenía atado en
el presente, mientras otra se escapaba, se sumergía en
una vorágine de tinieblas. Era entonces, en esos raros
momentos que el sueño lograba atenazarlo,que se veía
como el tripulante solitario de una máquina del tiempo,
desplazándose con una claridad asombrosa hacia una
cordillera orleada de pinos. Un terror insólito lo hacía
aferrarse a las sábanas cuando se veía de pronto
engrillado y semidesnudo, con heridas abiertas al sol y
el polvo. En el trasfondo escuchaba multitudes; himnos
y cantatas estremeciendo las columnas de un coliseo
romano.  Eran como si presenciara una parte de la
historia del del mundo a cámara lenta, con tígres de
bengala despedazando víctimas, peleas de
gladiadores, tropel de fieras, vítores y sangre a
raudales. Y sobre todo polvo, mucho polvo de ruinas y
conquistas.

Se despertó, con los agitados latidos del corazón como
única prueba de su miedo. Miró el reloj. Habían
transcurrido escamente veinte minutos. Prendió luces;
escuchó música alegre. Fue al estante de libros y
extrajo uno sobre la mitología griega. Leyó sobre Morfeo,
 dios de los sueños, y una leyenda de que el secreto del
destino del hombre está en sus pesadillas. Es en ellas
donde ocurre esa vida paralela que pudo ser; donde
arrinconamos los terrores; nos reconocemos
impotentes mientras la vida -o su ilusión- transcurre
ante nosotros con una vertiginosidad asombrosa sin
darnos a veces tiempo a reaccionar, o cuando al fin
reconocemos el peligro, es demasiado tarde.  Pero de
la misma manera que la pesadilla lo despertaba, la
noche le ofrecía la oportunidad de
redimirse, de ponerse a salvo siempre y cuando se
entregara por completo al sueño y despertara con el al-
ba. Estaba convencido -sin poderse explicar el por qué-

que si dormía una noche completa podía romper un
maleficio, podía vivir una vida normal; recuperar su
pasado sin haber muerto con él.

Miró de nuevo el reloj. Eran las doce y un minuto. Primero
batalló el sueño como siempre, pero al rato decidió
rendirse y sus párpados se cerraron como si fueran
abanicos de bronce. Pensó que era mejor saber. Una
parte de él deseaba volver a su origen, descansar al fin,
cerrar los ojos para siempre. Para qué insistir -pensaba-
si siempre habría batallas en el mundo; los hombres
nunca aprenderían las lecciones de las guerras, que era
inevitable la auto destrucción humana. Su otro yo sin
embargo se rebelaba, deseaba ser eterno, vivir el
presente, cambiar el mundo, hallar fe en la capacidad de
mejorarnos, en la fraternidad de los hombres, en el
respeto por la vida humana.       

Con el sueño,cada vez más profundo, llegaron por fin las
memorias. Se vio de nuevo arrastrando grilletes; botín
humano; manjar de fieras en el circo. Sintió el salpicar de
la sangre de otros esclavos, confinados como él a la
misma prisión del tiempo. La Via Apia, la senda
milenaria transitada por los ejércitos victoriosos de
Roma estaba a sólo cortos pasos de él. Emblemas,
escudos, el trepidar de espadas, polvaredas y cantos de
gestas anunciaban el triunfo reciente del imperio sobre
Cartago.

