¡¡¡ F E L I Z  A Ñ O  N U E V O !!!
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
E D I T O R I A L

¡Feliz Año Nuevo, miembros y amigos de La Luciérnaga!  Las torrenciales lluvias que desde diciembre han estado saboteando las
actividades de los angelinos,  no han logrado disuadir a aquellos avezados  que, a pesar de los riesgos que acarreaba la travesía,
llegaron a Northridge para asistir a la última reunión del año 2010 de la Peña Literaria La Luciérnaga.  En ella  tuvimos gratas
sorpresas, como la aparición de viejos  amigos como el artista plástico Leonardo Ibáñez y el colorido festejo de los cumpleaños de
Luis Dugna, Elsa Frausto y esta editora, Cecilia Davicco.

La finalización de otro año de constante crecimiento, nos deja llenos de orgullo y satisfacción.  Durante el 2010 tuvimos visitas
inesperadas, participación en eventos culturales locales  e internacionales, invitados destacados, presentación de libros,
distinciones internacionales,  que nos ha dejado la satisfacción de saber que La Luciérnaga es ya una reconocida institución
cultural que, día a día, sigue sumando logros y motivando al esparcimiento de la cultura hispana desde el corazón mismo de la
lengua shakesperiana.

En esta primera edición, de nuestro quinto volumen, presentamos poemas de Isolda Dosamanates, que desde México sigue las
actividades de La Luciérnaga Online;  de Mark Lipman, quien periódicamente se acerca a nuestras peñas y que actualmente es
candidato a senador estatal; y de Oxc Lebrán, poeta salvadoreño que acaba de publicar su último libro.  En la sección cuentos
aparecen narraciones de Gabriel Lerner, periodista,  escritor y editor de Hispanic LA y de Jorge Carrasco López , tercera mención
del Concurso Internacional de Poesía y Cuentos de la Luciérnaga Online 2009.  También presentamos las tradicionales Máximas y
Mínimas del colombiano Rafael Carvajal y un ensayo del argentino Néstor Fantini.

Esperamos que todos los proyectos que están en el horizonte de este incipiente 2011, las nuevas caras que se van sumando a la
lista de miembros activos, las publicaciones de libros,  y el nuevo concurso que se acaba de lanzar, sigan trayéndole a esta
querida institución cultural el justo crecimiento y el merecido reconocimiento que se ha sabido ganar gracias al aporte de todos y
cada uno de sus integrantes.

Cecilia Davicco
C U E N T O S

El árbol de la Vida se encuentra en el camino que serpentea
hasta Alei, no lejos de Beirut, y pasa a pocos metros de la
estatua de un prócer libanés que unas manos piadosas
cubrieron con sábanas blancas y que nos vio ascender
armados hasta los dientes.

Charcos y calles sinuosas de Alei, balcones altísimos, ojos en
cada pared, un café que permanece abierto hasta la
medianoche y en donde se comercian informaciones, armas y
haschish en bolsitas de un kilo.  Carteles del Ayatollah, música
israelí melodiosa y melancólica, aunque parezca mentira hasta
la coca-cola es nacional; lo del ayatollah es peligroso y a veces
los fieles se juntan alrededor del altoparlante del muacín y no
dejan de gritar hasta que la guardia se apersona en el lugar
con unos cuantos tiros al aire.










deteníamos frente a él y ella me transmitía con la voz que tan
bien recuerdo las enseñanzas de los primeros hombres del
mundo.

Como todos los soldados de todas las naciones conquisté el
árbol.  Mordí su fruto.

Aquella misma noche nuestro blindado recibió un balazo desde
la oscuridad anónima.  El tiro dio en una de las puertas y
resonó por dentro como un campanazo de iglesia.  Frank
Gambell, el sargento, estaba al mando erguido como el mástil
de una bandera, sin percatarse de nada, enfundado en una
frazada gris como su alma.  El conductor se asustó; casi se
había dormido y estrelló el semioruga contra la pared de una
casa.  Hubo muchos ladridos y el grito de una niña que lloraba
en árabe pero no divisé nada.  Yo estaba en mi lugar de
siempre en la parte trasera del blindado, oteando la
retaguardia y tratando de atajar el fusil que se me deslizaba al
suelo, cuando el impacto me llevó lejos.

Frank ahora es una fiera.  Desenfunda el revólver.  Me ordena:
“Fuego en trescientos sesenta grados”, como dicen las
órdenes de rutina aunque nos matemos los unos a los otros
girando como trompos mortíferos.  Tengo que sacudirme,
despertarme de una vez y hacer fuego contra aquellas
paredes oscuras de donde vi el destello para que Frankestein
no se enoje.  La cabeza del conductor está inclinada.  Frank
encantado por la aventura; relucen sus ojos fríos como charco
de batracios; no olvides la clase de cómo atacar cuando te
sorprenden con una emboscada.  Rápido rápido, dice Frank.
 
