Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
Seguramente porque no era frecuente en esos tiempos y en esos
barrios, el asalto de la escribanía nos traumó a todos.  Especialmente
porque una de las protagonistas vivía al lado nuestro.  La Julia, su
cuñada, desparramó la noticia el domingo entre todos los que pasaron
a comprar en la panadería.  Se comentó en los recreos del colegio y su
hijita, la Susi, la de primer grado, adquirió una rara fama, mezcla de
lástima y asombro por la experiencia que protagonizó su madre.
Ocurrió una tarde primaveral de noviembre, pocos días antes de que
terminaran las clases.  Mariela,  vivía en un departamento horizontal,
cuyo pasillo de entrada lindaba con mi casa. Estaba emparentada con
casi todos sus vecinos inmediatos.  Era hermana del marido de Julia, la
de la casa pegada a la de ella.  También era cuñada del andaluz.  Su
hermana, la  gorda María, ocupaba al fondo, otro departamento.  El resto
de los andaluces, habitaban arriba y eran los padres de él y su hermana
solterona.  Enfrente se hallaban los padres de ella, para cerrar el
círculo.  A pesar de tanta protección familiar y de un buen marido,
el
flaco
, ella era frágil emocionalmente.  Tenía dos hijitos, la Susi, de unos
6 años y un precioso bebé que no llegaba a uno.  Después de cada
parto, se solía desestabilizar y por eso la internaban en una clínica que
quedaba a pocas cuadras y que lucía como una casa normal, aunque
todos sabíamos su verdadero uso.  La mujeres de la familia tomaban
turnos para atender a los niños durante esas breves
curas, para que el
Flaco, que era colectivero, no faltara a trabajar.
Esa fatídica tarde, Mariela llevaba varios meses en casa y la familia
había vuelto a sus rutinas.  Durante la mañana, llevó a la nena a la
escuela y después de completar sus quehaceres hogareños, pasó por
la escribanía para tramitar unos papeles del seguro de su esposo.  La
oficina,  también en una casa, tenia una placa dorada con una sola
inscripción comercial en la puerta.  Un par de muchachas dactilógrafas
trabajaban allí, además del escribano y la recepcionista.  Mariela se
había retrasado preparando comida para el mediodía y llegó  con poco
tiempo.  Para colmo el escribano estaba reunido, así que dejó los
papeles con la recepcionista, pagó por el trámite y prometió regresar a
la tarde a buscarlos.  Apurada, con el bebé pesándole en los brazos,
apenas alcanzó a llegar a tiempo para recoger a la Susi de la escuela.
La encontró parada en la puerta, sola con la maestra y haciendo
pucheros por su retraso.
El apurón y el incipiente calor de la primavera, además del peso del
bebé y los reproches de la niña, la hicieron sentir exhausta y acalorada.  
Por suerte había dejado el almuerzo preparado y se afanó en servirle de
comer a los niños.  Comió brevemente con ellos y la Susi se durmió
frente a la televisión después del último bocado. Luego acunó al bebé
un momento y los dos se adormecieron.  Al rato se despertó
sobresaltada, pues se había quedado dormida y olvidó volver a la
escribanía.  No estaba segura a qué hora cerraban y los dos niños
dormían profundamente.  En su alboroto, calculó que si caminaba
rápido y sin el bebé, recorrería las dos cuadras que la separaban de la
casa, recogería los papeles y estaría de vuelta antes de que
despertaran los niños.  Sin pensarlo dos veces, saltó de la cama, se
calzó y salió con paso apurado.  Dudó en llevar su cartera y decidió que
no, ya que el trámite estaba pago.  Esa decisión terminó salvándola de
males peores.
Casi sin aire, con el cabello revuelto y llena de culpa por haber dejado a
sus chiquitos solos, llego a la escribanía. Tocó el timbre, esperando
escuchar voz de la recepcionista por el portero eléctrico.  En vez de eso,
vio un ojo intenso que la observó por la mirilla y la puerta se abrió para
que entrara.  Sin siquiera terminar de entrar le dijo al hombre que la
recibió que venía a buscar un sobre, que el trámite ya estaba pago y que
estaba muy apurada.  Él la miro con desconfianza y la urgió a entrar.  
Ese fue el primer indicio de que algo andaba mal.  La ropa de él, su
aspecto y su actitud en general no correspondían con su concepto de un
empleado de ese tipo de oficinas.  Tampoco había rastros de la
