C U E N T O S
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
Levantó el rostro perdiendo su mirada en el jardín que podía ver desde su sillón. Al instante se levantó y fue hacia la ventana y asomándose, se quedó percibiendo la fragancia de
las flores, luego, con un aire
perezoso, subió con ambas manos sus cabellos pensando: “Es una tarde hermosa para quedarme encerrada en la oficina. Ideal para ir a comprar las cosas que me están
haciendo falta y también un
vestido que me pondré esta noche para cenar con Alberto”.

Hacía tiempo que no comían juntos, sobre todo solos, porque siempre los acompañaba algún amigo, un poco era por los horarios y otro, porque aprovechaban para reunirse cada
vez que estaban libres.

Al principio le molestaba que Alberto tuviera la costumbre de estar rodeado de gente en todas las ocasiones que se le presentaban, pero se fue acostumbrando y hasta empezó a
disfrutarlo. Esta vez iba a cambiar la rutina. Volvería a la casa para preparar una cena íntima. Con nuevo ánimo salió de la tienda llevándose por delante a una persona que pasaba.

-Disculpe -le dijo amable, pero de súbito lo reconoció y quedó confusa, sin saber qué decir. Él también, la quedo miró asombrado. -¡Pero si eres tú, Laura!

Una gran emoción la embargó. Habían pasado algunos años y ahora estaban otra vez, frente a frente.
No pudo, ni quiso negarse a tomar un café con él. Al cruzar la calle la tomó del brazo y entraron juntos al bar. Se sentaron cerca de una ventana. Se miraron primero, en silencio, sin
poder hablar, y cuando lo
hicieron fue a un mismo tiempo. Entonces él, sonriendo, la tomó de las manos.

-¿Que ha sido de tu vida, Laura?

Laura, aún muda por la sorpresa, miró sus manos entre las de él y una infinita ternura renació en su corazón. Le comentó que estaba casada, que no había tenido hijos, y que se
había recibido de contadora.

-¿Recuerdas?, era lo que yo estudiaba entonces.
-¿Cómo no voy a recordarlo?

Luego de contarle él, que se estaba divorciando y algunas cosas de su vida, quiso saber por qué ella no había ido a la cita que habían acordado en el último encuentro.

-¿Sabes? Esperé ansioso tu llegada aquella tarde. Llovía y estuve largas horas aguardándote, ilusionado. Estaba tan enamorado de vos que me costó convencerme de que no te
volvería a ver. Casi me vuelvo
loco cuando comprendí que no tenía dónde buscarte. Ni siquiera conocíamos bien nuestros nombres. Sólo sabía que te llamabas Laura.  Laura lo escuchaba atentamente. Sus
miradas estaban unidas por las
mismas emociones.

-Yo también estaba enamorada de vos, Fernando. Pero en la madrugada de ese día, falleció mi papá, y a pesar de eso, lamenté no poder ir a verte. Sufrí mucho. No tenía forma de
encontrarte. Jamás
pensamos en un desencuentro. -Cómo ha pasado el tiempo, -dijo él, moviendo la cabeza- y aún hoy,
siento lo mismo. Creo que por tu recuerdo nunca pude ser feliz en mi matrimonio.

Ella por vez primera lamentaba estar casada. Aunque se fue acostumbrado a su pareja, no era lo que había esperado, y ahora, al estar frente a Fernando comprendía su fracaso.
Alberto fue cariñoso los
primeros meses, luego su comportamiento se volvió casi indiferente y ella, resignada, fue regresando a su hogar cada vez más tarde. Ahora, al sentir esa felicidad dentro de su
alma, tuvo miedo. Por eso, volviendo
a la realidad, se despidió de él.

-Insisto en que volvamos a vernos, dijo él, pero ella no quiso escucharlo
y salió casi corriendo del lugar.

Toda la alegría del momento se fue convirtiendo en lágrimas. En esos instantes no hubiera podido ir para su casa y regresó a su oficina. Buscó una caja en la que guardaba
algunas cosas personales y sacó
aquella foto que él le había dado. Ahora comprendía por qué, nunca la pudo desechar de entre sus recuerdos.