E L   Á R B O L   D E   L A   V I D A
Gabriel Lerner
O T R O   P R E C I O
Jorge Carrasco López

Pero, si estoy buscando un lugar donde apoyarme, trato de
amartillar el fusil, no ves que voy jalando con todas mis fuerzas
de la palanca, el fusil se atascó, me olvidé adentro un trapo
que tenía colocado para evitar que se introdujera polvo y
arena y que me lo ensuciara, se me atascó el cargador y ahora
no dispara, si se dan cuenta me matan.  Frank deja de tirar
con el revólver porque los ladridos de los perrostapan el ruido
de sus disparos y él quiere oírse; ahora me revienta los
tímpanos con la ametralladora punto tres, ojalá que vengan
pronto a rescatarnos así Frank se deja de de jugar no quiero ni
mirar.  En las terrazas alguien grita y yo no me puedo mover.  
Tengo que desarmar todo el fusil para que sirva, por qué
sangra la cabeza del conductor en regueros finitos, no se da
cuenta de que se le va la vida por esos hilos y trata de
encender el motor.  El blindado pega un salto formidable,
Frank que no estaba bien apoyado se me cae encima; yo ya
había logrado desarmar el fusilen seis y caigo, los intestinos
del arma se me escapan de la mano catapultados por el
empujón descomunal de Frank, en la oscuridad desaparecen
fuera del blindado que comienza a retroceder muy despacio y
los destroza como a un escarabajo.  El motor del blindado tose
y se apaga otra vez.  Reina absoluto silencio.

Frank queda sin respiración, a lo lejos se oyen gritos, alguien
sigue llorando en árabe, un vidrio se rompe y pasos se
acercan.  Se acercan y la mano de Frankestein como una
tenaza en mi mano, aquí están.  Llegaron.

Manos misteriosas rodean el blindado.  Manos transparentes
empujan el blindado a un costado del camino.  Manos
poderosas extraen al conductor de su asiento y lo acuestan
amorosamente en una camilla para llevárselo a la negrura de
la noche, manos oscuras nos señalan con severidad; y yo
estoy desarmado, Frank no logra enderezar la ametralladora y
maldice en inglés; los perros callan y la niña que lloraba mira
con ojos curiosos el milagro;  ellos no hablan y nosotros
tenemos las cuerdas vocales tan tirantes que sólo emitimos
ronquidos inhumanos.  Son los del Árbol.

Aquí el enemigo nunca se anuncia.  No es explícito.  Siempre
se envía a través de un emisario, de un mandadero: balas en
la oscuridad, alguna granada de mano que cae desde algún
lugar ya olvidado, voces que gritan en la red de
comunicaciones, un avión que muere en el aire.

El enemigo es un dolor adentro que llevamos doblado entre la
tarjeta de identidad y el miedo y que nos expulsa del paraíso
porque hemos mordido el fruto prohibido.

Las manos angélicas , diabólicas, nos rozan, delicadamente,
nos cubren.
                             
                                       

A todos les da pena, ahora, cuando la ven así, sola y desconsolada, llorando
junto al brasero, con el pañuelo entre las manos, sin hablar. Dicen, con
inocente humor negro, que la pobrecita nunca dejó de sufrir, que ahora incluso
el desahogo es menor, al verla llorar por un solo ojo, el izquierdo, esa lágrima
que resbala hacia el dorso de su mano o hasta el espinazo del gato que
duerme en su regazo. El izquierdo, me digo sonriendo con amargura, el que
recibió los golpes ese día. El otro ojo, por compensación, lo tiene cubierto con
una horrible cicatriz como parche de esparto. Yo pienso que debe de ser difícil
desaguar las penas por un solo lado, sin el abrigo de las palabras, sin la
mentira que sale del sonido para consolarnos, porque el mundo está hecho de
palabras y de mentiras y no es posible encontrar un más corto alivio a nuestros
infortunios diarios sin su ayuda, y tenemos el cuerpo que se desahoga por
donde puede, con aberturas aquí y allá más o menos deleznables, como una
especie de válvulas de palabras y mentiras, empujado por las tormentas del
espíritu. Y ahora así esperaba ella. Casi sin lágrimas y sin palabras.

