Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
EN COREA DEL SUR


Cuando llegué al aeropuerto de Los Angeles, parecía que cargaba  no las maletas sino la pena de pensar en las diecinueve horas de vuelo sin parar
y la incertidumbre de llegar a un lugar desconocido. Después que me dieron el boleto, y antes que me quitaran los zapatos, cinto y mochila,  el olor a
perfume, comida, bebidas y cigarrillo me distrajeron. Como yo no llevaba nada que pudiera hacer chillar a la máquina o para que los agentes me
sacaran de la fila con las manos arriba, pasé rápido la revisión obligatoria. El avión salía dos horas después.
En la sala de espera, me puse a pensar: ¿Me llevaré un poco del tráfico de Los Angeles o una puerta abierta para dejar pasar todos los rascacielos
que me encuentre, para que en una mesa me siente a comparar? ¿Qué tiene de diferente Los Angeles de Seúl? No, es obvia la diferencia. Ellos no
tienen la comida mexicana, las agonías que crea la autopista 405, ni las culturas en fricción (que le agregan un aire interminable de lucha de
contrarios al vivir en la ciudad), la comida tailandesa, el buffet italiano donde desmenuzo el mundo con mis amigos y lo dibujo en un pedazo de papel
(el mismo con el que me limpio el chile de mis bigotes), ni las reuniones de café donde despedazamos los muros que crean las fronteras de los
Estados Unidos y México. Estamos en medio de un sandwich. Ya llegamos y tenemos que luchar como minorías, después de todo, los Estados
Unidos es un país de inmigrantes; nada más basta ponerse a pensar que la historia también tiene su propia voz.
-Ya es hora, vamos al avión. ¿Nunca has estado en Corea? Te va a gustar.
La preocupación que llevaba en un principio, se convirtió en un conflicto del gusto por la comida. No quería dejarme llevar por el temor de
experimentar lo desconocido. Sentía como ir a la luna, sin mis tortillas. Cuando la azafata me preguntó, con su voz amable, si quería el menú oriental
u occidental para el desayuno, no lo pensé. Oriental, le dije envuelto en el entusiasmo de mis otros seis compañeros con sus ojos pelados llenos de
curiosidad, como si ya supieran el resultado de mi opción, y envuelto en un estado de ánimo como el niño que se sube a un caballo negro por
primera vez. De  ahí fue un comer, beber sodas, jugos y vino rojo hasta que pusimos los pies en Corea. Estando allá, ya no fue lo extraño, ni la
preocupación de lo desconocido, sino mi inexperiencia para comer con palillos, lo que me incomodaba. Después de unas embarradas de arroz en la
panza, de ajustar mi cuerpo al duro suelo y después de que se me entumieran las nachas en repetidas ocasiones, en restaurantes interesantes,
pude atrapar con los palillos un puño de hongos, carnes y camarones.  Celebré con mis compañeros el triunfo de mi hazaña, brindando con té de
jengibre y vino de arroz. Después del segundo día, no quise saber de comida occidental. El almuerzo, comida y cena fue puro deleitarse con la
variedad de platillos exquisitos. No me alcanzaron los siete días.
Primero fuimos a una fértil zona rural por tres días, a un emotivo festival único de chamanes. Nos recibieron como viejos conocidos, en un templo
localizado entre la montaña y el cielo. Entre color de papel de china y cantidad de personas entrando y saliendo del templo, conocí a gente de
Alemania, Hawai, Marruecos y China. La música, los cantos y los rituales llenaron de tranquilidad mi corazón y ahuyentaron toda la noción de que
venía yo de muy lejos, la noción de que todo debe tener explicación, y la noción de que las barreras del lenguaje impiden tener nuevos amigos. En la
base de la montaña había un escenario que invitaba a estar cerca del mundo, de lo imposible e inexplorado. En el fondo del escenario había fotos de
deidades poderosas, suculenta comida como ofrenda y muchos vestuarios cuidadosamente elaborados para los dioses. Entre música, danza y ritual
no había noción del tiempo. Ni tampoco había distinción de rango entre los chamanes. Todos cortaban papel, preparaban vestuario, tocaban
