Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
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Volumen V * Número 6 *  NOVIEMBRE - DICIEMBRE  2011
CARTA DE NAVIDAD

Querido Niño Dios:

.        Te escribo porque parece que esta Navidad me voy a quedar sin regalo. La mami dice que como me he portado muy mal, ella
misma te va a  mandar una carta para decirte que este año, no me traigas nada. El papi me había dicho que cuando cumpliera seis y
fuera tan alta como la botella de vino arriba de la mesa, vos me traerías una bicicleta, y roja, como la que hay en la juguetería de doña
Elena. A la botella la requetepasé, pero como me porté mal, dicen que me van a suspender el pedido y tal vez por varias navidades.
.        Yo ya le había contado a la Vivi y a la Mary que esta navidad estrenaría una bici y me parece que se pusieron medias envidiosas. Y
si ahora voy a tener que seguir usando el triciclo de cuando tenía cuatro,   que me saca moretones en las rodillas cuando pedaleo, se
van a burlar de mí. Además, pasé de grado y la señorita Coco me puso en el cuadro de honor. Y no es porque ella fue novia de mi
papá, y todavía le gusta, sino porque hice todas mis tareas.  Asi que me parece que me merezco el regalo, ¿no?
.         Yo te quiero contar lo que pasó, para que veas que no quise portarme mal ni hacer renegar a mi mamá, sino que todo ocurrió
porque no me quisieron llevar al río. Ayer hacía mucho calor y después de comer yo quise ir al río como hacen todos los chicos. Pero
como a la mami le gusta dormir unas siestas muy largas, dijo que iríamos después de que se levantara. A mí me dio mucha rabia
porque para cuando nosotros llegáramos ya todos se habrían ido y no iba a tener con quien jugar. Entonces, no quise dormir y me
escapé al patio.
.        En la casa de la abuela Teresa hay una planta de moras y palmeras que dan dátiles. El sol estaba bien grandote allá arriba,
achicharrando todo con el calor, pero los dátiles se veían bien amarillos y brillosos. Fui al taller del abuelo Miclo a buscar una escalera,
me subí y comí un montón porque estaban bien dulces.
.        Después que me cansé de comer dátiles, me fui a sentar en las ramas de la planta de moras que está en la vereda. Entre las
ramas se sentía más fresquito y me puse a jugar a que era la mona Chita de Tarzán. Antes me escondía detrás de las hojas y, cuando
alguien pasaba, le tiraba con las moras en la cabeza.Ya no lo hago más por el problema que tuve. Un día doña Catalina, la esposa del
intendente, vino a visitar a la abuela Teresa. Como tiene las piernas cortitas, al caminar mueve su cola igual que la gallina bataraza
esa que nos vamos a comer para la Nochebuena. Bueno, cuando doña Catalina pasó toda movediza, le tiré con las moras y el vestido
blanco que llevaba bien apretadito se llenó de  pintitas azules. Cuando se dio vuelta y me vió arriba de la planta, se fue
derechito a acusarme con mi mamá. Por eso ahora solamente hago piruetas y como moras.
.       Cuando calculé que la mami se estaba por levantar, volví corriendo a la casa. Pero al entrar a la cocina, ya me estaba esperando
con la chancleta en la mano. Le dije que la abuela me habia llamado, pero las moras me habían dejado su marca en las manos, los
dientes y la cara. Me dio dos chancletazos que me dejaron la cola ardiendo y me encerró  en penitencia en el baño.
.       Menos mal que cuando mi panza empezó a hacer ruidos raros y a darme retortijones por las moras y los dátiles calientes, no tuve
que correr. Estuve sentada en el inodoro un rato bien largo y mientras, me recité los versitos que aprendí en la escuela para el acto del
Día de la Madre, después repasé todos los rezos del catecismo y hasta conté todos los mosaicos del piso. Como ya no sabía qué
hacer, me puse a  preparar adornos de Navidad.  A las guirnaldas que hice con el papel higiénico las pinté con el pintalabios de la
mami y, con el dentrífico de los dientes, hice copitos de nieve que pegué sobre los azulejos. Después que se terminó el papel y el
dentrífico y el pintalabios, abri la canilla del bidet para llenarlo con agua y mojarme porque hacía calor. Se ve que la abrí mucho y algo
se rompió, porque no la pude cerrar. El agua subió y subió y rebalsó y cayó al piso. Entonces me puse a llorar y gritar para que abrieran
la puerta. Pero como esa treta ya la usé muchas veces, no dio resultado. Y aunque el agua corrió hacia la rejilla del desague, lo mismo
el piso se inundó y yo me asusté porque creí que me iba a ahogar.
.       Cuando a la noche la mami le contó al papi lo que había pasado, dijo que aprovechando mi encierro se había sentado a disfrutar,
como pocas veces podía, de su radionovela preferida y no hizo caso de mis gritos y que, cuando se dio cuenta, el agua ya llegaba a la
cocina. También le dijo que quiso correr a ver qué desastre estaba haciendo, pero que las chancletas se le habían pegado como
sopapas al piso. Yo desde el baño, escuché el ¡plaff! que hizo al caer. Como sabía la que se me venía, me senté entre el inodoro y el
bidet para que no me pudiera agarrar de las trenzas, como hace siempre, y lloré con todas mis fuerzas para que se sintiera culpable
por haberme dejado allí tanto tiempo.
.        Ahora tenía dos penitencias. Entonces me mandaron a dormir sin comer el helado de vainilla y chocolate que había de postre.   
Como no podía dormir, empecé a contar ovejitas como me enseñó la abuela María, pero algunas se me escapaban y otras no querían
saltar y eso me sacaba más el sueño. En la cama del lado, la Susi ya estaba soñando con los angelitos, así que no había nada para
hacer. La mami y el papi, después de que hablaron un buen rato de mí, también se durmieron. Como hacía mucho  calor, la ventana de
mi pieza estaba  bien abierta, asi que la crucé y me  fui a jugar.  ¡Cómo me gusta bailar bajo la luz de la luna! Cuando está grandota y
redonda como estaba anoche, ilumina igualito que el sol, pero sin achicharrarnos de calor. Mientras bailaba, mi sombra tomaba
formas diferentes, entonces agarré un palito y las dibujé en la tierra. Llené el patio de dibujitos y, cuando me cansé de bailar, me fui
despacito al patio de la abuela Teresa.
.       Nunca me dejan mirar adentro del aljibe, porque dicen que me puedo marear y caer, así que aprovechando que nadie me veía,
abrí la tapa y me senté en el borde. La luna se reflejaba en el agua y cuando le tiraba piedritas, se arrugaba y estiraba como si me
estuviera sonriendo.  Pero el Boy, el perro de mi abuelo, parece que me escuchó y empezó a ladrar. Es bien guardián y ladra por
cualquier ruido que oye. Una vez al abuelo se le escapó un pedo mientras dormía y el Boy se puso como loco y despertó a toda la
familia. Ahora ya se acostumbró.
.       Para que no siguiera ladrando, corrí rápido a mi casa. Estaba por irme a dormir, pero la luna estaba tan blanca y el cielo tan lleno
de estrellas, que me imaginé que en una de esas vos ya estabas viajando con la bolsa con regalos y si me veías, me dejarías mi ´bici´
antes que a los demás chicos. Entonces pensé que desde el techo me verías mejor. Yo puedo ver la casa de la Nely y hasta la Iglesia
que está a dos cuadras.
.        Tengo una subida secreta: Piso en una pila de ladrillos que quedaron de cuando el papi construyó la galería, después estiro la
pierna un poquito y me subo al árbol de paraíso. Desde ahí es más fácil trepar a la tapia. Camino por el borde abriendo los brazos para
no caerme, como hacen los equilibristas del circo, después cuento cuatro pasos y ya estoy arriba del techo.
.       Mientras miraba al cielo a ver si te veía, oí ruido de pasos en la calle. Me agaché y me arrastré hasta el borde. Contra la luz de la
esquina, vi que alguien venía por el callejón. Me quedé quietita viéndolo acercarse. Cuando ya estaba frente a mi casa, vi que era el
Zenón, un vecino que dicen que es medio cuchillero. Todos le tienen miedo y nadie se mete con él.
.       El Zenón caminaba apurado y silbaba despacito. Cuando la mami me manda de noche a lo de la abuela Teresa, y el patio está
todo oscuro porque no hay luna como ahora, a mí me da una  cosa en la panza y silbo para sacarme las ganas de llorar. Así que para
mí que el Zenón, aunque sea malo y cuchillero, silbaba porque también tenía miedo. Cuando estaba pasando frente a mi casa, le
chisté a ver qué hacía. El Zenón se paró en  medio de la calle y miró para todos lados con esa cara larga y bigotuda que me hace
acordar al lobo feroz de Caperucita. A mí me corrió un frio por la nuca, cerré los ojos y me quedé casi sin respirar. Cuando los volví a
abrir, el Zenón ya había desaparecido en el agujero oscuro del callejón.   
.       Después que se me pasó el susto, me quedé allí un ratito, hasta que escuché las campanadas del reloj de la iglesia. Una, dos,
tres… Las tres de la mañana. Bajé despacito para no hacer ruido. Ya casi había tocado el suelo, cuando la pila de ladrillo se
desmoronó y, entre ladrillos, escombros y ladridos del Boy, quedé tirada en el patio. El papi, que se había levantado para ir al baño, oyó
el ruido y salió a ver. Al principio creyeron que estaba muerta y se preocuparon por mí. La verdad es que me hice la muerta para que no
me mataran de verdad. Pero después de un rato tuve que abrir los ojos y allí estaban mirándome, mitad con cara de alegría, y la otra
mitad….mejor ni te cuento.
.       Después que se aseguraron que no tenía nada roto, me llevaron a la cama y mi mamá se quedó a dormir en mi pieza para
asegurarse que no me volviera a escapar.
Esta mañana, cuando me llamó para que me levantara, tenía mucho sueño. Los ojos me pesaban, el cuerpo me dolía y no me podía
despertar. Le dije que me dejara cinco minutitos más, pero deben haber pasado más, porque entró a la pieza con esa cara de
monstruo que pone cuando la hago renegar. De un manotazo me quitó las sábanas, me pegó uno de sus gritos y me mandó a que me
vistiera. Calladita me levanté y me fui a la cocina a tomar la leche que ya se estaba enfriando.
.        La Norma me había preparado pan con manteca y dulce y, como a ella le gusta contarme cosas de aparecidos, me dijo que esta
mañana, mientras barría el patio, vio unos dibujos raros sobre la tierra y que ella piensa que son
de fantasmas. Tambien me contó que el Zenón, que vive al lado de su casa, le dijo que anoche  había oído un chistido frente a la casa
del Narciso, y que no era de lechuzas. Ella siempre me dice esas cosas para asustarme, pero no sabe que esta vez fui yo. Entonces yo
le dije que hablara despacito porque si mi mamá se enteraba de que me contaba cosas de miedo, se iba a enojar y la iba a echar.
Como ella no quiere perder el trabajo, porque cuidarme a mí es bien fácil, me prometió que no va a decir nada.
.       Querido Niňo Dios, si me traes la 'bici', te prometo que yo voy a hacer los mandados, voy a secar los platos y la voy a llevar a la Susi
en la sillita de atrás, aunque llegue última cuando corremos carreras. Y cuando quiera ir al
río, yo la dejo a la mami que duerma la siesta y me voy sola, total son sólo cinco kilómetros.
.        Firmado: Yo
..Eran  las  4  de  la mañana cuando don Miguel comenzó a
prepararse   para  el  viaje.  Hacía  ya tiempo que no iba a su
pueblo  natal,   pero  con  la  llegada  del  hijo  que  venía   de
Estados  Unidos,   la  visita  era  casi   una   deuda   con   los
parientes.  Manuel,  el mayor de los cuatro, hacía tiempo que
vivía  en  Los  Angeles  y, después  de años de exilio, venía a
visitar a la familia.
....Llovía  torrencialmente,  pero  ya  habían  solucionado   los
inconvenientes   que   pudieran   haber   cancelado   el  viaje.
Además,  el  pronóstico  anunciaba  que  a  media   mañana
saldría el sol.
....En  su  última  revisión medica,   habían encontrado que la
vista  de  don  Miguel  estaba  muy  deteriorada  y se le había
recomendado que no manejara.  Manuel, el
Yankee como le
decían  los  parientes,  no  sabía  conducir  autos a cambios,
porque  en Norteamérica, como él siempre explicaba,  todos
manejan automáticos. Don Miguel, le había sugerido a su hijo
que manejaran en equipo. Él se haría cargo de los pedales y
cambios  de  marcha,  mientras  que Manuel se ocuparía del
volante.
....Obediente  de  las  leyes  y  la  seguridad   que   le   habían
inculcado  los  años de educación en USA, hicieron que ante
semejante   propuesta,   Manuel  la rechazara  de  plano.    El
Chelo, amigo de don Miguel y vago desocupado, andaba por
allí cuando escuchó del viaje. Como su agenda  para el fin de
semana  estaba  en  blanco,  se ofreció a hacerles de chofer.  
A las 4:30 de la mañana del sábado, el Chelo llegó puntual a
la casa  de  los  Viruta.  Sus sesenta y pico  de años estaban
muy bien llevados. Sin mujer que lo agobiara, ni trabajo que le
exigiera, el Chelo encerraba  el secreto de la eterna juventud.
Don  Miguel  y  Manuel  ya  estaban  con  sus  petates   listos,
esperándolo    para  partir.    La  ruta   estaba  casi  vacía.   El
Chevrolet verde cotorra se deslizaba suavemente mientras la
radio  a  todo  volumen,  dejaba  oír  los  acordes de la última
cumbia de los Huahuanco.