Sí, a todos les da pena su aspecto y, porque no saben, extienden su molesta
compasión a mi silencio. Y a mi memoria entran de nuevo en tropel los hechos
de aquel crepúsculo veraniego de mi infancia. Mientras hablan, yo me alejo en
el tiempo y veo a mi padre volver un poco más tarde del trabajo, con el
sombrero echado hacia la nuca, a eso de las siete, caminando en la veredita
angosta junto a las acacias, fingiendo sobriedad y sensatez. Yo jugaba con
Polito haciendo explotar bombas de carburo en la vereda, cerca del taller
mecánico de Martínez, ante la mirada recelosa de los vecinos. Metíamos
carburo dentro de un tarro de leche Nido, le sacábamos la mecha por el
agujero y mojábamos el pan de carburo, a veces con un poco de saliva. Polito,
que era un poco miedoso, andaba con un encendedor, que le había sacado al
novio de su hermana, hijo del dueño de la única talabartería de Colinas. No se
atrevía a meterle fuego al carburo, así que yo era el encargado de pisar el tarro
con mi pie y encender la mecha. La tapa saltaba unos cuantos metros tras el
estruendo y a nosotros nos daba por lanzar aullidos como indios en una
ceremonia desaforada.

Recuerdo que ya estaba oscureciendo. Papá apareció por el lado de la esquina
de la plaza, un poco menos apresurado que cuando está sobrio. Venía solo,
como era su costumbre, con el pañuelo colgando de su bolsillo trasero.
Cuando me vio, me ordenó que me fuera a casa, haciendo un gesto ampuloso
con su brazo. Siempre hacía lo mismo. No por rigurosidad sino para disimular
la confusión y la blandura que el vino adentraba en su sangre. No le hice caso.
Siempre le respondía igual. Pero esta vez me ordenó de otra manera, más
autoritario, con una decisión impropia de su estado. Le dije a Polito que se
llevara el tarro con el poco carburo y olvidé darle el encendedor.

Corrí a casa. Abrí la puerta y llegué a la cocina, donde mamá esperaba sentada
junto al brasero con el gato ovillado a sus pies. Recuerdo que removió
mecánicamente el rescoldo y que en sus piernas se coloreaba un racimo de
cabrillas. Recuerdo también que, en un gesto de absurdo pudor, se bajó un
poco la falda hasta más abajo de las rodillas. “Ahí viene”, le dije con la
impunidad vergonzante de la inocencia. Mamá se puso tensa, sin decirme
nada, sintiendo quizás todo el peso del silencio antes de la explosión y la
incertidumbre de las cosas en su precario orden. “No te vayas lejos”, me dijo.
Siempre me decía así. Papá abrió la puerta de una patada y colgó el sombrero
en un foco pintado del perchero (era extraño, pero siempre supo encontrar en la
vehemencia esa veta de delicadeza) y mamá se apretujó sobre sí misma y se
persignó y sus dos ojos resplandecieron de humedad. “No te vayas lejos”, me
repitió despertando al gato con la punta de su ajada botineta. Verla así, en ese
absurdo estado de indefensión, sola contra el mundo, esperando ser
escarnecida y maltratada por el hombre que amaba o alguna vez amó, me hizo
confirmar todo el amor que por ella sentía, un amor austero casi arrimado a la
indiferencia, y me hizo saber por qué no podía odiar a mi padre: para mí, y
supongo que para todo niño, el amor y el odio son miembros activos, animales
que reclaman su agua y alimento todos los días, alineados en mutuo
crecimiento de rechazo. La fortaleza en uno siembra debilidad en el otro; la
debilidad de ambos crea un ámbito de duda, de dolor, de silencio, apto para
inesperados efluvios de torpe dulzura u horrendas desviaciones.

Cuando papá comenzó a insultarla yo ya estaba oculto detrás de la barrica de
harina. La borrachera lo hacía tambalearse un poco y las palabras le salían
atropelladas, mojadas por la saliva, baba casi blanquecina derramada por las
comisuras. Nunca supe si las ofensas buscaban apagar culpas que yo
ignoraba, o si respondían a una falta anterior a todas las culpas o inocencias y
las palabras o razones materializaban una ira sin sustento en la realidad, una
ira que buscaba excusas en las ronchas de un amor gastado o en las
incomprensiones de una paternidad de proletario. Le decía, como siempre,
que estaba cansado de alimentar zánganos, que ella no se ocupaba de él, que
se la pasaba en la calle conversando con el verdulero o el afilador de cuchillos.
Patrañas así. Al principio mamá le contestaba, herida en su dignidad.
Desmentía con lágrimas todo lo que papá le endilgaba. Pero después se fue
dando cuenta de que todo era inútil porque la ira del hombre se sostiene en sí
misma y nunca puede justificarse. En lugar de entrar en razón, papá se
enfurecía más, y pasaba de las palabras a apoyarle el puño en el hombro o a
hundirle el dedo índice en una mejilla o a empujarle las palabras muy cerquita
de su piel. Últimamente la zamarreaba después de amagar darle un golpe en
el rostro. Nunca, doy fe de ello, la golpeaba.