recepcionista. El teléfono estaba descolgado y el escritorio revuelto.  
Mariela trató de superar la inquietud que la embargó. No obstante,
pensó que fuera lo que fuera, ella tenía que obtener su documento y
volver urgente junto a sus chiquitos.  Le repitió al hombre que sólo venía
a buscar un papel y que probablemente ya lo tendrían preparado.  Él,  ya
en un tono impaciente, le repitió que se sentara y esperara. Ya la
atenderían.  
Mariela, nerviosa, no pensó tardar tanto.  Se sentó en la sala de espera
y revolvió sus bolsillos en busca de un cigarrillo.  Cerca se encontraba
otra muchacha como de su misma edad con un chiquito en brazos.  
Tratando de despejar su ansiedad le sonrío al pequeño y notó que
lloraba casi en silencio.  Entonces recién se percató de que la joven
madre también sollozaba y que la miraba con cara de desconsuelo.  La
desazón volvió.  Mariela se puso de pie y preguntó qué estaba pasando.  
Entonces el mismo hombre que la recibió, volvió a asomarse, esta vez
con un revólver en la mano.  Le indicó que se quedara tranquila y se
sentara.
La visión del revólver plateado y grande la descolocó completamente.  
La audacia con la que había preguntado se había desvanecido.  El
cigarrillo temblaba en su mano y su mandíbula inferior se movía
descontroladamente haciendo tintinear sus dientes.  Lágrimas
calientes se escapaban de sus ojos y emitió un gemido profundo y bajo.
 Se sintió incapaz de controlar su propio cuerpo. Por un momento le
pareció que se iba a orinar de miedo.  Enseguida recordó a sus hijitos
durmiendo solos en la casa y sintió que iba a desmayarse.
El hombre regresó, esta vez escoltando a la recepcionista y a otras dos
muchachas hacia el cuarto de baño.  Le hizo una seña a ella y a la
muchacha del bebé para que se les unieran.  La visión del revolver
apuntando a sus prisioneras intensificó el temblor de sus mandíbulas y
el tintineo de sus dientes se hizo más audible.  Ya allí, hallaron al
escribano y a otro hombre de corbata.  Mariela tiró el cigarrillo y
obedeció a los hombres de la escribanía que les indicaban que se
pararan adentro de la bañera, en un intento de protegerlas.  A la señora
con su bebé la pusieron bien al fondo para protegerla mejor.  Estaban
muy cerca unas de otras y la intensidad del momento la hizo sentir falta
de aire.  Afuera se escuchaban voces y pasos apurados.  Otro hombre
de corbata  les rogaba que le devolvieran unos documentos que
estaban adentro del maletín que le habían robado,
argumentando que carecían de valor económico pero que eran
importantes para él.  El asaltante abrió la puerta del baño una vez más y
luego arrojó al protestón hacia adentro, le colocó la punta del revólver en
la cara con tono amenazante  y le advirtió que se callara. Lo estaba
poniendo nervioso. Otro de los asaltantes le gritó al escribano,
preguntándole si esperaba hacer alguna transacción esa tarde.  Él lo
negó y trató de calmar al que pedía los documentos.
Mariela observó todo a través de la cortina plástica de la bañera.  Si bien
no podía controlar sus temblores, sus sentidos estaban totalmente
agudizados.  Veía todo como una película en cámara lenta: los detalles
de la cortina, las caras de sus compañeras de desgracia, los colores de
las corbatas de los hombres y sobre todo el revólver plateado del
asaltante en la cara del hombre que protestaba.  Era como si el tiempo
se hubiera detenido dentro de la bañera.  Pensaba en varias cosas al
mismo tiempo. Se mezclaban vívidamente las imágenes y los sonidos.  
Pensaba en sus hijos y se arrepintió de haberlos dejado solos, pero por
otro lado, se felicitaba de no haberlos expuesto a estos peligros.   De
trasfondo, escuchaba las voces de las muchachas diciendo que les
habían robado el sueldo cobrado ese día y también las alhajas que
llevaban.  Entonces ella se dio cuenta por qué no le habían sacado
nada. No llevaba su cartera. Sólo tenía una pulsera, que aparentemente
los asaltantes no habían notado.  Vestía sus ropas de entre casa, así
que los asaltantes ni siquiera repararon en ella.
No permaneció mucho tiempo en la bañera; pero durante ese lapso,
algo se rompió dentro de ella.  Las voces y las imágenes que percibió
en el momento, amplificaron su miedo como una radio a todo volumen.  
Paralelamente su mente siguió trabajando en otros pensamientos.  
