LA   LUCIÉRNAGA
Un encuentro de poesía, narraciones y música
Con el entusiasmo propio de cuando se embarca en una aventura, presentamos a La Luciérnaga Online. Un dinámico instrumento
de la nueva realidad cibernética que posibilitará que la palabra de poetas y narradores latinos de Los Angeles se una a las voces de
toda una comunidad global. También, una manera de avanzar en la exploración de nuestra identidad, en un momento histórico
crucial en el que el discurso intolerante de elementos xenofóbicos pretende limitar nuestros espacios linguísticos y culturales.
Bienvenidos, entonces, a nuestros poemas, nuestras narraciones y nuestra música. Bienvenidos, también, a las peñas que
organizamos una vez por mes y bienvenidos, por supuesto, a dejar sus preguntas y comentarios en el blog, a fin de iniciar un debate
democrático e instructivo.

Néstor Fantini
EDITORIAL
DICIEMBRE 2007
POESÍAS
ENSAYOS
CUENTOS
SIN TÍTULO

Julio Benítez

    v
Palabras, palabras que no existen,
gestos que amenazantes rechazan
los naturales que se burlan
de la mímica del emigrado.

    vi
En el color de los morenos
nace la transpiración que atrae
al anglosajón blancuzco que teme
al negro olvidado en su miseria
y al hispano carente de lengua propia.

   vii
El español no es la lengua de Cervantes.
¿Quién ha visto un hispano culto?
Neruda jamás existió y Borges pertenece
a las equivocaciones geográficas.
Los premios Nóbel debutaron con Shakespeare.
Pancho no es Villa sino mi jardinero.
Gabriel García no es Márquez.
Los tacos picosos me los prepara
sin realidades maravillosas ni fantásticas levitaciones
el Octavio que vive sin la Paz
del indocumentado Fuentes.
No sé si ese prepotente nieto
de James Joyce, oyó tal vez de un Camilo
o un José que Cela las palabras en su perfecto
juego de barón con clase y no usa sombrero grande.
¿Sabe él las variantes de una ranchera
en la voz de un Jorge Negrete
o podrá apreciar qué diferencia a Carlos Gardel
del Benny Moré que jugó con las bandas
y dio son y salsa a todos los rumbos
de sus colegas de la cumbia y la plena?
Celia, ¿habrán comprendido en tu segunda patria
por qué la Cruz de tu Habana te acompañó obsesiva
hasta el mismo gigantesco y azucarado adiós
que no ha tenido émulos en Miami
y no se recuerda igual en Nueva York?
Y entonces, ¿qué decías sobre  esa jerga
de nanas y sirvientes?- repite ebrio
el ignorante anglosajón que discrimina
al emigrado que apurado en su cosecha
intenta rehacer su carrera por el sendero
de la reencarnación, que es como se siente.
No sé si Quevedo hubiera resistido
la comparación con el iletrado campesino
que en toda su condición,  nos alimenta con sus frutas.
Probablemente,  su irónica burla
dejaría al de este lado con el sabor
de un chorro tibio bajo el puente.

  xv
Yo he vivido con las cargas
del que nunca pensó en recalar
en el frio de la ciudad interminable
extendida como manto del hombre
que imagina las historias
del seco rumbo abandonado,
hoy enriquecidas en el desierto
de las transformaciones cruzadas.
Yo he sentido la humillación
expuesta en el bolsillo magro
y la mente cansada, soportando
odio ignorante salido del
que ensaña su arrogancia
por herencia, y por historia
venida de los fríos nórdicos.
Yo he aprendido con rabia
entre los babélicos rumbos de las razas
los juegos de mi cansada lengua
exprimiendo su torpeza.
Yo tengo el fonógrafo y un sonido prestado
que salió de las cuerdas que arrojé un día
al océano hermoso y gigante.
Yo he perdido las pupilas confundidas
con las aguas huéspedes del señor
que devolvió las gravámenes olvidados
en los muelles y los arrebatos.
Yo he recibido las señales
del Pacífico infinito al recordarme
la hora de recoger las amarras
nacidas en mi Isla hermosa.