....Las calles del pueblo son anchísimas. Ha llovido y se han
llenado   de charcos de agua. Los hay de todos los tamaños.
Charcos    ovalados,     redondos,     cuadrados    y   amorfos.
Cuando el lechero en su recorrido diario, empezó a llenar  la
jarra que la Teresita le extendía, le contó lo sucedido la noche
anterior  en  lo de  don Panza. Ella siempre sabía todo lo que
ocurría en el pueblo, pero este asunto se le había escapado,
debía salir de inmediato a recabar más datos.
....El  pueblo  tenía 10 cuadras de ancho por 10 de largo. Ella
vivía  en  una  de  las últimas calles, pero nadie se explicaba
cómo, desde ese rincón tan alejado, podía saber más que el
mismo  Cura  Párroco  o  los  de la Unión Telefónica. Apenas
dejó  la  leche  en  la  heladera,  se  metió las agujas de tejer
debajo de los sobacos, unos ovillos de lana en el bolsillo de
su  delantal  y  mientras  tejía,  comenzó a caminar despacito
hacia el lugar de los hechos.

....Don  Miguel  va  sentado  al  lado del Chelo. Éste maneja y
Manuel  desde  el   asiento   de   atrás,   no   para   de   hacer
comparaciones.   “Los autos automáticos son mejores, más
cómodos  de  manejar.   Y los freeway...,  no saben lo que es
manejar  en  un freeway,   son más rápidos y seguros...”    El
Chelo ya le está por decir una barbaridad de lo “perfecto que
es todo por allá”,  cuando escuchan en la radio:  “ Alerta para
los  radioescuchas  de  la zona. Desde hace más de un mes
una seguidilla de robos  está azotando a las poblaciones de
la zona dejando una zaga de …”
....”Eso no ocurriría allá”, interrumpe Manuel, “la policía es muy
eficaz  y, con  los  adelantos   que   cuentan,   enseguida   los
encontrarían,  sin  ir más lejos…” El Chelo revolea los ojos y
comienza a tararear un tanguito, mientras don Miguel cabecea
medio dormido.

....Puntualmente,  la Publicidad  Nella  comienza cada día su
audición de la mañana a las diez y media. Durante esa hora, a
través  de  parlantes colocados estratégicamente a lo largo y
ancho del pueblo, Publicidad Nella transmite música, noticias
locales  y  publicidad:  “Si  su  reloj  no  funciona, Godoy se lo
soluciona”,  “Compre  en casa More, donde un peso, vale tre”.
“Atención,  atención  este  es un llamado a la solidaridad. Se
ruega a los pobladores que ante la situación que vive la zona,
cualquier automóvil o persona desconocida que se vea por el
pueblo,  sea  reportada   de   inmediato   a   las   autoridades
policiales.” Después de repetir el pedido varias veces y, en un
tono de extrema urgencia, comienza la sección de música con
Sandro    cantando    a    todo    pulmón,      ”Rosa,   Rosa,  tan
maravillosa”.

....La Teresita tiene bigotes negros y lunares prominentes en
la cara.  Mide  casi  2  metros  de  alto y pesa lo que el último
campeón  peso  pesado  acusó  en  la balanza. Ella siempre
está  tejiendo.  Es  como  la Penélope de Homero, nunca los
termina,  pero  forman  parte  de  su  atuendo.   Esa mañana,
salteando charcos y embarrándose hasta las rodillas, se fue
acercando hasta lo de los Panza. Para hacer la pesquisa más
disimulada, en lugar de pasar por el frente de la casa, eligió ir
por el callejón de atrás.  Desde allí podría ver directamente a
través del patio lo que pudiera estar sucediendo,  y después
daría  la  vuelta  a  la  manzana para entrevistar a los vecinos.
Con  tanta  lluvia, el  callejón  era  un  lodazal.   Los   charcos
proliferaban en cantidad, tamaño y profundidad.  La Teresita,
concentrada  en  su  tarea,  y por esquivar un pozo, metió las
patas  en  el  que  parecía  un  inofensivo  charco.   Perdió  el
equilibrio,  y  por  evitar  clavarse las agujas, cayó con todo el
peso  de  su cuerpo, dando un terrible panzaso. Como pudo,
trató de enderezarse, pero el pie le había quedado atascado.
Empezó  a  gritar  por  ayuda,  pero  justo  en  ese   momento
Publicidad Nella daba comienzo a su audición de la mañana
al  ritmo  de  Caballería  Rusticana, que era la marcha que la
identificaba. Sus gritos quedaron silenciados por la música y
allí quedó la Teresita, embarrada, secándose al sol que,como
el  pronóstico  anunciara,  se  había  abierto  paso  entre   las
espesas nubes. Tampoco la oirían desde lo de don Eduardo,
porque éste estaba  detenido  desde la noche anterior.   Y  la
esposa,    doña   Porota,   y   el   forastero  que  la  visitaba   a
hurtadillas, habían sido trasladados al hospital más cercano,
para  atenderles   las   heridas   propinadas   por  el   marido
engañado.

....Eran casi las once de la mañana cuando el Chevrolet verde
cotorra  entró  al  pueblo.   Las  ruedas  hacían  chís chis al ir
chapoteando en el barro. Don Miguel sugirió que primero,y por
la hora que era,  deberían ir a lo de la tía Maruja, que a estas
horas estaría mateando en la cocina. Por la condición en que
estaban  las  calles  después  de  la  lluvia,   debieron dar un
rodeo.   Don Miguel  cada  vez  que  venía al pueblo  se ponía
nostálgico  y  le  pidió al Chelo que pasara por donde alguna
vez había vivido su familia.  
.... “Dobla por el callejón,  así veo la casa y de paso acortamos
camino  a  lo  de  la  Maruja”,  le  dijo  al  Chelo. Obedeciendo
órdenes,  manejó hacia el callejón, pero ahí mismo tuvo que
clavar  los  frenos  porque  en  medio  del  camino  yacía una
enorme  figura  de  lodo.  La  Teresita  parecía el proyecto de
algún  alfarero  novato.  Era  una masa informe de barro y no
podía articular palabra porque el sol ya le había comenzado a
secar el barro de la cara. Don Miguel la reconoció. Le pidió al
Chelo  que  se  arrimara,  así  entre  los tres la subirían  para
llevarla a la casa. Con cuidado de no arruinar el auto, el Chelo
lo  estacionó  casi  pegado  a  la Teresita, abrió las puertas y
bajó para  ayudar a los otros dos buenos samaritanos. Entre
los tres no hacían uno.   El Chelo en su vida había levantado
algo más  pesado que la  bolsa del pan,   don Miguel porque
estaba viejo y Manuel,  como buen ciudadano norteamericano,
tenía abierto un “Caso” por haberse dañado la espalda en el
trabajo.   De todos modos,  Manuel siguiendo los pasos que
había aprendido en un curso acelerado de Primeros Auxilios,
la prendió de lo que alguna vez fuera la cintura. Los otros dos,
le tironeaban las piernas para despegarla del barro.  En eso
estaban cuando doña Adela Marconi, que vivía en la esquina
del  callejón,   salió  a  hacer  sus  mandados.   Al ver un auto
desconocido y tres sujetos sospechosos tratando de subir al
auto  un  bulto  que  parecía  humano, sin esperar más, salió
corriendo a la comisaría.

