E V E N T O S,  P U B L I C A C I O N E S  Y  M Á S
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
E D I T O R I A L


Marzo y abril fueron meses de grandes logros.   Aparte de las peñas en Tujunga y Northridge, estuvimos en el Simposio
Internacional en Cal State Domínguez Hills, del que tanto hablamos en ediciones anteriores, y varios miembros de La Luciérnaga
participaron del acto por el Día de la Memoria por los desaparecidos en Argentina que tuvo lugar en el restaurante Pampas, en
Granada Hills.  Otros luciérnagos estuvieron en el Concierto por el Día Mundial del Idioma Español en apoyo de los programas en
español de KPFK, que tuvo lugar en la Iglesia Prebisteriana de Los Angeles.

En materia de publicaciones, Jairo Duque, ganador del Premio Luciérnaga 2011, anunció el lanzamiento del primer número de su
revista Informate News que si bien se centra en Colombia, incluye noticias de la cultura local y de toda América Latina.  En una
página de la revista, Duque reporta sobre la participación de La Luciérnaga en el simposio de Cal State Domínguez Hills.  Y
hablando de publicaciones, Julio Benítez comentó que La Luciérnaga Online Publications le acaba de informar que se acaba de
concluir la publicación de El libro mágico: notas acerca de la Edad de Oro, del cual es autor y, además, que se está organizando la
presentación oficial de la obra en un restaurante local para probablemente junio.

La Luciérnaga Online también finalizó un acuerdo con HispanicLA.com a fin de que Gabriel Lerner republique parte de lo que se
presenta en la página de La Luciérnaga.  Asimismo se acordó en que Néstor Fantini, co-editor de La Luciérnaga Online, escriba
una columna cada dos semanas sobre temas candentes de la política nacional e internacional.

La próxima reunión de La Luciérnaga, como de costumbre, será el tercer sábado.  O sea, el 21 de mayo de 2011, a las 8:00 pm,
en 18327 Kevin Court, Northridge, CA 91325.

Salta la esquirla del roble
al golpe oblicuo exacto
que el martillo traza en vacío

Bailan amantes el polvo y la luz

Se huele la goma y la tierra
húmeda de junio

El clavo busca vísceras
incógnitas
otros pecados entre la carne sufrida
de la madera

La indiferencia descansa
en silla nueva.



II

No es claro, pero qué importa.

Ni la procedencia.
Ni el trayecto.
Ni la exactitud.
Ni las dos versiones.
Ni la más probable.
Ni el barrio.
Ni la infamia de la mano compañera.

No es claro, pero qué importa.


En los pobres.
En el caracol libre.
En el aire libre.

Qué importa que no sea claro.
Tu sabia planta curativa.
Sana hijos en exilio.
Su risa.
Tu aliento viven juntos.
Son amantes en tardes justas.

No es claro, pero qué importa



III

Fijaste tu mirada de sal
Besaste la carnosa mejilla de mi soledad
Y me recordaste que existía

Me desataste los brazos
Pinchaste mi carne
Apedreaste mis sueños
Débiles como la niebla
Y me recordaste que sentía

Sembraste tus ojos sobre intemperie
Suspendiste eterna tu existencia
Hurgaste mis vericuetos de fulgor vacíos
Clavaste despiadada agujas en mis aguas
Y me recordaste que era débil

Dejaste mi tierra sin tiempo y sin miel
Mis indómitas negruras
Y desapareciste entre el etéreo bosque de
tus pestañas
Te fuiste muda
Eterna
Se torno la oscuridad silenciosa
Y me recordó que también yo poseía
corazón.
P O E S Í A S
P A L A B R A S
Raúl Arredondo
M I  P R I M E R  A M O R
Olivia Magaña
Te vi llegar
en la temprana mañana de mi vida.
Poseías el secreto, el esplendor,
el misterio y la magia
de las estructuras clandestinas.


Tu mirada en resistencia,
penetraba mis rincones más profundos,
me desnudaba de mis miedos.


Frente a ti
se desprendía mi manantial caudaloso de primavera,
se sacudían mis entrañas.
Y noche a noche en tu fulgor,
me arrebatabas de la muerte,
dando un salto constante hacia la vida.


En abrazo fuerte y sólido,
transitamos
por las veredas de la desolación,
caminamos
por las alamedas de frutas otoñales,
aprendimos
la fortaleza de la resistencia en la historia.


Continué creciendo, viviendo, luchando y cantando.
Entendí que no fue por ti,
pero junto a ti.
Entonces,
supe que estaba
a la hora precisa
en el justo lugar.
Dora Olivia Magaña nació en El Salvador pero pasó gran
parte de su infancia y adolescencia en Guatemala.
Actualmente reside en Los Ángeles y es cofundadora del
Centro Cultural Centroamericano y el Museo de Arte e
Historia de Centroamérica.
Raúl Arredondo nació en México. Es un poeta que
vive en Los Ángeles     desde 1981. Escribe desde
los 15 años y es un activo participante de talleres
literarios locales.En 2008 recibió el Premio
Luciérnaga por su creatividad y humildad y por ser
quién mejor representó el espíritu de esta
organización cultural.