Después de las rencillas, mi padre decía que no quería comer y se iba a dormir
como un niño malcriado. Era increíble, pero se podía pasar varios días sin
alimentarse. Mamá lo seguía, en silencio, llorando. Yo salía de mi escondite y
también lo seguía. Mamá le sacaba los pantalones, se sentaba en el borde de
la cama y se ponía a tejer. Unas veces las monedas saltaban del pantalón y yo,
gateando, esquivando los escupitajos endurecidos en el piso, las recogía de
un manotazo; otras veces, tomaba el pantalón y escarbaba en el bolsillo
pequeño, donde antaño papá escondía el reloj, con mi índice sucio y le sacaba
algunos centavos. Siempre fue así: papá llegando del trabajo o la cantina,
profiriendo insultos, mamá sentada en el borde de la cama y yo apropiándome
de algunos centavos. Ése era el trato. Secreto, silencioso, implícito. ¿Consentía
yo la violencia en contra de mamá y él aprobaba el robo de las monedas con el
guiño infame? O quizás fue sólo invento mío, una explicación para desorientar
mis culpas y a la vez rebajar las penas con un poco de astucia. No sé. Nunca
se saben bien las cosas.

Aquella vez, como les dije, papá llegó más nervioso que otras veces.

_ ¿Dónde estuviste? Te vieron cerca del paradero. ¡Puta!

Mamá cometió el error de responderle:

_ Estás mintiendo. De aquí no me moví.

_ ¿Me estás tratando de mentiroso? – gritó papá bajando las pobladas cejas y
apretando las mandíbulas bajo el duro bigote.

_ No digo eso – dijo con desesperación mamá -. Digo que yo no salí de aquí.
No tengo amigas. ¿Con quién podría conversar?

Papa se acercó y le puso la mano en el cuello. La soltó y siguió insultándola.

_ ¡Perra! ¡Puta!
Gabriel Lerner, actualmente periodista de La Opinión de
Los Ángeles, ha reproducido sus experiencias de ex soldado
en varios de sus trabajos literarios.  Esta narración fue
originalmente publicada en su libro
Teatro de títeres
(Visualibros, 2007).











seguía pateándola con más ímpetu, como si fuera una alimaña que le había
inoculado un veneno de rápido efecto.

Yo me había quedado en silencio, entreteniéndome con el encendedor de
Polito. Lo encendía y apagaba, lo encendía y apagaba para maravillarme con
esa lengüita amarillenta. Cuando los ruidos se esfumaron, me asomé por un
costado de la barrica, como un soldado cobarde después de la batalla. Mamá
estaba tirada junto al brasero. Sangraba de narices y el ojo izquierdo se le
había puesto morado. Tenía un mechón de cabello pegoteado de sangre en la
mejilla. Lloraba casi en silencio. Me acerqué y le pregunté si se sentía bien.
Ella sólo me repetía: no te vayas lejos, hijito. La ayudé a ponerse de pie. Desde
el dormitorio papá siguió con los gritos. Pedía que mamá lo fuera a
acompañar. Ella avanzó tambaleándose, afirmada en mis hombros. “No te
vayas lejos, hijito”, me decía, como si su única defensa o consuelo fuera mi
cercanía.

Entramos a la habitación. Papá yacía tirado en la cama, todavía vestido.

_ Sácame la ropa – repetía -. ¿No sabes que voy a dormir?

Mamá se acercó lentamente, arrastrando las botinetas rotas, de chiporro ya
pegoteado, aplastadas en el contrafuerte del talón. Con expresión ausente,
demorándose una eternidad,  puso los pies de mi padre en sus muslos y le
desabrochó los zapatos; él movía sus piernas como un  niño caprichoso o un
animal maniatado momentos antes del degüello. Sacó el pulóver y lo puso
doblado en una silla de mimbre; tuvo que reposar su respaldo en la pared para
que no se tumbara. Le desabrochó el pantalón y se lo sacó tirándolo de la
punta de las perneras. Esta vez cayeron tres monedas de a un peso al piso de
madera.

Yo, que no dejaba de prender y apagar el encendedor, miré las monedas y no
quise alzarlas, como si fuera un felino delicado y satisfecho después de oler y
rechazar con elegancia el alimento. Mamá cubrió el cuerpo semidesnudo de
papá con una sábana primero y luego con la frazada quemada en una esquina
y la colcha multicolor hecha de rombos de lana. Puso los pantalones doblados
en una silla, junto a la mesa de luz. Miré otra vez las tres monedas y me
acerqué a la silla. Papá tenía los ojos cerrados y rechinaba con furia los
dientes. Cerca del lóbulo de la oreja, en la parte baja de la mejilla, su
mandíbula sobresalía y se escondía, como un pez que jugara a asomar y
esconder levemente la cabeza en el sosiego de una superficie y fuera señal de
una profundidad en ebullición. Cuando se quedó inmóvil, pensé que dormía.
Mamá, por su parte, seguía sentada, mirando al piso, llorando con sus manos
entrelazadas en el regazo y haciendo extrañas, grotescas muecas desoladas
en el rostro.