....A Gonzáles y a Ayala les había tocado hacer guardia este fin
de semana. Después del ajetreo de la noche anterior, bien se
merecían  un  asadito.  Es  que  don Eduardo Panza, hombre
bueno y pacífico por naturaleza, se había resistido fieramente
a  quitar  las  manos  que  tenía alrededor del cuello de doña
Porota hasta que el Dr. Fernandez, con un movimiento rápido
y  certero,  le  aplicó  una  pichicata   que lo durmió al instante.
Estaban  escarbándose  los  dientes  y chupando los últimos
huesitos  que quedaban con carne, cuando doña Adela entró
sin  aliento.  En  un  torbellino  de  palabras  y  apurada por la
inminencia  de  los  hechos,  hizo  su  declaración  de  lo  que
acababa  de  presenciar.   Como  buena  ciudadana,   estaba
cumpliendo  con  su  deber  cívico  de  denunciar    “cualquier
hecho  o  persona  desconocida que se viera en el pueblo en
actitud sospechosa”. Tratando de abrocharse el cinturón, que
ahora   requería   un  agujerito   más  flojo,   los  dos  agentes
subieron  a  los  móviles  y  emprendieron el camino hacia el
callejón de los infortunios.

....Después  de  varios  intentos  de remover a la Teresita del
pegajozo lodo,  y  en un esfuerzo conjunto que le dislocara el
pie,  lograron    arrastrarla  y  subirla  al  Chevrolet.   Sudando
copiosamente por el esfuerzo, los tres samaritanos subieron
al auto y emprendieron la marcha hacia la casa de la Teresita.
Cuando los agentes llegaron al lugar de los hechos, lo único
que  quedaba  era  la   marca  de  las  ruedas  del   Chevrolet
grabadas en el barro. Como buenos pesquisas, siguieron la
huella  y  apenas   doblaron   la   esquina  lo  vieron  que   iba
sorteando  charcos,  a  sólo   una  cuadra   delante  de   ellos.  
Aceleraron  la  pedaleada  y  el  agente  González,  en un acto
como  lo  había  visto  hacer  al  Clint Eastwood en la película  
Harry el Sucio, saltó de la bici y se paró delante del auto. Con
una  mano  hacia  delante  indicó  que  pararan  y  con la otra
empezó  a  sonar  el  silbato.  En  menos de un segundo, las
doce   puertas  de  las  casas  de  la cuadra se abrieron para
dejar  asomarse  a  sus habitantes que, felices de tener algo
para contar los próximos años, se sentaron en el cordón de la
vereda a presenciar el espectáculo.
....Manuel,   que  tenía  titulo  universitario  de una prestigiosa
universidad  de  Norteamerica,  le  pidió   a don Miguel que le
dejara hablar a él. “Dejá que esto lo arreglo yo”. Y se bajó del
vehículo.    Ayala  no  espero  a  que  el  Chelo buscara en su
roñosa  billetera  los  documentos,  porque   al  ver al Manuel
apearse  del  auto,  le  saltó  encima,  le   extendió los brazos
sobre  el  techo  del  auto  y   le  hizo  abrir  las  piernas   para
palparlo.  Manuel empezó a vociferar que  él era un ciudadano
que   tenía    derechos    constitucionales    que    debían   ser
respetados, agregando:
....“Y si estamos en democracia, ¿qué clase de democráticos
son  los  servidores  públicos que invaden la privacidad de la
gente?   ¿O  es  que  acaso  todavía   seguimos   siendo   los
mismos fascistas de siempre?” El agente González, que para
ostentar su placa  había hecho un curso meses atrás, todavía
recordaba algunos de los reglamentos aprendidos.    “Usted
tendrá todos los  derechos que dice,   pero a mi me dieron el
derecho constitucional de  pedirle documentos y hasta llevarlo
a la comisaría si se insubordina”.
....Allí  quedó  el Chevrolet verde cotorra con la Teresita que a
estas horas ya estaba totalmente tiesa.  Ayala encabezaba la
fila   india,    seguido   por   el   Chelo,  don Miguel,   Manuel  y,
cuidando  la  retaguardia,   iba  González.    De  camino  a   la
comisaría,  le  pidieron  a  Jerónimo Herrera, el mecánico del
pueblo   que   manejara   el auto  hasta  la  comisaría  y   que
además  la  ayudara   a  la   Teresita  a  bajarse  para prestar
declaración. El Jerónimo se rascó la cabeza, pensando cómo
se  las  arreglaría  con  semejante  mastodonte.  Pero no dijo
nada,  porque  desde  que  lo habían encontrado saliendo de
madrugada  de la casa de la Adriana Bertone con los zapatos
en la mano, los favores que le pedían los cumplía sin chistar.

