CUENTOS
LA   LUCIÉRNAGA
Un encuentro de poesía, narraciones y música
ENERO 2008
EDITORIAL
POESÍAS
ENSAYOS
En nuestra última reunión del año, nos juntamos el 15 de diciembre en Northridge, California, a hacer vibrar la noche con nuestro
verbo y nuestra música.  Elvira y Horacio González y Ander Frausto cantaron y tocaron la guitarra.  Julio Benítez, Cecilia Davicco,
Alejandro Molina, Elsa Frausto, Rafael Carvajal, Rafael Figueroa, José Manuel Rodríguez, Manny Portela, George de Aztlan, Mauricio
Campos y Elvira Montoya compartieron sus poemas y narrativa.  Cecilia Lami presentó un video, de pinturas y poesía, que acaba de
producir. También contamos con la presencia de Alberto Villalobos, Jorge Miller, Norma Villanueva, Cristina Stanghellini, Ramón
Barbieri, Carlos Caivano y Claudia Jungmani.  Comimos choripanes, empanadas, pan dulce y, reconociendo todo el camino
transitado en estos veintiséis meses desde la resurrección de La Luciérnaga, brindamos con sidra por un feliz 2008.  

Néstor Fantini
Editor
INFANCIA

Elvira Montoya

Algunas noches que vuelo asida
a mis recuerdos la puedo palpar,
la conservo en la memoria
de mis huesos y en el color de la piel,
son como atardeceres junto al fuego
a olor a tierra mojada
a cebolla y a pasto verde;
la siento viva con el lustre
de un sol nuevo, sin extrañamientos,
lejanías o desarraigos, sin miradas ajenas,
sin extraños lenguajes, sin el miedo
de amanecer, sin premura por crecer,
sin la conciencia de saber
que mañana se diría...fue.

ASI TE QUIERO

Te quiero capaz de adivinar
el punto exacto de mi amor,
que tu ternura alcance a sosegar
mi alocada vida y que tu mano
descubra a mi piel placeres no sabidos;
te quiero en paz para que llenes
de alegría mi soledad,
que tu pensamiento vuele tras de mí
y convenzas a mi alma de eternidad;
te quiero silente para que los susurros
de tu amor, sean escuchados
por todos los capullos a punto de flor
que están sembrados en mi corazón;
te quiero como un eco prolongado
por el ancho cielo, donde sólo se escuche
que lo más tuyo que tienes...soy yo.

DUALIDAD

Cuando el crepúsculo está manchando
de rojo la quietud del mar
y lentamente abren los ojos las estrellas
y cuando una tangible serenidad
se apropia del paisaje,
va creciendo en mí como avalancha
en media noche, mi deseo por ti.
Y la calma se eterniza y sólo el eco
milenario del viento cruza mi rostro
y un tiempo sosegado y quieto
me suspende en el loco paraxismo
de tu amor en mí.
Y las crestas silenciosas de las olas
seducen la arena que se deja arrastrar
con somnolencia vespertina
mientras en mi cuerpo un nuevo goce
se desborda como tormenta en alta mar.
PAZ EN RETAZOS...

Cristina Stanghellini

Un día cualquiera, cual ave de paso
cruzó una pregunta: cambiar de paisaje,
sería  una aventura, sería apropiado?
Volar a otros cielos, dejar el oleaje
de amigos, familias, comidas sabrosas
por lengua extranjera, caminos plateados
brillando de limpios y casas lujosas?
Claro que valía, era allí o nunca
los días hacían difícil la vida,
con cargas pesadas, días de caídas
del alma, el bolsillo, de tristes partidas,
de seres que dejan herida el alma
por dejar la tierra donde han nacido.
Comenzar de nuevo, una nueva vida
de logros, cariños, de nido y comida.
Así se escribía un capitulo nuevo
que empieza y no tiene un final enseguida.
Y pasan los días, los años ... la vida
y escribimos tristes y casi a escondidas
el precio en platino que a diario pagamos
por dejar las plumas suaves de aquel nido,
a cambio de pétalos, de miel, de rocío...
Pero como duele el cambio Dios mío!
a diario cedemos y a diario morimos
al tiempo, a recuerdos y a cariños ...vivos.
Y a cada zarpazo que nos dan las horas,
arañan la mente, la piel y es martirio
festejar las fiestas, apagar las velas,
pues estamos solos, los lazos no llegan
la distancia enorme, cruel y traicionera.
Oh Patria añorada!
Tus brazos abriste y volamos lejos
pero no entendiste cuánto te extrañamos!
Cuánto te queremos y cuánto anhelamos
volver a tus brazos tibios, perfumados!
De gloria, sosiego y Paz... en retazos...
ALFONSINA... YO TE QUIERO BLANCA

