HACIA DÓNDE IR AHORA?
Mauricio Campos
Sentado estoy mirando el vacío y con una tenue mirada de hastío a cada momento me pregunto, Hacia dónde ir ahora?
Ahora que el día se escabulle entre mis antiguas manos y el silencio aparece en mi boca abrigándome un poco me pregunto de nuevo, Hacia dónde ir ahora?
Hacia dónde ir ahora? Hacia dónde ir ahora?
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Mauricio Campos es un poeta salvadoreño
que participa activamente en diversas
actividades culturales. Entre ellas se destaca el
protagónico papel que desempeña en la Casa
de la Cultura de El Salvador y como director
de la Revista Cultural Hispanoamericana.
Elvira Montoya Páez es una escritora colombiana que
el año pasado publicó Emociones. Algunos de sus
poemas también aparecieron en La sublime locura
de ser poeta.
Tu boca recorre mis caminos y despierta en mi piel dormidos delirios oníricos que nunca Baco podría igualar, se instala en el centro mismo de todo mi deseo y como la ninfa Eco no preciso de palabras que alcancen para el torrente de mis venas y el ardor de mis entrañas. Tus manos avanzan como potros sin brida sobre la llanura virgen que se entrega sin reservas como madrigal maduro y se exorciza con un solo abrazo de sol; y en la levedad de un instante inmortal y ante lo inefable de tu amor en mí remontamos innominados mundos hasta que la calma nos atrapa anudados como dos… en uno solo.
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TRASCENDENCIA
Elvira Montoya
P O E S í A S
LA LUCIÉRNAGA
Un encuentro de poesía, narraciones y música
MAYO 2008
MAYO 2008
EDITORIAL
..Con orgullo festejamos la publicación de la sexta edición mensual de La Luciérnaga Online. Celebramos
este logro conscientes que nuestro trabajo no es aislado sino que parte de un esfuerzo mancomunado que
incluye a otras organizaciones y artistas que, e n más de una ocasión, cruzan nuestros pasos.
..Entre los más cercanos a La Luciérnaga, cabe mencionar a Jairo Duque y Lorenzo Mesa quienes, a través
de los podcasts de Colombia Informa USA y Radio Enlace, han llevado la música y poesía de la peña
literaria a distintos rincones del mundo. También hay que resaltar la labor de Mauricio Campos quien
acaba de incorporar al consejo editorial de su Revista Cultural Hispanoamericana a varios destacados
miembros de La Luciérnaga. Otro participante de nuestras peñas, Rafael Figueroa, recientemente
abrió el Centro Gaucho Martín Fierro con el que piensa organizar eventos folklóricos latinoamerica- nos.
El primero, planificado para junio, cuenta con varios miembros de La Luciérnaga en roles
protagónicos. Tampoco podemos dejar de mencionar el apoyo de gente asociada con la Casa de la Cultura de
El Salvador, NAOF, Poesía Poesía y Caza de la Poesía. En conclusión, todo un grupo de creativos latinos con
el que nos sentimos orgullosos de compartir nuestros momentos culturales y con los que esperamos seguir
trabajando juntos en esta vocación común de promover valores esenciales de nuestra comunidad.
Néstor Fantini

Antonieta Villamil leyendo en la peña de abril. (NF)
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C U E N T O S
LAS CALLES DEL PUEBLO
Cecilia Davicco
Eran las 4 de la mañana cuando don Miguel comenzó a
prepararse para el viaje. Hacía ya tiempo que no iba a su
pueblo natal, pero con la llegada del hijo que venía de
Estados Unidos, la visita era casi una deuda con los
parientes. Manuel, el mayor de los cuatro, hacía tiempo que
vivía en Los Angeles y, después de años de exilio, venía a
visitar a la familia.
....Llovía torrencialmente, pero ya habían solucionado los
inconvenientes que pudieran haber cancelado el viaje.
Además, el pronóstico anunciaba que a media mañana
saldría el sol.
....En su última revisión medica, habían encontrado que la
vista de don Miguel estaba muy deteriorada y se le había
recomendado que no manejara. Manuel, el Yankee como le
decían los parientes, no sabía conducir autos a cambios,
porque en Norteamérica, como él siempre explicaba, todos
manejan automáticos. Don Miguel, le había sugerido a su hijo
que manejaran en equipo. Él se haría cargo de los pedales y
cambios de marcha, mientras que Manuel se ocuparía del
volante.
....Obediente de las leyes y la seguridad que le habían
inculcado los años de educación en USA, hicieron que ante
semejante propuesta, Manuel la rechazara de plano. El
Chelo, amigo de don Miguel y vago desocupado, andaba por
allí cuando escuchó del viaje. Como su agenda para el fin de
semana estaba en blanco, se ofreció a hacerles de chofer.