Tomé el pantalón y metí la mano en el bolsillo grande, donde alojaba la
billetera. La saqué y extraje de ella unos cuantos billetes morados. Ya los
contaba cuando de golpe, como una bestia que saliera de una superficie
quieta, la mano de mi padre – fuerte, grande, áspera, peluda - emergió de
debajo de la cama y apresó mi muñeca.

_ Eso no, huacho de mierda – gruñó apretando las mandíbulas-. Suelta eso o
te quiebro la mano. ¡Ladrón¡

Yo lo quedé mirando atentamente, sin miedo, sintiendo por la presión que no
cesaba un tremendo dolor en todo el brazo. La fuerza de su mirada enturbiada
en el fango espeso del desprecio y el dolor inmovilizante ya en todo el lado
derecho del torso, el odio indignado lavado por su saliva y apretado por sus
mandíbulas, taladraban mi precario orgullo y aplastaban, como una bota a un
gusano, el brote incipiente de mi trémulo coraje. Sin un gemido, sin siquiera
pestañear, le tiré con la otra mano los billetes en la cama. Me soltó la muñeca
sin dejar de intimidarme con la mirada, y un hilo de baba mórbido,
deshumanizante cayó de su boca a la sábana. Posó su torso en la cama y
cerró los ojos, los billetes entre las manos.

Sentí entonces la traición. Él había dejado de cumplir con ese trato silencioso,
viril, nacido quizás de una tendencia anterior a toda cultura y limada a lo largo
de los siglos por la tradición. Llegaba a casa, insultaba de palabra a mamá y yo
cobraba mis monedas como un impuesto asqueroso. Él asentía con un guiño
de ojos y todo seguía igual. Pero aquella vez, de las palabras fue al empujón y
del empujón a los puñetazos y patadas. Ya les dije, nunca antes la había
golpeado. Ahora le había hinchado el ojo izquierdo, fracturado la nariz y roto
unas cuantas cosquillas. Eso valía ahora unos billetes. No unas monedas:
billetes. Eso era otro precio.

Entonces esperé a que papá no abriera los ojos y respirara a intervalos más
espaciados. Me agaché para encender una de las frazadas desde el otro
extremo. La frazada comenzó a humear y arder y yo le dije a mamá que saliera
de allí. Ella no me oía o ya no le importaba oírme. Sólo lloraba. La cosa es que
se quedaba sentada mientras las llamas iban envolviendo toda la cama y el
ronquido pausado de mi padre no desechaba su ritmo cínico. Entonces,
cuando las llamas habían alcanzado su espalda y le quemaban el pelo y parte
del rostro y el humo no nos dejaba respirar, decidí tironearla, sacarla a la rastra
hasta el pasillo, casi sin fuerzas. Así, empujándola, obligándola a salvarse, tuve
la sensación de que mi existencia se volvía un poco más frágil, más
inconsistente, tocada por una suerte de deshonra aún desconocida en mi vida.

Poco después, cuando logré arrastrar como una bolsa de papas su cuerpo a la
vereda y ahogar las llamas que la consumían con una frazada,  el fuego
devoraba nuestra casa y se estiraba con espantosos alaridos hacia las
paredes de la casa vecina. No aguanté más. Entre los alaridos de mi madre y
las convulsiones de mis náuseas, sentí que el mundo me daba vueltas, que
una tromba de bilis se revolvía en mis vísceras buscando salida. Antes de
caerme, me acerqué a la puerta y afirmé mi brazo en la jamba  y me puse a
vomitar estirando el cogote convulsivamente como los gatos.

Ya repuesto, al ver el ímpetu de las llamaradas, el gemir apocalíptico de la
devastación, mientras los vecinos se acercaban a atender a mi madre, yo
pensé en Polito y en mí y en lo pequeños y tontos que podíamos ser cuando se
desconocen algunas cosas, y con lágrimas de debilidad, de terror, de orgullo,
me dije: “Qué carajo, esto sí es bueno; mejor, mucho mejor que reventar tarros
con carburo”.
Yo escuchaba todo detrás de la barrica, como hacía
siempre, sin intervenir. Pero esta vez papá gritaba más
fuerte y más fuerte y de pronto le dio un puñetazo en el
rostro. No lo vi, pero pude advertir el estruendo apagado
de un puño golpeando la carne. Ladeé la cabeza y pude
ver cómo el cuerpo de mamá pegaba en un ángulo de
la mesa, rebotaba en el borde de una silla y caía al
suelo cerca del brasero. Papá se acercó y le dio unas
cuantas patadas, sin dejar de insultarla. Mamá gritaba y
gritaba y parece que los gritos avivaban la ira en él, que
Jorge Carrasco López es un escritor argentino radicado
en Río Negro, Argentina.  Con esta narración, obtuvo la
3ra mención en el Concurso Internacional de Poesía y
Cuento de la Luciérnaga Online 2009.
Nadie se percató de que el árbol de la
vida estaba aquí precisamente, en el
mejor lugar del mundo para esconder
el paraíso.