1

Es hora del Big Bang

La palabra brota

Se escurre

Estalla

Busca por sí sola

Darse forma

La tomo entre mis brazos

La acaricio

Y le muestro el camino

La palabra busca un orfebre

Que le de forma- volumen

Espacio-tiempo

Me da la mano

Y dice

No me dejes

Promete estar entre mis venas

En este momento

Se desliza en mi traquea desnuda

Hasta el fondo


De mi estómago caliente.

2

Vuelvo tras la palabra

Le miro la lengua

La veo descalza

Después

Cierro los ojos

A tientas la busco

Resulta que necesito más que eso

Tengo que moldearla

Con mi propia mano

Mi búsqueda se hace nada

Se evapora

Vuelvo al principio

Abro los ojos

Me veo

Y quiero ser espejo

De mí mismo

Ahora

La palabra y yo

Nos encontramos.
B Ú S Q U E D A
Celerino Hernández
Celerino Hernández nació en Oaxaca,
México. Desde su adolescencia, se interesó
por la poesía. Radicado en Los Ángeles,
forma parte de La Peña Literaria La
Luciérnaga.
© La Luciérnaga Online, 2011
C U E N T O S

         A la memoria de mi Little Brother David el Yepp.
         Con desprecio eterno para la puta de Melody Arias
         Donde quiera que esté y con quien esté.









La música estruendosa, las escapadas con los amigos, el
juego de la vida era fácil jugarlo a su lado.  Todo cambió
cuando una tarde de invierno sin dinero y sin ganas de nada y
con varios de sus amigos ya muertos por la rabia del barrio o
de los placa se encontró de frente y sin remedio con Melody.  
Parada, empapada, bella hasta la nausea en mitad de la
cancha de basket en el Houghton Park fue un cimbronazo que
el Yeppy no pudo resistir.  Bajo la lluvia el mundo es mío, fue lo
primero que ella le dijo mirándolo a los ojos con esa mirada
que desnuda, que se te apropia, que te hace sentir un pobre
diablo, eso fue lo que me platicó David emocionado de su
nueva conquista.  Yo nada tengo, le respondió David a la
mujer de los cabellos y de los ojos negros, de los dedos
alargados, de la mirada frontal y retrechera.  Simple el futuro
desolado amenazaba con poseerlos pero ellos no querían
bajársele los pantalones de inmediato.  Melody era un lugar
común de lo que no debe hacerse.  Desfachatada hasta más
allá de todo límite vino un día a la casa y se hizo odiar de mi
familia.  Esta medio buena, le dije a modo de sentencia a mi
hermano acomodados frente al techo de la madrugada.  David
poco a poco dejó de ser él para ser ella.  La guitarra, el balón,
los planes de comprar un coche y la aceptación tácita de ir al
cole o de perdida al army se fueron apilando en el rincón.  
Todo fue Melody de allí en adelante.  Sus amigos, los no
caídos en el frente de combate de la Atlantic y de la Market,
saliendo del último año de la escuela hicieron sus maletas
regresando al redil, a la iglesia, a la acción de gracias y a
vegetar dándole vueltas interminables a la feria banal del mall
de Lakewood.  La familia de Melody, para nuestra satisfacción
y regocijo plena y disfuncional, habitaba un apartamento de
juguete por la zona miserable de la Pceich en el sur de Long
Beach.  Nosotros aún somos orgullosos habitantes de North
Long Beach y nunca ha de mezclarse la sangre con el agua
negra de los caños, pero contraviniendo los mandamientos de
la ciudad David lo hizo y caro pagó las consecuencias.  Lo de
menos eran los atuendos negros, los pelos largos, las
consignas que entre dientes me mascullaba David cuando
lograba verlo.  Nunca supo explicarme qué tenía Melody que yo
no le encontraba por ninguna parte.  La necesidad manda así
que David se hizo dependiente del Home Depot y Melody
empezó su deambular de trabajo en trabajo.  Amo caminar por
el parque cuando todos trabajan, le escribía en los papelitos
sin fin que yo a hurtadillas leía para saber en qué andaba mi
hermano.  Quiero que todo acabe, dormir dormir dormir dormir
y nada más.  Dos meses ya y ya no te aguanto, decía otro
papel arrugado.  Esta es mi luna, mi mar dormida y helada,
éstas son mis venas abiertas y ésta mi sangre cayendo
cayendo.  Quiero volver a naufragar en el Queen Mary
agarrada a tu cuello.  Entre más leía los papelitos menos
comprendía el amor que se tenían y por supuesto menos
entendía a la desquiciada de Melody.  Qué piernas más flacas,
le dije un día y él se soltó a reír, bajó la guardia y me dijo que
no podría vivir ya sin ella, que se necesitaban, que la noche