George de Aztlan
                                                                                         
          
Dedicado a Alfonsina Storni
         y su poema
Tú me quieres blanca

Vestida a la antigua
y con la falda larga,
que una rosa se diga tu hermana
una rosa con muchas espinas
para que nadie a ti se acercara...
YO VIVÍ EQUIVOCADO;
lo admito, lo afirmo y lo acepto;
YO VIVÍ EQUIVOCADO;
yo le entraba al vino
tupido y maciso,
y en mil parrandas
se me fueron los años...
pero hoy ya desperté del letargo,
y en buena conciencia
yo quiero hacer mi descargo:
quiero dejar la lujuria
y alejarme del trago,
"aunque beba de las rocas,
duerma sobre escarcha
ya no habrá balcones
donde mi alma se quede enredada..."
pero yo te quiero blanca
Y DIOS ME LO PERDONA...!!!
yo te quiero casta
Y DIOS ME LO PERDONA...!!!
suave como el cielo
y clara como el agua
porque yo soy de piedra,
y tú eres la estrella...
yo tengo la espada,
y tú eres la Reina
soy el labrador,
y tú  la Madre  Tierra...
y en tu vientre se acuna
un varón de mi raza...
y es por eso mujer de  mi alma
que YO TE QUIERO BLANCA...
YO TE QUIERO PURA...
Y YO TE QUIERO CASTA...
CARTA DE NAVIDAD