instrumentos, ayudaban a otros, preparaban comida, recibían a los invitados, lavaban platos, hacían mandados, recogían el desorden y, al final del
día, celebrábamos con enigmáticos cantos vocalizados por un solo espíritu: el espíritu de la alegría de todos los participantes.  
Fuimos a Seúl por otros cuatro días. En  la Universidad del Arte nos enseñaron la danza de la máscara. Coloreamos una, para sentir la esencia del
estilo tradicional. La que hice tiene llamativos colores: rojo, azul y blanco. La máscara representa  a un sacerdote borracho. Actuar el personaje no me
costó trabajo; me salió bien el borracho. Los aplausos de los entretenidos estudiantes coreanos y las risas de mis compañeros estudiantes, lo
confirmaron. Todo fue alegría: nuestro enlace estudiantil, artístico y humanitario; pero también fue alegría saber que recientemente habían tenido una
exhibición de arte mexicano. Jamás se me hubiera ocurrido; pero lo que más me asombro fue cuando Jun- ho me preguntó, en un inglés mocho, que
si conocía a Márquez: El Rafa Márquez. Me contó sobre sus goles, sus hazañas en Europa.  Yo, entusiasmado, sólo le decía "qué interesante", para
que no se diera cuenta que el fútbol es una enajenación para mi gente. Cuando nos fuimos de la universidad, me fui con tres asombros: Que Jun
supiera tanto de un futbolista mexicano, que mi máscara saliera tan perfecta y por tener nuevos amigos artistas.
Después visitamos la compañía de teatro Mokhwa que representa a Corea y su cultura. Vimos una presentación de Macbeth al estilo coreano. Tenía
impresionantes colores, trabajo de grupo y una actuación frontal, estilo tomado de la danza de la máscara que sus mismos ancestros habían
heredado.  Al terminar, esa misma noche hablamos con Oh Tae-suk, su director, en el fondo de un café que me hizo recordar las fondas de Uruapan,
Michoacán. Mis compañeros y yo le preguntamos todo referente a la obra y nuestras inquietudes de dirección teatral. Que si esto, que si el otro, que si
aquello; y él tenia todas las respuestas debajo del sombrero.  Entre botanas, comentarios y charlas teóricas, las preguntas se desvanecieron como
la noche de ese día.
-¿Que vas a hacer, Alejandro, ahora que tenemos el día libre?
-Te quieres perder, le dije a Don el viernes, invitándolo a la aventura de conocer las calles y la gente, lejos del hotel de cinco estrellas en el que nos
hospedábamos. Explorar la ciudad o perdernos si se daba el caso. Calles limpias, mercados exóticos, plazas modernas, museos de las diferentes
dinastías y hasta el Ayuntamiento de la ciudad de Seúl nos conoció. Todavía el día que nos vinimos fui a encontrarme con otro templo de la dinastía
japonesa. Eran las siete de la mañana.  Estaba cerca del hotel, pero escondido de la modernidad, pero a mí y a David no nos importó continuar la
exploración, ni tampoco a un extraño que nos encontramos en el templo le importó la hora ni el frío. Ese extraño completó la aventura. Él estaba
danzando, cantando y murmurando cánticos. Cuando caminaba alrededor del templo, pude imaginar que también era un sacerdote o un fiel devoto
de lo que hubo en aquel lugar sagrado más antiguo que los edificios que lo rodeaban.
Llegué a Los Ángeles arrastrando el equipaje. Los recuerdos del viaje confortaban el dolor aún existente de mis piernas por haber conocido la ciudad
de Seúl y toda la agradable aventura que tuvimos en Corea. Esos momentos esculpían sonrisas en mi rostro e inyectaban más ganas para
despojarme del agotamiento corporal. En una semana pude recuperar mi cuerpo como quebrado por el reajuste del tiempo. Fue  entonces que supe
claramente las diferencias entre Los Angeles y Seúl.
En el cielo mojado las estrellas se esconden.
Puedes buscar por toda la ciudad y encontrar sólo humedad,
puedes buscar, por ejemplo, el momento de decir las palabras que abran
corazones.
Puedes buscar voces de la gente que se escuchen como gotas que caen en
la esperanza.
Incluso puedes buscarte y descubrir que tu vida es sólo agua que corre.