A las 4:30 de la mañana del sábado, el Chelo llegó puntual a
la casa de los Viruta. Sus sesenta y pico de años estaban
muy bien llevados. Sin mujer que lo agobiara, ni trabajo que le
exigiera, el Chelo encerraba el secreto de la eterna juventud.
Don Miguel y Manuel ya estaban con sus petates listos,
esperándolo para partir. La ruta estaba casi vacía. El
Chevrolet verde cotorra se deslizaba suavemente mientras la
radio a todo volumen, dejaba oír los acordes de la última
cumbia de los Huahuanco.
....Las calles del pueblo son anchísimas. Ha llovido y se han
llenado de charcos de agua. Los hay de todos los tamaños.
Charcos ovalados, redondos, cuadrados y amorfos.
Cuando el lechero en su recorrido diario, empezó a llenar la
jarra que la Teresita le extendía, le contó lo sucedido la noche
anterior en lo de don Panza. Ella siempre sabía todo lo que
ocurría en el pueblo, pero este asunto se le había escapado,
debía salir de inmediato a recabar más datos.
....El pueblo tenía 10 cuadras de ancho por 10 de largo. Ella
vivía en una de las últimas calles, pero nadie se explicaba
cómo, desde ese rincón tan alejado, podía saber más que el
mismo Cura Párroco o los de la Unión Telefónica. Apenas
dejó la leche en la heladera, se metió las agujas de tejer
debajo de los sobacos, unos ovillos de lana en el bolsillo de
su delantal y mientras tejía, comenzó a caminar despacito
hacia el lugar de los hechos.
....Don Miguel va sentado al lado del Chelo. Éste maneja y
Manuel desde el asiento de atrás, no para de hacer
comparaciones. “Los autos automáticos son mejores, más
cómodos de manejar. Y los freeway..., no saben lo que es
manejar en un freeway, son más rápidos y seguros...” El
Chelo ya le está por decir una barbaridad de lo “perfecto que
es todo por allá”, cuando escuchan en la radio: “ Alerta para
los radioescuchas de la zona. Desde hace más de un mes
una seguidilla de robos está azotando a las poblaciones de
la zona dejando una zaga de …”
....”Eso no ocurriría allá”, interrumpe Manuel, “la policía es muy
eficaz y, con los adelantos que cuentan, enseguida los
encontrarían, sin ir más lejos…” El Chelo revolea los ojos y
comienza a tararear un tanguito, mientras don Miguel cabecea
medio dormido.
....Puntualmente, la Publicidad Nella comienza cada día su
audición de la mañana a las diez y media. Durante esa hora, a
través de parlantes colocados estratégicamente a lo largo y
ancho del pueblo, Publicidad Nella transmite música, noticias
locales y publicidad: “Si su reloj no funciona, Godoy se lo
soluciona”, “Compre en casa More, donde un peso, vale tre”.
“Atención, atención este es un llamado a la solidaridad. Se
ruega a los pobladores que ante la situación que vive la zona,
cualquier automóvil o persona desconocida que se vea por el
pueblo, sea reportada de inmediato a las autoridades
policiales.” Después de repetir el pedido varias veces y, en un
tono de extrema urgencia, comienza la sección de música con
Sandro cantando a todo pulmón, ”Rosa, Rosa, tan
maravillosa”.
....La Teresita tiene bigotes negros y lunares prominentes en
la cara. Mide casi 2 metros de alto y pesa lo que el último
campeón peso pesado acusó en la balanza. Ella siempre
está tejiendo. Es como la Penélope de Homero, nunca los
termina, pero forman parte de su atuendo. Esa mañana,
salteando charcos y embarrándose hasta las rodillas, se fue
acercando hasta lo de los Panza. Para hacer la pesquisa más
disimulada, en lugar de pasar por el frente de la casa, eligió ir
por el callejón de atrás. Desde allí podría ver directamente a
través del patio lo que pudiera estar sucediendo, y después
daría la vuelta a la manzana para entrevistar a los vecinos.
Con tanta lluvia, el callejón era un lodazal. Los charcos
proliferaban en cantidad, tamaño y profundidad. La Teresita,
concentrada en su tarea, y por esquivar un pozo, metió las
patas en el que parecía un inofensivo charco. Perdió el
equilibrio, y por evitar clavarse las agujas, cayó con todo el
peso de su cuerpo, dando un terrible panzaso. Como pudo,
trató de enderezarse, pero el pie le había quedado atascado.
Empezó a gritar por ayuda, pero justo en ese momento
Publicidad Nella daba comienzo a su audición de la mañana
al ritmo de Caballería Rusticana, que era la marcha que la
identificaba. Sus gritos quedaron silenciados por la música y
allí quedó la Teresita, embarrada, secándose al sol que,como
el pronóstico anunciara, se había abierto paso entre las
espesas nubes. Tampoco la oirían desde lo de don Eduardo,
porque éste estaba detenido desde la noche anterior. Y la
esposa, doña Porota, y el forastero que la visitaba a
hurtadillas, habían sido trasladados al hospital más cercano,
para atenderles las heridas propinadas por el marido
engañado.