....El mobiliario del calabozo, consistía en dos sillas y un catre
con  patas   de madera en cruz, con una lona que alguna vez
había  sido  blanca,  pero después de tantos años y cuerpos
que    lo   usaran,     tanto   su   olor   como    su    color    eran
indescifrables. Los que más lo usaban eran los agentes, que
cuando  estaban  de  guardia  se turnaban para dormir.  Este
sábado,  lo  ocupaba  don  Eduardo  que,  por  el   efecto   del
calmante,  dormía  como  un  angelito,  roncando  y soplando
zetas  por  detrás  del  bigote.   Al llegar los nuevos visitantes,
don Eduardo entreabrió los ojos y creyendo ver al amante de
su esposa en la figura de Manuel, se enderezó para pegarle.
Viendo  que  sus  derechos  constitucionales  una  vez   más
habían quedado enterrados en el barro del pueblo, comenzó a
pedir  que  lo  comunicaran  con  la  embajada   de   Estados
Unidos, además de amenazar a los agentes que, por su falta
de idoneidad en el desempeño de sus funciones, iban a ser
responsables  de  lo que pudiera venir. Ante la amenaza que
éste representaba,  sacaron a los demás presos al patio.   A
don  Eduardo,  como  seguía  durmiendo,  lo  pusieron en un
rincón para no pisarlo y el único que quedó en el calabozo fue
Manuel.   
....Ya  entrada  la  noche,  las  cosas  se  habían calmado. La
Teresita, después de haber estado en remojo casi una hora,
había podido explicar lo ocurrido. Don Miguel y el Chelo fueron
liberados gracias a la intervención de la tía Maruja que, como
se  rumoreaba,   andaba  noviando  con  el  agente  González.
Como la Embajada de EEUU  no contestaba las llamadas por
ser  feriado,  el Manuel, por su insubordinación a la autoridad,
quedó  detenido  por  el  resto del fin de semana. Y el pueblo
tuvo tema para comentar por varios años.
CECILIA DAVICCO, es una narradora argentina que reside en Los  
Angeles.  Gran parte de su trabajo narrativo se centra en  experiencias,
personajes y recuerdos de su pueblo natal.
Es una activa participante
de la Peña Literaria La Luciérnaga y actualmente se desempeña como
editora de La Luciérnaga Online.
..Doña   Angelina   Santos   de   Salvatierra   fue  una  señora
amable,  sencilla  y  muy  bondadosa.  En  el  pueblo todos  la
respetaban y, hasta el día en que murió, hizo honor al nombre con
la que la habían bautizado.
.....Decían  que  cuando  era  jovencita  era  muy  bonita  y  que
muchos la pretendían, pero ella había entregado su corazón a don  
Pedro  Salvatierra,  con  quién  se casara  y tuviera cuatro hijos.   
Contaban  también   que   durante   la   boda   religiosa, cuando  el  
cura  dijo “los declaro marido y mujer hasta que la muerte  los  
separe”,  Angelina, entre dientes, había musitado: “ni la muerte
podrá separarnos”.
.....Su  amor por don Pedro había sido incondicional; consagró su  
vida a sus hijos y a su marido. Adonde estaba él, Angelina con  su  
radiante   sonrisa  lo   acompañaba   como   una   fiel esposa.   
Pedro  se  enorgullecía  de  ella,   siempre lista para atenderlo,
cuidarlo o acatar las órdenes que le diera.
.....Apenas  llevaban  dos  meses  de  casados  cuando Pedro, que  
trabajaba para el ferrocarril, sufrió un grave accidente. Su pierna  
derecha  había  quedado  atascada  entre dos rieles y, ante  la
inminencia de un tren que estaba en camino, tuvieron que  
amputarle  algunos dedos. Durante los meses que duró la   
convalecencia,    Angelina   redobló   sus   esfuerzos   para
satisfacer   los   requerimientos   de   Pedro   quien,   por    las
secuelas   del   accidente,   la  postración   y   el  encierro,   fue
transformándose  en un ser cada día más agresivo y exigente.
Pasaron los meses y Angelina trajinaba entre atender la casa, un  
marido  malhumorado  y  un  embarazo  que llegaba en el
momento  menos   esperado.    Cuando   Pedro   comenzó   a
caminar     otra    vez,     el    ferrocarril    decidió    jubilarlo   por
incapacidad, lo que lo sumergió en una profunda depresión y
rencor  hacia  todo  el  mundo;  especialmente hacia Angelina. Fue
entonces que en su desesperación por ayudarlo y ayudar a su  
familia, que ya comenzaba a crecer,  Angelina le sugirió poner  un   
negocio.   Su padre,  don  Ramón Santos  tenía un vivero   en   la  
ciudad  y  Angelina,  que  había  crecido  en ese ambiente,  conocía   
los  secretos  de  las  plantas  y además, como  decía su mamá,
tenía buena mano. Planta que tocaba, crecía sin parar.
.....Fue  así como comenzaron con el vivero, que fue creciendo tanto  
como la familia y los ingresos. Angelina se ocupaba de la casa, del
marido,   los niños  y el negocio, que gracias a su amable  
personalidad,  su conocimiento y buen gusto, se  fue
transformando  en  el  único  de  la  zona  que  tenía  las   más
variadas   y   raras   especies.   Venían de la ciudad buscando
flores   exóticas,   plantas   singulares, helechos para decorar
interiores.  Lo que buscaran, Angelina lo tenía.
.....Don  Pedro   se vanagloriaba del negocio y su prosperidad,
cuando el mérito era sólo de Angelina, quien trabajaba de sol a     
sol    sacándole    el    jugo   a  su  ingenio   y    creatividad.
Obviamente, ante el peso de tantas obligaciones, Angelina ya no
tenía el tiempo, ni la energía para mimar a ese Pedro que era  el  
amor  de  su  vida.    Pero  se  sentía orgullosa de sus logros y
contenta que Pedrito pudiera descansar ya que tanto lo había
afectado el accidente. Pedro, en lugar de apreciar los esfuerzos que
su mujer hacía, comenzó a salir con amigos y,  a veces, con  
mujeres  de  mala   reputación.   Angelina hacía oídos  sordos  de  
los  comentarios  que   circulaban  por    el pueblo,  porque  en  su
interior pensaba que Pedro la amaba tanto  como  ella a él y que
esto era solo una distracción para calmar su enojo con la vida.   
.....Los niños,  la casa   y  el negocio, no le dejaban a Angelina
tiempo para sí misma y el mal acostumbrado Pedro comenzó a
requerirle  cada día más, como si fuera su doméstica o una de las  
mujeres  que   frecuentaba  y, cuando no lo complacía, comenzaba   
a   vociferar   y,  de vez en cuando, hasta le tiraba algún sopapo.
.....Angelina,  criada  a  la  antigua, fiel a su marido, aguantaba sin  
decir palabra, tratando de congraciarse con un Pedro que ya  ni  la   
miraba  y  sólo le dirigía la palabra para pedirle plata para salir.
Finalmente,  tuvo que poner dos empleados que la ayudaran  
porque  don  Pedro  andaba  ocupado persiguiendo muchachitas  “y
no tenía tiempo para andar regando plantas”, le  diría  en   una  de  
sus diatribas semanales, delante de los empleados.
.....Pasaron   los   años  y los hijos, ya crecidos, se marcharon
dejando   a   Angelina   en  una soledad que cada día  pesaba más   
y   que   de   no   haber   sido  por sus plantitas, tal vez la hubiera
enloquecido. Ella lo amaba, pero no a este Pedro que llegaba
trasnochado,  con tragos de más y le gritaba y pegaba cada vez  
con   más   frecuencia,  sino  a aquel muchachito del que se
enamoró de una vez y para siempre. Angelina no hacía
comentarios  de  lo  que   ocurría   en  la intimidad de su casa,
pero   las   paredes  eran  delgadas y los empleados, ante los
gritos  de don Pedro, pegaban las orejas contra la puerta para no
perderse detalle.
.....El  pueblo  era  testigo  silencioso  de  lo  que pasaba en la
casa   de     los   Salvatierra,    además    Carmela   Juárez,   la
empleada  de  más  confianza  y  vecina  de toda la vida, era la
única  con  quién  Angelina de vez en cuando descargaba sus
penas  y  era   ella  quien  le  retocaba   el maquillaje para que
ocultara  un  ojo  negro  o   un   labio   partido.  Carmela no era
chismosa,  pero ante tanto abuso, a veces no podía ocultar su
enojo y,   un  poco   a propósito y otro poco sin querer,  dejaba
deslizar   algún   comentario   en la panadería o en el almacén que
no tardaba en desparramarse como reguero de pólvora.  
.....Como el pueblo había hecho causa común con Angelina, a
Pedro sólo le quedaban los amigos de juerga y parranda que,
para   suerte   de muchas, no eran la mayoría. Para  entonces
comenzó a buscar nuevas amistades en los pueblos vecinos.
Se    decía que andaba con ésta y con aquella, y que lo habían visto
aquí y allá. Nadie le decía nada a  Angelina pero siempre alguien,
mal o bien intencionado, dejaba deslizar comentarios para   que  
Angelina escuchara y, como en los pueblos chicos todo   se   sabe,
sólo había que sumar dos más dos para que Angelina supiera de
quién estaban hablando.
.....Los golpes se sucedían cada vez con más frecuencia. Para
ocultar los moretones en los brazos, no usaba mangas cortas
aunque  la  temperatura fuera de más de 40 grados  Y aunque en  
esa época las mujeres de su edad no usaban pantalones, ella  
comenzó   a hacerlo para que no vieran las cicatrices que dejaba el
cigarro apagado contra su piel. En el vivero había un sector que
estaba destinado a las plantas y flores que eran de uso medicinal.
Dicen que la Siempreviva, un arbusto pequeño con   flores
amarillas y escaso aroma, simboliza “Declaración de   Guerra,    
Inmortalidad,   Larga  Permanencia,   Tu  lo  has Querido”.     
Angelina   cuidaba  con  dedicación esta parte del vivero,   no   sólo   
porque   la   planta,   por   sus   propiedades curativas,   le   traía   
alivio   a   sus   quemaduras, sino porque deseaba   ser   como la
planta: guerrera, inmortal, peleadora y hacer algo por su vida. Pero
no era suficiente regarla, cuidarla, frotársela   por   el   cuerpo.    Ella
era la única que podía hacer algo   para   cambiar   su   miserable
vida  por algo más digno, pero le faltaba el valor para tomar una
decisión.
.....Los   comentarios eran cada día más dolorosos, casi tanto como
los golpe que recibía. Los rumores sugerían que Pedro andaba  
planeando dejar a Angelina y mandarse a mudar a la capital.
Carmen, ya no encontraba las palabras para consolar a  una  
Angelina  cada  día  más  abatida  por  los  golpes  y la humillación.
.....Y  ocurrió. Aquella mañana no se abrió el negocio. Carmen
sabiendo  dónde  estaba la llave, abrió la puerta y fue derecho a la
casa, donde una Angelina bañada en llanto, desgreñada y
desconsolada, yacía sobre la cama. Carmen, asustada, llamó a
doña  Paulina,  la  otra  vecina,  quién en menos de una hora había  
hecho  correr  la  voz  de  que  Pedro,  el  infame   Pedro, había
juntado sus petates y se había largado.
.....Pasaron días y hasta semanas, para que Angelina volviera a  
ser  la  de  antes.   Y  tuvieron que transcurrir varios  meses, para   
que   ella   comenzara a resplandecer y dejara de ser la esposa
golpeada y humillada, para convertirse en una señora amable,
sencilla y muy bondadosa, tal como la conocimos los que éramos
más jóvenes.
.....E  l pueblo   se     acostumbró    a    esta    nueva    Angelina,
trabajadora   como   siempre   pero   relajada   y hasta se diría
FELIZ.   Su   negocio,   ahora   más   próspero   que   nunca, la
absorbía   completamente,   y ella estaba contenta de hacer lo que   
siempre   supo   hacer.   El lote de las Siemprevivas, que ahora   
rebozaba   de    nuevos  retoños,    era    su   fuente   de inspiración   
y   la   planta  que   más  lucro le dejaba, ya que la recomendaba  
con  la  seguridad  del resultado prometido.
.....Cada tanto  alguien que viajaba a la capital rumoreaba que
habían visto a  Pedro del brazo  de una rubia despampanante, otras
que   estaba   pobre y  desahuciado de una enfermedad maligna,
pero lo cierto es que de Pedro nunca más se supo y Angelina
jamás volvió a mencionar su nombre.
..........Angelina Santos  de  Salvatierra  hizo honor a su nombre
hasta el día de su muerte, acaecida casi veinte años después de   
que   Pedro la abandonara. En su testamento, dejó todos sus
bienes a sus hijos y nietos y pidió, especialmente, que su cuerpo
fuera   enterrado donde  la Siemprevivas. Siguiendo al pie de la
letra su póstumo deseo, y previo permiso municipal y del   
gobierno   de   la provincia, se autorizó a que el cuerpo de doña   
Angelina   Santos  de  Salvatierra  fuera  enterrado en el vivero de su
casa, debajo de las Siemprevivas.
.....El  pueblo   se   acercó   a   rendir   un   último   homenaje a esta
mujer que tanto había sufrido y que supo sobreponerse a tanta   
indignidad,  y  José Pacheco, enterrador del cementerio municipal,   
estuvo   a   cargo   de  cavar  la fosa, siguiendo las instrucciones  
que   doña    Angelina   con  puño   firme   había detallado  en   su  
testamento,  con  instrucciones precisas de donde  debían cavar
para que no arruinaran las Siemprevivas.
Después   de la   décima palada, el pozo, que aún no era muy
profundo, dejó ver una pequeña cajita metálica. Le removieron la
tierra y  al  abrirla  había   una   nota   con   la   letra   de doña
Angelina   que   decía:    “Símbolo   de   las   Siemprevivas:
Declaración   de Guerra, Inmortalidad, Larga Permanencia, Tu lo  
has Querido”.   Todos  se  miraron  sin comprender.    José
Pacheco  dio  otras  diez  paladas  y tocó algo duro, escarbó la tierra
un poco más y los huesos de Pedro Salvatierra brillaron bajo la luz.
LAS CALLES DEL PUEBLO
...Recorría la casa enajenado. Revisaba una y otra vez detrás de los muebles para asegurarse que no hubiera micrófonos o cámaras ocultas. La paranoia
aumentaba, conforme su figura iba empequeñeciéndose. Los ojos bordeados de enormes ojeras y la cara abotagada por el exceso de alcohol, le imprimían
un aspecto deplorable a su otrora nítida presencia.