Cecilia Davicco

Querido Niño Dios,

.        Te escribo porque parece que esta Navidad me voy a quedar sin regalo. La mami dice que como me he portado muy mal, ella
misma te va a  mandar una carta para decirte que este año, no me traigas nada. El papi me había dicho que cuando cumpliera seis y
fuera tan alta como la botella de vino arriba de la mesa, vos me traerías una bicicleta, y roja, como la que hay en la juguetería de doña
Elena. A la botella la requetepasé, pero como me porté mal, dicen que me van a suspender el pedido y tal vez por varias navidades.
.        Yo ya le había contado a la Vivi y a la Mary que esta navidad estrenaría una bici y me parece que se pusieron medias envidiosas. Y
si ahora voy a tener que seguir usando el triciclo de cuando tenía cuatro,   que me saca moretones en las rodillas cuando pedaleo, se
van a burlar de mí. Además, pasé de grado y la señorita Coco me puso en el cuadro de honor. Y no es porque ella fue novia de mi
papá, y todavía le gusta, sino porque hice todas mis tareas.  Asi que me parece que me merezco el regalo, ¿no?
.         Yo te quiero contar lo que pasó, para que veas que no quise portarme mal ni hacer renegar a mi mamá, sino que todo ocurrió
porque no me quisieron llevar al río. Ayer hacía mucho calor y después de comer yo quise ir al río como hacen todos los chicos. Pero
como a la mami le gusta dormir unas siestas muy largas, dijo que iríamos después de que se levantara. A mí me dio mucha rabia
porque para cuando nosotros llegáramos ya todos se habrían ido y no iba a tener con quien jugar. Entonces, no quise dormir y me
escapé al patio.
.        En la casa de la abuela Teresa hay una planta de moras y palmeras que dan dátiles. El sol estaba bien grandote allá arriba,
achicharrando todo con el calor, pero los dátiles se veían bien amarillos y brillosos. Fui al taller del abuelo Miclo a buscar una escalera,
me subí y comí un montón porque estaban bien dulces.
.        Después que me cansé de comer dátiles, me fui a sentar en las ramas de la planta de moras que está en la vereda. Entre las
ramas se sentía más fresquito y me puse a jugar a que era la mona Chita de Tarzán. Antes me escondía detrás de las hojas y, cuando
alguien pasaba, le tiraba con las moras en la cabeza.Ya no lo hago más por el problema que tuve. Un día doña Catalina, la esposa del
intendente, vino a visitar a la abuela Teresa. Como tiene las piernas cortitas, al caminar mueve su cola igual que la gallina bataraza
esa que nos vamos a comer para la Nochebuena. Bueno, cuando doña Catalina pasó toda movediza, le tiré con las moras y el vestido
blanco que llevaba bien apretadito se llenó de  pintitas azules. Cuando se dio vuelta y me vió arriba de la planta, se fue
derechito a acusarme con mi mamá. Por eso ahora solamente hago piruetas y como moras.
.       Cuando calculé que la mami se estaba por levantar, volví corriendo a la casa. Pero al entrar a la cocina, ya me estaba esperando
con la chancleta en la mano. Le dije que la abuela me habia llamado, pero las moras me habían dejado su marca en las manos, los
dientes y la cara. Me dio dos chancletazos que me dejaron la cola ardiendo y me encerró  en penitencia en el baño.
.       Menos mal que cuando mi panza empezó a hacer ruidos raros y a darme retortijones por las moras y los dátiles calientes, no tuve
que correr. Estuve sentada en el inodoro un rato bien largo y mientras, me recité los versitos que aprendí en la escuela para el acto del
Día de la Madre, después repasé todos los rezos del catecismo y hasta conté todos los mosaicos del piso. Como ya no sabía qué
hacer, me puse a  preparar adornos de Navidad.  A las guirnaldas que hice con el papel higiénico las pinté con el pintalabios de la
mami y, con el dentrífico de los dientes, hice copitos de nieve que pegué sobre los azulejos. Después que se terminó el papel y el
dentrífico y el pintalabios, abri la canilla del bidet para llenarlo con agua y mojarme porque hacía calor. Se ve que la abrí mucho y algo
se rompió, porque no la pude cerrar. El agua subió y subió y rebalsó y cayó al piso. Entonces me puse a llorar y gritar para que abrieran
la puerta. Pero como esa treta ya la usé muchas veces, no dio resultado. Y aunque el agua corrió hacia la rejilla del desague, lo mismo
el piso se inundó y yo me asusté porque creí que me iba a ahogar.
.       Cuando a la noche la mami le contó al papi lo que había pasado, dijo que aprovechando mi encierro se había sentado a disfrutar,
como pocas veces podía, de su radionovela preferida y no hizo caso de mis gritos y que, cuando se dio cuenta, el agua ya llegaba a la
cocina. También le dijo que quiso correr a ver qué desastre estaba haciendo, pero que las chancletas se le habían pegado como
sopapas al piso. Yo desde el baño, escuché el ¡plaff! que hizo al caer. Como sabía la que se me venía, me senté entre el inodoro y el
bidet para que no me pudiera agarrar de las trenzas, como hace siempre, y lloré con todas mis fuerzas para que se sintiera culpable
por haberme dejado allí tanto tiempo.
.        Ahora tenía dos penitencias. Entonces me mandaron a dormir sin comer el helado de vainilla y chocolate que había de postre.   
Como no podía dormir, empecé a contar ovejitas como me enseñó la abuela María, pero algunas se me escapaban y otras no querían
saltar y eso me sacaba más el sueño. En la cama del lado, la Susi ya estaba soñando con los angelitos, así que no había nada para