....Eran casi las once de la mañana cuando el Chevrolet verde
cotorra entró al pueblo. Las ruedas hacían chís chis al ir
chapoteando en el barro. Don Miguel sugirió que primero,y por
la hora que era, deberían ir a lo de la tía Maruja, que a estas
horas estaría mateando en la cocina. Por la condición en que
estaban las calles después de la lluvia, debieron dar un
rodeo. Don Miguel cada vez que venía al pueblo se ponía
nostálgico y le pidió al Chelo que pasara por donde alguna
vez había vivido su familia.
.... “Dobla por el callejón, así veo la casa y de paso acortamos
camino a lo de la Maruja”, le dijo al Chelo. Obedeciendo
órdenes, manejó hacia el callejón, pero ahí mismo tuvo que
clavar los frenos porque en medio del camino yacía una
enorme figura de lodo. La Teresita parecía el proyecto de
algún alfarero novato. Era una masa informe de barro y no
podía articular palabra porque el sol ya le había comenzado a
secar el barro de la cara. Don Miguel la reconoció. Le pidió al
Chelo que se arrimara, así entre los tres la subirían para
llevarla a la casa. Con cuidado de no arruinar el auto, el Chelo
lo estacionó casi pegado a la Teresita, abrió las puertas y
bajó para ayudar a los otros dos buenos samaritanos. Entre
los tres no hacían uno. El Chelo en su vida había levantado
algo más pesado que la bolsa del pan, don Miguel porque
estaba viejo y Manuel, como buen ciudadano norteamericano,
tenía abierto un “Caso” por haberse dañado la espalda en el
trabajo. De todos modos, Manuel siguiendo los pasos que
había aprendido en un curso acelerado de Primeros Auxilios,
la prendió de lo que alguna vez fuera la cintura. Los otros dos,
le tironeaban las piernas para despegarla del barro. En eso
estaban cuando doña Adela Marconi, que vivía en la esquina
del callejón, salió a hacer sus mandados. Al ver un auto
desconocido y tres sujetos sospechosos tratando de subir al
auto un bulto que parecía humano, sin esperar más, salió
corriendo a la comisaría.
....A Gonzáles y a Ayala les había tocado hacer guardia este fin
de semana. Después del ajetreo de la noche anterior, bien se
merecían un asadito. Es que don Eduardo Panza, hombre
bueno y pacífico por naturaleza, se había resistido fieramente
a quitar las manos que tenía alrededor del cuello de doña
Porota hasta que el Dr. Fernandez, con un movimiento rápido
y certero, le aplicó una pichicata que lo durmió al instante.
Estaban escarbándose los dientes y chupando los últimos
huesitos que quedaban con carne, cuando doña Adela entró
sin aliento. En un torbellino de palabras y apurada por la
inminencia de los hechos, hizo su declaración de lo que
acababa de presenciar. Como buena ciudadana, estaba
cumpliendo con su deber cívico de denunciar “cualquier
hecho o persona desconocida que se viera en el pueblo en
actitud sospechosa”. Tratando de abrocharse el cinturón, que
ahora requería un agujerito más flojo, los dos agentes
subieron a los móviles y emprendieron el camino hacia el
callejón de los infortunios.
....Después de varios intentos de remover a la Teresita del
pegajozo lodo, y en un esfuerzo conjunto que le dislocara el
pie, lograron arrastrarla y subirla al Chevrolet. Sudando
copiosamente por el esfuerzo, los tres samaritanos subieron
al auto y emprendieron la marcha hacia la casa de la Teresita.
Cuando los agentes llegaron al lugar de los hechos, lo único
que quedaba era la marca de las ruedas del Chevrolet
grabadas en el barro. Como buenos pesquisas, siguieron la
huella y apenas doblaron la esquina lo vieron que iba
sorteando charcos, a sólo una cuadra delante de ellos.
Aceleraron la pedaleada y el agente González, en un acto
como lo había visto hacer al Clint Eastwood en la película
Harry el Sucio, saltó de la bici y se paró delante del auto. Con
una mano hacia delante indicó que pararan y con la otra
empezó a sonar el silbato. En menos de un segundo, las
doce puertas de las casas de la cuadra se abrieron para
dejar asomarse a sus habitantes que, felices de tener algo
para contar los próximos años, se sentaron en el cordón de la
vereda a presenciar el espectáculo.
