LA   LUCIÉRNAGA
Un encuentro de poesía, narraciones y música
FEBRERO 2008
FEBRERO 2008
EDITORIAL
La poesía no es una experiencia existencialista  ahistórica.  Es un fenómeno artístico que es  influenciado por el
contexto en el que es creado.  Al mismo tiempo, en un claro ejemplo de dialéctica  hegeliana, deja su estampa en
los procesos sociales del momento.  Cuando escuchamos a José Manuel Rodríguez describir a sus aterradores
mundos de comunidades urbanas marginales o a Maythé Rueda danzar en versos de amor fogozo, en última  
instancia, estamos ante ecos de un discurso que refleja fenómenos fundamentales de nuestra sociedad.  No hay
poesía etérea, versos divorciados de la realidad social y política.  Los que  pretenden concentrarse exclusivamente
en la forma y la estética de sus metáforas e imágenes, siempre estarán encajonados en las monumentales fuerzas
históricas del
aquí y ahora.   
En este momento, la nación se prepara a ejercer ese derecho sagrado de elegir a los líderes de nuestras
instituciones democráticas.  Con dos guerras irracionales en el horizonte, una creciente inestabilidad económica y
la pérdida sustancial de nuestros derechos civiles, nosotros, los poetas, escritores y músicos latinos, tenemos la
responsabilidad cívica, en la mejor tradición de Pablo Neruda, Roque Dalton y Rodolfo Walsh, de motivar a nuestra
comunidad latina a que salga a votar el 5 de febrero por aquellos que promueven la paz, la justicia social y la
libertad.   

Néstor Fantini
POESÍAS
CUENTOS
Algunos miembros de La Luciérnaga en la peña del 19 de
enero, en Northridge (MR)
Antonieta  Villamil es  una  poeta  colombiana  que
reside  en  Los Angeles.   Autora de  
Traigo  como
arena en los ojos un poem a inmenso
y Razones de
la señora bien y veinte poemas bastardos
, ganó el
prestigioso Premio Gastón Baquero 2001 con
Los
acantilados del sueño
.
LOS ACANTILADOS DEL SUEÑO

Antonieta Villamil
Cuando  la  negra  estepa  se  derrama  con  su  luna   
y    su    flagrante    indicio    de   luciérnagas    lejanas
sueña,   contorsionados   pájaros   bajo   sus   párpa-
dos  le   blanquean   el   ojo  y  tiemblan  las membra-
nas del sueño bajo fugaces pestañas.

             Sacan  de  su  quicio
          de  huesos  a  un  alma
          que  exhausta  se  fuga
               entre  los  astros
                    del  cuerpo.

Toda la  masa  del  día  regenera  su  paso y  amane-
ce  y  se  abre  el  ojo  con  su  luz  que  ha  trasegado
los  acantilados  del  sueño.

               Pasa  la  fugaz
         película  de  parajes
           enroblecidos  con
       un  buril  que  destella
             rostros,  voces,

en   los    siniestros    resplandores   de   lo   soñado,
cuando la  negra  estepa  se  derrama  con  su  luná-
tica   mantarraya  y  su  escamoso  indicio   de  peces
ahogados   en   los    extraños   manantiales   de  aire
en  que   se  mece  el  sueño, cuando   la negra este-
pa  se  derrama.
    ODA AL PASTO

                                                                                                   
                                                 
Para W. Whitman

                       Esta  es
                       la  zaga
                     del  pasto.

Aire   verde   de  horizontes  internos.   Claro  de  luz  
en   oscuros    troncos.    Hongo   de   esporas   que
caducan  erguidas   entre   la  espesa  cabellera de
una  indómita  tierra.    Cubre  este  cráneo   nutrien-
te.   Esponja  que  absorbe  la savia  y  se  peina.

                      Al  viento
                     cierne.  Al
                  agua  invade.

Hojas  de  pasto  que  plantadas  crecen  velocidad  
de campos.   Extensiones  que te acercan a las raí-
ces.   Que  te  ancestran.   Los  dedos  te  rozan, oh
pasto,  alimento  de  sí  mismo.

                    Lecho  de
                    un  Orfeo
                  sonámbulo.
                                       i
me atraganté
azul de ballenas
azul de tu contemplación que navega
pacífico
azul recuerdo del atentado
de abandonar mi cuerpo adolescente
en violentas aguas de
el revolcadero
ojos quemados en sal
cuando un cuervo picoteaba mi sexo con sarcasmo incestuoso

transité        rojo morado azul        en point mugu
el olor a base militar alcanzó el campamento
una lágrima seca se adhirió a la grieta
mi sonrisa al almuerzo
retorné al suave zafiro de tu mirada

me senté en un gigante eucalipto vencido a tu lado
no más triste que lo usual    casi gozosa
sin arrepentimientos        en soledad contemplativa
tú     extranjero    mi único testigo

vi ciertas cicatrices en el horizonte
casi desaparecer en point mugu
s u s p e n d i d a  en un abrazo líquido en umbral

                                       ii
la hambruna evoluciona en un lugar distante
sangre-lodo crece en oscuridad
no pude pronunciar faluya
sin que rojo me chorreara en exceso
todo lo que pretendí en nuestro viajecito de acampar
todo lo que quería era probar azul

sabor marino        en mi frente niña
iluminé un botón del tablero de tu vagoneta gris
aprendí joni mitchells con tu susurro
amarga    salada   tropecé   murmuré
maybe is just the time of year
or maybe is the time of man
i don.t know who i am

más   más   desde adentro   
de lo profundo del frío y azul océano
alimenté la herida triangular de mi espíritu
perfumada con salvia salvaje de la costa
salvia y azul                abrieron mis pulmones
como la hambrienta adolescente abre su jugoso corazón

nada de lo que ya fue puede ser olvidado o cambiado
soy de otra sangre   lo sabré mañana
nunca te perdí         pero      qué tan distante está el mañana
perdí toda dulce remembranza   hace una eternidad   y   hace un instante
quizás es sólo desdén para aún querer perseguir
ó el ladrido de sabuesos podridos al adormecer mis ojos quemados

herida ahondé más en azul
me aferré a la ligereza de las niñas ballenas
audaces   juguetonas
emergieron orígenes azules
destinadas a transcurrir las corrientes de la memoria de la tierra