Entendió vagamente que probablemente no moriría en aquellas
circunstancias; sin embargo, la sola posibilidad de la muerte desató
una serie de pensamientos relacionados con su vida presente, pasada
y futura.  En abierto contraste con los nervios y el descontrol de su
cuerpo, una parte de su mente evaluaba la situación con una
asombrosa lucidez como un repaso general de su vida. Repasó
mentalmente las facciones de sus niños e imaginó a sus hermanas y
cuñadas criándolos.  Pensaba en el Flaco, joven y apuesto y quien
seguramente volvería a casarse.  Hasta pensó con humor casi grotesco
en esa muerte, baleada adentro de una bañera y  enredada con los
cuerpos de sus compañeras de infortunio. Lo que más la inquietaba
eran el futuro inmediato, sus hijos solos y el Flaco volviendo del trabajo
a encontrarse con la sorpresa de su muerte.
Imprevistamente todo terminó. Se escuchó la puerta abrirse y ponerse
en marcha un auto.  Antes de salir, el asaltante del revólver se asomó
para advertir que nadie dejara el lugar por quince minutos, si querían
vivir.  Mariela sintió que sus sollozos cesaron de repente y que todos
sus sentidos volvían al presente inmediato.  Bruscamente, empujando a
las otras muchachas, intentó escapar de la bañera.  El escribano y el
hombre de corbata trataron de cerrarle el paso.  Ella, les explicó que no
podía esperar, que había dejado a sus hijos solos.  Lo dijo como con
vergüenza y culpa para que sonara aún más real.  Así que se escabulló
entre los hombres y alcanzó la puerta.  Temblando, se asomó afuera
para asegurarse de que el auto se había ido y entonces corrió
desesperadamente las dos cuadras que la separaban de su casa.  En
esa carrera, no veía las calles ni la gente, sólo pensaba en la distancia
que la separaba de sus hijos, que parecía agrandarse a medida que se
acercaba.
Encontró a los niños despiertos.  La Susi había asumido seriamente su
rol de hermana mayor y había servido galletitas para ella y para su
hermano.  Mariela abrazó a su bebe, que parecía lloroso y olía a orines.
Sintió culpa por su negligencia, mezclado con un cansancio visceral.  La
Susi miraba televisión sin entender qué le pasaba a su madre.  Varias
horas después, cuando el Flaco regresó de su trabajo, encontró a
Mariela con los ojos desorbitados abrazando a sus hijos y balbuceando
en forma casi ininteligible la historia.  Él dudaba en darle crédito, dada
su historia de problemas emocionales.  Se limitó a calmarla y la tomó
en sus brazos.  Entonces Mariela rompió en sollozos incontrolables, se
desinfló como una niña y se orinó encima.  No creía que se hubiera
salvado.
Si bien no la internaron esta vez, llevó meses reponerse del susto.  
Temía salir y encontrarse con los asaltantes, sus caras grabadas y la
seguridad de que ellos la reconocerían.  Despertaba cada noche
atormentada por las pesadillas y vomitaba casi todo lo que comía.  Las
mujeres de la familia una vez más se tomaron turnos para llevar a la
Susi a la escuela, hacer las compras y limpiar la casa.  También se
turnaban para visitarla, consolarla y de paso ayudar con el bebé.  
Mariela contaba sollozando la historia una y otra vez, como una zombi,
con los mismos detalles.  Describía sonidos, colores y todo tipo de
sensaciones. Se hacía un ovillo en su cama jurando que jamás volvería
a dejar a sus hijos solos, también repetía lo mismo cuando alguien
quería escucharla mientras barría su vereda.
Tuve oportunidad muchas veces de escucharla y llegué hasta soñar con
el asalto.  En el sueño era yo la que temblaba y entrechocaba los
dientes y no salía por miedo a encontrarme con los asaltantes, la que
corría enloquecida esas dos cuadras interminables.  Desde entonces,
todos quedamos marcados por el incidente,  tomábamos precauciones
excesivas en todo y desconfiábamos de cada cara desconocida que se
asomara en el barrio.  
Con el tiempo, Mariela fue mejorando y poco a poco volvió a sus rutinas
habituales, pero nunca fue la misma.  El Flaco la compensaba como
podía y su familia tejió un círculo de protección alrededor de ella. Años
después, durante una Navidad la visitamos.  Revisé un álbum de fotos
con un recorte de diario, recuerdos que indicaban brevemente:
 asalto a
mano armada en una escribanía local.
 