.....Cuando se casaron, Javier acababa de cumplir 25 años y Virginia 23. Formaban una linda pareja, pero a medida que los años y las diferencias
comenzaron a manifestarse, un abismo infranqueable se fue abriendo entre ellos.
.....El aceptaba con total naturalidad la metamorfosis que su cuerpo iba experimentando año tras año. Ella no.  Cuando su cabello comenzó a caerse y el
encanecimiento inició su proceso, se lo cortó dejando atrás el antiguo “look” de los 70. Ella empezó a teñirse para tapar las canas. Primero fue de castaño
claro que fue aclarando hasta convertirse en rubia platinada. Y hasta se hizo agregar extensiones para aumentar su volumen. El comenzó a usar anteojos
para leer. Ella lentes de contacto y de color verde, como siempre había soñado que fueran sus ojos. Javier había tenido una espalda ancha y marcados
músculos abdominales. Ahora sólo le quedaba el abdomen.  Su mesa de noche estaba atiborrada de medicinas para el colesterol, la presión, el corazón y
pastillas para dormir.
.....Ella siempre había sido delgada, pero con los años y las cirugías se transformó en una escultural masa de siliconas. Y las liposucciones, cirugias y
estiramientos, pasaron a ocupar un lugar de privilegio entre los gastos fijos de la casa. Las diferencias y la indiferencia fueron aumentando, al tiempo que
los ahorros de toda una vida se iban disipando. Javier veía espantado que el dinero ya no le alcanzaba, y no importaba cuántas cosas iba suprimiendo,
siempre había algo más para pagar.
.....El, desde hacía 25 años, trabajaba como contador para Ayuda y Previsión, una renombrada compañía de seguros. Ella, de haber sido una simple
vendedora de seguros, ahora estaba en el mundo del espectáculo, organizando eventos, preparando conferencias y codeándose con los famosos.
.....El, quien había dado su palabra de proveer todo lo necesario para brindar un buen pasar a su familia, ahora sentía que su mundo había entrado en una
vertiginosa y descendente espiral imposible de detener. Y como en las antiguas básculas de dos platos, a medida que en uno se acumulaban  las deudas y
las obligaciones, en el otro bajaban los ahorros y el amor que alguna vez lo unió a su esposa. Ahora, sólo quedaba un amargo resentimiento que a veces se
confundía con el odio.
.....Ella, invertía cuanto fuera necesario para verse como las actrices con las que interactuaba y, aunque sus ingresos eran superiores a los de Javier, jamás
contribuía con los gastos de la casa.
.....-Ese dinero es mío, él tiene la obligación de mantenerme. Así lo prometió el día que nos casamos-, solía decir enfáticamente y con una sonrisa maliciosa.
.....La caja de seguridad donde guardaba sus ahorros, era un secreto que no compartía con nadie.
.....Por sus compromisos laborales, Virginia viajaba  constantemente recorriendo el país junto con Ramón, el dueño de la empresa. Javier, pagaba las
cuentas, cocinaba, lavaba, no se compraba un pantalón desde hacía años y, todos los días, llevaba un sandwich de jamón y queso para el lunch. Su vida
transcurría entre obligaciones y preocupaciones. Y cuando se permitia soñar, que no era muy seguido, era cuando la desesperación lo agobiaba.  A veces
imaginaba que en alguno de sus viajes, Virginia sufría un accidente y él cobraba el medio millón de dólares del seguro de vida que compartían. Pagaría
todas las deudas, se mudaría a un departamento chiquito y se dedicaría a viajar. ¡¡¡Ah, qué vida!!!
.....En la realidad a Virginia se la veía resplandeciente y él parecía más viejo y gastado que nunca. Sus ojos se perdían en el vacío de las preocupaciones. Y
hasta algunas veces se había sorprendido hablando solo, monologando acerca de cómo iba a pagar las deudas.  Y hasta había dejado de preguntarse si
Ramón sería el amante de Virginia. La verdad es que no tenía tiempo para preocuparse por ese detalle, más allá de que ya no le importaba.
.....Aquella mañana, como todos los días,  preparó su sandwich y caminó hasta la parada del bus, porque al auto lo había vendido para pagar la última
liposucción.
Antes, pasó por la ATM del Pacific West Bank a sacar unos pesos. Puso su tarjeta, marcó el PIN y oprimió el botón de “SACAR  DINERO”. La máquina hizo su
“sheeeiiiik, sheeeeiiik” y después de arrojarle un  billete de $20.00, le tiró el  recibo con el balance.
Javier lo miró, más por costumbre que por curiosidad. Ya sabía de antemano que, después de sacar $20.00, no le quedaría más que $380.00 para llegar a
fin de mes. Y para eso, aún faltaban 13 días. “BALANCE $14,380.00.”.  Sonrió aceptando que los años le estaban jugando una mala pasada.  Se acomodó
los lentes y volvió a leer. “BALANCE $14,380.00”.
.....-Humm, seguro que apreté mal los botones y puse una cifra incorrecta. En cuanto se den cuenta lo van a corregir.
..... Tomó sus $20.00 y con una sonrisa de tristeza se marchó porque el bus ya estaba arribando a la parada. Durante el día se olvidó por completo del asunto.
.....A la semana siguiente, pasó nuevamente por la ATM.  Pidió el balance y, esta vez, decía “BALANCE $18,380.00”.
.....–No puede ser, lo deberían haber corregido y ¡ahora hay más dinero! No entiendo  qué puede estar pasando.
.....Durante el viaje en bus, no pudo dejar de pensar en el balance.  Inevitablemente comenzó a juguetear con la idea de disponer de esa suma y solucionar
sus problemas económicos.  Por la tarde,  llamó por teléfono al banco para revisar el balance y la voz automáticamente repitió “su balance es de $18,380.00”.
.....Esa noche se despertó varias veces. No podía dejar de pensar en el dinero. “¿Y si saco un poco? ¿Qué pasaría?”, pensaba mientras trataba inútilmente
de conciliar el sueño.
.....A la mañana siguiente se levantó más temprano que de costumbre. Sentía una extraña excitación. Preparó con descuido el sandwich y se fue casi
corriendo hasta el Pacific West Bank. Deslizó la tarjeta, ordenó una extracción de $500.00, el máximo que la ATM le dejaría sacar. La pila de billetes de a
$20.00 se fue desbordando de la bandeja. Cuando terminó, la ATM hizo su sheeeiiik, sheeeeiiik y largo el recibo con el nuevo balance, esta vez dio
$21,880.00.
.....-¡¡¡CÓMO!!! ¡No puede ser!-  Debía haber un balance de $17,880.00 y sin embargo había   $4,000.00 más. – ¿Qué estaba pasando?
.....Una copiosa sudoración le recorrió el cuerpo. Sintió un calor exasperante detrás de la nuca, y las orejas se le pusieron al rojo vivo. Los pocos pelos que le
cubrían la cabeza se empaparon, abriendo camino a gruesas gotas que resbalaban  sobre su frente y le empañaban la vista.
.....En su hora de lunch, se olvidó del sandwich y corrió hasta la sucursal del Pacific West Bank más cercana. Entró al edificio y fue directo hasta el cajero.  Un
jovencito, con la sonrisa de un comercial de dentrífico, le preguntó cómo podía ayudarlo.  Dijo que necesitaba extraer $1,000.00. El joven entonces le pidió
que introdujera su tarjeta de débito por la máquina. Le dijo que la había olvidado. El cajero entonces, le solicitó su documento de identidad. Se lo extendió
tratando de disimular el temblor de sus manos Tick, tick, tick, sheeeiiik, sheeeeeiiik.
.....-Cómo los quiere, ¿de a $100.00 o en cambio?
.....Javier casi no podia hablar.
.....– De a $100.00, por favor-, le contestó casi en un susurro y medio atragantado por la ansiedad.
.....-Aquí están sus $1,000.00. ¿Hay algo más en lo que lo pueda ayudar, Sr. Medina?-, le preguntó al tiempo que le extendía los $1000.00 y el recibo.
.....–Muchas gracias y que tenga un buen día- le dijo el joven, al tiempo que Javier miraba atónito el recibo que tenía entre sus manos.
.....-Balance $24,880.00 ¡NOOOOOOOO!
.....En el mismo día había subido otros $4,000.00. Su pulso estaba muy acelerado. Sentía que se ahogaba. Tenía la lengua reseca y apenas podía tragar.  
Había esperado que el cajero se diera cuenta de la anormalidad. Que consultara con el manager y le dijeran del error. Pero NADA, absolutamente NADA.  
.....Si bien él era un hombre con ciertos principios morales, esto que le estaba sucediendo le daba esa íntima satisfacción de sentir que se estaba haciendo
justicia.
.....-Las multinacionales, los bancos, las grandes corporaciones, son las que tienen la manija y  el poder. Nosotros, míseros  zánganos de este inmenso
panal, estamos a la deriva de sus apetitos financieros-, solía decir Javier cuando se tomaba algun vinito de más y la lengua se le soltaba.
.....Llegó tarde del lunch. Su aspecto era deplorable. Cuando sus compañeros le preguntaron qué le pasaba, dijo que no se sentía bien. Su jefe, en
consideración a los años de fiel servicio a la empresa, le pidió que se ajustara la corbata y que tratara de recuperar los minutos perdidos porque el trabajo
tenía que terminarse. El resto de la tarde estuvo completamente ausente.
.....Al llegar a casa encontró una nota pegada en la refrigeradora.  Era de Virginia. Le explicaba que la habían llamado de urgencia para uno de sus viajes.
Trató de avisarle, pero en la oficina le dijeron que no estaba. Intentó al celular,  pero éste estaba  “temporariamente desconectado”.  Al final de la nota, le
pedía que no se olvidara de dejarle el cheque al jardinero, de mandar el pago de la casa y pagarle al veterinario por las  vacunas de Chiche, su perrita
faldera. La terminaba con un forzado “un beso y cuidate”, a modo de despedida.
.....Se quitó los zapatos, las medias, los pantalones y se sirvió un vaso de vino. Estaba agotado. Este asunto del banco le estaba desquiciando los nervios.
Se dio un baño y se tomó sus pildoras para dormir.  Antes de acostarse, obsesionado con el asunto, llamó al servicio automático para verificar el balance de
su cuenta.
.....“Su balance es de $24,880.00”, dijo la voz neutra de la grabación.
.....No podía dormir. Especulaba acerca de lo que estaba pasando. Cualquiera fuera la razón, lo estaba enloqueciendo. Tampoco quería ir al banco a decirles
del error. Algo se lo impedía. No quería hacerlo.
.....“Que se jodan, como nos joden siempre a nosotros”, pensaba justificándose. “Podría tomar algo más en  préstamo. Tengo que pagar una pila de cuentas
y sólo tengo $380.00 para llegar a fin de mes”, seguía cavilando mientras daba vueltas en la cama.
.....A la mañana siguiente, pasó nuevamente por la ATM, pidió el balance y allí seguían los $24,880.00.  Miró hacia todos lados esperando ver algo extraño o
alguien que lo pudiera estar vigilando. Tal vez los del Pacific West Bank. ¿Y si fueran narcotraficantes que lo estaban usando? El guardia de seguridad, quien
al verlo levantó la mano a modo de saludo, siguió con su monótono ir y venir.  Nadie más en los alrededores.
.....Al llegar a la oficina, sacó su libreta de cheques, la de los dibujitos de delfines saltando en el agua. Virginia había elegido ese diseño, muchos años atrás
cuando abrieron la cuenta juntos. Los cheques llevaban el nombre de ambos y, aunque ella nunca había escrito uno, su nombre aparecía allí como
recordatorio de que lo que allí hubiera era de los dos. Escribió cheques por un total de $4,800.00. Y hasta  hizo uno para cobrarlo en cash.  Todos y cada uno
fueron satisfactoriamente pagados.
.....Aunque sus deudas por ahora habían dejado de ser el problema inmediato, se lo veía demacrado y ojeroso. Ramiro, su jefe, acostumbrado a verlo
siempre pulcro y atento a los detalles, ahora lo notaba distraído y hasta juraría que tenía un tick nervioso que nunca antes le había visto. Caminaba con
pasos rápidos y nerviosos. A cada rato se asomaba a la ventana como si estuviera esperando a alguien. Cuando Ramiro lo increpó acerca de su extraña
conducta, dijo que no era nada. Se sentó frente a la computadora y no quiso hablar más del tema.
.....Día a día, su apariencia fue cambiando. Como en la metamorfosis kafkiana, aquel cincuentón dominado por la esposa y las obligaciones, resignado y
hasta pusilánime, se fue transformando en un ser huidizo, paranoico y extraño.  Comenzó a faltar al trabajo. Estaba ausente, taciturno, siempre mirando con
recelo a su alrededor.  Desde su propia perspectiva, Javier pensaba que la vida lo estaba premiando. Que algún error cibernético le estaba compensando
por sus años de duro trabajo.  
.....Después de más de un mes de contínuos depósitos, jamás le habían preguntado ni cuestionado NADA. Y aunque ya no se producían con la misma
asiduidad que al principio, lo mismo aparecían cada semana o cada quince días.
.....Al regreso de su viaje, Virginia notó profundos cambios en él,  pero no quiso entrar en averiguaciones. Sus diálogos últimamente eran como los mensajes
enviados por el teléfono, cortos y precisos. Y cuando quiso hacer alguna insinuación acerca de su extraña conducta, Javier, esbozando una sonrisa de idiota,
le contestó:
.....–Todo está bajo control, las cuentas están pagas, ¿qué más querés, eh?
.....Ella, con un gesto de “andate a la mierda”, de una patada cerró la puerta del baño, al tiempo que abría la llave de la ducha. No iba a perder el tiempo
discutiendo.  En un par de días tenía que marcharse nuevamente y, para desempañarse bien en su trabajo, era importante mantenerse calma.   
.....Poco a poco, Javier se acostumbró a los extraños depósitos, tanto que cuando no aparecían, se irritaba.  No sólo había reinstalado el servicio  de su
celular, sino que se compró un televisor Plasma de pantalla gigante con un sistema de sonido que hacía temblar las paredes de la casa.  La refrigeradora
que solía pedir a gritos que le trajeran algo para cumplir con su función de enfriar, ahora estaba abarrotada y, por supuesto, no faltaban las cervezas. Antes
no bebía ni limonada, pero ahora no podía desperdiciar el placer de mirar la tele con una cerveza en la mano. Pasaba  horas mirando idiotizado películas que
ya había visto cientos de veces.
.....A menudo se quedaba dormido, y al día siguiente llegaba tarde al trabajo barbudo,sin bañarse y la ropa arrugada. Fue así, que dos meses después de
ocurrir el primer depósito, Ramiro lo llamó a su oficina.
.....– Javier, últimamente las cosas no han andado muy bien y vamos a tener que hacer ajustes-, le dijo mientras rebuscaba en su mente una manera
elegante de ofrecerle el retiro voluntario. Su presencia, más allá de haber dejado de ser productiva para la compañía, estaba trayendo inquietud y malestar
entre los compañeros. Todos pensaban que este hombre, que había sido tan dedicado, seguramente estaba desarrollando alguna enfermedad mental que
se exacerbaría con el tiempo. Sin pensar dos veces en la oferta que Ramiro le hacía, Javier la aceptó.