hacer. La mami y el papi, después de que hablaron un buen rato de mí, también se durmieron. Como hacía mucho  calor, la ventana de
mi pieza estaba  bien abierta, asi que la crucé y me  fui a jugar.  ¡Cómo me gusta bailar bajo la luz de la luna! Cuando está grandota y
redonda como estaba anoche, ilumina igualito que el sol, pero sin achicharrarnos de calor. Mientras bailaba, mi sombra tomaba
formas diferentes, entonces agarré un palito y las dibujé en la tierra. Llené el patio de dibujitos y, cuando me cansé de bailar, me fui
despacito al patio de la abuela Teresa.
.       Nunca me dejan mirar adentro del aljibe, porque dicen que me puedo marear y caer, así que aprovechando que nadie me veía,
abrí la tapa y me senté en el borde. La luna se reflejaba en el agua y cuando le tiraba piedritas, se arrugaba y estiraba como si me
estuviera sonriendo.  Pero el Boy, el perro de mi abuelo, parece que me escuchó y empezó a ladrar. Es bien guardián y ladra por
cualquier ruido que oye. Una vez al abuelo se le escapó un pedo mientras dormía y el Boy se puso como loco y despertó a toda la
familia. Ahora ya se acostumbró.
.       Para que no siguiera ladrando, corrí rápido a mi casa. Estaba por irme a dormir, pero la luna estaba tan blanca y el cielo tan lleno
de estrellas, que me imaginé que en una de esas vos ya estabas viajando con la bolsa con regalos y si me veías, me dejarías mi ´bici´
antes que a los demás chicos. Entonces pensé que desde el techo me verías mejor. Yo puedo ver la casa de la Nely y hasta la Iglesia
que está a dos cuadras.
.        Tengo una subida secreta: Piso en una pila de ladrillos que quedaron de cuando el papi construyó la galería, después estiro la
pierna un poquito y me subo al árbol de paraíso. Desde ahí es más fácil trepar a la tapia. Camino por el borde abriendo los brazos para
no caerme, como hacen los equilibristas del circo, después cuento cuatro pasos y ya estoy arriba del techo.
.       Mientras miraba al cielo a ver si te veía, oí ruido de pasos en la calle. Me agaché y me arrastré hasta el borde. Contra la luz de la
esquina, vi que alguien venía por el callejón. Me quedé quietita viéndolo acercarse. Cuando ya estaba frente a mi casa, vi que era el
Zenón, un vecino que dicen que es medio cuchillero. Todos le tienen miedo y nadie se mete con él.
.       El Zenón caminaba apurado y silbaba despacito. Cuando la mami me manda de noche a lo de la abuela Teresa, y el patio está
todo oscuro porque no hay luna como ahora, a mí me da una  cosa en la panza y silbo para sacarme las ganas de llorar. Así que para
mí que el Zenón, aunque sea malo y cuchillero, silbaba porque también tenía miedo. Cuando estaba pasando frente a mi casa, le
chisté a ver qué hacía. El Zenón se paró en  medio de la calle y miró para todos lados con esa cara larga y bigotuda que me hace
acordar al lobo feroz de Caperucita. A mí me corrió un frio por la nuca, cerré los ojos y me quedé casi sin respirar. Cuando los volví a
abrir, el Zenón ya había desaparecido en el agujero oscuro del callejón.   
.       Después que se me pasó el susto, me quedé allí un ratito, hasta que escuché las campanadas del reloj de la iglesia. Una, dos,
tres… Las tres de la mañana. Bajé despacito para no hacer ruido. Ya casi había tocado el suelo, cuando la pila de ladrillo se
desmoronó y, entre ladrillos, escombros y ladridos del Boy, quedé tirada en el patio. El papi, que se había levantado para ir al baño, oyó
el ruido y salió a ver. Al principio creyeron que estaba muerta y se preocuparon por mí. La verdad es que me hice la muerta para que no
me mataran de verdad. Pero después de un rato tuve que abrir los ojos y allí estaban mirándome, mitad con cara de alegría, y la otra
mitad….mejor ni te cuento.
.       Después que se aseguraron que no tenía nada roto, me llevaron a la cama y mi mamá se quedó a dormir en mi pieza para
asegurarse que no me volviera a escapar.
Esta mañana, cuando me llamó para que me levantara, tenía mucho sueño. Los ojos me pesaban, el cuerpo me dolía y no me podía
despertar. Le dije que me dejara cinco minutitos más, pero deben haber pasado más, porque entró a la pieza con esa cara de
monstruo que pone cuando la hago renegar. De un manotazo me quitó las sábanas, me pegó uno de sus gritos y me mandó a que me
vistiera. Calladita me levanté y me fui a la cocina a tomar la leche que ya se estaba enfriando.
.        La Norma me había preparado pan con manteca y dulce y, como a ella le gusta contarme cosas de aparecidos, me dijo que esta
mañana, mientras barría el patio, vio unos dibujos raros sobre la tierra y que ella piensa que son
de fantasmas. Tambien me contó que el Zenón, que vive al lado de su casa, le dijo que anoche  había oído un chistido frente a la casa
del Narciso, y que no era de lechuzas. Ella siempre me dice esas cosas para asustarme, pero no sabe que esta vez fui yo. Entonces yo
le dije que hablara despacito porque si mi mamá se enteraba de que me contaba cosas de miedo, se iba a enojar y la iba a echar.
Como ella no quiere perder el trabajo, porque cuidarme a mí es bien fácil, me prometió que no va a decir nada.
.       Querido Niňo Dios, si me traes la 'bici', te prometo que yo voy a hacer los mandados, voy a secar los platos y la voy a llevar a la Susi
en la sillita de atrás, aunque llegue última cuando corremos carreras. Y cuando quiera ir al
río, yo la dejo a la mami que duerma la siesta y me voy sola, total son sólo cinco kilómetros.
.        Firmado: Yo
EN COREA DEL SUR