....Manuel, que tenía titulo universitario de una prestigiosa
universidad de Norteamerica, le pidió a don Miguel que le
dejara hablar a él. “Dejá que esto lo arreglo yo”. Y se bajó del
vehículo. Ayala no espero a que el Chelo buscara en su
roñosa billetera los documentos, porque al ver al Manuel
apearse del auto, le saltó encima, le extendió los brazos
sobre el techo del auto y le hizo abrir las piernas para
palparlo. Manuel empezó a vociferar que él era un ciudadano
que tenía derechos constitucionales que debían ser
respetados, agregando:
....“Y si estamos en democracia, ¿qué clase de democráticos
son los servidores públicos que invaden la privacidad de la
gente? ¿O es que acaso todavía seguimos siendo los
mismos fascistas de siempre?” El agente González, que para
ostentar su placa había hecho un curso meses atrás, todavía
recordaba algunos de los reglamentos aprendidos. “Usted
tendrá todos los derechos que dice, pero a mi me dieron el
derecho constitucional de pedirle documentos y hasta llevarlo
a la comisaría si se insubordina”.
....Allí quedó el Chevrolet verde cotorra con la Teresita que a
estas horas ya estaba totalmente tiesa. Ayala encabezaba la
fila india, seguido por el Chelo, don Miguel, Manuel y,
cuidando la retaguardia, iba González. De camino a la
comisaría, le pidieron a Jerónimo Herrera, el mecánico del
pueblo que manejara el auto hasta la comisaría y que
además la ayudara a la Teresita a bajarse para prestar
declaración. El Jerónimo se rascó la cabeza, pensando cómo
se las arreglaría con semejante mastodonte. Pero no dijo
nada, porque desde que lo habían encontrado saliendo de
madrugada de la casa de la Adriana Bertone con los zapatos
en la mano, los favores que le pedían los cumplía sin chistar.
....El mobiliario del calabozo, consistía en dos sillas y un catre
con patas de madera en cruz, con una lona que alguna vez
había sido blanca, pero después de tantos años y cuerpos
que lo usaran, tanto su olor como su color eran
indescifrables. Los que más lo usaban eran los agentes, que
cuando estaban de guardia se turnaban para dormir. Este
sábado, lo ocupaba don Eduardo que, por el efecto del
calmante, dormía como un angelito, roncando y soplando
zetas por detrás del bigote. Al llegar los nuevos visitantes,
don Eduardo entreabrió los ojos y creyendo ver al amante de
su esposa en la figura de Manuel, se enderezó para pegarle.
Viendo que sus derechos constitucionales una vez más
habían quedado enterrados en el barro del pueblo, comenzó a
pedir que lo comunicaran con la embajada de Estados
Unidos, además de amenazar a los agentes que, por su falta
de idoneidad en el desempeño de sus funciones, iban a ser
responsables de lo que pudiera venir. Ante la amenaza que
éste representaba, sacaron a los demás presos al patio. A
don Eduardo, como seguía durmiendo, lo pusieron en un
rincón para no pisarlo y el único que quedó en el calabozo fue
Manuel.
....Ya entrada la noche, las cosas se habían calmado. La
Teresita, después de haber estado en remojo casi una hora,
había podido explicar lo ocurrido. Don Miguel y el Chelo fueron
liberados gracias a la intervención de la tía Maruja que, como
se rumoreaba, andaba noviando con el agente González.
Como la Embajada de EEUU no contestaba las llamadas por
ser feriado, el Manuel, por su insubordinación a la autoridad,
quedó detenido por el resto del fin de semana. Y el pueblo
tuvo tema para comentar por varios años.
Cecilia Davicco es una narradora argentina que reside en
Los Angeles. Sus cuentos se centran en experiencias
familiares en su pueblo natal.
E N S A Y O S
UN JUDÍO ERRANTE MODERNO
Ander Frausto
....El 23 de agosto continuó su viaje río arriba. Los indios
sortearon los saltos de agua del Bayano cargando las
embarcaciones hasta los niveles superiores. Todo ese día
navegaron de esa manera y al anochecer acamparon en una
playa .
....Al día siguiente siguieron navegando remontando varias
cascadas. El calor era abrasador, pero el sentía frío.
Aquellas horas perdidas fueron como un sueño. No supo
cómo, pero se cayó al río. “Sentía que me ahogaba, creo que
luché desesperadamente para salir a la orilla. Cuando volví
en mí, estaba en una márgen del río con los piés en el agua,
los indios habian desaparecido, conservaba mi pistola, la
brújula y el machete. Ahí estaba yo solo sin nada más que la
fé en Dios, la fiebre se me había quitado pensé en volver atrás
pero no sabía como hacerlo. A algún lugar tendré que llegar,
así que, decidí seguir adelante.” Esa noche acampó en un
pequeño promontorio, dentro del mismo río, que consideró
limpio y seguro para pasar la noche. El 25 de agosto, con
muchas dificultades se abrió paso río arriba. Ahora el
problema era comer, porque a pesar de la fiebre sentía
hambre. Por los lugares que pasaba veía palmeras cuyo fruto
él conocía como palmito. Se acordó que los chicleros de
Quintana Roo lo comían y tambien que en las selvas mayas
hay una planta que le llaman bejuco que proporciona agua.