Decidió marcharse enseguida a su casa para continuar con sus planes. Aún era temprano y tendría la ocasión de charlar con Alberto. Pero, al hallar estacionado el auto de Jorge
en la puerta de su vivienda, pensó con resignación -adiós intimidad.

Al no encontrarlos en la sala supuso que estarían en el estudio, y entró en la cocina para ver si Delia, la empleada, ya se había retirado. Dos pocillos de café aún humeantes
estaban sobre la mesada. Estuvo a
punto de llevárselos, pero prefirió subir a su cuarto. Cuando encendió la luz se quedó paralizada contra el marco de la puerta. La escena que se manifestaba ante sus ojos no la
dejó articular palabras. Siguió con espanto lo que sucedía. Alberto se levantó torpemente de la cama sin decir nada, mientras Jorge, apurado, se
calzaba los pantalones que estaban tirados en el suelo. Un gran silencio fue todo lo que hubo. Jorge, con la camisa en la mano pasó junto a ella y se detuvo a su lado como
queriendo decir algo, pero sólo le puso su mano en el hombro, y se marchó. Ella seguía pegada contra la puerta, mientras Alberto se abrochaba la
camisa para sentarse luego en la cama y, doblándose sobre sí mismo, ocultó el rostro entre sus manos diciendo:

-Perdóname, no quería que lo supieras, y menos de esta manera... Me siento muy avergonzado, pero es mi realidad.
Sin saber cómo, se escuchó decir:
-¿Con quién estuve casada todo este tiempo?
Se alejó rápidamente de allí y tomando el bolso que había dejado en la sala se largó a la calle. Corrió varias cuadras sin darse cuenta de
hacia dónde iba y sin reflexionar sobre qué era lo que quería hacer. Detuvo un taxi y le pidió al chofer que la llevara a la misma cafetería que
había estado momentos antes con Fernando, con la idea de encontrarlo todavía en ese lugar. Como si pudiera hacer retroceder las agujas del
reloj. No estaba, por supuesto. Se sentó en la misma mesa. Se hubiera quedado allí para siempre. Después, permaneció mirando el reflejar
negruzco que dejaba la pálida luz de la calle sobre los adoquines por la suave y persistente llovizna que había comenzado a caer, mientras el
gentío iba y venía transitando de un lado a otro.
Seguramente porque no era frecuente en esos tiempos y en esos barrios, el asalto
de la escribanía nos traumó a todos.  Especialmente porque una de las
protagonistas vivía al lado nuestro.  La Julia, su cuñada, desparramó la noticia el
domingo entre todos los que pasaron a comprar en la panadería.  Se comentó en
los recreos del colegio y su hijita, la Susi, la de primer grado, adquirió una rara
fama, mezcla de lástima y asombro por la experiencia que protagonizó su madre.
Ocurrió una tarde primaveral de noviembre, pocos días antes de que terminaran las
clases.  Mariela,  vivía en un departamento horizontal, cuyo pasillo de entrada
lindaba con mi casa. Estaba emparentada con casi todos sus vecinos inmediatos.  
Era hermana del marido de Julia, la de la casa pegada a la de ella.  También era
cuñada del andaluz.  Su hermana, la  gorda María, ocupaba al fondo, otro
departamento.  El resto de los andaluces, habitaban arriba y eran los padres de él y
su hermana solterona.  Enfrente se hallaban los padres de ella, para cerrar el
círculo.  A pesar de tanta protección familiar y de un buen marido,
el flaco, ella era
frágil emocionalmente.  Tenía dos hijitos, la Susi, de unos 6 años y un precioso
bebé que no llegaba a uno.  Después de cada parto, se solía desestabilizar y por
eso la internaban en una clínica que quedaba a pocas cuadras y que lucía como
una casa normal, aunque todos sabíamos su verdadero uso.  La mujeres de la
familia tomaban turnos para atender a los niños durante esas breves
curas, para
que el Flaco, que era colectivero, no faltara a trabajar.
Esa fatídica tarde, Mariela llevaba varios meses en casa y la familia había vuelto a
sus rutinas.  Durante la mañana, llevó a la nena a la escuela y después de
completar sus quehaceres hogareños, pasó por la escribanía para tramitar unos
papeles del seguro de su esposo.  La oficina,  también en una casa, tenia una
placa dorada con una sola inscripción comercial en la puerta.  Un par de
muchachas dactilógrafas trabajaban allí, además del escribano y la recepcionista.  
Mariela se había retrasado preparando comida para el mediodía y llegó  con poco
tiempo.  Para colmo el escribano estaba reunido, así que dejó los papeles con la
recepcionista, pagó por el trámite y prometió regresar a la tarde a buscarlos.  
Apurada, con el bebé pesándole en los brazos, apenas alcanzó a llegar a tiempo
para recoger a la Susi de la escuela. La encontró parada en la puerta, sola con la
maestra y haciendo pucheros por su retraso.
El apurón y el incipiente calor de la primavera, además del peso del bebé y los
reproches de la niña, la hicieron sentir exhausta y acalorada.  Por suerte había
dejado el almuerzo preparado y se afanó en servirle de comer a los niños.  Comió
brevemente con ellos y la Susi se durmió frente a la televisión después del último
bocado. Luego acunó al bebé un momento y los dos se adormecieron.  Al rato se
despertó sobresaltada, pues se había quedado dormida y olvidó volver a la
escribanía.  No estaba segura a qué hora cerraban y los dos niños dormían
profundamente.  En su alboroto, calculó que si caminaba rápido y sin el bebé,
recorrería las dos cuadras que la separaban de la casa, recogería los papeles y
estaría de vuelta antes de que despertaran los niños.  Sin pensarlo dos veces, saltó
de la cama, se calzó y salió con paso apurado.  Dudó en llevar su cartera y decidió
que no, ya que el trámite estaba pago.  Esa decisión terminó salvándola de males
peores.
Casi sin aire, con el cabello revuelto y llena de culpa por haber dejado a sus
chiquitos solos, llego a la escribanía. Tocó el timbre, esperando escuchar voz de la
