E V E N T O S,  P U B L I C A C I O N E S  Y  M Á S
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
E D I T O R I A L
La peña del 20 de agosto, como la mayoría de las veces, tuvo lugar en Northridge bajo la conducción de Néstor Fantini, quien abrió la reunión
recordando que hacía setenta y un meses que se reunían sin que incendios, terremotos, inundaciones ni otras emergencias provocase ni una sola
cancelación.  Todo el evento fue grabado en podcasts por Jairo Duque.  Al comienzo, Ander Frausto, siempre listo con su guitarra, interpretó un par de
canciones.  Luego Rafael Carvajal, de Colombia,  compartió sus Máximas y Mínimas que son publicadas en esta revista y otros medios.  Elsa Frausto,
la poeta argentina,  leyó algunos de sus admirables poemas y George de Aztlán silenció el recinto con un imponente recitado.  

Eduardo Antonino, un hombre de las artes de reconocido talento, recitó un tango, ¨…soy columna mercurial de las emociones ciudadanas / soy
Avenida Quintana y baldío de arrabal…”, y sorprendió a la concurrencia cuando anunció que junto a su esposa Gladys iba a bailar un tango.  La
presentación fue más que aplaudida.  

         Una nueva voz fue la de la peruana Marita Claudia que leyó una poesía.  También contamos con veteranos de la peña como el reconocido escritor
cubano Julio Benítez que compartió un ensayo que acababa de terminar de escribir y Rafael Figueroa, vicepresidente de AryMex, que presentó parte de
su trabajo.  

         Después de un intermedio de animadas charlas merlots y cabernets, se continuó con otras canciones de Ander quien fue seguido por Antonieta
Villamil, una de las más reconocidas poetas latinas de Los Angeles, que compartió algunos poemas de su último libro.  Raúl Arredondo, el ganador
del premio Luciérnaga 2009, también leyó uno de sus poemas.  Éste fue seguido por Mark Lipman, el poeta y ex candidato a senador estatal, que
sorprendió cuando sacó su guitarra e interpretó uno de sus trabajos musicalizados.  Dukardo Hinestrosa, el gran escritor colombiano que puede ser
considerado el decano de los grupos literarios de la región, presentó uno de los cuentos cortos de su último trabajo que será próximamente
publicado.  Pedro Sánchez, de KPFK, leyó un poema dedicado a homenajear al recientemente fallecido Facundo Cabral y recordó la importancia del
trabajo que realiza la estación radial.  La velada concluyó, como de costumbre, con una presentación de Alberto Villalobos que siempre ayuda a
generar debate y un sano intercambio de ideas.

         Durante la reunión tambi'en recordamos que el Concurso Internacional de La Luciérnaga Online se cerró el 31 de julio y que un grupo de
escritores que incluyen a miembros del Consejo Editorial se dedicarán a analizar los trabajos presentados.   También se anunció el cierre de la
organización hermana Hispanic LA en la que muchos escritores de La Luciérnaga habían estado publicando en los últimos dos años.  La
desaparición de la misma se debe a que su director, Gabriel Lerner, miembro del Consejo Editorial de La Luciérnaga Online y participante de las
peñas, fue nombrado jefe de noticias de AOL Latino y de HuffPost Latino Voices, una posición de monumental importancia en los medios de
comunicación de la New Age en Estados Unidos.  Como quedó reflejado en comentarios en el Blog de La Luciérnaga, esto representa un verdadero
orgullo para todos los de la Luciérnaga que conocemos la calidad profesional y humana de Lerner.

         

Cecilia R. Davicco
Editora

Más allá del dolor
sondeando en las profundidades
sumido en lo intolerable
y sus temidos pozos de desolación.
Más allá.
Más allá de mí mismo
soltarme
rendirme
contactarme.
Fragmentados cristales
de mis sitios internos
temores presentes
dudas contenidas.
Más allá de mis zonas prohibidas
de mi naturaleza subyacente
de la continuidad de mi conciencia
del balbuceo ecuánime.
Más allá, más allá.
Más allá del gemido de agonía
Permitir que el duele se exprese
soportar lo insoportable
sumergirse en el silencio
confiar en el dolor
en la pena indecible
en la tristeza innominada
de raíces subterráneas
invulnerables
a los vientos cambiantes
del espacio y el tiempo.
Astillas de la mente
fantasías
recuerdos
persona ausente.
Vinculados todavía
de acuerdo a sus formas
se comprende
.......se comprende.
Detrás del espejo
de este suelo presente
reflejos de un sueño
que no vuelve
.........que no vuelve.
P O E S Í A S
M Á S   A L L Á
Norma Villanueva
C O N S U E L O S   L I T E R A R I O S
Agueda Cabrera