Los ojos hacia adentro miran cuando la lluvia busca la tierra.
Y tu recuerdo tiene su espacio,
hace preguntas;
por más que quieras no lo callas.
Entonces, el dolor añejo como vino trae nubes para tu casa,
trae la sonrisa lejana que una vez tuvo nombre y motivo de alegría,
trae la piel que tanto amaste en suspiros que remojan la distancia.
Llegan en la memoria con la brisa húmeda las noches que te negaron
canción
y las brillantes lunas que te inspiraron a hablar con tu guitarra,
pero también llegan,  ruido de razones por no estar tan empapado
como cuando endulzas un poema con las promesas, que si se hubieran
cumplido
no estuvieses contemplando la multitud que pasa y que también busca su
agua.



.......................................POETA DEL ESPEJO

Me llevas a los laberintos
de la carne y de los ojos puestos en las puertas
que conducen al cerebro
y a las palpitaciones por los ríos y las estrellas.
Regreso a las oraciones,
a los dedos que acarician las páginas de tu libro
y de tu facilidad de romper esquemas.

Contemplo por mucho tiempo,
pongo el oído por debajo del viernes y la pirámide
para oír el caracol con que te pronuncio
para elevar tu plegaria con mi vocecita
de hueso de aguacate.

Brota el incienso de las visiones
en la metamorfosis escalando los espejos humeantes,
humeantes de la razón y los sentidos
con los que hago una taza de té de siete azahares
y me inyecto de tu tiempo.
Me hago pájaro entre tus líneas,
entre tus calles que huelen a cantera,
a fuego milenario que consume todo testigo
y todo los estilos en una charamusca de espacio
y confesiones donde desaparecen todas las dudas
como tortillas tiesas por el sol,
y la nostalgia de oír los perros detrás de las puertas,
detrás de mis creencias.

Se cosechan verdades.
El día se hace un punto en el firmamento.
Abres tus alas y vuelas por la eternidad
y lo  imposible se hace polvo,
Entonces es que creo que la felicidad existe.



.............................................CREO SIN QUE ESTÉS

Un sueño se mece en mí
brindándome un unicornio
una piedra
una ola
una parábola
y agua cristalina

Luego contemplo el nítido azul
de tu sonrisa
y la sinceridad de tus ojos
para dar amor sin esperar

En la profundidad son tres kilómetros
Y tras de los kilómetros
descubro gaviotas
un horizonte
un armónico caracol
un danzante en un remolino de plumas

Estoy con unos venados
adornando el cerebro
Caigo en una brisa de bosque
que trae mariposas monarcas
Y todos llegamos a un río
Se convierten en arco iris
en la luz radiante de la tierra.

A una ventana le doy mi voluntad
El cuerpo se trasluce
Mi alma vuela
Y mi palpitar se hace campo

Aquel soy yo pero adentro
con otro rostro
Y otro proceder
de montaña a montaña

Pero son mis manos
las que te hacen mujer
en el cielo que conozco
y abrazo de punta a punta

Las manos como de tierra michoacana
como artesano de sueños
como pan listo para la fiesta

Lo que no descifro
es de donde salen los cuervos
y  la insistencia por contarles de donde
nacen el maíz y las estrellas

Más adentro
el torbellino llega
el agua se aclara
el cielo se despeja
y el horizonte recobra su distancia

Ando en los caminos del cuarzo
Los pies los tengo en el llano


Ves aquella figura de allá
La ves
Tú dime con tus palabras
que son aves madrugadoras
las que se extienden
cuando es necesario extinguir el dolor
las que dices sin tapujos y de frente
Esas que son libres de fronteras
con los que danzas
y cantas
como si tú fueras hacedora de arpas
generadora de caminos
Esas que se llevan en la bolsa de la camisa
y se mastican cuando se tiene hambre
cuando el silencio no conduce a nada
cuando en la vida solo se regresa
esas con las que entregas la primavera
y mueves a la voluntad con violines  


Ahora estoy acostado enfrente de una  puerta que se abre y se cierra
para dejar pasar el copal y la noche  
Y luego se oye  seis, cinco, cuatro, tres, dos…
MOMENTO NORTEÑO
ALEJANDRO MOLINA,  nació en Arteaga, Michoacán,
México.  Estudió en el Centro Regional de Educación
Normal  para ser maestro y
tiene una maestría en teatro
de California State University, Northridge.  Si bien no
tiene preparación formal en el ramo de la poesía, su
participación en talleres literarios, peñas culturales y su
carrera teatral han enriquecido su forma de escribir.