trae cuchillos, estacas y pasos borrachos en las sombras que
acechan, que estrangulan, que te rompen por dentro, pero que
ella a todos los domina para dormir en paz.  Obtuso e
inescrutable se fue alejando de nosotros, de nuestras
borracheras memorables con padre y madre tirados en el piso
babeando vodka y con todo el resto de la raza apostándolo
todo a una carta abierta.  Lo recuerdo con su maleta, que era
mía, recortado en la calle diciéndome adiós.  Sus pasos
perdiéndose 56th arriba aún resuenan frescos en mi memoria.  
Uno más que se va, me dije ya acostumbrado a las
despedidas, pero no era uno más y la casa y su inmensidad
cobijada en dos cuartos y un closet y atestada de sobrinos y
de mujeres con el vientre a punto de explotar me lo hizo saber
de inmediato.  Nosotros nunca solemos decir te quiero ni
dónde estás.  El que se fue se fue y el que se queda que
agarre su lugar y lo defienda a sangre y fuego.  Llevamos
largos siglos haciendo altares para que vengan a visitarnos los
guerreros muertos que nunca vienen.  Ellos como el futuro
también nos dan la espalda, nos dejan en la sombra viendo el
supertazón.  Dos veces fui a visitarlo a su trabajo
encontrándolo cada vez menos él.  Vamos al Costco por un
perro caliente, le dije oprimiéndole botones a la nostalgia, pero
él no cayó en la trampa.  Aquí está bien, me dijo encendiendo
un cigarro mientras el Pacífico helado a nuestra espalda se
tragaba las casas con su furia.  Después supe que Melody iba
y venía por temporadas de casa de su padre al cuarto que
compartía con él.  Supe también que la ganga samoana de la
52 la conocía muy bien.  Demasiado bien, me dijeron.  Entre
más metía mi nariz en los asuntos de mi hermano más se
magnificaba en el desprecio la imagen de Melody.  Deambula
desnuda por las calles, se emborracha, se lo da a medio
mundo, decía la vox populi solazándose hambrienta en mi
furor.  Relumbro en la penumbra para las manos que quieran
despertarme, decía un papel perdido escrito con la letra
menuda de la Melody de los cabellos negros.  David fue
despedido del Home Depot debido a sus constantes
ausencias, incluso al estar aquí estaba ausente, me dijeron.  A
tientas busqué el cuarto que habitaba y en su lugar encontré a
una recién mudada pareja de coreanos que nada me
entendieron.  El apartamento que ocupaba la familia de
Melody, en lo profundo del infierno de la Daisy y la Pacific
Coast, era una ratonera negra y repleta del humo detenido de
todos los cigarros del mundo.  Su padre era una cosa
maloliente y de piedra que en dos gritos me despachó a la
mierda.  Melody es una perra que ya no me visita, me dijo
dando un portazo.  Ojos rabiosos me espiaron desde las
cortinas entornadas.  Con las manos vacías regresé a casa a
esperar.  El resto ya es historia, el teléfono, la voz anónima, los
gritos de madre y dos horas después el reconocimiento de
esos ojos hundidos, esos huesos agujereando la piel y los
orificios ya con sangre reseca de mi hermano.  Un altar más,
pensé.  En familia, como siempre lo hacemos, intentamos
reconstruir los últimos minutos de mi hermano, pero nadie
sabía nada.  Su cuerpo roto y frío fue encontrado por la zona
del puerto en la soledad maloliente de Wilmington.  La pistola
aún aferrada en su mano y nada más, la cartera, doce dólares
y una tarjeta del taller mecánico del primo Joshua era lo único
que tenía encima.  Morder el cañón frío, temblar, aguantarse el
vómito al sentir esa saliva mezclada con el agrio sabor del
metal y luego nada, eso fue todo lo que nos quedó de David.  
Hechos a la rutina le dimos fuego al día en torno del altar.  Los
primos uno a uno se fueron alejando, las tías, los borrachos de
todo, hasta quedarnos solos en casa los de siempre.  Melody
para mí es un rayo de muerte que no merece nada, solo el
desprecio, la certeza absoluta de saber que si la llego a
encontrar en cualquier recodo de esta ciudad voy a arrancarle
el alma de un balazo.  Hermano, termino mi carta, la meto al
sobre, la dejo en el altar junto a las fotos del último verano que
estuvimos todos en Lake Perris y me voy a dormir, mañana Los
Lakers se batirán a muerte en el Staples y allí estaremos
todos, bueno casi todos, allí pintados para la guerra estaremos
frenéticos los sobrevivientes.
L O S   A L T A R E S
José Manuel Rodríguez Walteros