A mis compañeros de La Luciernaga

Vaya a saber a quienes le escribimos
vos y yo, hermano del dolor.
Vaya a saber que duendes espantamos
entre poemas y cuentos sin destino.
Que fantasmas poblaron tus mitologicos
laberintos, tus detalladas prosas,
tus delicados poemas
para que salgan de tu pluma y de tu boca
como salen los mios, mis temas recurrentes,
mis memorias, mis miedos, mis fracasos
escondidos detras de oscuras rimas
y retorcidos recursos literarios.
Yo te entiendo, me escondo
entre la esquina del papel y tu pupila
para tratar de oir el sentimiento
detras de tus escritos, pero no te preocupes,
no lo dire en voz alta, alabare o criticare tu rima
tu estilo, tus metaforas, tu prosa,
pero no mencionare
la humedad en tus pestañas, el temblor de tu voz
ni tus esfuerzos por remarcarlos o disimularlos.
Que te bendigan los duendes literarios,
que te exorsicen las noches solitarias
sin sueño y sin amores,
para que podamos seguir fingiendo dia a dia
nuestras rutinas cotidianas sin dolor.
Norma Villanueva nació en Santa Fé, Argentina.
Emigró a California en 1990. Ha presentado
sus trabajos en peñas y eventos literarios.
Participante del "Taller Hispanoparlante de
Cultura" de Los "Angeles, conducido por la
escritora argentina, Alicia Kozameh; ha
publicado en la revista Monóculo y también
algunos de sus trabajos han sido publicados
en La Luciérnaga Online.
Agueda Cabrera, psicoterapeuta argentina que reside
en el Valle de San Fernando, California. Su interés por
la literatura la acompañó toda su vida. Algunos de sus
cuentos y poemas han sido publicados en La
Luciérnaga Online. Es una reconocida participante de
la Peña Literaria La Luciérnaga.
me fui a dormir
en medio de soles
azules y de todos colores
y en medio de eso el zafir

de tu poesia iluminó los cielos
muertos antes de la aurora
despertándome en el mediodía
de mi existencia y tu poesía

de palabras de plata refulgente
cual espada de fuego
que cruzó el cielo
y se enterro en mi fuente
R E S P U E S T A
Magali Hirayanagi
Extraído de Utopía - número 3- Abril 1998
C U E N T O S
Todos dicen que la nada no existe, o mejor dicho, que no es, pero desde
hace un tiempo para acá me han entrado serias dudas al respecto.

Cuando no tenemos dinero, por ejemplo, decimos que no tenemos nada, lo
cual esta mal dicho, porque debiéramos decir que tenemos nada, es decir
que no tenemos. Pero en verdad  esto es ya entrando en las costumbres de
hablar.

Mi mujer sí está segura al respecto, pero yo no he podido saber por qué.
Claro está que a ella no le preocupa en absoluto, en cambio a mi síñ y ahí
está la diferencia por la cual nunca nos podemos poner de acuerdo.

-Eso es andar pensando estupideces- dice ella - la nada es nada y se acabó.

Yo no lo siento así. Entonces dice que me gusta perder el tiempo.
-Yo creo que la nada es algo muy concreto, aunque a la vez abstracto.
-En que quedamos entonces - me pregunta- es concreto o abstracto.
-Caramba, es que la las cosas pueden ser concretas y a la vez abstractas.
Un hecho por ejemplo no necesariamentetiene que poder verse y tocar para
ser un hecho.
-Bueno, es que si no es así, es que no existe, no hay tal hecho, es nada,
como todos los problemasque tú armas.