De eso se iba a alimentar mientras permaneciese en la
selva. Pasó la noche en un acantilado cerca del río con la
ropa siempre mojada, porque en El Darién llovía casi todos
los días. Un sombrío escozor revolvió su corazón y se quedó
dormido.
....El 27 de agosto consideró que se encontraba a la deriva.
Caminaba para el sur, para el oriente y a veces hasta para el
norte, debido a los meandros que tomaba el Bayano. De
repente, en una de sus márgenes, divisó una aldea con
grandes cultivos de plátano. Era la población de Cañazas
donde se alegró de ver otra vez a seres humanos. Esos
indios se divirtieron con él: “…hicieron que me acostase en
una hamaca, me mecieron y luego cortaron las dos cuerdas a
la vez para que cayese a tierra y todos se echaron a reir,
después me dieron de comer plátano verde con pescado
machacados; alimento que ellos llaman Chocula.” Una vez
repuestas sus energías, un guía lo acompañó para orientarlo
en el camino que tenía que seguir ya que no era posible
continuar por el mismo rumbo. Era necesario dejar las
corrientes fluviales, caminar hacia el oriente y ascender al alto
Darién. Después de varias horas de marcha comenzó a
sospechar que algo no andaba bien. La brújula indicaba que
estaban caminando erráticamente con dirección al Pacífico
cuando su idea era de ir hacia el oriente. Receló del guía y le
dijo que lo dejara solo. Sacó la pistola, disparó dos veces y el
indio se perdió en la selva.
Ander Frausto nació en Venezuela y a los once años emigró
a México en donde cursó cuatro años en la Escuela
Nacional de Antropología e Historia, en la que confiesa que
le “gustaba más la biblioteca que la escuela”. Desde 1977
ha vivido intermitentemente en EEUU y el país azteca. El
relato del viaje de su padre, Evodio Frausto, por el conti-
nente americano, se basa en documentos, reportes perio-
dísticos e información oral recogidos a lo largo de los años.
. El consulado mexicano le sugirió evitar Guatemala ya que
era difícil obtener una visa. Así fue que embarcó hacia Puerto
Cortés, Honduras, y después de tres horas y media de viaje,
las autoridades migratorias le permitieron ingresar al país
portando sus armas. Esa misma tarde, mandó un telegrama
al presidente de la república. Al día siguiente llegó a San
Pedro Sula, zona bananera, en donde el gobernador le
concedió toda clase de facilidades. Después de visitar a la
prensa local cruzó por la región de Comayagua: era el año de
1941.
PARTE 2

....Un pequeño altercado con un oficial del ejército le ocasionó
ser detenido en la cárcel municipal que era cuidada por un
centinela joven. Pero la celda donde él estaba preso no tenía
llaves o candado. En la madrugada llamó al guardia para ir al
baño y como éste no respondió, tranquilamente abrió la celda
y salió a la calle huyendo del lugar. Al amanecer ya estaba
lejos. Se escondió en las montañas para no ser detenido y
continuó su viaje hasta la capital por caminos reales y
veredas ayudado frecuentemente por los campesinos que le
daban comida y agua. En la primera oportunidad se presentó
en el primer puesto militar donde dio parte de lo sucedido.
Mostró sus documentos y el telegrama que el presidente
Carías había contestado al gobernador en Sula. Con las
garantías de libre tránsito, y sin mayores problemas, llegó a
Tegucigalpa en donde relató a los periódicos sus
impresiones del viaje y, tres días más tarde, fue recibido por
el presidente Carias Andino que elogió su aventura y le dio la
seguridad de poder viajar libremente por todo el territorio
nacional . El embajador de México lo presentó como invitado
de honor en una comida que ofrecía a los periodistas de la
capital .
....“Fué una de tantas veces que me sentí muy pequeño por
tanto elogio de gente importante. Pero como toda vida de un
aventurero, días después volvía a los caminos polvorientos, ya
nadie me conocia, acampaba donde me encontraba la
noche. Volvía a ser un extraño para la gente, pero los
hondureños como todos los latinoamericanos son generosos
y hospitalarios, pués entre más pobres, más comparten sus
panes con los caminantes.”
....Continuó hacia Choluteca y de ahí cruzó a Nicaragua. Pasó
por Chinandega y Puerto Corinto, sobre el Pacífico. En León,
los periodistas del diario La Estrella lo invitaron a recorrer la
ciudad, así como el hospital donde estaba internada la
hermana de Rubén Darío, con la cual tuvo la oportunidad de
conversar. Depositó una ofrenda floral en la tumba del gran
poeta y recibió ánimo de todos aquellos que generosamente
lo atendieron durante aquellos días felices .