recepcionista por el portero eléctrico.  En vez de eso, vio un ojo intenso que la
observó por la mirilla y la puerta se abrió para que entrara.  Sin siquiera terminar de
entrar le dijo al hombre que la recibió que venía a buscar un sobre, que el trámite ya
estaba pago y que estaba muy apurada.  Él la miro con desconfianza y la urgió a
entrar.  Ese fue el primer indicio de que algo andaba mal.  La ropa de él, su aspecto
y su actitud en general no correspondían con su concepto de un empleado de ese
tipo de oficinas.  Tampoco había rastros de la recepcionista. El teléfono estaba
descolgado y el escritorio revuelto.  Mariela trató de superar la inquietud que la
embargó. No obstante, pensó que fuera lo que fuera, ella tenía que obtener su
documento y volver urgente junto a sus chiquitos.  Le repitió al hombre que sólo
venía a buscar un papel y que probablemente ya lo tendrían preparado.  Él,  ya en
un tono impaciente, le repitió que se sentara y esperara. Ya la atenderían.  
Mariela, nerviosa, no pensó tardar tanto.  Se sentó en la sala de espera y revolvió
sus bolsillos en busca de un cigarrillo.  Cerca se encontraba otra muchacha como
de su misma edad con un chiquito en brazos.  Tratando de despejar su ansiedad le
sonrío al pequeño y notó que lloraba casi en silencio.  Entonces recién se percató
de que la joven madre también sollozaba y que la miraba con cara de desconsuelo.
 La desazón volvió.  Mariela se puso de pie y preguntó qué estaba pasando.  
Entonces el mismo hombre que la recibió, volvió a asomarse, esta vez con un
revólver en la mano.  Le indicó que se quedara tranquila y se sentara.
La visión del revólver plateado y grande la descolocó completamente.  La audacia
con la que había preguntado se había desvanecido.  El cigarrillo temblaba en su
mano y su mandíbula inferior se movía descontroladamente haciendo tintinear sus
dientes.  Lágrimas calientes se escapaban de sus ojos y emitió un gemido
profundo y bajo.  Se sintió incapaz de controlar su propio cuerpo. Por un momento
le pareció que se iba a orinar de miedo.  Enseguida recordó a sus hijitos
durmiendo solos en la casa y sintió que iba a desmayarse.
El hombre regresó, esta vez escoltando a la recepcionista y a otras dos muchachas
hacia el cuarto de baño.  Le hizo una seña a ella y a la muchacha del bebé para que
se les unieran.  La visión del revolver apuntando a sus prisioneras intensificó el
temblor de sus mandíbulas y el tintineo de sus dientes se hizo más audible.  Ya allí,
hallaron al escribano y a otro hombre de corbata.  Mariela tiró el cigarrillo y obedeció
a los hombres de la escribanía que les indicaban que se pararan adentro de la
bañera, en un intento de protegerlas.  A la señora con su bebé la pusieron bien al
fondo para protegerla mejor.  Estaban muy cerca unas de otras y la intensidad del
momento la hizo sentir falta de aire.  Afuera se escuchaban voces y pasos
apurados.  Otro hombre de corbata  les rogaba que le devolvieran unos documentos
que estaban adentro del maletín que le habían robado, argumentando que carecían
de valor económico pero que eran importantes para él.  El asaltante abrió la puerta
del baño una vez más y luego arrojó al protestón hacia adentro, le colocó la punta
del revólver en la cara con tono amenazante  y le advirtió que se callara. Lo estaba
poniendo nervioso. Otro de los asaltantes le gritó al escribano, preguntándole si
esperaba hacer alguna transacción esa tarde.  Él lo negó y trató de calmar al que
pedía los documentos.
Mariela observó todo a través de la cortina plástica de la bañera.  Si bien no podía
controlar sus temblores, sus sentidos estaban totalmente agudizados.  Veía todo
como una película en cámara lenta: los detalles de la cortina, las caras de sus
compañeras de desgracia, los colores de las corbatas de los hombres y sobre todo
el revólver plateado del asaltante en la cara del hombre que protestaba.  Era como
si el tiempo se hubiera detenido dentro de la bañera.  Pensaba en varias cosas al
mismo tiempo. Se mezclaban vívidamente las imágenes y los sonidos.  Pensaba en
sus hijos y se arrepintió de haberlos dejado solos, pero por otro lado, se felicitaba
de no haberlos expuesto a estos peligros.   De trasfondo, escuchaba las voces de
las muchachas diciendo que les habían robado el sueldo cobrado ese día y
también las alhajas que llevaban.  Entonces ella se dio cuenta por qué no le habían
sacado nada. No llevaba su cartera. Sólo tenía una pulsera, que aparentemente los
asaltantes no habían notado.  Vestía sus ropas de entre casa, así que los