Allí terminan nuestras discusiones filosóficas. La nada no puede ser nada,
tiene que ser algo, y desde el momento que es lo contrario de lo que es, es
que existe. Puede que sea vacío, la muerte o mi misma mujer. Tiene que ser
algo importante. No es razonable que ella tenga la razón.
Jorge Geisse nació en Santiago de Chile y fue allí donde ingresó a la
facultad de Bellas Artes donde estudió pintura. Prosiguió sus estudios de
arte en diferentes países, para luego convertirse en uno de los más
conocidos restauradores de California. Su aficción literaria, si bien data de
muchos años, no la dió a conocer hasta mucho tiempo después. Falleció en
California en 2010.
L A   N A D A
Jorge Geisse
L A  P R I N C E S A  S E N S I B L E
Rosa Kwick
Zamayipa corrió en un esfuerzo de supervivencia por el agreste terreno
de impenetrable vegetación de la selva amazónica. Venía gravemente
herido. Un dardo envenenado con curare había dado en el blanco en
uno de sus costados y era imperceptible a la vista. Lo sentía correr por
su torrente sanguíneo o al menos lo imaginaba como una gran
serpiente en su interior. En pocos minutos paralizaría sus músculos
para correr libremente por sus órganos vitales y devastarlos hasta
llegar a su destino, el corazón. Sufriría una muerte peor que la causada
por la mordedura del más ponzoñoso de los bichos. El curare lo
devoraría como una bestia degustando a su presa. Se detuvo delirante.
Su lengua estaba paralizada y creyó que lo ahogaría. Desfallecía, pero
sabía que si se dejaba hundir en la inconsciencia no despertaría más.
Sus ojos no verían más la luz.  Se llevó una mano al pecho e intentó
respirar, pero era inútil, cayó de bruces en un claro donde los rayos
solares caían sin obstáculos. Intentó llegar a rastras a la sombra
protectora del gran árbol, pero cayó en la inconsciencia siempre
piadosa hacia el que se acerca a la muerte.

El dulce trino de las aves lo envolvió en una paz de misericordia que le
llevó a pensar que ya había pasado a mejor vida. Fue sólo un instante.
Abrió los ojos, ignorando cuánto tiempo había estado inconsciente.
Sus creencias, adquiridas por las enseñanzas transmitidas de
generación en generación por los más sabios de su tribu indicaban
que cuando el alma abandona la envoltura, sale a buscar un lugar de
reposo en un estadio de gozo total. La sequedad que ahora le corroía
las entrañas le indicó lo contrario. Un hálito de vida seguía palpitando
en su interior; pero se estaba consumiendo lentamente. Cerró los ojos
y se visualizó como un enorme saco de arena ardiente. Su alma no
tardaría en liberarse y se preguntó si era mejor esperar serenamente a
la muerte o luchar para liberarse de semejante tortura. Su instinto de
conservación se sobrepuso y en un esfuerzo sobrehumano, caminó a
paso lerdo hacia unas brillantes luces, que no eran más que el
resultado de los rayos solares que descansaban sobre el río sereno y
caudaloso. Trastabilló entre inmensos dolores y los músculos
entumecidos. Ignoraba cuánto tiempo le quedaba, pero formuló un
deseo, el más ferviente: el tener la oportunidad de beber de ese río
antes de exhalar el último suspiro.

La ansiedad se fue haciendo ingente a medida que se acercaba, casi
a rastras y olfateaba la frescura de la esencia de la vida. Se creyó capaz
de entregar lo que le quedaba de vida a cambio de un sorbo de la
esencia vital. Perdió la fuerza y quedó tumbado de espaldas hacia un
sol abrasador. Sus dedos arañaron la tierra en un intento por llegar a la
orilla. Su más caro anhelo estaba a punto de esfumarse. Los rayos
solares estaban actuando en su contra, minando lo poco que le
quedaba. ¿Cómo era posible que los anhelos de un hombre
estuvieran basados en sus circunstancias? Lo que le fue propio en el
pasado, ahora era un ideal inalcanzable. Se marchitaría
irremediablemente sin cumplir su deseo de beber del preciado líquido,
alfa y omega de la existencia.