....Por la Panamericana, el viaje a la capital fue corto. A la
izquierda: el bello lago de Managua y el cono centinela del
Momotombo. Dos días después, lo recibió en audiencia
Anastasio Somoza quien le ofreció toda clase de ayuda
durante sus travesías por el país. Con pena dejó Managua
después de diez días con todos los gastos pagos y se internó
en las montañas rumbo a la colonial Granada, ciudad de
rosas y bellos jardines. En un par de días se enfiló hacia
Ribas y el puerto de San Juan del Sur con su bahía en forma
de herradura, sus finas arenas y el azul de sus aguas. En el
pueblo de La Cruz terminaba el territorio nicaragüense.
“Llevaba muchos recuerdos de su gente, mientras me
preguntaba quien era yo? Pués no era más que un
tragaleguas al cual le habian tendido la mano. Aspiré aire con
plenitud para internarme en la república de Costa Rica.”
....Ya en la provincia de Guanacaste, la primera ciudad en
visitar fue Liberia, luego Punta Arenas. Conviviendo con los
campesinos de distinta idiosincracia a la nicaragüense,
muchos de tez más clara por su origen europeo, escribió: “
No encontré diferencias entre los hombre de campo, ni con
las dictaduras de Carías y Somoza o la democracia de
Calderón Guardia. Mal vivían de un sueldo, en jacales. Las
revoluciones, incluyendo la mexicana no habían cambiado la
vida del hombre del campo: pobreza, mala alimentación.”
....Se internó en la meseta central parando en la mina de
Santa Clara en donde su dueño, Leonidas Estebanovich, un
ex-aventurero yugoeslavo le brindó hospitalidad durante varios
días. La gente y el paisaje, pero sobre todo el trato de familia
recibido,causaron honda impresión en su corazón. Siguió a
San Ramón, Grecia, Atenas, Alajuela, viendo hermosos
cultivos de flores, hasta San José. El embajador de México,
don Romeo Ortega, ofreció un banquete a la prensa a la cual
fue invitado. Se publicaron sus crónicas de viaje y tuvo la
oportunidad de ser recibido por el presidente Calderón
Guardia. Su estancia en la capital fue una de las más bonitas
por el cariño que le mostraron los costarricences y el mismo
embajador del que fue amigo toda la vida. Por aquella época,
en Costa Rica había grupos de asilados de varios países del
continente que tenían como finalidad luchar en contra de los
gobiernos autocráticos y las dictaduras militares y
oligárquicas. Estos hombres trataban de organizarse en lo
que poco tiempo después se llamó La Legión del Caribe.
Eventualmente, formaron parte de ella hombres como Juan
Bosh, Rómulo Betancourt, Húber Matos y José Figueres.
Evodio tuvo contacto con grupos de asilados políticos
dominicanos que lo invitaron a formar parte de La Legión en
su lucha para derrocar la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo,
pero su destino era otro. Mientras tanto, los días pasaron y el
perdió la noción del tiempo. Le costó dejar a las muchas
amistades que había hecho, pero un día, antes del amanecer,
abandonó San José. Llovía a cántaros. Se dirigió a la ciudad
de Cartago, punto donde terminaba la línea de la carretera
interamericana. Un poco más adelante, en la falda de las
montañas, habían comenzado los trabajos para poder
comunicar Costa Rica con la república de Panamá. La única
forma de continuar su recorrido era cruzando la cordillera de
Talamanca por su punto más alto: el Cerro de La Muerte. Sus
tres mil quinientos metros de altura y los rigores del clima, lo
hacían un lugar temido por los pocos viajeros que allí se
aventuraban .
....Sin que parara de llover, caminó por brechas llenas de
barro. El frío inclemente lo acobardaba pero pensaba que lo
que había quedado atrás ya lo conocía, mientras que lo que
se extendía adelante estaba por conocerse. La primera
noche, la pasó con unos abridores de brechas y, al día
siguiente, entró en la parte alta de la montaña. El cielo no
cerraba sus exclusas, la ropa empapada se le pegaba al
cuerpo. Estaba exhausto de abrir camino a machete, cuando
al tercer día divisó más abajo a San Isidro El General. Sintió
una gran alegría pues estaba del otro lado de la montaña. Ya
en San Isidro conoció al Sr. José Figueres, meses antes de
las denuncias de corrupcion que lanzó contra el gobierno de
Calderón que le valieron ser exiliado a México. Escuchó con
interés su historia y lo ayudó económicamente. Evodio aceptó
con gusto el dinero y continuó su viaje por las montañas hasta
la frontera con Panamá.
....La primera población fue Cañas Gordas. Después del
protocolo consular y la fiesta del pueblo, continuó sin
contratiempos por las provincias de Chiriquí, Veraguas, hasta
La Chorrera, sólo ocasionalmente inquirido por las
autoridades militares norteamericanas a las cuales
presentaba pasaporte y credenciales de prensa. Ya en la
zona del canal cruzó en ferry hasta la ciudad de Panamá.