                                      iii
el hombre viejo   simple    de point mugu
besó el cañón salvaje y verde como se besa el hogar
estacionó su camioncito para siempre
nos restregó la masacre de la carne del
pacífico
nuestra especie andante disminuyó a las ballenas a ciento cincuenta  
 
dijo y nos regaló jabón para lavarnos la mugre

faluyanos y ballenas agregaron al rojo saturado
tragué cifras de muerte con vergüenza
me atraganté                salpiqué agua helada sobre mi rostro
agradecida de que no había espejos para reconocer mi especie
sólo quería más azul    hundirme en el mar    recordar lo primigenio

                                       iv
bebí leche de los pezones de la tierra
su pan crujió en las mandíbulas de mis hambres
hice una masa suave de mí misma
carne que mordiste en fuego a la hora de grillos y ranas

grillos dije   ranas reclamaste
su repentino silencio nos embistió
es la culebra del río                 aventuraste
la culebra sólo mata lo que le es necesario
dije en silencio       sin aventurar

nos aquietó la ambiciosa culebra del deseo
ranas devoradas por el miedo        cabalgándose
quizás       se hizo palabra en nuestro débil intento
en ese silencio después del sexo
nuestros ojos de rana brillaron su verde desde dentro
radiantes        como si fuera a haber un día después

la memoria circuló las paredes de la tiendita de acampar
que transpiraba humanidad y sexo en ese instante
un nido de halcón golpeó mi corazón
volé mientras cabalgaba tu sangre de nuevo

recordé la pareja de ancianos al descansar su gris
en los bancos brillantes de primavera amarilla
nos compartieron el descubrimiento del ave del nido del tiempo
fuimos cuatro chiquillos ingenuos
apuntando dedos a alas esparcidas en vasto cielo
recordé en el intersticio de tu sonrisa como envejeceríamos juntos

tomé en visiones el asalto de tu beso en bicicleta
 absoluto         tierno
             mezclado con lodo y sal en medio de la trocha
y también tomé
después de aparearnos
el dólar negro de tu macho y arrogante humor muy a la americana
hirió mi sexo y destrozó a saber qué más
pero no terminemos en gris sino en azul
en el éxtasis azul de tus ojos cuando me hice marina dentro tuyo
y del fuego en la tiendita cuando desvaneció su rojo hacia la noche


                                         de la colección
persianas cerradas
ACAMPAR @ POINT MUGU

Maythé Rueda
Maythé Rueda es una poeta  y periodista mexicana con una
larga trayectoria en circulos literarios de Los Angeles.
Actualmente está realizando un doctorado en la  Universidad
de California.
EL ASALTO