Sacó fuerzas de flaqueza y logró llegar a la orilla, donde en un esfuerzo
mayúsculo, se arrodilló ante el Señor Río para pedirle que le permitiera
beber de sus aguas.
Cuando por fin se disponía a refrescar su desierto interior, una potente
voz lo detuvo.
—¡Detente! —Zamayipa volteó hacia todos lados aterrorizado y con los
ojos abiertos como platos, preguntándose si sus perseguidores
habían logrado darle alcance.
—¡Soy yo! Aquí dentro del río —era un pez plateado. Sus ojos eran
redondos y tan rojos como brazas que hizo titubear al delirante
Zamayipa, sintiéndose amenazado por un nuevo peligro.
—¿Quién eres tú?
—La princesa Margarita.
—¿Por qué me impides beber agua del río? Somos hermanos. Ten
piedad de mí. Estoy muriendo. Unos cuantos tragos que harán en mi
un bien de vida, no le quitarán a la tuya ni la más ínfima célula.
—Sólo te prevengo —respondió ella abriendo sus fauces y mostrando
unos dientes filosos como pequeñas espadas, amenazantes y
aterradoras—. Mis hermanas están hambrientas, muy hambrientas y
no pondrían empacho en devorar con rapidez extraordinaria tus
músculos faciales. Después serás llevado al fondo del río, donde
devorarán el resto, en medio de gran algarabía.
—Y…¿por qué me previenes?
—Tal como tú lo haz dicho, porque somos hermanos. Para ellas, sin
embargo, no eres más que alimento.
—¿Por qué contravienes las leyes de tu comunidad? —interrogó
desfallecido Zamayipa.
—Porque me parece aberrante que por el volumen numérico que
formamos, nos alimentemos de una sola criatura, incapaz de
defenderse ante el ataque plural. Por eso me han disgregado del
grupo que sólo espera que introduzcas un poco de tu carne para
devorarte hasta los huesos. Estoy acusada de traición. No tengo nada
que perder. Han puesto precio a mi cabeza y sé que mi tiempo está
contado. Seguiré luchando contra lo que considero injusto hasta el
último hálito de vida. Ya no temo a la muerte. Ya tuve tiempo suficiente
de aceptarla con resignación.
—Eres una piraña extraordinaria, princesa.
—Y el ser extraordinaria me costará la vida. Qué ironía ¿verdad?
—Gracias por prevenirme. Yo también estoy a punto de morir. Qué más
da. Qué podría perder que no hubiera perdido ya. Mi familia ha sido
asesinada.
—¿Por quién?
—Por la tribu Jibarai. Han atacado nuestra aldea y asesinado a todos.
Yo logré escapar milagrosamente, pero no me queda mucho tiempo y
tampoco lo deseo. Para qué querría vivir sin mi esposa e hijos. Un
hombre no es nada sin el amparo de un hogar. No me importa ser
devorado por tus hermanas, si ese es el pago por beber un poco de
agua. Han devastado a mi gente. Pertenezco a la tribu Itzú. Somos
gente pacífica y hemos formado clanes familiares, sin hacer daño a
nadie. Vivimos y trabajamos todos para todos y le tenemos un respeto
irrestricto a la naturaleza. Ellos nos han esclavizado, asesinado y
convertido nuestras cabezas en pequeñas nueces con rictus que
muestran el dolor de la sorpresa y que coleccionan como trofeos.
Dicen que el alma del muerto queda cautiva dentro de la cabeza y que
su prisión es tan reducida que no logra escapar de su encierro.
El veneno que viaja libremente por mi cuerpo ha empezado a devorar
mis órganos y crece como hierba mala en mi torrente sanguíneo.
¡Déjame beber! —clamó Zamayipa con los labios sangrantes.
—¡No! Debes vivir. En mi calidad de soberana, te otorgo el privilegio de
la vida. No seas cobarde. Remueve las cenizas de tu corazón herido y
finca un mundo nuevo donde el respeto a la vida, sin importar la
especie, sea tu bastión. Habrá seres con tus mismos ideales que te
sigan y te ayuden en la tarea. Los ideales no mueren, trascienden —
respondió Margarita con una mirada decisiva en sus ojazos rojos —.
Ve con mi hermana la serpiente que descansa en las ramas de aquel
frondoso árbol. Allí corre un arroyo con agua fresca. Podrás saciar la
sed y ella te dará savia del hermano árbol que contiene el antídoto para
el veneno que hay en ti. Su nombre es Coralia y ahora vete. Aléjate lo
más rápido que tus músculos adormecidos te lo permitan. Oigo los
murmullos de mis hermanas que se convierten en clamores contra mí.
¡Huye, Zamayipa, huye antes de que sea tarde!
—Gracias, hermana Margarita —balbuceó y se alejó a rastras.
Llegó al arroyo y bebió hasta el hartazgo. Enseguida pidió ayuda a la
hermana Coralia que era un bellísimo ejemplar de coralillo que
descansaba entre las ramas del hermano árbol, mostrando sus
brillantísimos colores. Extrajo con sus fuertes colmillos la savia y la
inyectó, con un fuerte mordisco, en el torrente sanguíneo del hermano
hombre.
Se escuchó abruptamente un grito agónico que dejó en silencio a
todas las criaturas de la selva.
—¿Qué ha sido eso, hermana Coralia? —interrogó Zamayipa atónito.
—Es Margarita, que acaba de perder el privilegio que te otorgó.
Rosa Kwick es originaria de la Ciudad de México. Su inquietud por la
escritura es manifiesta desde la adolescencia. Ganadora del XI
Certamen de San Esteban de Gormaz, España el año 2006 con el
relato
El ultimo recurso. En el 2002 publicadó su libro Los brazos del
coronel.
La noche anterior Arminda había doblado la ropa con la misma dedicación y
delicadeza de siempre.  Las camisas y las faldas todavía tenían el calor de la
secadora y las sábanas tenían la fragancia de almendras.  El mismo aroma
que le quedaba en la mano cuando se frotaba el vientre y exploraba las
ondulaciones que daban prueba de ese pedacito de vida que
irrefutablemente había sido concebido en el pecado.