En aquel entonces, el país tenía poco menos de un millón de
habitantes y cerca de otro millón de trabajadores venidos de
todas partes del continente. “Aunque nos consideraban
hermanos latinoamericanos, los panameños no estaban
conformes con tanto extranjero que los desplazaba en los
mejores puestos de trabajo, pero lo peor, según ellos, era
que tambien les quitaban a sus mujeres.”
....Después de visitar las redacciones de PanamaAmérica y
La Estrella, trató de hablar con el presidente Arnulfo Arias,
pero no fue recibido. En cambio, el gobernador de la ciudad
de Panama, el Sr. Federico Boy, sí lo hizo. Lo felicitó por sus
logros, aunque le advirtió que no podría cruzar El Darién y que
no daría su permiso en tanto la presidencia de la república y
la embajada mexicana lo autorizaran. Días después obtuvo el
permiso, un salvoconducto y un mapa de la región. El jefe de
la Guardia Nacional, coronel Remón, le obsequió una pistola .
45 con dotación de 50 balas y agregó que en la población de
Chepo se encontraba el último puesto militar. A partir de ahí,
tendría que internarse con guías en la región de Cañazas
para ir subiendo, de a poco, la cordillera del Darién.
....El 21 de agosto de 1941 estaba en Chepo. Después de
firmar el libro de visitantes, el alcalde le proporcionó comida
enlatada para unos 12 días, advirtiéndole que ése sería el
tiempo aproximado que le tomaría, si lograba cruzar El Darién,
para llegar al primer pueblo del departamento del Chocó,
Colombia. El día 22 consiguió unas piraguas que lo llevaron
río arriba hasta la población indígena de Cañazas. Antes de
embarcarse pensó unos minutos, pues no se sentía bien de
salud: el frío y la humedad que vivió en las montañas
costarricenses minaban su físico en el calor y la humedad del
trópico. Comenzaba a manifestarse el paludismo, pero
desde niño estaba acostumbrado a sobrellevar
enfermedades. ¿Qué más podría pasar? “A algún lado
tendré que llegar”, pensó.
Evodio Frausto Valera


....Una vez solo miró a alrededor y sintió la selva en toda su
grandeza: la voz de la alta vegetación, el susurro de la maleza
baja y la hojarrasca hablando el lenguaje de las cosas
primigenias, en un idioma que de alguna manera entendía en
la resaca de su propia memoria. Al día siguiente, Evodio
supo que estaba perdido. No contaba con suficientes
alimentos ni un mapa. El laberinto de montañas y cañones le
cerraban el paso por doquier y no podía ubicarse con la ayuda
del sol o las estrellas pues llovía casi constantemente.
Decidió que no podía continuar. Desistía de cruzar El Darién.
Ahora su objetivo era sobrevivir, salir al archipiélago de San
Blás. Antes del anochecer, llegó a un acantilado desde
donde se podía ver un pequeño valle y allí descansó. Al
amanecer intentó bajar. Caminó todo el día siguiendo las
vueltas de la formación rocosa, pero no encontró la salida.
Esa noche durmió sobre un árbol amarrado con guías de
bejuco. Medio día más de marcha y se encontró de vuelta en
el mismo lugar de hacía 48 horas atrás. Comenzaba a
desesperar. Ya no le quedaban plátanos y volvió a los
palmitos y a la fruta de una variedad de lechugilla.
....Era el 30 de agosto y Evodio trataba de buscar una salida
de aquel laberinto vegetal de cañones y colinas. Por fin unas
horas después pudo trepar unos peñascos y subir a la parte
alta de los acantilados. Desde ahí pudo ver, a lo lejos,
montes más altos. Una vez ubicado, la única solución era
descender hacia el oriente abriéndose paso con machete: en
día y medio ya estaba en las partes bajas del Darién. Caminó
cerca de esteros llenos de manglares, ya diezmado por el
paludismo, cuando divisó varias lanchas que se acercaban a
la costa, todas ocupadas por mujeres. Les salió al frente y
con señas les pidió ayuda. Después de mucha gritería, lo
dejaron subir a una de ellas y lo condujeron a la isla de
Ailicandí en el archipiélago. “En estas islas los hombres no
trabajan sino las mujeres, la función de los hombres es
cuidar y educar a los niños y el resto del tiempo se la pasan
tirados en sus playas. Estos indios son los Kunas.”
....Por señas, le indicaron en dónde tenía que dormir: era un
gran galerón con el resto de los indios. No sabía cuándo
podría salir de alli y sentía temor de lo que podrían hacerle.