Agueda Cabrera
Agueda Cabrera es una psicóloga
argentina que reside en Los Angeles.  
Muchos de sus cuentos relatan vivencias
de su Lanús natal.
Seguramente porque no era frecuente en esos tiempos y en
esos barrios, el asalto de la escribanía nos traumó a todos.  
Especialmente porque una de las protagonistas vivía al lado
nuestro.  La Julia, su cuñada, desparramó la noticia el
domingo entre todos los que pasaron a comprar en la
panadería.  Se comentó en los recreos del colegio y su hijita,
la Susi, la de primer grado, adquirió una rara fama, mezcla de
lástima y asombro por la experiencia que protagonizó su
madre.
Ocurrió una tarde primaveral de noviembre, pocos días antes
de que terminaran las clases.  Mariela,  vivía en un
departamento horizontal, cuyo pasillo de entrada lindaba con
mi casa. Estaba emparentada con casi todos sus vecinos
inmediatos.  Era hermana del marido de Julia, la de la casa
pegada a la de ella.  También era cuñada del andaluz.  Su
hermana, la  gorda María, ocupaba al fondo, otro
departamento.  El resto de los andaluces, habitaban arriba y
eran los padres de él y su hermana solterona.  Enfrente se
hallaban los padres de ella, para cerrar el círculo.  A pesar de
tanta protección familiar y de un buen marido,
el flaco, ella era
frágil emocionalmente.  Tenía dos hijitos, la Susi, de unos 6
años y un precioso bebé que no llegaba a uno.  Después de
cada parto, se solía desestabilizar y por eso la internaban en
una clínica que quedaba a pocas cuadras y que lucía como
una casa normal, aunque todos sabíamos su verdadero uso.  
La mujeres de la familia tomaban turnos para atender a los
niños durante esas breves
curas, para que el Flaco, que era
colectivero, no faltara a trabajar.
Esa fatídica tarde, Mariela llevaba varios meses en casa y la
familia había vuelto a sus rutinas.  Durante la mañana, llevó a
la nena a la escuela y después de completar sus quehaceres
hogareños, pasó por la escribanía para tramitar unos papeles
del seguro de su esposo.  La oficina,  también en una casa,
tenia una placa dorada con una sola inscripción comercial en
la puerta.  Un par de muchachas dactilógrafas trabajaban allí,
además del escribano y la recepcionista.  Mariela se había
retrasado preparando comida para el mediodía y llegó  con
poco tiempo.  Para colmo el escribano estaba reunido, así
que dejó los papeles con la recepcionista, pagó por el trámite
y prometió regresar a la tarde a buscarlos.  Apurada, con el
bebé pesándole en los brazos, apenas alcanzó a llegar a
tiempo para recoger a la Susi de la escuela. La encontró
parada en la puerta, sola con la maestra y haciendo pucheros
por su retraso.
El apurón y el incipiente calor de la primavera, además del
peso del bebé y los reproches de la niña, la hicieron sentir
exhausta y acalorada.  Por suerte había dejado el almuerzo
preparado y se afanó en servirle de comer a los niños.  Comió
brevemente con ellos y la Susi se durmió frente a la televisión
después del último bocado. Luego acunó al bebé un
momento y los dos se adormecieron.  Al rato se despertó
sobresaltada, pues se había quedado dormida y olvidó volver
a la escribanía.  No estaba segura a qué hora cerraban y los
dos niños dormían profundamente.  En su alboroto, calculó
que si caminaba rápido y sin el bebé, recorrería las dos
cuadras que la separaban de la casa, recogería los papeles y
estaría de vuelta antes de que despertaran los niños.  Sin
pensarlo dos veces, saltó de la cama, se calzó y salió con
paso apurado.  Dudó en llevar su cartera y decidió que no, ya
que el trámite estaba pago.  Esa decisión terminó salvándola
de males peores.
Casi sin aire, con el cabello revuelto y llena de culpa por haber
dejado a sus chiquitos solos, llego a la escribanía. Tocó el
timbre, esperando escuchar voz de la recepcionista por el
portero eléctrico.  En vez de eso, vio un ojo intenso que la
observó por la mirilla y la puerta se abrió para que entrara.  
Sin siquiera terminar de entrar le dijo al hombre que la recibió
que venía a buscar un sobre, que el trámite ya estaba pago y
que estaba muy apurada.  Él la miro con desconfianza y la
urgió a entrar.  Ese fue el primer indicio de que algo andaba
mal.  La ropa de él, su aspecto y su actitud en general no
correspondían con su concepto de un empleado de ese tipo
de oficinas.  Tampoco había rastros de la recepcionista. El
teléfono estaba descolgado y el escritorio revuelto.  Mariela
trató de superar la inquietud que la embargó. No obstante,
pensó que fuera lo que fuera, ella tenía que obtener su
documento y volver urgente junto a sus chiquitos.  Le repitió al
hombre que sólo venía a buscar un papel y que
probablemente ya lo tendrían preparado.  Él,  ya en un tono
impaciente, le repitió que se sentara y esperara. Ya la
atenderían.  
Mariela, nerviosa, no pensó tardar tanto.  Se sentó en la sala
de espera y revolvió sus bolsillos en busca de un cigarrillo.  
Cerca se encontraba otra muchacha como de su misma edad
con un chiquito en brazos.  Tratando de despejar su ansiedad
le sonrío al pequeño y notó que lloraba casi en silencio.  
Entonces recién se percató de que la joven madre también
sollozaba y que la miraba con cara de desconsuelo.  La
desazón volvió.  Mariela se puso de pie y preguntó qué estaba
pasando.  Entonces el mismo hombre que la recibió, volvió a
asomarse, esta vez con un revólver en la mano.  Le indicó que
se quedara tranquila y se sentara.
La visión del revólver plateado y grande la descolocó
completamente.  La audacia con la que había preguntado se
había desvanecido.  El cigarrillo temblaba en su mano y su
mandíbula inferior se movía descontroladamente haciendo
tintinear sus dientes.  Lágrimas calientes se escapaban de
sus ojos y emitió un gemido profundo y bajo.  Se sintió
incapaz de controlar su propio cuerpo. Por un momento le
pareció que se iba a orinar de miedo.  Enseguida recordó a
sus hijitos durmiendo solos en la casa y sintió que iba a
desmayarse.
El hombre regresó, esta vez escoltando a la recepcionista y a
otras dos muchachas hacia el cuarto de baño.  Le hizo una
seña a ella y a la muchacha del bebé para que se les unieran.
 La visión del revolver apuntando a sus prisioneras intensificó
el temblor de sus mandíbulas y el tintineo de sus dientes se
hizo más audible.  Ya allí, hallaron al escribano y a otro
hombre de corbata.  Mariela tiró el cigarrillo y obedeció a los
hombres de la escribanía que les indicaban que se pararan
adentro de la bañera, en un intento de protegerlas.  A la
señora con su bebé la pusieron bien al fondo para protegerla
mejor.  Estaban muy cerca unas de otras y la intensidad del
momento la hizo sentir falta de aire.  Afuera se escuchaban
voces y pasos apurados.  Otro hombre de corbata  les rogaba
que le devolvieran unos documentos que estaban adentro del
maletín que le habían robado,
argumentando que carecían de valor económico pero que
eran importantes para él.  El asaltante abrió la puerta del baño
una vez más y luego arrojó al protestón hacia adentro, le
colocó la punta del revólver en la cara con tono amenazante  y
le advirtió que se callara. Lo estaba poniendo nervioso. Otro
de los asaltantes le gritó al escribano, preguntándole si
esperaba hacer alguna transacción esa tarde.  Él lo negó y
trató de calmar al que pedía los documentos.
Mariela observó todo a través de la cortina plástica de la
bañera.  Si bien no podía controlar sus temblores, sus
sentidos estaban totalmente agudizados.  Veía todo como una
película en cámara lenta: los detalles de la cortina, las caras
de sus compañeras de desgracia, los colores de las corbatas
de los hombres y sobre todo el revólver plateado del asaltante
en la cara del hombre que protestaba.  Era como si el tiempo
se hubiera detenido dentro de la bañera.  Pensaba en varias
cosas al mismo tiempo. Se mezclaban vívidamente las
imágenes y los sonidos.  Pensaba en sus hijos y se arrepintió
de haberlos dejado solos, pero por otro lado, se felicitaba de
no haberlos expuesto a estos peligros.   De trasfondo,
escuchaba las voces de las muchachas diciendo que les
habían robado el sueldo cobrado ese día y también las
alhajas que llevaban.  Entonces ella se dio cuenta por qué no
le habían sacado nada. No llevaba su cartera. Sólo tenía una
pulsera, que aparentemente los asaltantes no habían notado.  
Vestía sus ropas de entre casa, así que los asaltantes ni
siquiera repararon en ella.
No permaneció mucho tiempo en la bañera; pero durante ese
lapso, algo se rompió dentro de ella.  Las voces y las
imágenes que percibió en el momento, amplificaron su miedo
como una radio a todo volumen.  Paralelamente su mente
siguió trabajando en otros pensamientos.  Entendió
vagamente que probablemente no moriría en aquellas
circunstancias; sin embargo, la sola posibilidad de la muerte
desató una serie de pensamientos relacionados con su vida
presente, pasada y futura.  En abierto contraste con los
nervios y el descontrol de su cuerpo, una parte de su mente
evaluaba la situación con una asombrosa lucidez como un
repaso general de su vida. Repasó mentalmente las
facciones de sus niños e imaginó a sus hermanas y cuñadas
criándolos.  Pensaba en el Flaco, joven y apuesto y quien
seguramente volvería a casarse.  Hasta pensó con humor
casi grotesco en esa muerte, baleada adentro de una bañera
y  enredada con los cuerpos de sus compañeras de
infortunio. Lo que más la inquietaba eran el futuro inmediato,
sus hijos solos y el Flaco volviendo del trabajo a encontrarse
con la sorpresa de su muerte.
Imprevistamente todo terminó. Se escuchó la puerta abrirse y
ponerse en marcha un auto.  Antes de salir, el asaltante del
revólver se asomó para advertir que nadie dejara el lugar por
quince minutos, si querían vivir.  Mariela sintió que sus
sollozos cesaron de repente y que todos sus sentidos volvían
al presente inmediato.  Bruscamente, empujando a las otras
muchachas, intentó escapar de la bañera.  El escribano y el
hombre de corbata trataron de cerrarle el paso.  Ella, les
explicó que no podía esperar, que había dejado a sus hijos
solos.  Lo dijo como con vergüenza y culpa para que sonara
aún más real.  Así que se escabulló entre los hombres y
alcanzó la puerta.  Temblando, se asomó afuera para
asegurarse de que el auto se había ido y entonces corrió
desesperadamente las dos cuadras que la separaban de su
casa.  En esa carrera, no veía las calles ni la gente, sólo
pensaba en la distancia que la separaba de sus hijos, que
parecía agrandarse a medida que se acercaba.
Encontró a los niños despiertos.  La Susi había asumido
seriamente su rol de hermana mayor y había servido galletitas
para ella y para su hermano.  Mariela abrazó a su bebe, que
parecía lloroso y olía a orines. Sintió culpa por su negligencia,
mezclado con un cansancio visceral.  La Susi miraba
televisión sin entender qué le pasaba a su madre.  Varias
horas después, cuando el Flaco regresó de su trabajo,
encontró a Mariela con los ojos desorbitados abrazando a sus
hijos y balbuceando en forma casi ininteligible la historia.  Él
dudaba en darle crédito, dada su historia de problemas
emocionales.  Se limitó a calmarla y la tomó en sus brazos.  
Entonces Mariela rompió en sollozos incontrolables, se
desinfló como una niña y se orinó encima.  No creía que se
hubiera salvado.
Si bien no la internaron esta vez, llevó meses reponerse del
susto.  Temía salir y encontrarse con los asaltantes, sus
caras grabadas y la seguridad de que ellos la reconocerían.  
Despertaba cada noche atormentada por las pesadillas y
vomitaba casi todo lo que comía.  Las mujeres de la familia
una vez más se tomaron turnos para llevar a la Susi a la
escuela, hacer las compras y limpiar la casa.  También se
turnaban para visitarla, consolarla y de paso ayudar con el
bebé.  Mariela contaba sollozando la historia una y otra vez,
como una zombi, con los mismos detalles.  Describía
sonidos, colores y todo tipo de sensaciones. Se hacía un
ovillo en su cama jurando que jamás volvería a dejar a sus
hijos solos, también repetía lo mismo cuando alguien quería
escucharla mientras barría su vereda.
Tuve oportunidad muchas veces de escucharla y llegué hasta
soñar con el asalto.  En el sueño era yo la que temblaba y
entrechocaba los dientes y no salía por miedo a encontrarme
con los asaltantes, la que corría enloquecida esas dos
cuadras interminables.  Desde entonces, todos quedamos
marcados por el incidente,  tomábamos precauciones
excesivas en todo y desconfiábamos de cada cara
desconocida que se asomara en el barrio.  
Con el tiempo, Mariela fue mejorando y poco a poco volvió a
sus rutinas habituales, pero nunca fue la misma.  El Flaco la
compensaba como podía y su familia tejió un círculo de
protección alrededor de ella. Años después, durante una
Navidad la visitamos.  Revisé un álbum de fotos con un
recorte de diario, recuerdos que indicaban brevemente:
 asalto
a mano armada en una escribanía local.
 