asaltantes ni siquiera repararon en ella.
No permaneció mucho tiempo en la bañera; pero durante ese lapso, algo se rompió
dentro de ella.  Las voces y las imágenes que percibió en el momento, amplificaron
su miedo como una radio a todo volumen.  Paralelamente su mente siguió
trabajando en otros pensamientos.  Entendió vagamente que probablemente no
moriría en aquellas circunstancias; sin embargo, la sola posibilidad de la muerte
desató una serie de pensamientos relacionados con su vida presente, pasada y
futura.  En abierto contraste con los nervios y el descontrol de su cuerpo, una parte
de su mente evaluaba la situación con una asombrosa lucidez como un repaso
general de su vida. Repasó mentalmente las facciones de sus niños e imaginó a
sus hermanas y cuñadas criándolos.  Pensaba en el Flaco, joven y apuesto y quien
seguramente volvería a casarse.  Hasta pensó con humor casi grotesco en esa
muerte, baleada adentro de una bañera y  enredada con los cuerpos de sus
compañeras de infortunio. Lo que más la inquietaba eran el futuro inmediato, sus
hijos solos y el Flaco volviendo del trabajo a encontrarse con la sorpresa de su
muerte.
Imprevistamente todo terminó. Se escuchó la puerta abrirse y ponerse en marcha
un auto.  Antes de salir, el asaltante del revólver se asomó para advertir que nadie
dejara el lugar por quince minutos, si querían vivir.  Mariela sintió que sus sollozos
cesaron de repente y que todos sus sentidos volvían al presente inmediato.  
Bruscamente, empujando a las otras muchachas, intentó escapar de la bañera.  El
escribano y el hombre de corbata trataron de cerrarle el paso.  Ella, les explicó que
no podía esperar, que había dejado a sus hijos solos.  Lo dijo como con vergüenza
y culpa para que sonara aún más real.  Así que se escabulló entre los hombres y
alcanzó la puerta.  Temblando, se asomó afuera para asegurarse de que el auto se
había ido y entonces corrió desesperadamente las dos cuadras que la separaban
de su casa.  En esa carrera, no veía las calles ni la gente, sólo pensaba en la
distancia que la separaba de sus hijos, que parecía agrandarse a medida que se
acercaba.
Encontró a los niños despiertos.  La Susi había asumido seriamente su rol de
hermana mayor y había servido galletitas para ella y para su hermano.  Mariela
abrazó a su bebe, que parecía lloroso y olía a orines. Sintió culpa por su
negligencia, mezclado con un cansancio visceral.  La Susi miraba televisión sin
entender qué le pasaba a su madre.  Varias horas después, cuando el Flaco
regresó de su trabajo, encontró a Mariela con los ojos desorbitados abrazando a
sus hijos y balbuceando en forma casi ininteligible la historia.  Él dudaba en darle
crédito, dada su historia de problemas emocionales.  Se limitó a calmarla y la tomó
en sus brazos.  Entonces Mariela rompió en sollozos incontrolables, se desinfló
como una niña y se orinó encima.  No creía que se hubiera salvado.
Si bien no la internaron esta vez, llevó meses reponerse del susto.  Temía salir y
encontrarse con los asaltantes, sus caras grabadas y la seguridad de que ellos la
reconocerían.  Despertaba cada noche atormentada por las pesadillas y vomitaba
casi todo lo que comía.  Las mujeres de la familia una vez más se tomaron turnos
para llevar a la Susi a la escuela, hacer las compras y limpiar la casa.  También se
turnaban para visitarla, consolarla y de paso ayudar con el bebé.  Mariela contaba
sollozando la historia una y otra vez, como una zombi, con los mismos detalles.  
Describía sonidos, colores y todo tipo de sensaciones. Se hacía un ovillo en su
cama jurando que jamás volvería a dejar a sus hijos solos, también repetía lo
mismo cuando alguien quería escucharla mientras barría su vereda.
Tuve oportunidad muchas veces de escucharla y llegué hasta soñar con el asalto.  
En el sueño era yo la que temblaba y entrechocaba los dientes y no salía por miedo
a encontrarme con los asaltantes, la que corría enloquecida esas dos cuadras
interminables.  Desde entonces, todos quedamos marcados por el incidente,  
tomábamos precauciones excesivas en todo y desconfiábamos de cada cara
desconocida que se asomara en el barrio.  
Con el tiempo, Mariela fue mejorando y poco a poco volvió a sus rutinas habituales,
pero nunca fue la misma.  El Flaco la compensaba como podía y su familia tejió un
círculo de protección alrededor de ella. Años después, durante una Navidad la
visitamos.  Revisé un álbum de fotos con un recorte de diario, recuerdos que
indicaban brevemente:
 asalto a mano armada en una escribanía local.  
EL ASALTO
Agueda Cabrera