Había otro árbol de la vida en una
escuelita de campo.  Todas las maña-
nas cuando mi abuela me llevaba a
aprender las primeras letras, nos

La muerte
Algo tan inevitable
Algo que cada quien encara
De frente
Viviendo la vida plena
Y a pesar del dolor
A pesar del sufrimiento y la desolación
Y durante los buenos tiempos
Con los momentos que hacen el resto soportable
Mienbtras estás derrotado de rodillas
Contando tus perdidos granos de arena
Tratando de que sea cierto
Lo que pudo haber sido
Imperturbable en tu búsqueda
De vivir el sueño
Por lo que ha de venir
   demasiado rápido
no hay tiempo que perder
Nunca es demasiado pronto
Tenerla de nuevo en tus brazos
Y hablarle de amor
Nunca sabes si tendrás otra oportunidad
Cuándo será muy tarde para regresar los relojes
Y comenzar de nuevo
Tu última respiración pede ser hoy
así que
adieu, buen amigo
 -
Adieu
Levantemos las copas y bebamos
Susurra una palabra amigable a mi oído
Mientras respiras en la distancia
que nos separa
           que nos une
En un sólo aliento
En ese momento
vivimos y morimos juntos
En ese momento
somos uno


Traducido por Antonieta Villamil

Mark Lipman,  
escritor,  poeta,  artista   de  multime-
dia y activista, inició su carrera como bailarín clásico
profesional.    En   2002   bajo   la   guía   de   George
Whitman,    fue     escritor    de      
Shakespeare   and
Company
.   Lipman,   actual   candidato   al   Senado
estatal,  es un declarado crítico de la guerra.
I

Ocaso
abanico de sándalo
   abanico,
flor de loto del atardecer,
al otro lado
                el aire juega
con tu vaivén.


II

A la orilla del río
                            camino bajo ocotes,
en el sendero                         cuando llueve
sobre el lago,
                   la vigilia:
rastros del incendio
      un rincón
                  el fuego
                               la cantina
sólo el recuerdo.

Ven,
     dibújame.        


III

Vértice del fuego y la locura
ráfaga de viento
espada del infierno
brujería
torbellino:
SHHHH
Trinan los pájaros.


IV

Jardín de las meditaciones,
                                          abanico de luces
voces
     trinan alegres
                              un canto
                                               al viento
murmullos para un poeta
                                cruzan mis labios.


V

Recuerdos del pincel sobre la tela que se abre:
sombra
                tinta que se detiene
                                                       en la distancia.        

Arde el crepúsculo
                              bajo la lluvia.
P O E S Í A S
PAISAJES SOBRE LA SEDA
Isolda Dosamantes
POR LO QUE HA DE VENIR
Mark Lipman
EXTRAÑO MUNDO DEL ANOCHECER
Oxc Lebrán

La sangre corre fresca
sobre la hierba
y desolado queda el camino
tras la lluvia
ahora, sólo una gaviota vuela solitaria
y triste por el extraño mundo
del anochecer
y aquellos ojos ya cansados
toman de la vida el descanso
y se cierran para siempre.
Oxc   Lebrán, hijo de agricultores y vendedores ambulantes,
nació en El Salvador.   A  los  16 años,  decide regresar  a  la
escuela, que  había abandonado   por  la  necesidad de salir
a  trabajar,  y  es  allí  cuando  se interesa en la literatura.  En
Estados Unidos,  estudia   arte   dramático  en  la Fundación
Bilingue de  las  Artes,   al  tiempo  que continúa escribiendo.
Isolda Dosamantes nació en   Tlaxcala, México.
Maestra en Creación y Apreciación Literaria en
el Centro de Estudios Casa LAMM,.
Especialista en literatura mexicana y  licencia-
da  en Ciencias Políticas.   Estudió también el  
diplomado en Creación Literaria de   la  Socie-
dad General de Escritores  de  México.
E N S A Y O S
D E S D E  L A S  E N T R A Ñ A S  D E   L A  ´G U E R R A  S U C I A´
Néstor M. Fantini









arrodilláramos y rezáramos porque esos iban a ser nuestros
últimos momentos.  Nos pusieron en camiones y nos
condujeron a un aeropuerto y desde allí, encadenados al piso,
nos llevaron en un avión de carga al sur de la provincia de
Buenos Aires en donde en vez de morir, irónicamente, nuestra
situación mejoraría.  