EL VIRUS DE JULIO VERNE

Rogelio Fojo
Rogelio Fojo es un cineasta uruguayo que reside en Los
Angeles. Muestras de su trabajo pueden encontrarse en
www.youtube.com y en www.imdb.com. Este articulo fue
originalmente publicado en
Vida Nueva.
Cada año es lo mismo. Llega enero y me ataca el Virus de
Julio Verne
, como lo llamo yo. O se alborotan mis genes de
inmigrante, no sé. La cosa es que en esta época, más que
nunca, me sube como una fiebre: necesito irme lejos,
escaparme de casa, viajar en busca de aventuras. No importa
que diariamente maneje millas y millas como sonámbulo en
medio del tráfico, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa,
por las calles y autopistas de Los Angeles. De repente es
como si despertara del letargo sintiendo un aleteo de
mariposas en el estómago, y ahora las carreteras de un país
tan inmenso y variado como Estados Unidos, esas carreteras
anchas y espaciosas que se van de la ciudad especialmente,
se vuelven de pronto una tentación irresistible. En mi caso, ni
me resisto ya: me he dado cuenta que es un mecanismo
anual de auto-mantenimiento que limpia y renueva mi cuerpo,
mente y alma, dejándome listo para retornar a enfrentar la
rutina del resto del año.
Por eso cuando llegó el feriado de Martin Luther King, Jr. - el
fin de semana largo del 13, 14 y 15 de enero del 2001-, me
lancé sin pensarlo mucho a hacer un viajecito relámpago
hasta el vecino estado de Arizona -uno de mis lugares
favoritos-, por ahí cerca del Cañón del Colorado. A mi esposa,
en cambio, no le entusiasmó la idea y decidió quedarse en
casa, ocupada en otros quehaceres. Pensé entonces que era
una gran oportunidad para hacer algo especial junto a mi hija
de 8 años Sofía (otra viajera empedernida, como todos los
hijos de inmigrantes), dedicarle el tiempo que se merece y
que el vértigo de esta metrópolis muchas veces no me deja
darle. Además, la niña no tenía que ir a la escuela esos días,
me estaba pidiendo desde hacía rato que la llevara a la nieve,
y ya se nos estaba yendo el brevísimo invierno angelino sin
encontrar una oportunidad para ir con ella a la montaña. Yo
sabía que por allá a la altura del pueblo de Flagstaff, en la
mitad de Arizona, íbamos a encontrar nieve.
Un poco a regañadientes, venciendo inquietudes instintivas
de madre, mi esposa aceptó que me llevara a la niña
conmigo a la aventura. Bueno, no tan
a la aventura  tampoco.
He hecho mil veces el trayecto de Los Angeles (California) a
Winslow (Arizona), en diferentes vehículos. Es cierto que
nunca es igual la experiencia, pero me siento confiado de
conocer bien el terreno. Al mismo tiempo trato de ser
prudente, no olvidarme nunca que un viaje es un evento
especial y demasiado azaroso como para subestimarlo. No
importa que no planeemos una travesía por el Amazonas ni
una escalada al Monte Everest. No hay forma de dominar al
viaje más simple y amoldarlo a nuestros planes. Por un rato
nos deja llevar el volante (hasta la mitad del camino, más o
menos). A partir de ahí, todos los viajes cobran vida y nos
conducen a donde se les dé la gana. Al final, llegamos a un
destino inesperado donde nos aguarda siempre una nueva
lección de vida.
                             