               A la memoria de Melody Arias
               Donde quiera que estés que estés con David.

Dos años sin el Yeppy son una vida entera dando tumbos sin
respuesta por las aborrecibles ahora para mí calles del barrio.  
Largas noches y días estuve buscándote con el arma en la
mano para cobrarte cuentas.  La sangre se cobra con la
sangre, me decían en la cuna, en las aulas, en los callejones,
en el lecho de muerte y así yo lo aprendí.  Una vez te encontré.
 En la seis y la Pine frente a un mural despintado estabas tú.  
De espaldas a la vida con tus cabellos negros, con tus manos,
con todo lo que había enloquecido a mi hermano estabas allí.  
Yo iba acompañado así que te salvaste, pensé.  Por cinco
minutos tú y yo fuimos los únicos habitantes de Long Beach.  
Más tarde regresé a buscarte sin encontrar nada, solo el vacío,
el abismo de los desamparados que piden una moneda, un
trago, la mitad de un cigarro.  La casa de tu padre era un
hervidero de alcohol y de odio y el apestoso animal malherido
que me atendió nada me dijo de ti, solo me dio un portazo y
nada más.  En la 99 de la Cherry  y la Carson, último lugar
conocido por mí de tu trabajo, me dieron una ilusoria dirección
en los projects de la Orange y un nombre: Wendy, esa la
conoce muy bien.  Meses de sinsabores y de puertas cerradas
terminaron el día que por fin un rostro amable me dijo que
habías muerto.  Vivió aquí unas semanas conmigo y eso es
todo.  La acción de abrir las puertas es toda una odisea en la
gran Los Ángeles y aún más si lo que se busca irradia
desolación y muerte.  Wendy era un enorme corazón
afroamericano que procuraba redimir a la escoria.  Conocí a
Melody en un despiadado día de lluvia, a la salida del 710 y me
la traje a casa.  Wendy me platicó de tu abrazo borracho
susurrando perdida el nombre de tu madre muerta largos años
atrás, de tu apretar que precisaba una respuesta, de tus
constantes escapadas hasta el fondo del fondo, del silencio
que gritaba el nombre de mi hermano y de tus últimos días.  Ir
de golpe de una alegría reposada a una tristeza honda y
contagiosa era una constante en su rostro de siempre niña, me
dijo.  Esto es todo lo que me quedó de ella, una blusa, unas
botas, pulseras, una gorra, y tú como su más dilecto familiar
tienes que hacerte cargo de sus cosas, me dijo Wendy
entregándome ritual como si me entregara sus cenizas una
caja de zapatos repleta de papeles y de anillos multicolores.  
Rabioso, ya que mi razón de ser  era matarte y no que te
murieras por tu cuenta, me acomodé en un rincón lejos de
todos y letra a letra me dejé llevar de las intimidades que
formaban tu mundo.  Hoy he visto a padre.  Quise gritarle mi
odio, mi asco a su aliento de letrina, mi rabia de sentir como en
mi infancia sus manos por mi cuerpo.  Me dio 200 dólares que
pagué con esfuerzo.  Nota a nota escribías frases sueltas,
poemas, dibujos de árboles en fuego.  En un disparatado
diario sin orden y sin fechas me hiciste conocer la manera
parsimoniosa y total que tenía el Yeppy para hacerte el amor.  
Eres una avenida de neones, eres la Anaheim de vendedores
ambulantes y de ancianos por largos años sin hogar, eres mi
arco iris.  Meticulosa detallabas las horas en el cine, los
desmanes del hambre mientras tú y el Yeppy en el cuarto se
dedicaban a la sagrada labor de no hacer nada.  Dormías, hice
café, te robé un calcetín, rompí el cristal, abrí mis venas, estoy
muerta, eres el viudo alegre.  Los hechos escuetos hablan de
una Melody Arias que en la tarde tibia del 16 de abril se lanzó
de cabeza como queriendo romper el 405 con su cuerpo de
piedra desde el puente de la Alameda.  Ayer para mi hermano
eras una ventana en llamas hoy eres un altar, jamás el último,
en cuya orilla, como bordeando un río de aguas mansas, me
siento a deshilar mis pensamientos.  Buscando reconstruir tus
últimas horas fui con Wendy a tomar un café.  Ella me platicó
de tus abismos y de cómo, con asco y con puteadas, los
obreros de la ciudad recogieron en una bolsa lo que los
coches habían dejado de tu cuerpo.  Arriba, tocando el cielo
negro de San Pedro y amarrado a la baranda que domina
desde la Alameda la parte sur del mundo encontraron tu bolso,
el que yo recordaba, el multicolor, el que lo mismo guardaba
una camiseta desteñida que un pedazo de pizza y que tenía en
alto relieve una imagen del Ché.  Querías siempre que el
camino de la escuela a tu casa fuera eterno para no enfrentar
el ansia insaciable de tu padre.  Una y otra vez le dabas forma
mágica a las nubes, le dabas un rostro a tu madre muerta en la
sala de parto y le clavabas un cuchillo en el pecho a tu padre,
al cadencioso, al estrujante, al animal nocturno que te abraza,
que te besa, que te mata de a pocos mientras afuera los
pandilleros se dan bala a placer.  El Yeppy fue por un
maravilloso lapso de tiempo tu refugio, tu verano, tu playa, tu
país.  En ti me siento entera y nueva, intocada, le escribías.  
Justificando tus ausencias le decías que tu amor es una
cadena que aprisiona todo hasta pudrirlo.  Yo no encuentro
salida, nunca redimiré lo irredimible, le repetías desde un papel
arrugado y sucio.  Acostumbrada al odio Melody solía
comprarlo todo pagando con su cuerpo, me explicó Wendy.  
Con tu hermano fue diferente, él no la miró con los ojos que el
barrio la miraba y eso le caló hondo.  Sentirse enamorada la
hacía vulnerable y débil, deseosa de limpiarse por dentro y de
ser amada con la misma fiereza que los hombres amaban a las
escuálidas paseantes de la noche y de los entretelones del
Queen Mary.  Odio los domingos en la tarde, los lunes, las
mañanas que te alejan de mí.  Desgarros sobre un montón de
servilletas del Starbucks enmarcaron la partida del Yeppy.  
Sangre en las comisuras, sangre entre las piernas, sangre en
los nudillos, te repetías galopando desnuda y delirante las
hordas afroamericanas que pululan en Compton.  Ser de todos
es nunca ser de nadie, escribías de regreso a la casa, al agua
tibia, al jabón que nunca logra nada, a la simpatía que nunca
exige cuentas de Wendy.  Frente al café la mujer de los brazos
siempre abiertos me platicó de las muchas veces que a pulso
te rescató de entre la alfombra de desamparados y de tu lento
regreso de tarde de verano a tu realidad.  Al irse de casa
siempre me abrazaba y antes de salir me daba un beso.  Hasta
siempre Wendy, me decía, pero ese último día no.  Después de
una de sus escapadas legendarias y apenas recuperando los
sentidos un día se levantó, bañadita y metida entre sus ropas
apretadas agarró avenida arriba sin decirme adiós.  Yo se lo
atribuí a un descuido y le envié un hasta siempre que se clavó
en mí con la misma fuerza que se clavó en la tarde que se
incendia de ese abril execrable.  Admito que yo no tuve agallas
para leer las cartas que a puñados le escribiste al Yeppy.  
Estás en cada esquina, en cada sonido, en cada pensamiento,
escribías.  Mi enfermedad se llama Melody y estoy condenada
a padecerla, y sin descanso le recordabas una y otra vez de
una tarde al amparo del Queen Mary cuando fueron felices.  
Escribo para ti Melody.  Cierro la carta, la dejo despacio en tu
altar entre tus dibujos de árboles incendiados y una postal que
nunca le enviaste al Yeppy y donde lo llamas por una única vez
mi amor.  Llueve sobre North Long Beach y en la distancia las
ratas enloquecidas se lanzan sin remedio a las aguas heladas
y borrascosas del Pacifico.
José Manuel Rodríguez, escritor colombiano, ha recibido numerosas
menciones y premios, entre los que cabe destacar el Letras de Oro
de la Universidad de Miami. Forma parte del consejo editorial de La
Luciérnaga Online
Para   los   que  lo  conocieron  David,
olvidando  las  querellas policiales y la
rabia   de   las   botellas  rotas  en  las
frentes  enemigas,   fue   una  sombra
amiga  y  revulsiva.   Era  el más chico
de la casa, el extrovertido, el heredero
de las sonrisas y los gestos.  
Ana María De Benedictis es abogada y
como  escritora, entre otras actividades,  
Integra el Instituto Literario y Cultural
Hispánico con sede en California. Ha
participado en Simposios y Congresos
Internacionales dentro y fuera de Argentina,
país donde reside y ha publicado dos
libros..
E N S A Y O S
D U L C E   M A R Í A  L O Y N A Z,  U N A  J O Y A  E S C O N D I D A
Julio Benítez