Nos concibió en su vientre de barro húmedo
aguado por los oscuros rios de su tierra natal.
Y nos concibió tarde, justo antes
de que las hadas del otoño
arrastraran sus semillas a los pantanos.

Heredamos la sangre altanera de su raza
sagrada
venida a menos
que aclaró nuestra piel y afinó nuestras facciones
para que no se note
la mezcla pobre y sudorosa de los autóctonos.

Nos escupió de su vientre ya seco
para envolvernos entre sus carnes tibias
y protectoras hasta ahogarnos
en la inútil lucha por escapar a la vida
que pululaba lejos del nidio tibio
artificial y ascéptico
en el que nos escondía del mundo.

Crecimos como zánganos
alimentados de su leche amarillenta y espesa
enredando nuestras zarzas mezquinas
entre su carne blanda y abundante
hasta absorber su savia por completo
y apagar los luceros
de su purísima mirada verde
que se perdió en el siniestro olvido de los
tiempos
con la esperanza de la resurrección.
EL ASALTO
PACHA MAMA

                                                    A Graciela

Me contó como cayeron las gotas
de la larga cadena de días que le fue
concedido vivir.
Me contó como su piel fue dibujando
con profundos surcos en su rostro, el mapa
de sus dolores.
Me contó como parió en cuclillas
a los hijos que vivieron y a los que murieron.
Me conto como caminó los campos
con sus cachorros ávidos colgando de su
pecho.
Me contó como la tierra absorbió la sangre
del que la fecundaba frecuente e
incansablemente.
Me contó como sus pechos firmes
se convirtieron en rebozo
y como a su entraña ávida
se le secó el amor.
Me contó como su gracia juvenil se desgastó
curtida bajo el sol despiadado de los
campos.
Me contó la ensangrentada historia de su
tierra natal.
Me contó como cruzó desiertos en la tierra
de nadie,
desprotegida y asustada
buscando el sustento para sus muchos
hijos.
Me contó como endureció su espiritu
para absorber desgracias innombrables
en la simpleza de su cotidianidad.
Me contó como la asaltan en las noches
todos esos recuerdos escondidos y
secretos.
En su afán por exorcizar los fantasmas que
la persiguen
Me concedió el privilegio de contarme estas
cosas
Las cosas que no se cuentan.
EXPERIENCIA DE VIDA

A mis compañeros de La Luciérnaga

Vaya a saber a quienes le escribimos
vos y yo, hermano del dolor.
Vaya a saber que duendes espantamos
entre poemas y cuentos sin destino.
Que fantasmas poblaron tus mitologicos
laberintos, tus detalladas prosas,
tus delicados poemas
para que salgan de tu pluma y de tu boca
como salen los mios, mis temas recurrentes,
mis memorias, mis miedos, mis fracasos
escondidos detras de oscuras rimas
y retorcidos recursos literarios.
Yo te entiendo, me escondo
entre la esquina del papel y tu pupila
para tratar de oir el sentimiento
detras de tus escritos, pero no te preocupes,
no lo dire en voz alta, alabare o criticare tu
rima
tu estilo, tus metaforas, tu prosa,
pero no mencionare
la humedad en tus pestañas, el temblor de
tu voz
ni tus esfuerzos por remarcarlos o
disimularlos.
Que te bendigan los duendes literarios,
que te exorsicen las noches solitarias
sin sueño y sin amores,
para que podamos seguir fingiendo dia a dia
nuestras rutinas cotidianas sin dolor.
CONSUELOS LITERARIOS
AGUEDA CABRERA, psicóloga argentina, radicada
en Los Ángeles, escribe poemas y cuentos
inspirados en su vida y recuerdos de la infancia en
Argentina.
 Es integrante del Consejo Directivo de
La Peña Literaria La Luciernaga.
Basado en una historia real ocurrida el 12 de Noviembre de 2011 en Buenos Aires.

Ironicamente para un hombre que rara vez dejaba nada librado al azar como Juan Robles, los eventos que decidieron su destino fueron producto de una
seguidilla de circunstancias fortuitas e impredecibles.  Desde temprana edad fue cuidadoso con cada uno de sus pasos. No se permitio nada drastico ni
apasionado.   Su padre, un empleado civil de la policia local les habia recomendado a el y a sus hermanos varones que se unieran a la fuerza policial.  El,
que habia convivido con ellos por años, envidiaba la seguridad de su trabajo con beneficios y vacaciones, el retiro temprano y la vida pseudo riesgosa que
llevaban.  “El riesgo es minimo, se cuidan entre ellos y ningun delincuente quiere cargarse el peso de atacar a un policia”, les decia a sus hijos en las largas
sobremesas de su humilde vivienda de barrio.  Con ese sueño, hizo el sacrificio de mantener a sus hijos hasta que terminaran el secundario, para que
pudieran ingresar a la academia.  De chicos los llevaba a los desfiles y los presentaba a sus superiores con orgullo.  Juan sentia que su destino estaba
trazado y que no tenia que pasar por sobresaltos para llegar a su meta.