O sea que estaba mentalmente preparado: tranquilo y
contento, pero también en guardia.
Lo primero que hice para prevenir cualquier problema antes
de salir de Los Angeles, fue llevar mi carrito - un Geo Prizm
azul del 93, que me costó seis mil dólares y todavía estoy
pagando a cuotas -, a la gran empresa de mecánicos donde
lo llevo regularmente cada tres mil millas y pagarles $26.51
por un cambio de aceite realizado profesionalmente por
expertos.
Cargué luego el auto con mapas, cadenas de nieve, mantas,
agua, comida, linternas, teléfono celular, ropa para todos los
climas, todas las tarjetas de crédito que me dieron, mi
chequera y además por las dudas $250 dólares en efectivo.
Tal como se dieron las cosas, lo más importante de todo
resultó ser - y no es la primera vez que saco esta importante
conclusión - mi tarjeta de miembro
Plus del Automóvil Club
(AAA).
Años atrás, uno pagaba la cuota de $35 dólares anuales y si
se rompía el auto el AAA mandaba la grúa a remolcarlo gratis,
hasta un máximo de siete millas de distancia, cada vez que
uno llamaba a su número de emergencia (
roadside
assistance
). Ahora si uno paga un poco más, obtiene
membership Plus, y pueden remolcarlo hasta 100 millas
gratis. Créanme que eso es una GRAN diferencia.

Bueno, el viaje resultó maravilloso durante todo el camino de
ida. Recuerdo que salimos de casa a las 9 de la mañana de
un soleado sábado 13 (¡mal número para viajar!), tomamos la
autopista 15 al norte, hacia Las Vegas, nos entretuvimos un
par de horas visitando el pueblo fantasma Calico, en el
desierto junto al pueblo de Barstow, luego seguimos por la
carretera 40 al oeste, sobre la cual atravesamos el desierto
de Mojave, y abandonamos definitivamente California a la
caída del sol. Antes de salir de casa, yo había hecho
reservaciones por teléfono en un motel de Winslow, por lo
cual seguí manejando un rato durante la noche. Atravesamos
unos cuantos bancos de niebla a medida que ascendíamos
la montaña hasta la altura donde se encuentran los pueblos
alpinos de Williams y Flagstaff, y recién ahí las luces del carro
nos mostraron que las paredes a los costados de la ruta
estaban cubiertas de nieve. Pero las condiciones del camino
parecían seguras, totalmente despejado y sin hielo. Mi niña y
yo conversábamos dentro del coche, escuchábamos
cassettes con música y programas cómicos y en general la
estábamos pasando en grande. A veces ella prendía la luz y
se ponía a dibujar y a mí me daba tiempo hasta para
perderme en meditaciones y recuerdos. Cuando me detuve
brevemente a poner gasolina en Flagstaff, me di cuenta recién
ahí que el frío era increíblemente penetrante. Por suerte no
teníamos planes de quedarnos en ese lugar, y ya faltaban
sólo 50 millas para bajar la pendiente y llegar así al pueblito
sin nieve de Winslow donde nos esperaba un cuarto con dos
camas cálidas y abrigadas.
A las 11 de la noche ya estábamos instalados en el motel, así
que llamé por teléfono a mi esposa, reportándole que
habíamos llegado sanos y salvos, que todo había
marchado
sobre ruedas
. Le conté que a la mañana siguiente
planeábamos manejar unas 20 millas más, a fin de visitar
Meteor Crater -un inmenso boquete creado hace 49 mil años
por un meteorito que cayó a la Tierra en Arizona -, y luego el
plato principal del paseo, algo que mi niña no dejaba de
recordarme cada cinco minutos: una visita a las
reservaciones de los indios Navajos (Sofía llevaba incluso un
cargamento de muñecas, con la determinación de hacerse
una amiguita nativa por allá).