El padre Andrés, el que andaba siempre con esa sotana vieja y sucia, había
dictaminado claramente.  Los que hacen esas suciedades fuera del
santísimo matrimonio, mi´jita, están atentando contra sacramentos de la
Iglesia y, ¡atención!, contra el mismo Señor.  En el Paraíso, no había lugar
para estos sacrílegos.  Así que arrodillada, hasta que le brotó sangre, había
rezado los 37,000 padrenuestros y 450 avemarías con que la habían
sentenciado y se había ido para siempre de la Iglesia Santa Teresita
llorando desesperada.

Pero no era solamente el padre Andrés el que le había anunciado una
eternidad de tortura, excremento y fuego en lo más profundo de las entrañas
luciferianas, sino que la señora también parecía haber descubierto el
secreto. Al principio sólo era una sospecha conectada con esos delatores
cachetes rosados y los kilitos de más, como le había dicho, pero después
que la sorprendió vomitando en el cuartito del fondo de la casa, la sometió a
un delicado pero intenso interrogatorio.  Al final le había ordenado que el
jueves estuviese lista para que las dos fueran al Dr. Romero para que, por
las dudas, la revisara.

Con el Juan fue peor.  Cuando le dijo que le tenía que hablar sobre lo que
habían hecho en el Parque Sarmiento, esa noche de diciembre de tanto
calor cuando en medio de caricias y besos pegajosos finalmente lo dejó que
le metiera la mano en la bombacha y que la explorara con esos dedos
jugosos que por primera vez en la vida la hicieron, entre quejidos de perra,
lagrimear de alegría; cuando le dijo, el Juan se puso como loco.  La miró con
esos ojos de rabia que a veces tenía, le dio una bofetada que le partió el
labio y le dijo que nunca más lo buscara.  El muy desgraciado hasta le pidió
que le devolviera la cadena de plata de Potosí con la virgencita que le había
regalado cuando se pusieron de novios y se fue para siempre.

Después de doblar la ropa había ido a terminar de limpiar el cuarto del niño
Ramiro que siempre estaba como si hubiese sido arrasado por un huracán.  
Qué cosa con ese chico que dejaba todo tirado por todos lados y por más
que le decía y le decía, no iba a aprender nunca.  La señora pensaba que
Ramirito era un angel, pero no sabía de sus travesuras ni de esas revistas
coloridas con las chicas haciendo porquerías que las escondía detrás de la
caja de ropa de invierno que tenía en el fondo del armario.  Tampoco nunca
le había dicho a la señora cómo esa mañana, cuando pensaba que se había
ido a la facultad, lo encontró en la cama tocándose… Sí, tocándose… No
quería ni pensar en la palabra.  Le dio tanta vergüenza que lo evitó durante
semanas y nunca más lo pudo mirar a la cara.

Fue en el cuarto donde, después de abrir las cortinas blancas de tul labrado
con ángeles y mirarse en ese espejo inmenso, empezó con el primer
golpecito en esa panza circular en donde en un océano de obscuridad
flotaba un pedazo de verbo inconcluso.  Fue tentativo, el golpe.  Débil, el
golpe.  No era tanto como para causar daño, como que para saber si se
atrevía.  Después lo volvió a hacer, pero un poco más fuerte.  Y esta vez, sí,
esta vez sintió que adentro hubo movimiento.  ¡Una reacción, Dios mío!  
Después hubo más movimiento y el silencio de eternidad.

“No te olvides que mañana a las 10 tenemos esa cita con el doctor”, le había
susurrado como al pasar la señora.  Pero ella sabía que esa actitud
despreocupada escondía algo de amenaza.  Si se confirmaba que en sus
entrañas había un pecado, la señora no tendría muchas alternativas.  
Después de todo, era la vicepresidenta del comité de Doctrina de la Iglesia
Santa Teresita y, dada su investidura y su liderazgo moral en la comunidad,
cómo podría explicar que en su misma casa alojaba a una perdida.