Su hermano mayor, sin embargo, ignoro los consejos paternos y se aventuro a la vida tratando de conseguir un diploma de lo que sea para sobresalir.  No lo
consiguio, paso su juventud rebotando de curso en curso y de trabajo en trabajo, para terminar en un mediocre e inseguro empleo de oficina.  Juan en
cambio, siguio prolijamente las indicaciones de su padre y aun antes de terminar la secundaria en la nocturna local, comenzo los tramites necesarios para
seguir el camino marcado.  Asi ingreso a la fuerza policial apenas cumplidos sus dieciocho años.  Pronto descubrio que su orgullo en vestir el uniforme no lo
hacia popular entre los muchachos de su edad, y mucho menos entre las muchachas.  A el no le importaba, cuando se les pasara a todas las primeras
calenturas, entenderian que el podria ofrecerles la seguridad que los demas seguirian buscando.  

Mientras tanto y a falta de amores prometedores, no le faltaban muchachas livianas que estuvieran dispuestas a ofrecer favores a cambio de simpatia
policial.  Asi logro calmar sus primeras urgencias, hasta el dia en que por fin, en un casamiento familiar, conocio a quien disfrutaria de las seguridades que
el tendria para ofrecer en el futuro.  No era tan bonita como ciertas muchachas de su barrio, ni tan atrevida como las que regalaban sus favores, pero se veia
seria y a el le gustaba.  Falto de experiencia en amores, y empeñado en ser cuidadoso, le costo meses despues de la primera cita para hacer un avance
concreto.  Ella respondio inmediatamente, y le facilito el camino a la concrecion de sus deseos.  No era virgen, ni el lo esperaba, hasta le dio tranquilidad su
moderada experiencia.  Los padres de ella, sin embargo actuaban como si lo fuera y esperaban un noviazgo corto y un casamiento prometedor.

Su mezquino sueldo de principiante, menos lo que aportaba en la casa paterna y lo que despilfarraba con las muchachas no le habian permitido ahorrar
gran cosa, asi que el noviazgo se tuvo que extender mas de lo esperado para asegurar muebles humildes, pagados en cuotas para llenar un departamento
de alquiler.  Ella apostaba a futuro, asi que se conformo con lo que el le ofrecia y acepto un casamiento sencillo, celebrado en los fondos de su casa paterna.

Juan sentia que su vida rodaba por un carril seguro y predecible.  Aun endeudado por los gastos del casamiento, lo asusto un poco el primer embarazo.  Sin
embargo le hizo frente como un hombre y se endeudo una vez mas para mudarse a una casa mas grande y proveer lo necesario para la pequeña que llego
a adornar sus vidas y a solidificar la relacion.  Si bien seguia contento y confiado en su futuro, duplico las precauciones para evitar nuevas sorpresas, al
menos hasta que lograra ahorrar lo suficiente para una casa propia.  La muchacha se dejaba llevar, relegaba todas las responsabilidades en su esposo y
disfrutaba de una vida facil y chata, con vacaciones de verano incluidas.

Con la prolijidad que lo caracterizaba y avanzando despacio en su carrera, logro endeudarse aun mas para comprar una vivienda sencilla que le diera la
seguridad que habia planeado.  Recien ahi se animo a permitirse el exceso de buscar el machito que no vino.  La segunda hija lo lleno de orgullo y poco a
poco bajo la guardia, sintiendo que el momento de tranquilidad y su retiro temprano se estan acercando.  Para su suerte, las deudas iban disminuyendo año
tras año, gracias a trabajitos extra que conseguia como cubrir los turnos de sus compañeros los fines de semana o hacer seguridad en algun evento.  Se
sentia tranquilo y satisfecho con su vida chata y sin sobresaltos,  a comparacion de su hermano mayor y otros hombres de su edad, que seguian dando
tumbos sin encontrar la seguridad de un empleo como el de el.  Sus ambiciones no iban mucho mas alla de la vida aburguesada que llevaba con su familia,
los encuentros matrimoniales monotonos y las mezquinas vacaciones del verano.  