En el desfilar alucinante de estas visiones podía sin
embargo él escuchar las sirenas de la policía en la
noche, la música  estridente de algún vecino, el
monótono tic-tac de su reloj. Imaginaba que no estaba
del todo rendido; que su presente insistía en retenerlo.
Presintió que no despertaría con el alba. Una vez más se
vio arrastrado a su inicio; acosado por las fieras.
Poniendo toda la energía de su imaginación en otra
época futura, y concentrando todo el poder de su mente
en una visión cósmica lejos de la barbarie romana,
pensó que podía de nuevo romper las cadenas, navegar
sobre un océano de sangre hacia un mundo mejor.
Pensó que para lograrlo de nuevo,  bastaba llegar con la
imaginación hasta el templo de Saturno y hacer girar las
doradas manecillas del reloj que estaba a sus pies. El
esfuerzo mental pagó con creces, y  por fin comenzó a
llegarle el recuerdo de su fuga. Su promesa a la deidad
entonces fue retornar el día de su muerte. Los veinticinco
años previos a su amnesia, cuando un extraño lo
encontró al borde de un camino, estaban ahora
reflejados en los semblantes, en la miseria de los
esclavos que pasaban por su lado. Se arrepintió de su
promesa. Había conocido el futuro y no estaba listo para
quedarse dos mil años atrás, morir desgarrado por las
mandíbulas de una bestia. Las guerras y los odios de la
humanidad continuarían, pero el futuro que conocía era
mucho mejor que su esclavitud despiadada, de ser
objeto de abusos, como si su nacimiento único en el
universo hubiese sido un error. Sintió de nuevo el látigo
fustigar sus espaldas. En su intento por escapar de
nuevo del sufrimiento hizo girar con la mente las
manecillas del reloj saturniano, pero un súbito estallido
del latigo hizo que perdiera el equilibrio, quedando las
saetillas del reloj detenidas en la oscuridad reinante del
medioevo.

Fuera de sí, perdido en esa oscuridad de siglos,  
alocado por la mala suerte quiso encontrar a tientas la
salida, despertar. En pleno siglo veinte y uno, y con
aullidos de sirenas y música en trasfondo, apareció un
jinete forrado de hierro y lanza en ristre cabalgando por la
acera. Ante
el asombro de todos se metió con caballo y escudo en el
elevador. Y derribando la puerta de un apartamento en el
tercer piso reclamó con una estocada al fugitivo del
tiempo.
C U E N T O S
EL FUGITIVO DEL TIEMPO
Lorenzo Reina

Lorenzo Reina es un escritor cubano que
reside en el sur de California.  Sus obras han sido
publicadas en la Revista Hispano-cubana y
en La Porte des Poétes.  Su última novela
fue
La profesía del Orisha.

Una de las enmiendas aprobadas en la primera ronda de negociaciones por la reforma migratoria en el
Senado (la segunda está por empezar), establecía el inglés como idioma oficial de Estados Unidos. Como
todo en la política, la idea no flotaba en el vacío.

En el contexto actual, la insistencia en la vigencia del inglés no es una inocente proposición, sino un arma
contra los inmigrantes. Aunque la enorme mayoría de ellos –de Latinoamérica y otros lados–reconozca
que aprender el idioma local es imprescindible para vivir aquí y trata de asimilarlo.

Los inmigrantes, al llegar, claro, no hablan inglés. Pero muchos de los adultos lo aprenderán.  Hace 20
años y recién llegado, yo sintonizaba –durante las dos horas de mi viaje al trabajo– una estación de
noticias radiales. Escuchaba una cacofonía incomprensible. Pero un día como que se me abrieron las
orejas y desde entonces entendí lo que decían.

Un cambio más dramático, repetido en toda la historia de Estados Unidos, es el generacional. Nosotros
aprendemos el idioma; nuestros hijos lo dominan. Después, les hablamos en español aunque podamos
hacerlo en inglés, y ellos contestan en inglés, aunque comprendan español…

Luego, los hijos de mis hijos mantendrán del español modismos, el aire cultural, el apellido, el ancestro,
el apego por ciertos términos. El resto será lo de aquí. Serán una síntesis de culturas. Y contribuirán a
renovar la local.

Yo sé entonces que cambiaré la idiosincrasia de Estados Unidos a través de mis nietos, de una vez y para
siempre.