Cansada de escuchar un bolero en el ipod rosado que le había regalado el
Juan para Navidad, un bolero que hablaba de la traición de una mujer, había
apagado la luz a eso de las 2 de la mañana.  Pero fue inútil.  No podía dormir
y, después de dar vueltas y vueltas, volvió a prender el velador y se concentró
en la estampita de San Francisco que estaba pegada en la pared y estudió
el aura de oro y la sonrisa acogedora de ese santo tan piadoso que la había
ayudado tantas veces.  Después pasó a la rajadura de la pared en la que
hace como tres meses había matado una araña y, sin saber por qué, pensó
en la mami que debía estar tirada en ese catre tan chiquito en esa casa de
adobe en Peñascos Perdidos, en medio del desierto catamarqueño, tal vez
con la boca abierta y roncando junto a ese hombre malo que cuando tenía
doce años se hacía el que la consolaba y aprovechaba para manosearla
toda.  

Pero ni el santo de Asís, ni las imágenes del rancho querido en Peñascos, ni
esa repugnante mano con olor a kerosene le podía borrar esa voz repetitiva
que le recordaba que “a las 10 tenemos esa cita…”.  Exactamente dentro de
seis horas.  Seis horas en las que se acabarían los sueños de juntar lo
suficiente para hacer ese curso de asistente administrativa en el Instituto de
Carreras Técnicas que le cambiaría la vida para siempre. Seis horas para el
comienzo del debacle.  Y se imaginaba a la señora, ¡ay, Dios mío!,
santiguándose y poniendo el grito en el cielo; y al padre Andrés mirándola
con esos ojos condenatorios que le asegurarían el infierno para la eternidad;
y las chicas en la plaza de domingos evitando hablarle; y desolada, casi
descompuesta, armando la valija de cuero viejo para ese viaje de regreso en
donde iría solamente acompañada de una ventana desteñida y esa
sensación de derrota que ya la empezaba a invadir.

Estaba amaneciendo y se sentía febril, la garganta seca, la respiración
agitada.  Ya se escuchaban a lo lejos algunos movimientos distintamente
matinales.  Una sirena de fábrica le estableció claramente que eran las
cinco y un perro ladró sin muchas ganas.  Eran las cinco y comenzó a
acariciarse la barriga. Dio varias vueltas por su redondez grotesca y casi sin
intención apretó con un dedo debajo del ombligo, y apretó más fuerte, y
apretó con la mano, y comenzaron a rodarle las lágrimas cuando apretó con
el puño, y empezó a golpear y a gritar y a rodar en el suelo con la frente
transpirada y delirante mientras un hilo de sangre caliente se deslizaba por
el muslo tenso y un gallo saludaba las tajadas amarillas en el horizonte.
L A  C U R V A T U R A  D E  A R M I N D A
Néstor Fantini
Néstor Fantini es un educador y periodista de Los Ángeles. En 2005 ayudó a
reorganizar La Peña Literaria La Luciérnaga y es el editor fundador de La
Luciérnaga Online. Actualmente escribe para AOL Latino.
E N S A Y O S
E N T R E   E L   O F I C I O   Y   L A   F U E R Z A   E X P R E S I V A   D E   L A   M O D E R N I D A D:
P O L V O S   D E L   S A H A R A,  D E   M I R E Y A   P I Ñ E I R O   O R T I G O S A
Julio Benítez

Su interés por el tiempo, la vida de su ciudad es algo que no puede
obviarse cuando leemos sus versos. En “Sábado, 8: 36”, la poeta se
sumerge en los elementos que le son coetáneos como los Beatles o las
consignas dichas  que aparecen en “la ceiba del Parque”.  Y la muerte
también emerge como sorpresa en los momentos que señalan el fin de
una vida: “Como un chorro de sueños /dejó el cerebro sobre el asfalto /y
todos se asombraron menos él…”

Mireya insiste en su libro en señalar sus dioses y preferencias como en
“Hablar con Fina” referido a una importante miembro del grupo Orígenes.
Ahí como señalé anteriormente, sobran las citas, las referencias y la
veneración. Parece como si estuviera su creadora atada a la fuente original.
Sin embargo en esa composición ella deja claro cuál es su referencia o
poética que va más allá de una escuela:
“Evito la jerarquía/ de estéticas arrogantes /aferradas a su “antes”, / “su
actual” y su “todavía”/.  Bien quisiera que la mía/ no transitara esas
brumas…”

Piñeiro Ortigosa no olvida los olores de su casa ni el tren que pasa o la
mano en un hombro. Como mujer de gran sensibilidad encuentra en las
menudencias que la rodean esa capacidad del artista de recrear lo
cotidiano para convertirlo en imágenes poéticas, en el nuevo mundo del
que habla Roland Barthes cuando se refiere al texto. Eso continuará en la
segunda sección del Libro y el soneto  “En lo Callado de la Hoguera”
adonde su interés por este tipo de composición así como las formas
métricas tradicionales se entremezclan con el coloquialismo que parece
ser, según mi opinión, lo más significativo y trascendental de sus versos.
La plástica se mueve además a través de versos bien escritos pero algo
fuera del contexto de la poesía de hoy en día.