El domingo 14 de enero amaneció un hermoso día en
Winslow. Corrí las cortinas de la ventana para que el sol de la
mañana inundara nuestro cuarto alquilado. Mi hija se sentó
de un salto en su cama a desayunar con leche y unas
galletitas que habíamos empacado, sonriendo de oreja a
oreja por haber dormido bien, por tener ocho años, tanto
futuro por delante, y estar paseando junto a su papá. Tanta
era su felicidad en ese momento, que exclamó de pronto, y
sin que yo entendiera por qué, las siguientes palabras en
español: "Nada nos va a pasar, nada. Hoy es el mejor día de
mi vida".
Bueno, ahí va el primer consejo para su viaje: si su niño le
dice de pronto, insólitamente, cuando nada ha pasado, que
nada le va a pasar... agárrese. Algo va a pasar.
A las dos de la tarde, luego de visitar los alrededores de
Winslow y almorzar, enfilamos con el coche hacia
Meteor
Crater
.
Manejábamos apaciblemente por la bella ruta 40, con muy
poco tráfico, y al llegar a la salida que nos llevaría hasta el
cráter del meteoro, vino la sorpresa: una luz se encendió de
golpe en el tablero del coche, indicándome que chequeara el
aceite.
Bajé rápidamente de la carretera, agradeciendo la suerte de
que justamente al final de la rampa hubiera una solitaria
estación de gasolina. Era el único edificio en millas a la
redonda. Al parar, mi hija bajó corriendo y vio manchas de
aceite en el suelo detrás de nuestro carro, así que de un salto
nos tiramos los dos a mirar debajo de la carrocería qué era lo
que estaba pasando.
Lo que estaba pasando era que caía aceite como si hubieran
abierto una manguera. Los empleados de la estación de
gasolina salieron a mirar con preocupación el lago oscuro
que se estaba formando rápidamente debajo del automóvil (y
que les estaba manchando el piso de la estación), mientras
yo me apresuraba a hacer la primera de las muchas
llamadas que iba a hacer durante esos días desde mi
teléfono celular al Automóvil Club.
Segunda lección: invierta en un teléfono celular. No coma ni
se vista, pero consígase un celular.
Tercera lección: el número de teléfono del AAA en Arizona no
tiene nada que ver con el que indica la tarjeta para llamar
outside California. Perdí un buen rato buscando el número
correcto en la guía y a todo esto se estaba ya casi por poner el
sol, porque era invierno, y porque además en Arizona no usan
el
Daylight Saving Time, así que era allí una hora más tarde
de la que marcaba mi reloj californiano.
La grúa llegó manejada por un amable, aunque algo sordo,
conductor mexicano viejito, que me advirtió que todos los
talleres mecánicos de Winslow estaban cerrados, y
solamente había uno abierto 24 hs en Flagstaff. Allí nos llevó
entonces y llegamos al caer la noche a lo que parecía más
que un pueblo un refrigerador. Todo estaba blanco de nieve.
Dejamos el carro con este mecánico para que lo revisara.
Mientras tanto, le gritamos al viejito de la grúa para que nos
llevara hasta un motel cercano, donde pagamos $35 por un
cuarto para pasar allí el resto de la noche.
Aunque mi hija se alegró mucho de estar de vuelta en
Flagstaff, con tanta nieve para jugar, yo ya me empezaba a
poner nervioso del vuelco inesperado de los acontecimientos.
Cuando llamé al mecánico por teléfono para averiguar la
dimensión del daño, sus palabras me dejaron blanco como la
nieve que nos rodeaba: su diagnóstico fue que yo había
perdido, mientras manejaba, un tapón llamado en inglés
oil
drain plug
sin el cual se fue todo el aceite, y para cuando
apareció en mi tablero la lucecita indicadora del problema, ya
el motor se había desbielado. Lo cual quiere decir, roto,
destroyed, my friend.
¿Y cuánto me costaría arreglarlo?, pregunté nervioso.
Three
thousand dollars
, contestó fríamente. Había que poner un
nuevo motor ("reacondicionado" lo llamó el mecánico, pero
con
low millage, o sea con 50 mil millas, que era exactamente
el millaje que yo le había metido hasta ahora a mi coche
manejándolo desde que lo había comprado... Porque ya les
conté que compré hace apenas un año este carrito por 6 mil
dólares y todavía lo estoy pagando, ¿no?). Según el mecánico,
reemplazar el motor le iba a tomar una semana.

Le dije que me dejara pensarlo, aunque la verdad, no podía
pensar. Hablé con mi esposa por teléfono celular (no se
olviden lo del celular: usar el teléfono de los moteles cuesta
carísimo), quién quedó muy preocupada y casi llorando por la
incertidumbre de lo que podría pasar ahora. ¿Qué hacer?
¿Mandar a la niña sola en avión de vuelta a Los Angeles y
quedarme yo allí, solo, a esperar la reparación del motor? ¿Y
de dónde iba a sacar el dinero para pagarlo? Yo no llevaba en
mi cartera de viaje 3 mil dólares para comprarme ningún
motor "reacondicionado" en el camino como souvenir. Quizás
podía dejar el carro, tomarme un tren de regreso con mi niña,
pedir dinero prestado en Los Angeles y volver en avión a
Flagstaff una semana después a buscar el auto reparado, y
luego manejarlo todo el camino de vuelta. Ay, ay, ay. De
pronto, haciendo cuentas, mi plan de hacerme ese viajecito
relámpago a Arizona me pareció la idea mas insensata y
absurda del mundo, por lo cual mi auto-estima empezó a
perder aceite hasta quedar tan destrozada como mi motor. En
otras palabras, me sentí un idiota total y recordé que nunca
había perdido tanto dinero en un simple fin de semana. Ahora
tenía un auto viejo que iba a tener que seguir pagando
mensualmente, con un motor roto, estaba atrapado en medio
de la nieve lejos de mi hogar sin un medio para movilizarme, y
con la responsabilidad de una pequeña de ocho años que
confiaba en su papá y no comprendía todavía la magnitud del
problema.

Pasé una MUY mala noche en ese motel, sin saber qué hacer
y sin poder dormir, mientras afuera comenzó a desatarse una
verdadera tormenta de nieve y la televisión
reportaba que muchas carreteras habían sido clausuradas en
Arizona, alrededor de Flagstaff. Mi esposa desde Los Angeles
logró establecer una cadena de ayuda entre los amigos,
todos escarbando en su propias experiencias para dar el
mejor consejo, sirviéndome de apoyo moral, incluso rezando
por nosotros. Este respaldo, el sentir que uno no estaba
completamente abandonado y solo en medio de su lío, me
levantó el ánimo lo necesario para sacar a mi hija a comer a
algún restaurante abierto de la zona y mantener sus rutinas
de bañarse, lavarse los dientes, y en definitiva seguir
disfrutando del viaje como si nada pasara.   
Uno de los más valiosos consejos que recibí fue el de llamar
al AAA y preguntarles si este mecánico que me quería cobrar
$3,000 por un motor
reacondicionado estaba certificado por el
Automóbil Club. Revisaron su lista y me dijeron que no.