Pasaron los días y los Kunas lo trataban bien. Observaba que
“había mujeres muy bonitas pero perdían su figura porque
usaban argollas en la nariz y, tanto en los brazos, como abajo
de las rodillas usaban unas ligaduras que les desfiguraban
las piernas.” Pasaron semanas y Evodio no veía cómo
marcharse. La malaria lo aquejaba cada vez más y al plátano
verde con pescado machacado ya no lo soportaba. Después
de un mes, llegó a la playa una embarcación con su capitán y
un marinero. Se acercó a ellos para pedirles que lo llevasen
a tierra firme, hasta la primera población de panameños. El
capitán se negó alegando que eran contrabandistas. Ellos
traficaban con los Kunas vendiendo baratijas por pepitas de
oro (desde un puerto en el Departamento del Chocó,
costeando hasta algunas de las islas de San Blás) y evitaban
a las autoridades panameñas. Esa noche, Evodio le pidió
otra vez al capitán que lo sacase de allí y éste volvió a
negarse. Entonces decidió sacar la pistola y lo amenazó que
si no lo llevaba le iba a hundir su bote a tiros. Esta vez el
capitán accedió con la condición de que sólo lo acercaría a
alguna playa cercana a algún poblado.
....“Cogí mi equipaje que consistía en un machete, pistola, una
cámara fotográfica destartalada y la ropa que tenía puesta, me
despedí del cacique agradeciéndole por lo bien que me
habían tratado; no tenía nada con que pagarle,
desamarramos la embarcación y tomamos rumbo a la ciudad
de Colón.”
....Navegaron toda la noche y el día siguiente desembarcó en
una playa. De ahí continuó caminando por la costa, arribando
al puerto de Colón un día después. Se presentó a la Guardia
Nacional y les contó la historia y, después de comunicarse
con el comandante Remón, fue conducido en tren hasta
Ciudad Panamá donde, por órdenes del gobernador Boy, fue
internado en el Hospital Santo Tomás con malaria en estado
avanzado. Corría la mitad del mes de octubre de 1941.
....Estuvo hospitalizado más de un mes. El Sr. Federico Boy
pagó los gastos médicos y el encargado de negocios de
México lo ayudó con dinero ya que no tenía ni para comprar
cigarrillos. Fueron semanas de dudas y abatimiento por
haber fracasado. Sentía vergüenza por defraudar a tantas
personas que lo habían ayudado, que lo alentaron en su
sueño. Y apenas estaba a la mitad de su camino. Isabelita,
una amiga muy cercana, influyó para que se quedase a
trabajar en la Zona del Canal y, una vez que contase con
medios económicos, intentase cruzar a Sudamérica. Pronto
consiguió trabajo en las obras de construcción de una base
militar norteamericana. Pasaron unos meses y ya casi había
olvidado la pesadilla del Darién. Tenía muchos amigos.
Había ganado dinero y cuando más vacilaba acerca de
cuándo continuar su viaje, tuvo un accidente de trabajo, con
fractura de mano y contusiones, que lo mandó al hospital
durante varios días. Un periódico publicó su accidente
recordándole que si él había partido para el Darién meses
atrás, ¿qué es lo que hacía en la zona del Canal? La noticia
le dolió y lo dejó desconcertado. Cuando lo dieron de alta,
regresó a su trabajo y, un mes más tarde, renunció para
regresar a México: tenía que ver a su madre, dar una
explicación a sus amigos, comenzar de nuevo.
....Un día se embarcó hacia Puerto Barrios, Guatemala, y cruzó
el territorio en tren para ingresar en México por Tapachula,
Chiapas. Era junio de 1942 cuando llegó al D.F..
R E F L E X I O N E S
Rafael Carvajal
MÁXIMAS Y MÍNIMAS
Hay principios que no tienen fin.
Las mujeres se rien de lo que no las hace llorar.
No es un misterio de que la visión estadounidense vulnera la democracia
pluralista. Amenaza la política del diálogo y estimula la confrontación. Rompe
opciones de consenso y privilegia el derecho de la fuerza sobre la fuerza del
derecho.
Hay muchas maneras de ayudar a los demás a vivir; pero sólo hay una manera
de vivir: ayudando a los demás.
Cuando un millonario que tiene bienes se hace viejo, también tiene males.
Pareja inseparable: Poetas de versos tristes y Musas de vida alegre.
En el sindicato de actores la unión hace la farza.
Mientras que el historiador se puede equivocar, el profeta debe acertar.
Con el uso permitido de los teléfonos celulares, Cuba comienza a despertar de
una fábula que transtornó la pesadilla, al reino de los desórdenes del
individualismo.
Un buen ejercicio es salir del ascensor tres pisos antes y caminar...hasta el otro
ascensor.
Para el pirómano la gasolina es una sustancia propósitamente inflamable.
Definición de Hacendado: Quien gana mucho dinero haciendo dados.
Rafael Carvajal es un narrador colombiano que reside en Los Angeles. Asiduo
participante de peñas literarias locales es reconocido por escritos que
recogen dichos y refranes típicos de nuestra cultura. Algunas de sus
reflexiones se publican mensualmente en Tiempo Sur.