Ahora bien. Para mí, muchos de los poemas escritos por la autora en sus
años mozos, digo los finales de la década del setenta y principios de los
ochenta  cuando se reunía con otros apasionados del género en un grupo
poco divulgado aunque precoz en sus aventuras, “ Los Egos” demuestran
el viejo adagio que el mejor poeta es el joven y atrevido. Algún día deberá
Mireya congeniar en una publicación, eso que en mi opinión constituye lo
más novedoso de su obra que asemeja fuente viva, carne en movimiento
de todo el conjunto nacido de aquellos años. Ahí, es cuando se crece y no
en el camino posterior demasiado clásico al que ella se sumó.  Este libro
es una fuente de aprendizaje para aquellos que buscan encaminar sus
pasos en el mundo mágico de la poesía que ella con oficio, unas veces
recrea en lo tradicional y otras veces con un harpa muy arraigada en sus
propias vivencias la hacen resaltar entre varios miembros de su generación.

Cuando terminé de leer
Polvos del Sahara, me convencí que no en vano
goza ella de tanto respeto entre sus paisanos y debería conocerse más allá
del lar provinciano o la Isla que tan buenos poetas ha producido.
Contradicciones que se reflejan en la edición del libro se limpian con una
hoja que se agregó a modo de fe de erratas.  Espero que puedan encontrar
en esos versos agregados al libro el sentido de modernidad que ella sí
sabe  utilizar:

Resultados Finales
                                            
Con miradas de nague y sonrisas de buena gente
me despidieron
Mi maletín de saco desbordaba esperanzas, pero olió a mierda y
me despidieron.
Yo siempre dije que la lluvia era buena para los campos,
pero me despidieron.
Y entonces, la verdad, no supe por qué
Me despidieron.

.
                               
Leyendo una novela del famoso escritor español Gonzalo Torrentes
Ballester, encontré un personaje que intercambia una serie de diálogos
con unos jóvenes interesados en la poesía.  Sus reflexiones sobre tan
delicado tema se movieron acerca de la ancestral pregunta acerca del
sentido ontológico y formal de la misma.  El hombre insistía en la calidad
fuera ésta una pieza clásica o vanguardista pero sobre todo resaltaba  la
significación de  la imagen.

AL revisar  una vez más el libro Polvos del Sahara de Mireya Piñeiro
Ortigosa, miembro de la Unión de Escritores de Cuba, galardonada
muchas  veces en su país de origen me topé con esa  versatilidad que
corresponde a alguien que busca su lugar en ese oficio difícil para unos y
divino y para otros, que rinde frutos cuando  talento y  esfuerzo se enmarcan
en un matrimonio en lucha.

Según su propia autora, tuvo que vencer escrúpulos interiores para
emprender el camino de publicar su obra poética  completa la cual que fue
presentada en Guantánamo como parte de la colección La Torre, editorial
El mar y la Montaña  en el año 2009.  En ella se recogen  los libros de la
autora quien confiesa su parcial aislamiento provinciano, lejos de los
grupos capitalinos.  Allí puede el lector encontrar desde la fuerza viva de la
poesía conversacional hasta el soneto y la rima trabajada con perfección y
oficio.

Formado por los volúmenes  En lo Callado de la Hoguera y  En la Ruta
Azaroza del Velero junto a una  sección designada como “ Polvos del
Sahara” va Mireya moviéndose en las más variadas formas métricas de la
tradición hispánica.  Comienza con el soneto “A CADA ROCE DE LA
SUERTE”, adonde expresa una constante de sus versos:   el gozo y la
melancolía, la nostalgia y la esperanza, como bien señala una nota acerca
de la misma en un sitio sobre El Libro y la Literatura de su provincia natal.
Veamos:   “La raíz del deseo no la encuentro;/ lo que soñé algún día, no me
alcanza; /es el vivir una perenne lanza /suspendida y en busca de algún
centro.”  Esa composición especie de emblema de la autora la ubica en el
renacimiento de la poesía inspirada en los maestros neobarrocos y
posmodernistas, desarrollada en Cuba hacia la década del ochenta y
principios de los noventa del siglo pasado.