Su pasión crece y su meticulosa manera de pulir sus trabajos la cohíbe de
poner a la vista todo lo que escribe. Publica y tampoco se exhibe en grupos
bohemios de entonces. Su casa es su refugio, lugar de lecturas y peñas
sencillas a las que asistió un reducido círculo de amistades hasta los
últimos momentos de su vida.

Ahora bien, Dulce María Loynaz no constituye un fenómeno aislado como ya
hemos ya señalado. Si bien vivió para muchos una vida de
enclaustramiento, en realidad, ella pertenece según  Gilda Luongo al grupo
de célebres poetas como Gabriela Mistral y Juana de Ibarbouro , aunque
singulariza su creación de forma personal y diferente. Cito :

..........Desde nuestro punto de vista, lejos de resultar simples, estos
..........textos se nos revelan complejos y depurados estéticamente
.
.........en un trabajo poético que aspira a crear una representación
..........sintética, momentánea e intensa, tanto desde la forma de la
..........expresión como del contenido.
                                                                                                 (Luongo 1)

Su cuidado al escribir nos recuerda el poema que inició este trabajo.
Orfebre excelente, ella llegó incluso a descartar algunas de sus piezas
hasta el punto  de desechar muchos versos salidos de su pluma.
Dulce María Loynaz no encuentra la fama y el olivo hasta visitar Islas
Canarias en los años cuarenta. Luego continúa su periplo por Galicia
adonde recibe todo tipo de reconocimientos. La nombran hija ilustre, la
publican, la divulgan mientras su tierra natal se debatía en otros dilemas y
poetas como José Ángel Buesa gozaban de fama notoria y éxito editorial.
Otros se convertían en abanderados del nacionalismo refinado como fue el
caso de los miembros de Orígenes mientras los más cercanos al
compromiso social huían de Cuba como fue el caso de Roberto Fernández
Retamar y Nicolás Guillén ya en los cincuenta durante la dictadura de
Batista para luego regresar  a la nueva realidad que comenzó con la versión
marxista del gobierno cubano.













que tan bien ha descrito Rafael Rojas  en
Tumbas sin Sosiego, quien
señala como un gesto hipócrita y oportunista lleva a revalorizar años más
tarde a figuras olvidadas. (Rojas1)

Dulce María se enclaustra en su hogar  y  se  publican sólo algunas
ediciones en España adonde aumentaba su fama. Se condena a sí misma
a una especie de ostracismo. Permanece en un país ateo como católica
activa. Comparte junto a José Lezama Lima, y Virgilio Piñera el desprecio y
el silencio de la cúpula gobernante que margina a los ajenos al círculo de
sus afectos ideológicos.