.....Exactamente tres meses y 15 días desde el comienzo de esta extraña serie de eventos, apareció la primera e inesperada extracción.  De un plumazo, su
saldo bajó a $10.000.00.   Javier, sin entender nada, quedó mudo y aterrorizado
.....Tanto se había acostumbrado a los depósitos, que llegó a pensar que le estaban robando. La misma zozobra que había experimentado al principio
comenzó a perseguirlo pero, esta vez, con un resultado adverso.
.....Ahora, su desesperación  crecía al ritmo de las extracciones.  “¿Qué haría cuando se acabara la plata? ¿Comenzarían a pedirle lo que había tomado en
préstamo? ¿Le quitarían todo? ¿Se quedaría en la calle? ¿Iría preso?”
.....De pronto, otro depósito hizo que la cuenta volviera a subir su balance.  Las siguientes semanas fueron de sobresalto en sobresalto. Un día el balance
subía, al siguiente bajaba estrepitosamente. Los depósitos y las extracciones se sucedían sin control, dejando a Javier a la deriva de esta parafernalia
surrealista.
.....A la larga lista de píldoras que ya tomaba, ahora le habían agregado las de los nervios y otras para la ansiedad. El médico le había advertido que el
alcohol y el stress estaban conspirando contra su corazón.
.....Las transacciones siguieron fluctuando hasta que, de pronto, cesaron definitivamente. Y conforme el balance bajaba, Javier se fue perdiendo más y más
en aquella extraña e inexplicable realidad.
.....Por varios días, el teléfono sonó y sonó. Fue entonces cuando Virginia, desde el hotel en que se encontraba, intuyó que debía llamar al 911.

.....Un mes después de la muerte de Javier, la cuenta en el Pacific West Bank había quedado con un magro balance de $1,800.00.  Javier había hecho
extracciones por un total de $14,500.00.  Después de sumas y restas, Virginia sonrió maliciosamente mientras calculaba que la póliza de $500,0000.00
cubriría sobradamente el faltante.
LAS SIEMPREVIVAS
LA ATM
Caminan uno al lado del otro, callados, silenciosos. Una, dos, cinco,
ocho vueltas alrededor del corredor. Él, alto, delgado, tan delgado que su
cuerpo dibuja una fatigada concavidad que insinúa solapadamente los
avatares por los que atraviesa. Mientras camina, su acuosa mirada
intenta retener las lágrimas que involuntariamente se deslizan por su
rostro. Rostro cargado de recuerdos que impávidamente afloran
cincelando su piel con profundas y amargas arrugas. Ella, a su lado,
camina impasible, la mirada fija en algún punto inexistente. Su rostro no
trasluce emociones y sus labios no pronuncian palabras porque estas
quedaron suspendidas en una caótica apatía. Sus manos se sostienen
una con la otra apoyadas contra su prominente estómago, mientras las
refriega en un convulsivo y permanente movimiento. A veces, él apoya
protectoramente su brazo sobre sus hombros, y otras la lleva de la mano
como a una niña desvalida, pero siempre sus gestos hacia ella son
suaves y amorosos. Cuando sus cansadas piernas le piden reposo,
suavemente le susurra al oído que es tiempo de sentarse. En
ocasiones, ella lo mira embelesada y le sonríe con un gesto de
aprobación, pero en otras, la mayoría, la respuesta nunca llega, tampoco
la sonrisa, ni la mirada; y desdeñosamente continúa su camino.
Mientras tanto, él siente que la angustia lo arrincona con una lacerante
opresión que puja por salir y liberar rencores recurrentes, pero sabe que
es su deber reprimir y continuar.

Las grandes puertas vidriadas del edificio le devuelven una imagen
cansada, agobiada por años de desesperanza y frustración. Camina
lento, pausadamente, resistiendo el momento de introducirse en ese
mundo surrealista donde nada es, donde no hay pasado, ni presente.
Donde rostros enmarcados sonríen burlonamente ante la mirada
ausente de los fantasmas que deambulan sin rumbo, fantasmas que
conforman una familia unida por la ausencia de recuerdos, por la
oscuridad. Se lo ve endeble, física y emocionalmente, pero al abrir la
puerta respira profundo como el actor que sale a escena y un personaje
jovial y menos ajetreado atraviesa la puerta con los brazos abiertos para
acurrucar a la torpe silueta que se le abalanza con los brazos extendidos
y lágrimas en los ojos. Una resignada sonrisa se dibuja en su rostro y,
aunque ella no esboza palabra, todo su cuerpo expresa una profunda
felicidad, se encoge amorosamente entre sus brazos, mientras él besa
sus cabellos, la abraza como siempre y comienzan a caminar alrededor
del corredor. Unas, dos, cinco, diez vueltas.

No hay nada que hacer ni decir, las caminatas, las anécdotas, las
películas, todo es repetición constante de un interminable columpiarse
velozmente del pasado al presente y del presente al pasado, en
instantes seguidos de oscuridad y olvido. Para él, es la rutina, el trabajo,
la obligación y la lealtad que jurara frente al improvisado altar en una
playa de arenas blancas y olas traviesas que salpicaban sus tobillos
mientras se juraban amor eterno. Un amor que, por su intensidad, no fue
capaz de proyectarlos a la inmortalidad porque en ese, su reino, no hubo
cabida para nadie más que ellos dos. Y ahora, para él, sólo quedan las
arenas blancas, tan blancas que su brillo lo ciegan y dificultan sus
recuerdos y, para ella, no hay nada, sólo oscuridad, olvido, un instante de
súbito despertar, las esperas, y nuevamente la oscuridad y el olvido.

Para él, los días se van restando uno a uno, al tiempo que su espíritu se
va esfumando, desvaneciendo tras una neblina de frío que, poco a poco,
lo va convirtiendo en una sombra de callada desesperación. Por
momentos su cabeza gira en un torbellino desenfrenado, arrollador,
dejándolo sin fuerzas para resistir la incesante tentación de terminar
todo, cerrar los ojos y no pensar más. En esos días, y por algunos
minutos, ella percibe lo que dentro de él está ocurriendo, se sienta en su
sillón favorito, fija la mirada en una pantalla de televisor que refleja
mundos inconexos, lejanos, que no le pertenecen, donde sus ojos miran
sin ver, con esa su mirada vacía, sin brillo ni emoción de muñeca de
bazar. Se recuesta por unos minutos sobre el pecho de su amado,
recoge sus piernas sobre el sofá en un sincero deseo de sumergirse en
esa conocida y cálida intimidad.
En esas ocasiones, en algún recodo de su
cerebro, neuronas extraviadas se unen
accidentalmente para traerla al mundo real,
donde reconoce sus cosas, los cuadros que
el colgara y, en un lenguaje absurdo e
indescifrable, le dice que lo ama. Es un
instante, pero lo suficiente para entender
que él necesita su apoyo y comprensión.
Pero es sólo un fugaz y efímero instante y
vuelve a ser aquella que  no es la de ayer, ni
la de hoy o mañana, solo ES. Y aunque él
intenta transmitirle mensajes, ella ya no
escucha, se revuelve inquieta en una desesperada y agonizante
manifestación de rebeldía. Sólo obedece a los impulsos que su cuerpo
le impone. Él, sin entender, le sugiere con vos firme que siga mirando
ese video que, tan desgastado como sus fuerzas, sigue mostrando el
altar, las arenas juguetonas, los abrazos y besos que, poco a poco se
han ido diluyendo al igual que su mundo. Ella insiste porfiadamente en
levantarse. Ante la imposibilidad de incorporarse por sí misma, se
resigna por un momento, acepta, pero la inquietud crece. Hay fastidio y
malestar en sus gestos. Se refriega las manos con tanta fuerza que las
frágiles uñas de sus dedos se desprenden como hojas marchitas. Suda
profusamente, se apoya sobre los brazos del sillón para ponerse de pie,
pero sus intentos son vanos. Su cuerpo, atiborrado de la grasa
acumulada por falta de ejercicio, se resiste a obedecerle. Un olor
nauseabundo comienza a desprenderse de su cuerpo y se dispersa por
la habitación. Él entiende que debe renunciar a sus deseos, que tiene
que abrir los ojos, ponerse de pie y acudir en su ayuda. Se esfuerza por
mantener la calma y dibuja una precaria sonrisa para que sus
verdaderos sentimientos no afloren. Le brinda su brazo para que pueda
incorporarse y, lentamente, la conduce al baño donde, con resignada
devoción, comienza a quitarle la ropa que apesta porque la mierda ha
traspasado los calzones, los pantalones y ha dejado una gran aureola
en el sofá.