En la prisión de Sierra Chica, lejos de los centros de detención
clandestina del general Menéndez, permitían visitas de
familiares.  Fue allí que fui entrevistado por un representante
de la Cruz Roja Internacional.  También descubrí que había
sido adoptado como Prisionero de Conciencia por Amnistía
Internacional y que un grupo en Austin, Texas, estaba
trabajando por mi libertad.  Por primera vez sentí que no
estaba aislado y rebrotaron mis esperanzas.  Pero aún
pasarían más de 2 años, incluyendo un traslado a la prisión
política de La Plata, antes de que fuera liberado el 14 de julio
de 1979.  Seis meses después, un decreto presidencial
ordenaría mi completa libertad.  Sabiendo el riesgo que corría
mi vida con el gobierno militar aún en el poder, no perdí
tiempo en partir al exilio.

En América del Norte, terminé la universidad, me casé, tuve un
hijo y por más de 20 años he trabajado como educador.  Pero
a pesar del tiempo transcurrido, mis días de la ´Guerra Sucia´
nunca me abandonaron.  Los gritos de Moukarzel siendo
torturado por el teniente Alsina en el patio de la UP1, los ojos
de ternura e incertidumbre de Vaca Narvaja mirándome  antes
de ser sacado de nuestra celda por la patrulla militar, el
cuerpo inerte de Raúl “Paco” Bauducco en el suelo del patio
de la prisión después de ser ejecutado por un suboficial del
ejército, siempre estarán conmigo.

En una decisión de proporciones históricas, el tribunal federal,
ayer, sentenció a los ex generales Videla y Menéndez a
cadena perpetua.  La misma pena recibieron otros 14
acusados que incluía a miembros del ejército, policías del
siniestro Departamento de Informaciones (D2) y otros agentes
civiles que colaboraron con las fuerzas de seguridad.  Otros 7
represores fueron sentenciado s a condenas de 6 a 14 años.
Siete fueron absueltos.

Las condenas de los generales que lideraron el estado
terrorista, y la de sus cómplices, no puede rehacer el pasado,
no puede cicatrizar las heridas de la tortura, no puede
devolvernos los ejecutados, los desaparecidos, no puede
reconstruir lo destruido; pero puede devolvernos una
sensación de decencia ética de saber que aquellos que
usaron los métodos más crueles imaginables para masacrar la
libertad política son, y siempre serán, condenados por la
historia.




(Este artículo fue originalmente publicado en el diario La
Opinión de Los Ángeles, California, el 26 de diciembre de
2010. Una versión en inglés apareció en SearchWarp.com).



Néstor M. Fantini es editor fundador de La Luciérnaga
Online.

Más de 35 años atrás estaba tomando un café en El Ruedo,
un animado restaurante en el centro de Córdoba, en
Argentina, cuando un grupo de soldados irrumpió en el lugar
y me arrestó a mí y a dos amigos.  Este era el comienzo de
una pesadilla que duraría más de cuatro años y que me
llevaría a las entrañas de lo que pasó a ser llamada la
´Guerra Sucia´ argentina.

Aun cuando en esos años, y en diferentes prisiones,
experimenté y fui testigo de todo tipo de abusos, nada fue
comparable a las atrocidades vividas en la notoria Unidad
Penitenciaria 1, mejor conocida como la UP1.  Ayer, el ex
general Luciano Benjamín Menéndez, ex comandante del III
Cuerpo de Ejército y responsable de la prisión, al igual que el
ex presidente Jorge Rafael Videla y otros 28 acusados,
fueron encontrados culpables de crímenes de lesa
humanidad por la ejecución de 31 compañeros con los que
compartí ese tiempo y espacio de horror y con los que, en
esos años de juventud, me unía el sueño de una Argentina
más justa y democrática.   