Al día siguiente amaneció todavía nevando fuerte, con el cielo
completamente negro, y Sofía y yo caminamos hasta el taller
mecánico resbalándonos en el hielo y hundiéndonos en la
nieve fresca. Mi niña me siguió aferrada estoicamente a mi
mano... luego que le prometí hacer un muñeco de nieve con
ella al volver, y jugar a tirarnos bolas de nieve.
Yo había tomado ya mi decisión: le pedí al mecánico que le
pusiera al auto el aceite más grueso que encontrara, de carro
viejo, hasta de tractor si tenía, porque iba a llevármelo y tratar
de llegar manejando despacito, como pudiera, hasta Los
Angeles, porque allí encontraría seguramente más opciones
para solucionar mi problema. El mecánico meneó la cabeza,
como diciendo
¡What a loco!, pero no tuvo más remedio que
dejarme ir. Y así fue que saqué el auto del taller y me lo llevé
manejando lentamente de vuelta al motel por las calles
congeladas, lejos de este único mecánico abierto 24 horas en
medio de un feriado laboral, que antes de salir igual alcanzó a
cobrarme $ 223.35 por el
diagnóstico.
Pero no me puedo quejar. En el último instante, este
mecánico de Flagstaff hizo algo impagable por mí: me
preguntó si yo le había hecho un cambio de aceite
recientemente al vehículo.
Sí, hace unos días, le contesté. ¿Por que?
Well, you know...-
me respondió en inglés (porque los mecánicos hablan puro
inglés en Flagstaff).
Oil drain plugs don't fall by themselves, lo
cual significa que esos taponcitos no se caen solos, a menos
que los mecánicos que hacen el cambio de aceite lo ajusten
mal.
Así llegamos al consejo número cuatro: pedirle al mecánico
una carta certificada de su
diagnóstico, y a partir de ese
momento guardar todos, ABSOLUTAMENTE todos lo recibos
de gastos y todas las tarjetas, nombres, direcciones y
teléfonos, que se crucen en el camino. Es lo que yo hice,
aunque no tenía todavía muy clara la idea de para qué me
iban a servir.
Pagué otros $35 por pasar una noche más en el motel, la
última, y antes de acostarme llamé de vuelta al Automóvil Club
pidiendo una
flat bed truck - o sea una grúa con una cama
atrás donde llevar al carro inmóvil, sin rodarlo-, para
remolcarlo al día siguiente de vuelta a California.
Consejo número cinco: ahora sé que uno tiene derecho,
como miembro de AAA, de pedir este tipo de grúas grandes,
en lugar de las comunes. Pueden demorar un poco más que
las otras en llegar, pero es prerrogativa del miembro de AAA
de solicitarla si se le antoja, sin tener que dar ninguna
explicación.
Esa noche arreció la tormenta de nieve, y el conductor de la
grúa llamó para decirme que no podía confirmar su servicio
hasta ver cómo amanecían los caminos al día siguiente. Mi
esposa también llamó y le conté que no había forma de
asegurarle lo que pasaría mañana. Al colgar el teléfono, en
medio de esta incertidumbre total, me invadió una gran
melancolía y me abandoné instintivamente a las fuerzas del
destino. Pasé una última noche en Flagstaff abrazado a mi
niñita, olvidando nuestro predicamento y riéndonos juntos
mirando una película para niños en la televisión hasta la
madrugada.
Consejo número seis: hay que hacer todo lo que uno pueda
para arreglar los problemas en los que se ha metido, hasta
agotar todos los recursos imaginables. Pero tarde o temprano
llega un momento en que hay que abrazarse de lo que más
nos importa, y enfrentar con fe lo que nos traiga el mañana.