¿Dónde quedaron aquellos días en que una mujer de ojos profundos
caminaba por la playa tomada de su mano? ¿Dónde quedó su sonrisa y
ese egoísta mundo de dos, donde los bosquejos de hijos fueron
borrados, puestos en una indefinida espera, para que no amenazaran
su intimidad? Irónicamente, aquella decisión no tuvo consecuencias
hasta muchos años después, hasta ahora, hasta este instante donde la
soledad rasguña y duele. ¡Qué tremendo sarcasmo de la vida! Ocho
años han pasado desde que comenzaron los ataques de pánico frente a
las escaleras de su casa. Ocho años desde aquel día en que salió
corriendo de la casa, desnuda, llorando, con un cuchillo en la mano
amenazando a los desconcertados vecinos y sembrando el miedo entre
aquellos que la conocían. Ocho años desde que aquel, su privado y
mezquino mundo de eterno romance, comenzó a desintegrarse como
las neuronas de su cerebro. Hoy, ese cuerpo de mujer camina, come y
duerme; camina, come y duerme. Su mente no existe; murió hace ocho
años. Entre el ayer y el hoy, la única conexión real es un número de
identificación y una foto con su nombre, lo demás ya no es. Y hoy, el
médico le extiende a él los resultados de sus exámenes. Exámenes que
aterrorizado lee para descubrir que él, el único disponible para cuidarla,
para mantenerla con vida, el que apostaba acompañarla hasta su último
suspiro, el que aceptara no tener hijos porque ellos dos eran suficientes,
en las letras de ese papel se dibuja su condena de muerte.

Del New York Times, 24 de junio de 2008: Dan Wood, artista plástico de
67 años fue encontrado muerto de un disparo en la cabeza junto al
cuerpo también sin vida de su esposa Nancy. Ante la devastadora noticia
de que el cáncer que padecía era terminal, Dan decidió poner fin a su
vida después de disparar a su esposa, quien desde hacía ocho años
sufría un severo caso de Alzheimer.
OBSCURIDAD
Esta tarde vienen las tías y Ana con la Estelita, que acaban de llegar de su viaje, dijo mi mamá, mientras batía los huevos frenéticamente para que el biscochuelo
que era su especialidad, le saliera más esponjoso. No sé que siguió diciendo, porque en ese momento mi mente se escurrió vertiginosamente por los laberintos
del tiempo para detenerse en un jardín saturado de rosas con muchas espinas, copiosas palmeras de hojas como púas y pequeños arbustos de ramas secas que
arañaban mi piel, mientras lo atravesaba corriendo con las lágrimas y los mocos empapándome la cara.

La casa de los Mejía, lindaba con la nuestra y desde que pudiera recordar su patio era como un jardín botánico, donde había una gran  variedad de plantas y flores
que Ana Mejía cuidaba con devoción y Estelita su hija, se dedicaba a destrozar con saña. Decían que cuando  Ana se casó, ya era bastante mayor  y que para quedar
embarazada había hecho promesas a cuanto santo encontraba en el almanaque.  El día que Estelita nació, fue de gran regocijo para los Mejía, y aunque esperaban
un niño, no hicieron reclamos ya que los santos habían cumplido. Sólo tenía días de nacida, cuando una gran tormenta  azotó al pueblo y un rayo cayó sobre el techo
de los Mejía. El incendio que produjo, afectó la habitación donde la Estelita dormía.  Alcanzaron a salvarla, pero el humo y el griterío parecieron afectarla, porque lloró
una semana seguida, hasta que se durmió de agotamiento.

Estela  era mayor que yo, me llevaba a jugar a su jardín donde tenía un escondite entre los cañaverales.  Ella dictaba las reglas, disponía de mis juguetes y cuando
me rehusaba a prestárselos se encarnizaba en arañarme la cara y los brazos y si yo osaba decir que la acusaría con los mayores,  me desafiaba diciendo que me
masticaría las orejas y los dedos de mis pié.  Yo lloraba mucho por miedo a quedarme sorda y renga y de noche me tapaba la boca con un pañuelo, para no hablar
dormida.


Junto con las tías, llegó también Ana y Estelita. En pocos minutos la casa se lleno del alegre bullicio que cinco mujeres hablando al unísono pueden producir.
Habían pasado varios veranos de no ir más a la casa de los Mejía,  pero los recuerdos estaban tan frescos como el aire de la refrigeradora. Apenas llegaron, Estelita
que ya andaría por los 12 años,  se ocupó el sillón más cómodo y remedando la pose de una reina, desparramó su vestido, alisó sus pliegues, y con voz autoritaria
increpó a mi mamá, -cuando vas a servirnos algo?- Mi mamá, disimulando el temblor de sus manos, que yo estoy segura, era por la frustración de no poder
estrangularla, le pasó un vaso de refresco, cuando lo reglamentario era que se servía primero a los mayores. Tratando de diluir la tensión que se había generado, mi
madre destapó orgullosa su biscochuelo de seis centímetros de alto x 35 centímetros de circunferencia, lo cortó en 21 rodajas, calculando tres para cada una, y pasó
la bandeja invitando a que cada una se sirviera. Cuando la fuente llegó a las manos de Estelita, ella la posó sobre la falda de su vestido rojo, tomó una porción,  se la
alcanzó a mi mamá y se dedicó a la tarea de devorar las restantes.
Nadie dijo nada, pero pude observar miradas furtivas entre las invitadas y Ana con la vista baja pareció que se encogía avergonzada.  Levante el dedo para pedir otro
pedazo, más por ver la reacción de ella que por ganas de comer, pero antes de que abriera la boca, mi madre me fulminó con una mirada que me convenció
instantáneamente de cambiar la pregunta. Voy a baño, dije al tiempo que pasaba por delante de la odiada vecinita. Intencionalmente rocé la bandeja que aún
sostenía entre sus manos y como por un tobogán esta se deslizó entre sus piernas para ir a estrellarse contra el piso. El ruido de la loza al estallar en minúsculas
partículas, quedó apagado ante los gritos de una Estela que furibunda se abalanzó tomándome de las trenzas para descargarme enfurecida, dos sonoras  
cachetadas y ya estaba lista para morderme las orejas cuando varios pares de brazos me rescataron de entre sus garras. Sin más,  me metieron en mi cuarto con
estrictas órdenes de no salir hasta que me autorizaran, o sea hasta que la visita no me tuviera a su alcance.
Por lo que me entere luego, Ana se la llevó a los empujones fuera de la casa, roja por la vergüenza y la ira.

-A mí,  se me hace que la Estelita está media chiflada-, le dije a mi mama al día siguiente mientras secaba los platos del almuerzo, -se comió toda la torta, casi me
mata y nadie le dijo nada. Te crees que no me di cuenta de la mirada que le echaste cuando te arrebato la bandeja? Por qué no dijiste nada, eh?  
Anda a jugar con tu hermana y cállate la boca, estás muy chica para andar opinando, algún día te darás cuenta, agrego poniendo punto final a mis reclamos.

-Ana y la Estelita se fueron por unos meses a Córdoba- dijo mi abuela en un tono entre chismoso y compasivo, días después del cumpleaños.  –Y,  era de
esperarse- dijo mi mama alzando las cejas, al tiempo que sacudía la cabeza como si estuviera negando -últimamente se les estaba yendo de las manos- agregó. -
Ojalá puedan ayudarla, sino la pobre Ana….-y la frase quedo flotando en un silencio de cabezas movedizas.  

Yo siempre supe que la vecina era rara, y a medida que fue creciendo, con ella crecieron sus rarezas. Los viajes a Córdoba eran cada vez más frecuentes, y las
estadías duraban semanas, meses, y luego años. Ana regresaba sola y decía que la Estelita se iba a quedar un tiempito descansando por allá, pero nunca se decía
donde era el famoso “allá”.
Para entonces y con toda la crudeza que solo se puede tener en la pubertad yo había hecho pública mi convicción de que Estelita no estaba de vacaciones, sino que
estaba internada, y que tampoco estaba en Córdoba chapoteando agua en los arroyitos de las sierras, sino en el manicomio de Oliva,  famoso en el país por la
cantidad y calidad de enajenados que bajo su techo albergaba.
Pasaron años sin noticias de la Estelita, porque los pocos que se animaban a preguntar, recibían siempre la misma esquiva respuesta -está bien, gracias-

Aquel diciembre llego con sus calores, mosquitos y humedad habituales. Junto con estas maravillas, también comenzaban a aparecer viejos amigos y conocidos  
que con la cercanía de las fiestas pasaban a dejar sus augurios de rigor.
La viste a la Estelita?- me pregunto Marta Ponciano, mientras pesaba el pan que metía en la bolsa que yo le alcanzaba- llego ayer, esta cambiadísima.
Me quede muda con la noticia, porque a decir verdad, nunca la había extrañado, y ni siquiera me acordaba de ella. Pero Marta estaba encantada de poder ser la que
me diera la primicia y siguió con el reporte -Está rubia, rubia y se ha hecho la cirugía en la nariz, no sabes lo linda que esta, parece una modelo-
Estaba sorprendida, porque en el fondo me alegraba saber que “las vacaciones” le hubieran sentado bien. En ese momento me di cuenta que mi vieja aversión se
había disipado y hasta me alegré por ella.

Desde su llegada recorría el pueblo, mostrándose segura de sí misma, despacio, alargando las piernas que dejaba entrever por entre los tajos del vestido. Estaba
tan linda y renovada que la memoria del pueblo se volatilizó bajo el encanto de su blanca sonrisa. Nadie se acordaba de sus “rarezas” y los más memoriosos,
aquellos que nunca olvidan, decían que aquellas habían sido cosas de jovencitas malcriadas.

La casa de los Mejía había sido heredada de generación en generación desde los días de los bisabuelos de Estelita. Era una verdadera reliquia de más de 100
años. Las paredes gruesas, sostenían el techo que alcanzaba los 6 metros de altura. Los cables de la luz se entrelazaban discretamente con las vigas de madera
desde donde unas grandes lámparas atiborradas de pequeñas lamparitas y vidrios facetados, colgaban en cada habitación.  Como llegaba el verano y las
tormentas se hacían frecuentes, previniendo posibles accidentes, Juan Mejía, contrató los servicios de Pablo Sala, electricista certificado quién llegó con sus
herramientas y escalera extensible a iniciar las tareas de reparación que, según los cálculos tardarían varias semanas en completarse.