Cuando asistí a este histórico juicio del Tribunal Oral en lo
Criminal Federal No. 1, el 28 de julio pasado, la corte estaba
escuchando el testimonio del enfermero de la prisión que
ayudó a esclarecer los eventos que concluyeron en la
muerte del prisionero político José René Moukarzel, un jovial
médico que fue descubierto por el teniente Gustavo Adolfo
Alsina pasándole un mensaje a otro preso.  “El Turco”, como
cariñosamente lo llamábamos, fue estaqueado en uno de los
patios de la prisión y torturado a lo largo de toda la tarde y
noche.  Alsina lo pateaba,  golpeaba con la bayoneta y le
tiraba agua al cuerpo desnudo, en esa noche helada del
invierno argentino.  Sus gritos, y el eco de sus gritos,
resonaban a lo largo de todos los pabellones.  Moukarzel,
moribundo, fue llevado a la enfermería en donde el
enfermero Julio Eduardo Fonseca intentó conectarlo a un
tanque de oxígeno, pero fue bloqueado por Alsina que le
dijo: “Mejor, así se muere más rápido”.  Alsina estaba
enfurecido y tan descontrolado que aun cuando Moukarzel
ya estaba muerto, de acuerdo a la declaración del testigo, el
teniente continuaba golpeando el cuerpo.

En un intermedio del juicio, en un momento inolvidable y muy
emotivo, me encontré con la familia de mi amigo Miguel Hugo
Vaca Narvaja, un abogado e hijo de un ex ministro del
Interior, que el 12 de agosto de 1976 fue sacado por
soldados de la celda que compartíamos .  La patrulla militar,
liderada por el capitán Osvaldo Quiroga, también se llevó a
Higinio Toranzo y a dos hermanos: Gustavo y Eduardo De
Breuil.  Los cuatro fueron transportados al Chateau Carreras
(un amplio terreno vacío en donde 2 años después el
gobierno militar construiría un monumental estadio en donde
se jugarían algunos de los partidos del Campeonato Mundial
de Fútbol de 1978).  Allí, Vaca Narvaja, Toranzo y Gustavo
De Breuil serían fusilados.  Al otro hermano, Eduardo, se le
permitió sobrevivir.  Después de los disparos, le sacaron la
capucha, lo hicieron mirar los cuerpos acribillados y lo
mandaron de regreso a la prisión con la misión de
informarnos que lo mismo nos ocurriría a todos.  Sólo era
cuestión de tiempo.

Considerando que entre el 24 de marzo y el 12 de agosto de
1976, 24 de los prisioneros que estábamos en la UP1 habían
sido ejecutados, la amenaza era más que simple retórica.  El
modus operandi, en la mayoría de los casos, era típico de la
“ley de fuga”: una patrulla militar se llevaba a los prisioneros,
éstos eran ejecutados y después el general Menéndez emitía
un comunicado de prensa indicando que, mientras se
trasladaba a prisioneros, el convoy había sido atacado y los
prisioneros habían muerto en el fuego cruzado.  Era irónico,
obviamente, que ningún miembro de las fuerzas armadas
jamás terminaba lesionado.
Así que  no es una  exagera-
ción afirmar que estaba más
que  atemorizado   cuando a
mediados   de  diciembre  de
1976, me esposaron y enca-
pucharon y, junto  a  alrede-
dor de otros 30  prisioneros,
nos   ordenaron   que    nos
M Á X I M A S   Y   M Í N I M A S
Rafael Carvajal
Rafael Carvajal, colombiano que escribe
ingeniosos  dichos populares que aparecen en
publicaciones como
Tiempo Sur e HispanicLA.
rafiacv@yahoo.com
© La Luciérnaga Online, 2011

Resulta irónico pensar que quien fue galardonado con el premio Nóbel de la Paz, no asistió por ser
prisionero político a recibir su premio el pasado 10 de diciembre: ¡Día de los Derechos Humanos!


A los hijos no hay que decirles que hagan lo que sin embargo no harán.


Dicen que los ojos son las ventanas del alma, por eso para limpiarlas, lloramos.


Si un hombre mira a una mujer desnudarse, lo acusan de pervertido. Si una mujer mira a un hombre
desnudarse, la acusan de indecente.


Imbécil es aquel que la noche de Navidad, después del nacimiento, pregunta: ¿qué fue, varón o mujer?


--- Tac, tac, tac.
--- ¿Quién es?
--- La oportunidad.
--- ¡Mentira! La oportunidad sólo toca una vez.


En materia de celebridades, quienes mueren prematuramente, viven eternamente.


La pareja ideal es aquélla en la que él miente sobre su futuro y ella sobre su pasado.


Sólo los inmigrantes sabemos lo que se siente estar lejos de la patria en estas fechas, sin poder abrazar a
los seres queridos y decirles: ¡Felices Fiestas!...y sobre todo, en nuestro idioma.


Hay unos empleados que no hacen lo que se les dice y otros que hacen sólo lo que se les dice.


El pecado original es el que más copias ha producido en el mundo.


Definición de Bolsa de Valores: Operaciones complicadas sobre transacciones simples.


A todos mis lectores les quiero desear un feliz año nuevo, esperando que les traiga paz, amor,
salud, prosperidad y más que todo, tolerancia.
R E F L E X I O N E S