Lo que nos trajo la mañana del martes 16 de enero fueron
algunos copitos de nieve inofensivos y los caminos lo
suficientemente despejados como para partir. La grúa llegó
antes que amaneciera, subió el carro tapado de nieve a su
cama, y a nosotros dos como pasajeros en el asiento trasero
de una cabina amplia y cálida. El miedo que yo sentía de
viajar apretados, en un vehículo peligroso, se desvanecieron
por completo y fue reemplazado por un entusiasmo creciente.
Aquello era viajar - tanto para nosotros dos como para el
pobre coche - en primera clase. El conductor era amable y
parlanchín, y nos entretuvo contándonos un montón de
historias de su vida, su trabajo y su matrimonio con una
alemana. Sofía ciertamente las disfrutó, y aún hoy las
recuerda.
Aunque los caminos estaban en buenas condiciones, la
nevada había sido tan fuerte que continuamos encontrando
nieve hasta casi salir de Arizona. Las cien millas gratis pronto
se terminaron y no tuve más alternativa que pagar de mi
bolsillo otras cien para salir de la nieve y llegar así a
California, lo cual me costó otros $265 dólares cargados a mi
tarjeta de crédito.
Los servicios de grúas no pueden cruzar las líneas estatales,
así que tuve que volver a manejar mi auto despacito por unas
14 millas para llegar al pueblo de Needles, del lado
californiano.
Desde una estación de servicio volví a llamar al AAA, y me
mandaron otra grúa idéntica a la que nos había transportado
hasta ahí, para avanzar por otras cien millas gratis, lo cual
según mi mapa me serviría para atravesar la parte más
desolada del desierto de Mojave, y llegar al pueblo de Ludlow.
Pero el oso barbado y hosco que manejaba esta nueva grua
se emperró en que no tenía permiso para dejarme tirado en
un pueblo sin taller mecánico como Ludlow, por lo cual
debería llevarme otras sesenta o setenta millas más hasta
Barstow, con un mecánico que realmente pudiera arreglarme
el motor. O sea que yo tendría que pagarle por esas millas
extras, otros $200 dólares.
No sé qué pasó, creo que protesté tanto durante todo el
camino (cada rato consultaba mi mapa de carreteras y le
disputaba al conductor su cálculo de las millas que faltaban),
que el oso barbado y hosco finalmente se cansó y me
descargó a mí, a mi niña y al carro, exactamente donde yo
quería: en Ludlow. O quizás fue el mencionarle que le pagaría
las millas extras no en efectivo, sino con tarjeta de crédito.
Consejo número siete, entonces: pagar lo menos posible en
efectivo. La vista del dinero es más tentadora que la del
plástico.
Incluso me dio un consejo, este conductor de pocas palabras:
dijo que si mi carro todavía funcionaba, yo podía intentar
avanzar otro trecho por mi cuenta, siempre y cuando el motor
no hiciera ruido al manejarlo. En ese caso debía bajar la
velocidad o detenerme un rato. Si me iba por la vieja e
histórica ruta 66, que justamente ahí empezaba un segmento
largo que todavía seguía transitable, todo estaría OK.
Así lo hice, y manejamos cuidadosamente esa tarde por una
ruta encantadora y solitaria, a 40 millas por hora, almorzando
hamburguesas, disfrutando incluso del paisaje soleado de
California que desfilaba por las ventanillas. Mi viaje parecía
haber dejado por fin de sacarme dinero. Y luego de
experimentar la realidad del
viaje en Tow-Truck, yo ya volvía
poco a poco a sentirme en control de la situación.
Cerca de Barstow se acabó este remanente de la vieja ruta 66
y tuve que subirme nuevamente a la carretera interestatal 15
Sur, donde mi velocidad de crucero de 40 millas se volvió
realmente una molestia para los autos y camiones que nos
pasaban zumbando a las 75 millas que permite la ley en esa
zona. Me bajé en el pueblo de Victorville, porque mi mapa me
decía dos cosas: una, que frente a mí, como último obstáculo
separándome de Los Angeles, tenía una cadena de
montañas nevadas infranqueables en estas condiciones; y
dos, ¡que Victorville se encontraba ubicado exactamente a una
distancia final de 100 millas de la puerta de mi casa!
Volví a llamar al automóvil club, y una nueva grúa tipo
flat bed
truck
me recogió, justo con los últimos rayos dorados del
atardecer de ese martes.
Aquí viene la lección numero ocho: descubrí que el Automóbil
Club no autoriza más de una llamada a la grúa por accidente
por día. Es algo muy burocrático. Quiere decir que si uno pasa
la noche en un motel, y vuelve a llamar al AAA al día siguiente,
no hay problema ninguno en ser remolcado nuevamente.
Consejo número nueve, pues: cada grúa que llega es un
sub-contratista del Automóbil Club. Lo cual significa que todo
es negociable, y todas las políticas son diferentes. En este
caso, la empresa de remolque podía saltearse esa regla si
uno tenía recibo del mecánico indicando que el carro requería
extended repairs (o sea arreglos grandototes).
Recibo yo sí tenía, así que esa noche temprano, a las 7 p.m,
llegamos por fin a casa. Mi esposa nos esperaba en la puerta
(la llamé por celular mientras viajábamos con esta última
grúa anunciándole nuestro arribo) y cuando nos vio llegar se
sintió tranquila al notar las dimensiones del camión, la
comodidad con la que veníamos viajando en nuestro asiento
trasero de la amplia cabina. Aún así, no pudo evitar abrazar
con lágrimas en los ojos a su hijita, que hasta había crecido
de altura en estos días lejos del hogar.

Bueno, el final de la historia es el siguiente: tuve que escribirle
una carta a la maestra, explicando la razón de por qué faltó un
día mi niña a la escuela; y yo mismo debí tomarme días de
vacaciones para justificar mi ausencia en el trabajo.
Apenas pude fui hasta la gran empresa de mecánicos que
me había hecho el fatídico cambio de aceite, a reclamarles
que no habían ajustado el famoso
oil drain plug como se
debía, y para mi sorpresa me pidieron inmediatamente
disculpas, reconociendo su error sin ninguna discusión, que
errar era humano, que deseaban seguir contado conmigo
como su cliente, flores y más flores. Un inspector fue a
examinar al otro día el carro estacionado frente a mi casa, y él
mismo se agachó a enseñarme la prueba - todavía pegada
allí en la carrocería -, de que mi caso era sólido e
indisputable: una gruesa franja de aceite como hecha por un
pincel, que iba desde la parte delantera donde estaba el
depósito de aceite, hasta la parte de atrás del carro. La
mancha negra y viscosa significaba que, tal como yo, el
mecánico, y todos los conductores de grúa a los que consulté
en el camino planteábamos, el tapón se había desprendido
de golpe mientras yo iba manejando sin sospechar nada.
Todo el aceite se había escapado entonces masivamente,
dibujando las huellas de su huída y todas sus características
repentinas, en forma clara y contundente.
Antes que terminara enero, el seguro de esta gran compañía
de mecánicos me pagó 4 mil dólares por un nuevo motor
Toyota completamente nuevo (con 0 millas y colocado por el
propio departamento mecánico del
dealer que me lo vendió,
usando piezas y repuestos originales) más todos los gastos
incurridos en el camino debido al inconveniente: hotel,
restaurantes, remolque de grúas, incluso la renta de un carro
mientras duraban las reparaciones.
O sea, un final feliz, ¡después de tanta angustia! La verdad yo
hubiera preferido mil veces un viaje perfecto antes que el
dinero y el motor nuevo... pero hey, para eso inmigramos a los
Estados Unidos, ¿no? Después de todo, aventura era lo que
yo buscaba, y aventura fue lo que encontré. Así que ya estoy
planeando un viaje a Alaska para el mes de marzo.
¿Por qué? Porque es mi cumpleaños y algo tiene el mes de
marzo que me ataca siempre el
Virus de Julio Verne, o se
alborotan mis células de inmigrante, o qué sé yo.
ENSAYOS
Rafael Figueroa y Horacio
González (guitarra)  (CD)
José Manuel Rodríguez (der.),
representando a La Luciérnaga, y
Dagoberto Reyes en ceremonia en
la que la Casa de la Cultura de El
Salvador y la Revista Cultural
reconocieron la labor de La
Luciérnaga (NF)
© La Luciérnaga Online, 2008