De
El rey mago
LA DELATORA
                     
José Manuel Rodríguez Walteros

El innombrable, a rastras entre la madurez y la oquedad, se levanta al amanecer con dolores en las rodillas y en las manos.  Sin
saberlo ha cumplido la misión de su vida y dentro de mi óptica mundana es un hombre santo, un inmortal, un vengador.  Desde ese
momento para acá, por el frío, se miente, por la desilusión, se consuela, le cuesta cada vez más ser el mismo, el sonriente, el dueño de
la cifra y del padre tiempo, que ya no tiene hendiduras ni dientes apretados ni aparejos por cobrar.  Manuel Miguel siempre ha sido un
hombrecito laburador y condescendiente que ha habitado por años un garaje apacible en North Long Beach esperando el momento
que el águila se nos pare en el nopal a devorarse la serpiente, como dirían los mexicanos.  Paga un carro a cuotas y poco sabe de su
lejano país del sur, salvo del pan de marraqueta que rememora de vez en vez y de la camiseta sudada y vana del indio, pero sobretodo
de la ausencia y del silencio, esas son las únicas ataduras con su raíz.  Manuel se alimenta del tormento y de las reconstruidas horas
postreras de su padre al que no conoció.  Los sótanos chupagente no existen en el norte y menos existen los desaparecidos y los
muertos en vida, eso es historia arcaica que aquí ni en sueños, piensa sin pensarlo el Manuel Miguel, el Gato, el instrumento que
inspira nuestra entraña.  No importa mencionar un teléfono en Antofagasta al que nunca marcará ni la voz y el acento desconocido de un
hartal de sobrinos que le han nacido en la distancia.  Manuel Miguel sin ser avaro es frugal, con trabajos ha construido un rincón que lo
salvaguarda de la vida y allí pernocta frente al televisor, al cable, al dvd, al mp3, con los que mantiene un tórrido romance.  Es poco lo
que hay que decir de él, en su trabajo, manejando una máquina infladora de plástico, de las llamadas de inyección, cumple con la
norma y un poquito más, sin desgastarse, pero lo suficiente para tener segura la chamba cinco días a la semana y cuarenta horas.  La
tempestad llegó a su vida un viernes de febrero, mes maldito decían las voces en la noche que desde entonces arropó a Manuel Miguel.
 Estaba allí en el restaurante de la Artesia y la Main en el lugar señalado y almorzando lo usual cuando la vio.  Ella no pudo verlo,
ninguna lo había visto hasta entonces y nada nos obliga a pensar lo contrario.  A Manuel Miguel, el Gato le decían sus amigos por
razones perdidas en el tiempo, le llamó la atención todo en esa mujer.  La atracción esconde ganchos extraños que apuntalan hondo y
sin razón.  A destajo escuchó su acento sureño y compatriota y le gustó esa voz cascada y susurrante.  Tenía el cabello negro profundo,
entonces él ignoraba que pintado, pero qué iba a saber el Gato de tejemanejes y de cambios de identidad, eso era para las películas
nunca para la vida real como la de él.  Enseñado a observar y no tocar, el Gato barajó probabilidades y decantó por un aceptable está
buena.  De cuerpo alto y delgado y entradita en años la morena se sentó frente al Gato con su ensalada griega.  Mejor se hubiera
atragantado con la hamburguesa, mejor un rayo lo hubiera partido en dos o que le diera muerte una bala redentora, todo antes de
perderse en esos ojos marrones y enseñados a mirar lo que nosotros los mortales no vemos que tenía la delatora.  El reloj de pared
marcó la una y cuarenta y cinco, y el Gato a quince minutos del adiós ensayó una jugada final.  De prisa compró en un puesto
ambulante de la esquina un arreglo floral y lo dejó en la mesa.  Feliz San Valentín, le dijo, le susurró, le suplicó en silencio no te vayas,
quédate en mi, apaga las hogueras y regrésame el resplandor del Atacama.  La mujer, la morena ojos marrones y cabello corto y
teñido, desde su hambre de siglos y desde la desesperanza de su odio lo miró como quién mira un perro muerto en la calle, una