La poeta se niega a pertenecer a la oficialista Unión de Escritores y Artistas
de Cuba y no es hasta la muerte de Nicolás Guillén, ya en sus ochenta,
cuando acepta ofrecer conferencias y  recibe el único reconocimiento
importante de su país: El Premio Nacional de Literatura 1987. En esos
momentos en que el país comenzaba a reconocer a algunos de los
escritores ajenos a la dinámica política de la nación, la Casa de Las
Américas le dedica una Serie de Valoración Múltiple, sólo consagrada a los
grandes de las letras Hispanoamericanas. Su nominación al Premio
Cervantes inició entonces la salida de esa perla encerrada en una urna.
Cuando lo recibe a los 92 años,  el gobierno y las instituciones culturales
de su país la restituyen en su lugar nombrándola Presidenta de la
Academia Cubana de la lengua.

Dulce María Loynaz logró en momentos de decadencia física lo que no
pudo en sus lozanos años de creación. La perla dejó los encierros
palaciegos, los olvidos académicos nacionales y se convirtió por esas
extrañas coincidencias de la vida en una de las joyas más preciadas de la
cultura cubana. Su diamante cultivado como el de Boti, brilló para todos
nosotros y por eso mi trabajo es una muestra de respeto para quien
merece reconocimiento entre todos los círculos literarios de nuestro
continente.    

                    
BIBLIOGRAFÍA                                                                                                                 
                        Baquero, Gastón:  “Amada y Valiosa para Cuba”. El País, lunes
28 de abril, 1997.
Boti, Regino: “Los nuevos poetas de Cuba, un juicio de Dulce María Loynaz”,
Heraldo de Cuba,26 de enero de 1927.
Ballagas, Emilio: “Peristilo de las formas del Agua”, en Diario de la Marina,
La Habana, 20 de junio de 1948.
Fuentes, Ivette de Los Ángeles:  “Una carta de amor y otros poemas”, en
Palabra Abierta, Hispanic LA, 2010.
Luongo, Gilda y Salomone Alicia: “Crítica literaria y discurso social y
feminidad y escritura de mujeres”,
Íconos 28,p. 64, Universidad de Chile,
2007.   
Rojas,
Tumbas sin sosiego, Editorial Anagrama, segunda edición,
Barcelona 2006.
”Bibliografía pasiva de Dulce María Loynaz” htt//www.mujeres.co.
cu/nuevo/biopasiva.htm                           
Julio Benítez  es un prolífico poeta y novelista cubano que ejerce la
docencia en Los Angeles. Lleva  publicados varios libros entre los cuales
cabe mencionar
La Reunión De Los Dioses.

Yo tallo mi diamante, / yo soy mi diamante. / Mientras otros gritan / yo
enmudezco, yo corto, yo tallo; / hago arte en silencio.

Y en tanto otros se agitan / con los ritmos batallo / y mi nombre no agencio.
/ Yo soy mi diamante, / yo tallo mi diamante, / yo hago arte en
silencio.
                                                                                                                                           
                                                                                                          Regino Boti

¿Quién fue Dulce María Loynaz? La pregunta tal vez retórica encuentra su
respuesta en la multitud de trabajos académicos que sobre la misma han
sido escritos desde sus primeros escritos a través de la Cuba republicana,
en España y principalmente en las últimas dos décadas. Ahora bien, esta  
figura hoy reconocida,  tomó por sorpresa a más de un estudioso de la
poética del siglo XX cuando recibió el Premio Cervantes de Literatura,
convirtiéndose en la primer y única mujer hispanoamericana que ha
obtenido tan alto galardón. En su propio país de origen,  ya entrados los
años sesenta del siglo XX,  el olvido cubría su presencia.

Entre poetas  e intelectuales actuales de otras latitudes no es aún
suficientemente conocida. No pretendo descubrir lo que otros adelantados
han señalado sino que pretendo divulgar su obra entre medios que todavía
la ignoran, aun cuando ya había alcanzado notoria repercusión, incluso
entre  autores tan destacados como Juan Ramón Jiménez con el cual
mantuvo una relación tormentosa, tal vez cosa de egos.

Fueron creadores quienes reconocieron tempranamente los méritos de
Dulce María Loynaz. Sabedores de las  paradojas y  zarandeos del gusto
literario, encontramos en Regino Boti   un temprano observador de su obra,
caso paradójico  porque el autor de
Arabescos Mentales,  pasó a cierto
olvido después de ser renombrado en sus primeros libros mientras ella
encontraría en su tierra natal, un reconocimiento mayor al final de su vida.
(Boti 1)

En la lista de tempranos admiradores encontramos también a Emilio
Ballagas (Ballagas1)  y  Gabriela Mistral, quienes resaltaron su condición
de preciada joya de la poesía cubana e hispana aunque el polvo cayera
tiempo después sobre ella.