Esto había ocurrido una semana antes del arribo de Estelita. Cuando Pablo la vio, igual que al resto de la población, sufrió un  súbdito ataque de amnesia.
A partir de entonces, cada vez que ella pasaba cerca, él sonreía de costado para ocultar la ausencia de un canino arrancados de cuajo por un puño muy certero de
quién se negara a pagarle los honorarios. Al quinto día, Pablo seguía enredado entre los cables del techo y Estela, que ya había hecho campamento alrededor de la
escalera, subía y bajaba para alcanzarle las herramientas, un sándwich o un vaso de refresco. Se levantaba tempranito para acicalarse y Pablo todo sonrojado,
llegaba cada día más temprano y se retiraba más tarde. Y todo por el mismo precio, le explicaba a don Mejía .
A medida que pasaron los días, Pablo ya sonreía sin recato y hasta se había atrevido a darle algunos besitos a los que Estela correspondía sin pudor alguno.
Aquella tarde, Pablo se encontraba a 6 metros de altura, haciendo equilibrio en la escalera para   probar las instalaciones, cuando un corto circuito en el cableado
provocó una explosión y de inmediato el fuego y el humo se apoderaron de la vieja casona. Todo quedó a oscuras, los gritos de Pablo resonaron en toda la casa,
Estela corrió hecha una tromba, y al ver a su amado flotando allá arriba en una nube de humo negro y espeso, corrió enceguecida, tropezó con la escalera que fue a
estrellarse contra una de las paredes. Pablo, que se había abrazado a una de las vigas, quedó colgado pataleando en el aire. Estela, como en el juego de la gallina
ciega, caminaba de una punta a la otra del cuarto tratando de acomodar la escalera sin atinar a acomodarla debajo del desesperado Pablo

Cuando Ana y Juan, lograron encender el sol de noche y llegaron a socorrer a Pablo, este gritaba aterrorizado que “ella” le había sacado la escalera. De pronto Estela
se detuvo en seco y percibió lo que por la mente de los otros estaba pasando. Lo vio en el rictus amargo que se dibujaba en la boca de su madre. Lo vio en la
expresión de infinita tristeza de su padre. Lo vio en el rechazo de Pablo cuando ella le extendió la mano para ayudarlo a que bajara.  Nadie le creyó cuando inconexa y
entrecortadamente trató de explicar lo sucedido.

Al día siguiente el pueblo había recobrado completamente la memoria dando paso al nacimiento de una de las historias más relatadas en ruedas de amigos y
tertulias familiares donde todo cada uno agregaba algún detalle que acentuaba despiadadamente la locura de la Estelita, una Estelita que conforme  su “fama” fue
creciendo, ella fue haciéndose  invisible  dentro de las paredes de la vieja casona.
LA CHIFLADA
Nunca había ido a una peña literaria, pero aquel sábado de octubre,  exáctamente ocho años atrás, mi amiga Agueda insistió tanto que la acompañara, que
finalmente accedí.
Esa pequeña decisión, trajo profundos cambios en mi vida.

Fue amor a primera lectura, porque después de escuchar aquella narración, supe que  eso era lo que necesitaba cada noche para conciliar el sueño.
Lo primero que EL me dijo fue - Quiero que sepas que viven conmigo, mi hijo adolescente y su perra. Te digo esto porque esta perra es su adoración.
Nada podía ser tan grave, ni tan pesado como llegar a la vejez sola. Estaba segura que EL era mi alma gemela, el compañero con quien compartir los buenos y
malos momentos y que superaríamos los inconvenientes, que algunos vaticinaban serían inevitables en una relación como la nuestra.
Así fue que un día desperté en una cama compartida, en una habitación diferente y con una perra que me lamía la cara al tiempo que me quitaba las frazadas que
me cubrían del frío.
Cada mañana, antes de irse a trabajar, EL, cariñosamente me decía,
Cuidado con dejar la puerta abierta. Mantenela en el patio. Si se escapa, no hay quien la detenga.
Habían pasado unos seis meses desde que empezáramos a vivir juntos. Los presagios agoreros se habían ido disipando. Esa mañana del mes de julio, estaba
tan linda que después de llevar a la perra al patio, abrí  puertas y ventanas para que la casa se ventilara. Aun en camisón y chancletas, me puse a trabajar en mis
cosas.
A pocas casas de la nuestra, vivía un alemán, ex soldado de la Segunda Guerra Mundial, quien por estar ya retirado, su única ocupación era recorrer el barrio
buscando vecinos con quien hablar y chismes para retransmitir. Sabia todo lo que ocurría en los alrededores.


Suena el timbre, asomo la cabeza, y ahí esta el alemán. Con expresión  desencajada, me  notifica que nuestra perra esta suelta al frente de la casa.
-Como!!!!! Pero si estaba en el patio!!!-  Corro a ver y efectivamente, la perra no esta.

Con la pata había empujado y abierto la puerta. El resto fue tan fácil como decir GUAU!

Regreso a la puerta con la esperanza que haya regresado por si misma, pero el alemán, con voz que anuncia una derrota inminente, me dice que haga algo pronto
porque se esta alejando hacia la calle.
- Ay Dios Mío! Ay mi Dios! Ginger vení para acá-  Ginger sigue caminando como si nada.
- GINGER!!!!-  Me mira y oliendo mi desesperación, camina un poquito más hacia la calle.
Pienso -Ah, voy a hacer lo mismo que hicieron esa vez que se les escapó a ellos. Recuerdo que pusieron el auto en marcha, le abrieron las puertas, y solita subió.
Corro a buscar las llaves, y aun en chancletas y camisón, subo al auto, lo pongo en marcha y le abro todas las puertas.
Voy manejando despacito, siguiéndola de cerca.  Empiezo a gritarle…
-Ginger, vení acá, Ginger, perrita, vení, subí!!! - Nada.  Me pregunto si en mi angustia no le estaré diciendo lo contrario. Me escucho otra vez decirle que vuelva, que la
queremos, que ella es la mejor….Es como que si en vez de invitarla a subir, le estuviera ordenando correr. Y corre, y empieza a tomar velocidad. Y yo por detrás con
todas las puertas del auto abiertas, parezco el carrito de los helados.
Poco más adelante la calle se cierra para los autos, pero tiene una abertura para peatones, que comunica con la Nordhoff, una avenida muy transitada,
especialmente a esa horas de la mañana.
-Ay Dios mio, si llega al final de la calle, estoy perdida!!! Ginger, por favor, subi. Perrita, veni linda, subi. Peerita, perra de mierda, subí de una vez!!!.


Si llegaba antes que ella, podría bloquearle el paso, pero mientras más aceleraba, más carrera ella tomaba. Y ocurrió. Llegó antes que yo, atravesó la abertura y se
lanzó a la experiencia más excitante de su vida perruna.  
En ese instante, imágenes catastróficas cruzaban  mi mente a la velocidad de la luz e iban desmoronando poco a poco mis expectativas de futuro en familia. ”La
perra bajo las ruedas de un auto, el hijo llorando desesperado, el padre culpándome por mi negligencia, el final de la pareja, el triunfo de los agoreros, la vejez
solitaria.
- NOOOOOOOOOOOO!!!!












La carrera había empezado a la altura del 14000 y sabía que esa calle terminaba como al 25000. Mientras corría y rezaba, me preguntaba hasta donde
llegaríamos? No le veía el fin a esta tragedia. Solo se me ocurría seguir corriendo hasta donde las fuerzas me alcanzaran.
- Que pase algo, que pase algo, por favor, prometo que voy aprender a cocinar, prometo que no voy a protestar cuando se meta en la cama con nosotros, pero por
favor, que se detenga!

Llevaba casi 4 cuadras corriendo, cuando empecé a sentir que me faltaba el aliento. Tuve que parar a juntar aire. La perra también aflojó la marcha. Se detuvo un
momento, torció a la derecha, cruzó la calle y se internó en el Balboa Recreational Center, un pequeño parque del barrio.
En ese momento me di cuenta que mis esfuerzos no habían sido en vano y que desde el mas allá me estaban tirando lianas. A medida que había ido avanzando
en mi persecución, mis gritos y ademanes habían llamado la atención de varios conductores y caminantes: el camión de la compañía de teléfonos, la pick-up de un
jardinero, la muchacha que paseaba perros, el auto de un vendedor de seguros, la Van de la señora con varios niños, los muchachitos que terminaban su partida
de tenis, todos se habían ido sumando detrás mío,  hasta formar un pequeño escuadrón de rescate.   
Al principio, la multitud había seguido a una mujer con los pelos alborotados, los ojos desorbitados, descalza, que gritaba y gesticulaba quien sabe que, ya que con
el ruido no se entendía lo que decía. Algunos pensarían que estaba escapando de un marido abusador, otros que la perseguía la policía, y la mayoría asumió que
la pobrecita estaba sin la medicación de la mañana.

Cuando llegué frente al parque me dí cuenta que habían entendido que no era loca, sino que estaba enloquecida.
Entre todos formaron una cerca, los de la compañía de teléfonos trajeron cables, e hicieron lazos. Fuiron achicando el círculo, hasta que uno de ellos, con un tiro
certero,  la enlazó y así fue como pudieron detenerla.

Agradecí a todos y el vendedor de seguros, apiadándose de mi lamentable estado, se ofreció a llevarme de regreso a casa. La perra en el asiento de atrás, y yo en
camisón al lado de un señor que en mi vida había visto.
De pronto me acordé que había dejado el auto con las puertas abiertas y las llaves puestas. Le pedí que se detuviera donde había lo había dejado, le di las
gracias  él se marchó y al llegar al lugar - OH, NO!!! ‘ El auto había desaparecido.

Con una nueva angustia pesándome sobre los hombros y los pies ensangrentados, caminamos silenciosas una a la par de la otra.  Al llegar a la casa, ví con gran
alivio que el auto estaba en el garage con las puertas cerradas, las llaves y las chancletas prolijamente acomodadas sobre el asiento. El alemán había hecho su
contribución.

Las llagas en los pies me tuvieron una semana sin poder caminar y mi cuerpo que no registraba una corrida desde hacia algunos años, requirió varios días para
recuperar sus movimientos naturales, pero en la casa fui ascendida a la categoría de héroe nacional, oficialmente me incluyeron en la historia familiar y ya no hubo
dudas que mi amor era incondicional.

Y después de todo lo ocurrido,  un resplandor de sabiduría trascendental iluminó mi mente y me di cuenta que una vejez solitaria no hubiera sido tan grave ni tan
horrorosa.
Tiro las chancletas, dejo el auto en marcha y salgo corriendo detrás de la perra. El trafico viene, la perra va, y yo detrás.  Los autos
tratan de esquivarnos, ella apura la marcha, y yo la sigo a escasos metros sin miras de alcanzarla. Nos acercamos a la intersección.
Deseo inútilmente que la luz roja logre frenarla, como a veces ocurre con los automovilistas. Pero ella cruza en rojo y sigue corriendo
con las orejas al viento. Yo detrás, agitando los brazos y gritando a todo pulmón - PLEASE, HELP, HELP -  

No se como crucé la intersección, ni siquiera ví autos, solo veía una perra que cada vez se hacia  mas chiquita. –Señor querido,
ayúdame a salir de esta. GINGER, veni acá!.  San Roque, San Roque que este perro ni me mire ni me toque!, ah no, ese santo es
para que se alejen, cual será para que se acerquen?. Oh, madre mía, vos que estas más cerca del Poderoso, hace que me ayude.
Si a esta perra le pasa algo, me tengo que retirar al exilio.
CAMBIO DE OPINIÓN