montaña de desechos.  Y éste de dónde salió, pensó, en ese instante mínimo dejó de ser quien era para convertirse en una mujer
simple, en un cuerpo codiciado y encendido de lo que algunos llaman deseo, nosotros, los vengadores, llamamos sed acumulada de
quién ha vertido sangre sobre la tierra que llora por sus queridos muertos.  Titubeante la morena sonrió lindo, sus labios, las bolsas en
sus ojos se vistieron de azul y con un ademán le pidió al gato acercarse.  Pasadizos que crea el tiempo y la lluvia conforman el
presente, eso pensaba el Gato jugando a ser profundo, él que era un puño cerrado, una muñeca en la penumbra que acaricia, que
derrama cataratas de semen sobre la colcha sucia.  No tenía nada que decir así que nada dijo, en silencio se sentó frente a la morena
con las ganas silvestres de abrazarla, de besarle los labios, el cuello, los pezones que en el pasado la picana y los dientes rabiosos de
los perros habían lacerado.  La morena, que alguna vez sobre la tierra de odio y de chillidos en la penumbra se llamó Alejandra,
escribió con su letra menuda y firme, metódica, pulcra, un teléfono y una dirección.  Largos años de práctica le habían enseñado a
conocer al hombre, al mentiroso, al manoseador, al que se revienta como lluvia en la tortura, y ahora estaba frente a un introvertido,
timorato y poco aguantador, un sin rostro que no era capaz de jugarse por nada ni por nadie para evadir el precio.  A contra de ella el
instinto siempre le jugaba una mala pasada y sin quererlo siempre terminaba etiquetando a las personas como lo hiciera antes,
durante los años aciagos de la guerra sucia en Londres, 38.  Este si, este no, este no tiene salvación, que lo tabiquen, que le quemen el
rostro, que le saquen los ojos, que acorralen y maten al humano que pervive en el fondo de esa masa informe y aleteante que transpira
en el piso.  Manuel Miguel, el solitario gato de callejón, a voluntad propia se lanzó por el acantilado de la historia que no tiene reversa.  Él
sabía poco, lo imprescindible, acerca de la invasión de Cristóbal Colón y sus secuaces y de las diferentes guerras que son una sola
guerra larga en este continente, y nada más.  Su país, si es que existe en el mapa y no tan sólo en su cabeza repleta de canciones y de
episodios mil veces vistos de Los Simpsons, se remontaba acaso a una calle, unos pechos de madre en la penumbra y a un borracho
malherido en mitad de la plaza.  Ese es Chile, se dijo las pocas veces que la nostalgia echó mano de su cuello de toro.  Las cinco
treinta de la tarde ese día tardaron un siglo en llegar.  Lo demás es la escenografía de los excesos.  Caminó al carro, buscó la dirección
en el mapa, qué tal una botella de licor, pero a la final se decidió por una llamada telefónica aclaratoria.  Todas las mujeres de la tierra
tienen un hombre, se dijo, repitió la oración etílica de su padre y sus tíos, y allí en el teléfono se sorprendió hablando de su soledad y de
las madrugadas de frío y de películas sesenteras repetidas y bobas que nunca se perdía.  Para ella, la morena, la antes Alejandra, la
delatora, fue un juego de niños despojar de su máscara al gato y recorrer sus adentros sin encontrar obstáculos.  El Gato tenía poco
que decir y hablaba poco, tartamudeando se aventó a la arena y le susurró un deseo, tú y yo, los dos, y lejos de nosotros todos los
demás, los dedos, las manos, la parrilla, las botas, los alaridos, y le mendigó amor.  Quiero sentir la piel de una mujer, le dijo a
cuentagotas.  La morena estaba lejos, había ido y vuelto del infierno y no se esperaba una cursilería de ese tamaño.  A estas alturas de
la desesperanza no es posible, decía, pensaba, analizaba, se perdía en los retruécanos de las líneas que ella había traicionado cuando
los hombres eran hombres y no sacos de arena, no espantajos de piedra, no chillidos de fuego que no acallaba el tiempo.  Quiso
seguir las normas que por años la habían hecho invisible a nuestro odio, pero en el frío de hawthorne poco importan las señales de