Nacida en 1901,  en medio de una familia descendiente de la más rancia
aristocracia habanera, compartió su hogar con un padre notable, coronel
del ejército independentista y creador de su himno de combate. Fue
también hermana de otro poeta conocido.  Su educación se ennoblece con
una rica biblioteca, maestros privados que la iniciaron en lo mejor de la
tradición poética de la lengua española. Gozó de todas las facilidades de
una vida enriquecida por la herencia patriótica y nacionalista de la que fue
también, de un modo muy reservado, una de sus mejores representantes.
Gastón Baquero, un autor significativo y coetáneo suyo, la calificó como una
de las mujeres que mejor representaban el patriotismo y la cubanía. Para
este autor, Dulce María Loynaz personifica el momento más importante de
la lírica femenina de su país, superando según sus palabras a Gertrudis
Gómez de Avellaneda quien fuera caso único en esa continuación de la
presencia femenina de la isla en la cultura hispanoamericana con visos
universales. (Baquero1 )

Ella puede considerarse el momento culminante que se inicia con
Mercedes Santa Cruz y Montalvo, Condesa de Merlín (La Habana, 1789 -
París, 1852), quien fuera la primera escritora con profundas raíces
cubanas, evidenciadas en obras como
La esclavitud en Cuba,  quien
escribía en francés y  fue reconocida en los círculos parisinos de inicios del
siglo XIX. A diferencia de La Avellaneda, quien desarrolló la mayor parte de
su obra en España, fue Dulce María Loynaz  la única de ese trío quien
nació,  vivió y murió en un caserón de La Habana. Fue precisamente allí
donde supo crear desde su vasta cultura un mundo poético sin paralelo en
la poesía de su país.

¿Fue en realidad una joya desconocida? Hemos adjuntado una lista de
trabajos (Santos 1) que comprueban su presencia en la crítica de su
tiempo desde los años veinte hasta principios de la década del sesenta del
siglo XX, aun cuando no fue suficientemente valorada por otros poetas y
académicos de la época. La intelectualidad de su período, con excepción
de los más incendiarios, le reconocía su mérito.

Lo anteriormente señalado se agrava con  los cambios revolucionarios.
Dulce María Loynaz  se había graduado como una de las primeras
abogadas de La Universidad de La Habana.  Había viajado y enriquecido
su bagaje cultural con trabajos tan significativos como
Carta a
Tutankamen,
obra singular adonde lo exótico se une a  la originalidad de
comunicar en esa carta de amor el sentimiento universal de una joven del
siglo XX hacia el misterioso faraón egipcio que, según Ivette de Los
Ángeles, ella:

.....     ....una mujer, poetisa por más señas, desteje, en su amor,
..........el tiempo dorado por el  Nilo, ese que ha alcanzado con su  
..........nostalgia, el instante de dicha más allá de lo  humano.  
                                                                                            (Fuentes1)   
                                                                                        
Dulce María Loynaz se da a conocer en un momento muy significativo de la
literatura cubana por la influencia del vanguardismo y sus repercusiones
en la ideología con autores que buscaban la renovación junto con el
compromiso social como fue el caso de una figura cimera como Nicolás
Guillén, poeta mulato que llevara lo afrocubano a la poesía.   Todo parece
indicar que éste fue un rival con el cual jamás pudo zanjar diferencias,
especialmente décadas después cuando este último fuera glorificado
como “poeta nacional” por el gobierno autoritario de la Isla.  Tuvo en su
contra,  además, el grupo Orígenes con el cual pudieran mencionarse
algunas coincidencias por su amor a Cuba y su interés de rescatar lo
mejor de la lírica hispana, pero que por su propia condición personal de
aislamiento voluntario, no logró el mismo nivel promocional dentro de los
medios intelectuales de su tiempo a pesar de que el   compromiso con su
patria estuvo siempre al nivel de su responsabilidad con la estética de su
trabajo.     
                                                     
Dulce María Loynaz jamás paró de escribir y entre sus obras se destacan  
también:  
Canto a la mujer estéril, Revista Bimestre Cubana, No. jul-oct.,
2do Semestre, La Habana, 1937/ Editorial Molina y Cía, La Habana, 1938;
Versos 1920-1938 (poesía), Imp. Úcar, García, La Habana, 1938/ 2a.
edición, Litografía A. Romero, Tenerife, Islas Canarias, España, 1947/ 3a.
edición, Talleres Tipo- litográficos Uguina, Madrid, 1950;
Carta de amor a
Tut-Ank-Amen
(poesía), Revisa Grafos, a. 7, v. 7, No. 63, La Habana,
1938/Nueva Imp. Radio, Colecc. Palma. Serie Americana 2, Madrid, 1953,
Edic. no venal, terminada de imprimir el 15 de octubre de 1953/2a edic. de
la misma editorial y con similares características tipográficas, 20 de
octubre de 1953. Prefacio de Antonio Oliver Belmás, Nueva Imprenta Radio,
Madrid, 1938;
Juegos de agua. Versos del agua y del amor (poesía), Editora
Nacional, Talleres Tipo-litográficos, Uguina, Madrid, 1947;
Jardín (novela
lírica), Aguilar, S.A. de Ediciones, Madrid, 1951/ Edit. Letras Cubanas, La
Habana, 1993, 1995, 1997. Obra significativa por su lenguaje;
Poemas sin
nombre
(poesía), Aguilar, S.A. de Ediciones, Madrid, 1953; Obra lírica
(poesía), Nota preliminar de Federico Carlos Saínz de Robles Aguilar S.A.
de Ediciones, Madrid, 1980
Es precisamente este nuevo contexto el que
obliga a la autora a retirarse del ejercicio de
las leyes, debido entre otras razones a que
con las nuevas circunstancias esa profesión
fue desvalorizada hasta el punto de cancelar
la carrera de la abogacía de las universidades.
Es la época de Oro de la nueva poesía
revolucionaria, de la coronación de Guillén
como “Poeta Nacional”, de la Creación de la
Unión de Escritores y Artistas de Cuba, del
aumento dramático de las ediciones y
publicaciones y también de la cisma intelectual
M Á X I M A S   Y   M Í N I M A S
Rafael Carvajal

Los que creen que lo saben todo, no saben lo ignorantes que son para los que lo saben todo.