La insistencia de los antiinmigrantes en la vigencia del inglés, presuntamente ignorando este ciclo por
todos conocido, es entonces un símbolo, no de patriotismo sino de la defensa de un privilegio étnico. Se
debe menos al aprecio a la cultura anglosajona que al apego a una imagen del país que está
desapareciendo inexorablemente. Por eso siguen recortando, precisamente, los fondos para que los
latinos aprendan inglés.

Sin decirlo, insisten en un país que perciben blanco, puro, exitoso y dominante, democrático por dentro e
implacable por fuera. Una caricatura de las películas exportadas desde aquí, Hollywood, hace sesenta
años.

Pero el reloj demográfico es implacable. Los latinos son la minoría de mayor crecimiento del país.
Millones de inmigrantes llegan de los países asiáticos. Estados Unidos elegirá entre adaptarse o dejar de
ser democrático para mantener el dominio de un grupo contra otro.

Ya lo hizo una vez. Cuando la esclavitud se estableció aquí como base de un sistema económico, los
esclavos eran blancos: campesinos adeudados de Inglaterra o Alemania. Tenían un inconveniente:
despertaban la solidaridad de trabajadores en situación casi similar. Además, si huían, desaparecían en
la población. Por eso se usaron los negros, importados a la fuerza, virtuales desconocidos. Por el color de
su piel su captura era fácil y su encierro posible. Se instituyó una ideología de odio y desprecio que aún
persiste: que son inferiores, que no tienen alma; que son malvados, que son diferentes; que nos tienen
miedo, que les tememos. Del negro de la piel al negro como concepto negativo, caló tan hondo en la
psiquis estadounidense que los afroamericanos debieron librar una lucha de cien años por los derechos
que se les garantizó con la Emancipación.
El inglés como barrera para detener las “amenazantes” olas migratorias es igual: estertores de una grupo
en vías de ser minoría, aferrado a privilegios culturales. Cuanto más urgente es su percepción de pérdida
de hegemonía, más violenta es su reacción: al inmigrante, al presidente negro, al líder latinoamericano
que se aleja del radio de influencia.
E N S A Y O S
EL INGLÉS COMO ARMA ANTIINMIGRANTE
Gabriel Lerner

Gabriel Lerner  es un periodista  y escritor argentino que  reside
en  Los Ángeles.   Actualmente  es director de hispanicla.com y
editor metropolitano y columnista del periódico
La Opinión.
R E F L E X I O N E S
MÁXIMAS Y MÍNIMAS
Rafael Carvajal
Rafael Carvajal es de Colombia. Escribe
ingeniosos  dichos populares.
© La Luciérnaga Online, 2009
"Gloria a Dios en las alturas y en la Tierra paz a los hombres de buena
voluntad"...que ya no van quedando.

Por lo general el hombre conquistador siempre se queda con la peor de
sus conquistas.

George W Bush se lamentó de haber dicho algunas cosas que dijo; pero
no se arrepintió de haber hecho ciertas cosas que hizo.

De jóvenes la sonrisa muestra un esplendor en la cara. De viejos
muestra las arrugas.

Me pregunto si entre la gente fea hay discriminación facial.

Una amiga a otra: "¡Yo acostumbraba a dormir como un bebé! Hasta que
tuve uno".

Debido a la crisis económica, la Nochebuena para muchos será una mala
noche.

En las iglesias se arrepienten los culpables y se casan los inocentes.

Me he puesto a pensar que mientras tengamos todos que compartir el
mismo planeta, respirar el mismo aire y lidiar con los mismos problemas,
debemos entonces, hacer lo posible por llevarnos bien.

Hay quienes nunca tienen la oportunidad de aprovechar una oportunidad.

El colmo de un músico es no saber cómo tocar a una mujer.

Definición de Santa Claus: Icono de la sociedad de consumo, y
personaje de la estrategia comercial.



Quiero agradecer a todos aquellos que se tomaron el trabajo de
escribirme para comentar mis maximinismos, pero quisiera
pedirles que por favor, no dejen de hacerlo. ¡Felices Fiestas!