humo.  Después de treinta años de morderse los labios, de correr los postigos, de desconfiar del viento, hizo la vista gorda y en los ojos
de su mente se vistió de fiesta para el Gato, para su hambre inmensa, para las garras implacables que nunca habían acariciado una
piel de mujer.  Dejó por un momento atrás el poroteo y a la sombría Villa Grimaldi y sus secuelas y acalló a fuerzas los quebrantos, los
alaridos en la penumbra y el olor a carne chamuscada.  La metáfora trillada da asco, pero el gato aún juega con el ratón y triunfan los
inobjetables, los malditos, los que nos trajo el odio.  Manuel Miguel, verdugo nato, cerró los ojos camino del infierno, del otro, del que no
se regresa.  Con trabajos encontró parqueadero, y recalco esto para explicar por qué la furia intima que nos rebalsa a los californianos,
y con nervios y ansias tocó el timbre como quien toca una entrepierna hirviente e insondable, una gruta por donde caen los muertos que
nunca tendrán nombre, los desaparecidos, los muchachos muertos de la tierra que llora.  El Gato nunca aprendió a hablar, siempre
hablaron por él, así que le fue fácil quedarse allí envarado en la puerta hasta que la morena, la Alejandra, que antes fue compañera, que
antes fue el puñal desgarrador de la traición, rasgó los velos y lo invitó a pasar a la salita.  Nada fuera de sitio, una televisión pequeñita,
una cama con la huella aún tibia de quien viene de lejos y cansado y unos zapatos quedados de moda.  La morena, ella que siempre lo
supo todo, no sabía qué decir.  Me sacó la ropa o qué, pensó, prendo un cigarro, le pateo el rostro, o me quedo aquí sentada y dejo que
me alcance de una maldita vez el tren que se lleva lejos a todos los muertos que yo señalé.  Quiso por fin dejar salir su voz y platicar del
destierro, del ruido de cadenas, del traquetear de la locomotora en lontananza y de los rostros en la ventana, de las manos, de los
dedos sin uñas que acariciaban su desnudar sin alma, pero se quedó callada allí frente al Gato y a su deseo por siempre insatisfecho.  
El ser humano era una madeja que ella había deshilado hasta perder toda apetencia, pero ahora no, el Gato era otro mundo, un ser sin
memoria y sin ritmo, sin pasado y sin futuro, un ser en el presente eterno que no recrimina, que no aprieta los cuellos.  Ella ignora que
el Gato la odia, no por ser mujer y ser apetecible sino por ser quien es.  Todos nosotros quisiéramos que el Gato le desgarrara la ropa,
le arrancara la piel y la quebrara en dos desde el ombligo hasta los ojos malditos que miran con deseo, que lloran bajito cuando el
Gato estira una mano y le acaricia el cuello.  Manuel Miguel sabe muy bien que ella representa la delación, el golpe bajo, la deshonra,  
mientras él es la cadera ágil y presta que heredó de su padre al que no conoció por culpa de Alejandra.  Entre el silencio inamovible el
gato desnuda a la morena y le aprieta el cuello sin palabras, sin entornar los ojos, sin sentir que a lo lejos, muy lejos, se retuercen las
olas en el viento del sur.  Despacio el Gato la pasea por el piso en un juego milenario, la devora de a pocos, la lanza de cabeza contra el
mundo y deja que los ríos de su sangre se encharquen en la alfombra.  La Morena, en silencio, observa a lo lejos todo lo que el Gato
hace con su cuerpo mientras corre despavorida en la larga y sola noche que la habita.  Con un odio profundo, menos cerebral que el
que nosotros sentimos, pero igualmente valido, el Gato se despereza recortado en el vidrio y se viste despacio.  Sacude con furor su
puñal inservible y sin mirar el costal de piedras que respira a sus pies, que agita los cabellos y las manos, que se cubre los oídos para
acallar el mundo, y con la saña del que todo lo sabe y nada espera, el Gato se trepa en su coche que aún no paga y se pierde por la
avenida que da a la autopista, que da a su garaje apacible en el norte de Long Beach, en la zona inundada.
CANCIÓN DE CUNA DE LOS BARCOS
           