El ruido es el espíritu del silencio.

No hay que sorprenderse por las catástrofes y tragedias con las que Dios nos ha castigado últimamente,
recordemos que una vez envió un diluvio que acabó con todo.

La cortesía, como el aceite, alivia toda fricción.

No hay que dejar para mañana lo que se pueda fax hoy.

Frase que no debemos decir, una vez que la hemos pensado dos veces: ¡Nunca más volveré a
emborracharme!

Rico es el que se conforma con menos y no el que tiene más.

Hay quienes ven el vaso mitad lleno y quienes lo ven mitad vacío. ¡Yo lo veo muy grande!

Nuestra experiencia del mundo dura lo que dura nuestra existencia.

Los embarazos de adolescentes son una responsabilidad producto de la irresponsabilidad.

El béisbol consiste en hacer que tres minutos de acción duren tres horas.

Definición de Ratón: Animal irracional que gracias a la tecnología, ha demostrado ser más inteligente que el
animal racional.
R E F L E X I O N E S
Rafael Carvajal, colombiano que escribe
ingeniosos  dichos populares que aparecen en
publicaciones como
Tiempo Sur e HispanicLA.
rafiacv@yahoo.com
Empezó una mañana contando los pasos para saber a cuántos de ellos quedaba su trabajo. Comenzaría a contar al descender el último
escalón de su casa. Antes, se detuvo frente a la mesada de la cocina y, pensó si debía computar los pasos dados por dentro hasta llegar
a ocupar su silla o detenerse en la puerta de acceso. No debía olvidar que el lugar tenía dos entradas posibles, una por las cocheras y
otra principal, girando en la esquina y, por consiguiente, más larga.

Le llevó mucho tiempo concluir y confirmar –muchas veces se perdía en la cuenta o alguien la interrumpía en el trayecto- que por la puerta
de servicio hasta su escritorio había doscientos setenta pasos y por la principal, trescientos treinta y ocho; que al volver le sumaba,
generalmente, a cualquiera de las cuentas veinticinco pasos, señal de cansancio.

Poco a poco comenzó a contar a cuántos pasos quedaba su despacho de otros ambientes del edificio y luego, tomando su casa como
punto de partida, a cuántos se hallaba la biblioteca popular, la plaza, la iglesia, el parque y el arroyo.

Para la exactitud del cálculo era necesario caminar siempre en línea recta y cruzar las calles de igual manera, evitando la más mínima
inclinación. Obviamente, a veces había diferencias importantes por lo cual ese cálculo se anulaba y debía recomenzarlo. Así, por ejemplo
los domingos al ir a misa mataba casi tres pájaros de un solo tiro, pues en el trayecto le quedaba la biblioteca y la plaza, ésta a un costado
y de la que había decidido que, para la exactitud total, el cálculo se haría hasta la ochava sur. En la misa perdía la primera lectura
haciendo la cuenta de los pasos que debía descontar por haberlos agregado al cruzar a la plaza que, les dije, quedaba a un costado. De
todos modos al volver, por el mismo recorrido, verificado si la cuenta había dado buen resultado. Meses contando para confirmar que la
biblioteca quedaba a quinientos dieciocho pasos, la plaza a quinientos ochenta y nueve y la iglesia a seiscientos tres.

Mientras comulgaba contó los pasos que desde el banco, donde siempre se sentaba, había hasta el altar, treinta y siete y al volver por los
costados, y no por la nave principal, cuarenta y cinco. Quiso saber también, cuántos pasos le insumiría llegar a la entrada del parque y
cuántos de ellos necesitaban sus pies para dar una vuelta en torno al mismo.

En fin, en seis meses no quedaba nada sin contar y obraban anotados en una libreta los pasos necesarios hasta el baño, la cama y
cuántos la distaban de la casa de cada una de sus amigas a las que, para confirmar el conteo, volvía de tarde en tarde.

Trascendió en el pueblo, donde todo se cree saber y por ello se afirmó, que esta pobre mujer que siempre se desplazaba moviendo los
labios, lo hacía en constante oración. Muchos creyeron ver en ella a una piadosa y devota rezadora de todos los santos y, a medida que
crecía su obsesión por contabilizar, comenzaron a aparecer en la puerta de su casa velas, rosarios, cruces, ramos de novia, escarpines y
peticiones.

Y fue así que esa puerta se convirtió en un santuario vecinal y aquella pobre diabla aburrida en una pobre santa adorada.


Del libro “Desde el Caos” Año 2001. Editorial Dunken
P A S O S
Ana María De Benidictis
Ana María De Benedictis es una escritora y ex jueza argentina que ha publicado Desde el caos (2001) y Silencio de sábado (2005).  En 2007 obtuvo la primera
mención de honor en el Concurso Iberoamericano de la Editorial Zanum.  “La literatura y los derechos humanos en Argentina: Las leyes de Punto Final y
Obediencia Debida” fue presentado en el XXXIV Simposio Internacional de Literatura en Español que tuvo lugar en la California State University Dominguez
Hills, el 11 de marzo de 2011.  
© La Luciérnaga Online, 2011