Polvos del Sahara es un libro complejo pues recorre desde el lenguaje
influenciado por muchos poetas importantes de su país como Dulce María
Loynaz, Mirta Aguirre, José Lezama Lima y Eliseo Diego, entre otros hasta
la expresión más natural del verso coloquial y contemporáneo. De esta
vertiente, yo diría conservadora, para mi gusto como lector, no logra
siempre su cometido como el caso de  “Los Cantares del Bien de Amores”
que padecen de originalidad lingüística y también denotan  demasiado
enraizamiento en la  tradición algo ida de moda para estos tiempos.

Mireya también se mueve en la décima que es para nosotros los cubanos
una especie de credo y mantiene ese sabor tradicional aunque su lenguaje
es elaborado con verdadera conciencia poética. Ejemplo de lo anterior son
las “Décimas al Ausente”  adonde reitera no solo su nostalgia y la
meditación sobre la vida sino que conserva el espíritu de la buena poesía.
Ejemplo de lo anterior lo podemos notar en el siguiente fragmento: “Todo lo
cambia la ausencia /de tus ojos en mi mundo,/  hasta lo simple confundo,
/cual paradójica ciencia/ que no revela la esencia/ callada de su existir/,
pero quiere descubrir /lo que no tiene respuesta /y sin embargo me presta
/razones para vivir”.

La descripción de lo subjetivo como en el poema “Limpieza” se agitan entre
el aburrimiento del domingo y el ojo poético que observa lo exterior, la vida
ajena por llamarlo de alguna manera. Otras veces el interés por lo
anecdótico como “AL Tío Floro” se convierte  en imágenes de lo familiar
aunque no sobresalga precisamente por su fantasía poética.

Sin embargo, hay una parcela de Mireya Piñeiro que la ubica más entre los
poetas contemporáneos.  Es cuando usa un lenguaje o tema que
universaliza los problemas,  como en El Orate: “¿Acaso alivia al mundo de
su pena/ la baba de este idiota,/ amarrado en su silla /como un tenso
cordel que atraviesa el abismo?” Indudable imagen antipoética que la salva
de su rendimiento a las ataduras de lo tradicional.
Julio Benítez  es un prolífico poeta y novelista cubano que ejerce la
docencia en Los Angeles. Lleva  publicados varios libros entre los cuales
cabe mencionar
La Reunión de los Dioses.

Esforzarse y luchar contra la necesidad de esforzarse y luchar,
no tiene sentido. Sólo obtendremos más de lo mismo.

La pobreza es la explotación del hombre por el hambre.

Por querer ser el número uno, Estados Unidos es el país
mayor deudor del mundo.

El secreto para vivir solo y feliz está en llevarse bien con uno
mismo.

Según la mujeres, los fotógrafos son hombres muy negativos.

Leí por ahí: "Un ladrón que sufre de Parkinson fue sorprendido
robando panderetas".

Hay militares que de golpe aparecen.

No recuerdo el nombre de quién inventó el pañuelo. Pero me
suena...

El inmigrante subsiste a duras penas en un país que, según
él, vale la pena.

Hay comediantes que no toman su profesión en serio.

El ángulo recto ¿será un ángulo honrado?

Definición de Reconciliación: Triunfo de la esperanza sobre la
paciencia
R E F L E X I O N E S
Rafael Carvajal, colombiano que escribe
ingeniosos  dichos populares que aparecen en
publicaciones como
Tiempo Sur e HispanicLA.
rafiacv@yahoo.com
MÁXIMAS Y MÍNIMAS
Rafael Carvajal
FRASES CÉLEBRES
Pesonas y Personajes

Las novelas no las han escrito más que los que son incapaces
de vivirlas.
Alejandro Casona

La literatura es mentir bien la verdad.
Juan Carlos Onetti

No hay libro tan malo del que no se pueda aprender algo
bueno.
Plinio Cayo

Dicen que soy un gran escritor. Agradezco esa curiosa opinión,
pero no la comparto. El día de mañana, algunos lúcidos la
refutarán fácilmente y me tildarán de impostor o chapucero o
de ambas cosas a la vez.
Jorge Luis Borges

El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel
a quien nadie puede imitar.
Francois-René de Chateaubriand

La poesía tal vez se realza cantando cosas humildes.
Miguel de Cervantes Saavedra

La poesía debe ser un poco seca para que arda bien, y de este
modo iluminarnos y calentarnos.
Octavio Paz

Digamos que existen dos tipos de mentes poéticas: una apta
para inventar fábulas y otra dispuesta a creerlas.
Galilei Galileo

Yo se que la poesía es imprescindible, pero no se para que.
Jean Cocteau

La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el
libro habla y el alma contesta.
André Maurois