Alejandro Molina

Cuando llegué al aeropuerto de Los Angeles, parecía que cargaba  no las maletas sino la pena de pensar en las diecinueve horas de
vuelo sin parar y la incertidumbre de llegar a un lugar desconocido. Después que me dieron el boleto, y antes que me quitaran los
zapatos, cinto y mochila,  el olor a perfume, comida, bebidas y cigarrillo me distrajeron. Como yo no llevaba nada que pudiera hacer
chillar a la máquina o para que los agentes me sacaran de la fila con las manos arriba, pasé rápido la revisión obligatoria. El avión
salía dos horas después.
En la sala de espera, me puse a pensar: ¿Me llevaré un poco del tráfico de Los Angeles o una puerta abierta para dejar pasar todos los
rascacielos que me encuentre, para que en una mesa me siente a comparar? ¿Qué tiene de diferente Los Angeles de Seúl? No, es
obvia la diferencia. Ellos no tienen la comida mexicana, las agonías que crea la autopista 405, ni las culturas en fricción (que le
agregan un aire interminable de lucha de contrarios al vivir en la ciudad), la comida tailandesa, el buffet italiano donde desmenuzo el
mundo con mis amigos y lo dibujo en un pedazo de papel (el mismo con el que me limpio el chile de mis bigotes), ni las reuniones de
café donde despedazamos los muros que crean las fronteras de los Estados Unidos y México. Estamos en medio de un sandwich. Ya
llegamos y tenemos que luchar como minorías, después de todo, los Estados Unidos es un país de inmigrantes; nada más basta
ponerse a pensar que la historia también tiene su propia voz.
-Ya es hora, vamos al avión. ¿Nunca has estado en Corea? Te va a gustar.
La preocupación que llevaba en un principio, se convirtió en un conflicto del gusto por la comida. No quería dejarme llevar por el temor
de experimentar lo desconocido. Sentía como ir a la luna, sin mis tortillas. Cuando la azafata me preguntó, con su voz amable, si quería
el menú oriental u occidental para el desayuno, no lo pensé. Oriental, le dije envuelto en el entusiasmo de mis otros seis compañeros
con sus ojos pelados llenos de curiosidad, como si ya supieran el resultado de mi opción, y envuelto en un estado de ánimo como el
niño que se sube a un caballo negro por primera vez. De  ahí fue un comer, beber sodas, jugos y vino rojo hasta que pusimos los pies
en Corea. Estando allá, ya no fue lo extraño, ni la preocupación de lo desconocido, sino mi inexperiencia para comer con palillos, lo
que me incomodaba. Después de unas embarradas de arroz en la panza, de ajustar mi cuerpo al duro suelo y después de que se me
entumieran las nachas en repetidas ocasiones, en restaurantes interesantes, pude atrapar con los palillos un puño de hongos, carnes
y camarones.  Celebré con mis compañeros el triunfo de mi hazaña, brindando con té de jengibre y vino de arroz. Después del
segundo día, no quise saber de comida occidental. El almuerzo, comida y cena fue puro deleitarse con la variedad de platillos
exquisitos. No me alcanzaron los siete días.
Primero fuimos a una fértil zona rural por tres días, a un emotivo festival único de chamanes. Nos recibieron como viejos conocidos, en
un templo localizado entre la montaña y el cielo. Entre color de papel de china y cantidad de personas entrando y saliendo del templo,
conocí a gente de Alemania, Hawai, Marruecos y China. La música, los cantos y los rituales llenaron de tranquilidad mi corazón y
ahuyentaron toda la noción de que venía yo de muy lejos, la noción de que todo debe tener explicación, y la noción de que las barreras
del lenguaje impiden tener nuevos amigos. En la base de la montaña había un escenario que invitaba a estar cerca del mundo, de lo
imposible e inexplorado. En el fondo del escenario había fotos de deidades poderosas, suculenta comida como ofrenda y muchos
vestuarios cuidadosamente elaborados para los dioses. Entre música, danza y ritual no había noción del tiempo. Ni tampoco había