             Elsa Frausto

El sueño de un niño es un mar profundo donde Dios
lanzó sus carabelas. Las olas rompen contra párpados
cerrados y los ojos se asoman a la comisura de la noche.
Es un vaivén detrás de esa cortina, un misterio que mi
beso no descubre.

Una vez hubo un obsequio- el de mirar al ser dormido.
No despertarlo para que el mundo siga tejiendo entre
ola y ola la historia de unas carabelas.


SIN TÍTULO

Un día estaré lejos.
Ya estoy lejos.
El otro sol me toca,
allá el viento me despeina.
Los columpios
son campanas que suenan
acá,
los niños hablarán
un lenguaje que conozco.

Esta tarde, entonces, es un puente
que cruzo sin caminar.


PARA SER LEÍDO EN UN SOLO ALIENTO

Esta es la mesa que recuerda
una noche    estos los ojos
nadie ve    en el espejo
que el tiempo hace de palabras
gestos de sueños
hacia las corrientes que vuelven
del mar otra vez    pergamino
de pétalos en un cielo inmigrante.
NAVIDADES DE MI VIDA

Néstor Fantini

Las mejores navidades de mi vida, sin la menor duda, fueron en la casa de mi madre, durante mi infancia.  Cuando ocasionalmente
retorno a ese chalet de ladrillos y tejas rojas en los suburbios de Córdoba, todavía puedo reconstruir la risa de una mujer jugueteando
con dos niños en esa sala en la que un árbol de Navidad de ramas blancas se reflejaba en el espejo de marco dorado que estaba
opuesto a la gran chimenea y que, obviamente, siempre estaba apagada en los calurosos veranos argentinos.
Y recuerdo la mesa servida con la mejor vajilla, las velas rosadas que producían una penumbra misteriosa que, mezclada con los
pequeños sorbos de sidra Real que se me permitía, me daban una sensación de cosquilleo y regocijo.  Pero a nadie le podia caber la
menor duda que, a pesar de lo especial de la noche, mi atención y la de mi hermana estaba centrada en los coloridos envoltorios al pie
del árbol blanco.
Después estuvieron las otras navidades, las más tristes de mi vida.  Las que celebramos en los tiempos de la Guerra Sucia cuando los
militares argentinos secuestraban, torturaban y asesinaban.  Una de esas navidades, en medio de tanta desesperanza, la pasé con un
anciano, don Pedro Pablo Pereyra, que había sido leñador en lo profundo de los montes tucumanos.  Tenía un ojo de vidrio y le faltaban
dos dedos, pero, con su rudimentario español, en esa Navidad de 1977, me leyó la Biblia y me habló de Dios.
Casi al final de la Guerra Sucia, cuando los soldados del general Luciano Benjamín Menéndez parecían haber saciado su sed de
sangre y la situación política en el país comenzaba a normalizarse, me fui a Brasil.  En el departamento de mi hermana, en la rua Sao
Francisco Xavier, en Rio de Janeiro, con paredes cubiertas con curvas y geometrías inexplicables de cuadros surrealistas de su amiga
Miriam, pasé mi primera Navidad sin el temor de ser asesinado por los militares.  Allí, con champagne y turrón, leímos poesía,
hablamos de los sueños de nuestra infancia (que incluían los míticos “zapatos y aritos” para nuestra querida madre) y seguimos
tratando de entender los divergentes proyectos de vida en los que estábamos encausados.   
Al final me fui como exiliado politico a Canadá en donde me casé con una mujer valiente que también había hecho contribuciones a
derrotar a la dictadura militar argentina, terminé la universidad y, en un día de un sol anaranjado inolvidable, tuvimos un hijo de piel clara
y ojos inteligentes y dulces.  Los tres, en otro de los momentos más felices de mi vida, pasamos mis primeras navidades tarareando
estribillos infantiles, siguiendo las aventuras de Charlie Brown y Snoopy y admirando las nevadas majestuosas que, al mismo tiempo
que cubrían las calles vacías de Toronto, regocijaban mi alma.
Cuando llegué a Los Angeles, después de mi divorcio, las navidades al principio fueron difíciles.  Mi hijo y yo estábamos solos y la
soledad carcome.  En la primera Navidad, mi niño, mi muchacho adorado, que entonces tenía seis años, se puso el elegante trajecito
que le había comprado y salimos a buscar un lugar en donde almorzar.  Lamentablemente, era 25 de diciembre y casi todos los
restaurantes estaban cerrados.  Finalmente encontramos uno en Sherman Way, cerca de Fulton.  Durante la comida, con un menu que
reflejaba la influencia judía de los dueños, hablamos, sonreímos, planificamos, pero dentro mío sentía el miedo de saber que
confrontaba la monumental responsabilidad de criar un hijo solo.  Cuando hoy a veces paso por el mismo lugar en donde estaba el
restaurante, que ya cerró sus puertas, siempre recuerdo esa Navidad y siento la misma ansiedad de angustia.
Por primera vez en un par de décadas, a esta Navidad la pasaré en mi entrañable Argentina.  Algunos de mis seres más queridos, que
definieron quien soy hoy en día, estarán ausentes.  Mi querida madre Dora Esther falleció hace más de una década  y sus cenizas están
desparramadas en las aguas de la Bahía de Guanabara.  Mi hijo, de quien me siento tan orgulloso porque aparte de sus logros
académicos es un magnífico ser humano, anda en otro continente, junto a su novia, tratando de encontrar su destino. Sin embargo,
estaré con mi padre, con mi querida esposa Cecilia y con su jovial familia al borde del Río Paraná, en la cada vez más linda Rosario, en
donde en los últimos años he comenzado a construir los cimientos de lo que probablemente será la última etapa de mi vida.  Allí,
seguramente, habrá sidra y petardos, árboles de navidad como los de mi infancia, muchas risas y la promesa de regalos a
medianoche.  Allí, seguramente, entre gente buena, honesta, amistosa, junto al abrazo de mi esposa, cerraré los ojos y pensaré en mi
hijo, más allá de océanos, cerrando sus ojos y pensando en mí.  Feliz Navidad.
Alejandro, María y Alejandro Molina interpretando una canción de Silvio
Rodríguez (CD)
© La Luciérnaga Online, 2007