Cada vez que se encontraba en situaciones de peligro, pensaba en los comentarios de su padre y se daba animos.  Alguna que otra vez se sintio en peligro
real, pero esos pocos momentos de agitacion se compensaban con la diaria tranquilidad de un sueldo fijo y una situacion estable.  Por eso esa noche
primaveral de sabado, acepto de buen grado el ofrecimiento de cubrir el turno de un compañero mas joven que queria salir de fiesta.  Luchaba contra el
sueño y el aburrimiento cuando recibio la llamada reportando disturbios en una fiesta alrededor de las dos de la mañana.  Como era el mas experimentado
en el turno de esa noche, con mas de veinte años en la fuerza, tomo el mando reclutando a los tres agentes que parecian  mas despiertos.

Llegaron a un barrio de clase media para encontrar al revoltoso borracho o drogado pateando autos por el enojo de que lo hayan sacado de la fiesta.  Se
bajaron a rodearlo y a evaluar la situacion.  Se trataba de un muchacho muy joven en un estado lamentable de intoxicacion.  La combinacion de alcohol con
vaya a saber que otra substancia deshinibia al chico y le daba brios.  Los cuatro lo rodearon manteniendo distancia, como para que no los acusen de abuso
policial.  El chico con una voz pastosa gritaba que lo dejaran en paz y que no estaba armado.  El gesto con el cual se quito la camisa y levanto las
botamangas de sus pantalones para mostrar que no tenia armas, le insinuo a Juan que no era la primera vez que se enfrentaba con la policia.  Hasta se
quito un zapato en un momento para mostrar que estaba desarmado, mientras ejecutaba una especie de danza burlona para evitar que lo alcancen los
agentes.  El agente Juan Robles, a cargo de la operacion, dio indicaciones para que lo rodeen despacio, mientras el muchacho se tambaleaba entre ellos.  

La situacion era tragicomica y el la tomo como tal, casi agradeciendo el entretenimiento que acortaria la larga noche de turno.  El chico, agil y fuerte parecia
burlarse de esos cuatro hombres cargados por el sueño de la noche en vela y el peso de los chalecos antibalas.  Inesperadamente, a medida que se
acercaban el muchacho se agito, forcejeo cuando trataron de agarrarlo y sin saber ni como, manoteo la pistola que uno de los policias llevaba en el bolsillo
de su chaleco antibalas.  Apunto a los policias y comenzo a correr trastabillandose en diagonal por la calle.

Los cuatro lo miraban incredulos, manotearon sus pistolas aunque Juan ordeno que fueran limpios y que evitaran tirarle.  Esta complicacion lo puso
nervioso, no queria comprometer su retiro temprano con una investigacion por exceso de fuerza.  El muchacho correteo como pudo, sin dejar de empuñar el
arma robada,  hasta la otra esquina.  Dos de los policias corrieron adelante tratando de rodearlo.  El, con sus pocos kilos de mas resoplaba mientras daba
ordenes buscando un buen angulo a las piernas del muchacho cuando escucho el primer tiro.  El chico tiraba al asfalto desafiando a los policias.  Juan
Robles vio el brillo del disparo en la oscuridad y escucho el ruido metalico de las dos balas chocando contra el asfalto muy cerca de el.  Se freno para
disparar a las piernas o adonde pudiera cuando sintio el impacto de la bala que reboto en el asfalto y penetro su vientre en un angulo increible, por debajo
de su chaleco antibalas.

Los dos policias que iban adelante no lo vieron caer y el novato que estaba cerca de el no salia de su asombro cuando lo vio en el piso.  Juan Robles sintio
el borboton furioso de sangre tibia que mojaba sus pantalones mientras el otro policia inutilmente trataba de poner presion en la herida, mientras la sangre
espesa y oscura se filtraba entre sus dedos.  El miedo y el estupor le cortaban la voz y no lograba alertar a los otros policias de la emergencia.  Esos pocos
segundos que tardaron en advertirlo y llamar a la ambulancia decidieron la vida de Juan Robles, que se escapaba furiosa y ritmica por la herida en su
vientre.  Entre el sopor que nublaba su conciencia, recordo las caras de sus hijas y el cuerpo de su mujer, a la que amo sin apasionamientos.  Lejano, entre
los sollozos de su compañero logro percibir el sonido de las sirenas que vendrian a socorrerlo demasiado tarde para salvar su vida.
CIRCUNSTANCIA