distinción de rango entre los chamanes. Todos cortaban papel, preparaban vestuario, tocaban instrumentos, ayudaban a otros,
preparaban comida, recibían a los invitados, lavaban platos, hacían mandados, recogían el desorden y, al final del día, celebrábamos
con enigmáticos cantos vocalizados por un solo espíritu: el espíritu de la alegría de todos los participantes.  
Fuimos a Seúl por otros cuatro días. En  la Universidad del Arte nos enseñaron la danza de la máscara. Coloreamos una, para sentir la
esencia del estilo tradicional. La que hice tiene llamativos colores: rojo, azul y blanco. La máscara representa  a un sacerdote borracho.
Actuar el personaje no me costó trabajo; me salió bien el borracho. Los aplausos de los entretenidos estudiantes coreanos y las risas
de mis compañeros estudiantes, lo confirmaron. Todo fue alegría: nuestro enlace estudiantil, artístico y humanitario; pero también fue
alegría saber que recientemente habían tenido una exhibición de arte mexicano. Jamás se me hubiera ocurrido; pero lo que más me
asombro fue cuando Jun- ho me preguntó, en un inglés mocho, que si conocía a Márquez: El Rafa Márquez. Me contó sobre sus goles,
sus hazañas en Europa.  Yo, entusiasmado, sólo le decía "qué interesante", para que no se diera cuenta que el fútbol es una
enajenación para mi gente. Cuando nos fuimos de la universidad, me fui con tres asombros: Que Jun supiera tanto de un futbolista
mexicano, que mi máscara saliera tan perfecta y por tener nuevos amigos artistas.
Después visitamos la compañía de teatro Mokhwa que representa a Corea y su cultura. Vimos una presentación de Macbeth al estilo
coreano. Tenía impresionantes colores, trabajo de grupo y una actuación frontal, estilo tomado de la danza de la máscara que sus
mismos ancestros habían heredado.  Al terminar, esa misma noche hablamos con Oh Tae-suk, su director, en el fondo de un café que
me hizo recordar las fondas de Uruapan,
Michoacán. Mis compañeros y yo le preguntamos todo referente a la obra y nuestras inquietudes de dirección teatral. Que si esto, que
si el otro, que si aquello; y él tenia todas las respuestas debajo del sombrero.  Entre botanas, comentarios y charlas teóricas, las
preguntas se desvanecieron como la noche de ese día.
-¿Que vas a hacer, Alejandro, ahora que tenemos el día libre?
-Te quieres perder, le dije a Don el viernes, invitándolo a la aventura de conocer las calles y la gente, lejos del hotel de cinco estrellas
en el que nos hospedábamos. Explorar la ciudad o perdernos si se daba el caso. Calles limpias, mercados exóticos, plazas
modernas, museos de las diferentes dinastías y hasta el Ayuntamiento de la ciudad de Seúl nos conoció. Todavía el día que nos
vinimos fui a encontrarme con otro templo de la dinastía japonesa. Eran las siete de la mañana.  Estaba cerca del hotel, pero
escondido de la modernidad, pero a mí y a David no nos importó continuar la exploración, ni tampoco a un extraño que nos
encontramos en el templo le importó la hora ni el frío. Ese extraño completó la aventura. Él estaba danzando, cantando y murmurando
cánticos. Cuando caminaba alrededor del templo, pude imaginar que también era un sacerdote o un fiel devoto de lo que hubo en
aquel lugar sagrado más antiguo que los edificios que lo rodeaban.
Llegué a Los Ángeles arrastrando el equipaje. Los recuerdos del viaje confortaban el dolor aún existente de mis piernas por haber
conocido la ciudad de Seúl y toda la agradable aventura que tuvimos en Corea. Esos momentos esculpían sonrisas en mi rostro e
inyectaban más ganas para despojarme del agotamiento corporal. En una semana pude recuperar mi cuerpo como quebrado por el
reajuste del tiempo. Fue  entonces que supe claramente las diferencias entre Los Angeles y Seúl.
Elvira y Horacio González interpretando
una canción de Mercedes Sosa (CD)
© La Luciérnaga Online, 2008